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18 de septiembre 2017    /   IDEAS
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¿Nos está atrofiando el móvil sin que nos demos cuenta?

18 de septiembre 2017    /   IDEAS     por          
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Resulta irónico que llamemos táctil a la pantalla de nuestro móvil cuando en realidad su función es la de destruir lo táctil. Si quieres, hagamos una prueba. Coge tu móvil con la mano izquierda y, recorriendo con la mirada su pantalla, deja que tu mano derecha recuerde lo que hacía en el pasado cuando esos iconos eran todavía objetos tangibles.

Comencemos por la linterna. Tu mano derecha curvará sus dedos y con el pulgar presionará un botón para encenderla. Si, en cambio, miramos la cámara de fotos, esa misma mano adoptará una posición vertical con el índice en lo alto para apretar el disparador. Con la agenda, el dedo índice comenzará a moverse para pasar las páginas de la libreta. Y con el calendario, el pulgar y el índice se convertirán en una pinza para arrancar la hoja del almanaque. Y así podríamos continuar con el termómetro, la brújula, el cronómetro, el talonario…

El móvil lo volatiliza todo. Y ya, de paso, reduce los movimientos de nuestra mano a no más de dos o tres posiciones.

Pero nuestra mano tiene memoria. Una memoria que evoca con nostalgia sus movimientos del pasado por la sencilla razón de que le llevó mucho tiempo aprender a realizarlos. Prueba de ello es que, si te fijas bien, notarás que siente un suave placer al recordar dichos movimientos.

Y no es de extrañar. A fin de cuentas, su papel protagónico en la historia se remonta a los orígenes del hombre. Desde que nos bajamos del árbol y liberamos las patas delanteras, las manos se convirtieron en la herramienta fundamental de nuestra especie. Tanto para manejar objetos como para construirlos.

Todo ello ha sido posible gracias a un lentísimo proceso de aprendizaje y acomodación. Jorge Wagensberg, en su libro A más cómo, menos por qué, se sorprende de cómo un chopper, es decir, un canto tallado por el Homo Georgicus hace más de un millón de años, consiguió ya entonces adaptarse a la mano de forma tan precisa.

La razón de ello es porque la dependencia entre la mano y los objetos que utiliza es bidireccional. Esta se adapta a los objetos y los objetos se adaptan a ella. Es algo que ha funcionado siempre así en el mundo analógico, estableciendo, con ello, una relación simbiótica de mutuo provecho. Los objetos se han ido perfeccionando a través de los siglos exigiéndole con ello a la mano el mejorar sus habilidades.

Donde probablemente esto se ve más claro es en los instrumentos musicales. Las manos que crearon los primeros tambores eran idénticas a las que construyeron el piano de cola. Pero el virtuosismo que se le exigía a los dedos que golpeaban aquellos tambores está muy lejos del que se le pide hoy a los de un pianista.

La pregunta ahora es: ¿la proliferación del touchscreen y los comandos de voz suponen el comienzo de una nueva era en la que la mano emprenderá un proceso evolutivo en dirección contraria? Porque si es cierto que la función crea el órgano, también es verdad que, de carecer de función alguna, el órgano se paraliza.

No es un problema urgente, pues llegar hasta aquí nos ha llevado cientos de miles de años. Y en caso de producirse el viaje en dirección contraria, este también será largo. Pero no tanto. Pues como es sabido, las cuestas arriba siempre son más duras, más largas y más difíciles que las cuestas abajo.

Resulta irónico que llamemos táctil a la pantalla de nuestro móvil cuando en realidad su función es la de destruir lo táctil. Si quieres, hagamos una prueba. Coge tu móvil con la mano izquierda y, recorriendo con la mirada su pantalla, deja que tu mano derecha recuerde lo que hacía en el pasado cuando esos iconos eran todavía objetos tangibles.

Comencemos por la linterna. Tu mano derecha curvará sus dedos y con el pulgar presionará un botón para encenderla. Si, en cambio, miramos la cámara de fotos, esa misma mano adoptará una posición vertical con el índice en lo alto para apretar el disparador. Con la agenda, el dedo índice comenzará a moverse para pasar las páginas de la libreta. Y con el calendario, el pulgar y el índice se convertirán en una pinza para arrancar la hoja del almanaque. Y así podríamos continuar con el termómetro, la brújula, el cronómetro, el talonario…

El móvil lo volatiliza todo. Y ya, de paso, reduce los movimientos de nuestra mano a no más de dos o tres posiciones.

Pero nuestra mano tiene memoria. Una memoria que evoca con nostalgia sus movimientos del pasado por la sencilla razón de que le llevó mucho tiempo aprender a realizarlos. Prueba de ello es que, si te fijas bien, notarás que siente un suave placer al recordar dichos movimientos.

Y no es de extrañar. A fin de cuentas, su papel protagónico en la historia se remonta a los orígenes del hombre. Desde que nos bajamos del árbol y liberamos las patas delanteras, las manos se convirtieron en la herramienta fundamental de nuestra especie. Tanto para manejar objetos como para construirlos.

Todo ello ha sido posible gracias a un lentísimo proceso de aprendizaje y acomodación. Jorge Wagensberg, en su libro A más cómo, menos por qué, se sorprende de cómo un chopper, es decir, un canto tallado por el Homo Georgicus hace más de un millón de años, consiguió ya entonces adaptarse a la mano de forma tan precisa.

La razón de ello es porque la dependencia entre la mano y los objetos que utiliza es bidireccional. Esta se adapta a los objetos y los objetos se adaptan a ella. Es algo que ha funcionado siempre así en el mundo analógico, estableciendo, con ello, una relación simbiótica de mutuo provecho. Los objetos se han ido perfeccionando a través de los siglos exigiéndole con ello a la mano el mejorar sus habilidades.

Donde probablemente esto se ve más claro es en los instrumentos musicales. Las manos que crearon los primeros tambores eran idénticas a las que construyeron el piano de cola. Pero el virtuosismo que se le exigía a los dedos que golpeaban aquellos tambores está muy lejos del que se le pide hoy a los de un pianista.

La pregunta ahora es: ¿la proliferación del touchscreen y los comandos de voz suponen el comienzo de una nueva era en la que la mano emprenderá un proceso evolutivo en dirección contraria? Porque si es cierto que la función crea el órgano, también es verdad que, de carecer de función alguna, el órgano se paraliza.

No es un problema urgente, pues llegar hasta aquí nos ha llevado cientos de miles de años. Y en caso de producirse el viaje en dirección contraria, este también será largo. Pero no tanto. Pues como es sabido, las cuestas arriba siempre son más duras, más largas y más difíciles que las cuestas abajo.

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