8 de noviembre 2018    /   IDEAS
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El loco movimiento Provo que hizo de Ámsterdam un lugar tan iconoclasta

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Abreviatura de provocación, el Provo fue un movimiento contracultural que tuvo lugar en los Países Bajos en la segunda mitad del siglo XX y que transformó Ámsterdam en la ciudad más alternativa del mundo. Los orígenes de ese movimiento, sin embargo, hay que buscarlos en una simple sentada en mitad de un cruce de calles de La Haya que interrumpió el tránsito en 1960. Su fin era el de protestar porque el gobierno quería depositar armas nucleares estadounidenses en suelo neerlandés.

Una de las personas que estaban allí sentadas era un chico de 17 años llamado Roel van Duijn.

Junto al resto de activistas, Van Duijin fue arrestado. Nada más salir del calabozo, sin embargo, viajó a Ámsterdam y protestó de nuevo. Naturalmente, fue arrestado otra vez.

Aquel ánimo rebelde no nacía en Van Duijn solo porque temiera que, tras haber salido de la Segunda Guerra Mundial, pudiera estallar la Tercera. Aquel chico tímido, en realidad, estaba en contra de la victoria del capitalismo. El sistema que había propiciado que los ciudadanos cumplieran su jornada laboral para, más tarde, consumir bienes que no necesitaba o despilfarrar su tiempo frente a la televisión.

Inspirado por la filosofía anarquista de las postrimerías del siglo XIX, como la de Bakunin, Van Duijn no tardó en darse cuenta de que la clase obrera vivía demasiado bien y estaba demasiado hipnotizada como para rebelarse frente a lo establecido. Los verdaderos revolucionarios, pues, debían de ser otro tipo de personas. Y Van Duijn las encontró: los llamó provotariado. Según la define Rusell Shorto en su libro Ámsterdam:

Esta clase estaba compuesta por los jóvenes que habían crecido después de la guerra, que no tenían intereses creados en el sistema surgido durante la posguerra, que lo veían como una amenaza al individuo y la creatividad, y que querían provocar un cambio de conciencia.

Performances

En aquella época, en las calles de Ámsterdam se estaba haciendo popular un artista llamado Robert Jasper Grootveld, también de ideología anarquista. Para Grootveld, el peor de los males del sistema consumista eran los cigarillos.

Para denunciar cómo el tabaco era la base del mecanismo por el cual las grandes empresas globales esclavizaban a las personas comunes, Grootveld montaba una especie de espectáculo, similar a las actuales performances, en las que se disfrazaba de aborigen norteamericano que entonaba un cántico que sonaba como la tos de un fumador.

Durante una de esas performances, Van Duijn apareció presentando el que sería el primer número de la revista Provo. La tipografía del título recordaba a un grafiti escrito sobre un muro de ladrillos. El primer número de la revista había sido escrito a máquina por el propio Van Duijn y fue publicado el 12 de julio de 1965. En las primeras páginas ya podemos leer a quién se dirige esta publicación, una declaración de principios que se convertiría en su manifiesto:

Provo es una revista mensual para anarquistas, provos, beatkins, portaleros, afiladores, pájaros de cuenta, tiradores de navaja, magos, pacifistas, patatafritívoros, grandes Maestros de la Corte de los Milagros, charlatanes, germeníferos, (happeners), vegetarianos, sindicalistas, reyes magos, maestros y maestras de párvulos y guarderías, agitadores, pirómanos, asistentes de asistente, sabuesos y sifilíticos, policías secretas y otros sujetos de rompe y rasga, balarrasas, ovejas negras y demás miembros marginales de la familia y la sociedad.

Pero este pasquín en el que había divagaciones que basculaban entre la ira y la comedia había otra cosa mucho más original. Cada ejemplar de este primer número podía explotar, literalmente.

Porque la revista tenía incorporado un pequeño explosivo de juguete en sus páginas realizado con la pólvora de las pistolas de petardos. En las instrucciones ponía: «Tome un martillo y empiece la revolución en su propia vida con un estallido», muy a lo Tyler Durden en Fight Club. Un guiño demasiado pirotécnico para las autoridades de la ciudad, que también arrestaron a Van Duijn por ello.

Con todo, la policía no sabía muy bien qué estaba haciendo arrestado a gente como Van Duijn. El concepto de performance o happening era demasiado nuevo y perturbador.

A primera vista, solo consistía en una serie de personas representando cosas raras, y siempre en actitud pacífica. Porque el movimiento provo prefería la provocación al enfrentamiento y lo lúdico a lo militante (militar). Veamos la descripción de una de las representaciones organizadas por Grootveld en las que llegó a participar Van Duijn:

Los estudiantes universitarios comienzan a reunirse en torno a la estatua y, de repente, aparece él, con la cara pintada y las plumas, una peluca, un tapado de piel, se larga a bailar, empieza a cantar sobre el dios malévolo de la nicotina. Los jóvenes se ríen y cantan con él: «Ugge-ugge». Alguien toca un tambor. Entonces llega la policía, acercándose lentamente en moto, con las cachiporras a un lado.

Bicicletas Blancas

Si bien tomaron como principales influencias el arte dadaísta, el pensamiento de Herbert Marcuse y la ideología anarquista, la primera gran lucha de los provos persiguió la legalización de la marihuana. Y lo consiguieron: actualmente, los Países Bajos es el único país de la Unión Europea donde se permite legalmente la venta de marihuana y sus derivados en locales con licencia denominados coffee shops.

Pero quizás la iniciativa más importante promovida por el movimiento Provo y que configuró Ámsterdam a nivel estético fue el de las Bicicletas Blancas, que denunciaba la contaminación generada por los vehículos privados y la pésima calidad del servicio de transporte público de la ciudad.

Para el movimiento Provo, el automóvil era el hermano igualmente malévolo del tabaco. Por ello, solicitaron que se prohibiera la entrada de coches en la ciudad y que hubiera bicicletas públicas disponibles sin candado para todos los ciudadanos.

Ellos mismos adquirieron las primeras 50 bicicletas, las pintaron de blanco y se las entregaron al gobierno. La policía las acabó confiscando, pero qué duda cabe que fue el primer paso para que Ámsterdam se convirtiera en una de las ciudades con más bicicletas del mundo: con sus 400 kilómetros de carriles para bicis, actualmente da acogida a más del 40% de los desplazamientos diarios al trabajo. Si la población de Holanda es casi de 17 millones de habitantes, también hay casi 17 millones de bicicletas.

El de las Bicicletas Blancas fue uno de tantos planes blancos de los Provo, el Plan Blanco de Chimeneas, dirigido a pintar de blanco aquellas fábricas y casas que emitieran más humo del medioambientalmente tolerable; o el Plan Blanco para Mujeres, que ofrecía asistencia médica y farmacéutica gratuita para mujeres.

El movimiento Provo vindicaba Ámsterdam como el «Centro Mágico» del que brotaría una nueva conciencia. Algo así como la versión europea de los movimientos contraculturales de Stanford, pero multiplicado por mil.

Y, si bien muchas de sus propuestas eran ingenuas o sus luchas para acabar con determinadas inercias eran peligrosas porque no ofrecían una alternativa mejor, lo cierto es que aquellas performances convirtieron en parte a Ámsterdam en unas de las ciudades más especiales del mundo. Y, sobre todo, más iconoclastas.

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Abreviatura de provocación, el Provo fue un movimiento contracultural que tuvo lugar en los Países Bajos en la segunda mitad del siglo XX y que transformó Ámsterdam en la ciudad más alternativa del mundo. Los orígenes de ese movimiento, sin embargo, hay que buscarlos en una simple sentada en mitad de un cruce de calles de La Haya que interrumpió el tránsito en 1960. Su fin era el de protestar porque el gobierno quería depositar armas nucleares estadounidenses en suelo neerlandés.

Una de las personas que estaban allí sentadas era un chico de 17 años llamado Roel van Duijn.

Junto al resto de activistas, Van Duijin fue arrestado. Nada más salir del calabozo, sin embargo, viajó a Ámsterdam y protestó de nuevo. Naturalmente, fue arrestado otra vez.

Aquel ánimo rebelde no nacía en Van Duijn solo porque temiera que, tras haber salido de la Segunda Guerra Mundial, pudiera estallar la Tercera. Aquel chico tímido, en realidad, estaba en contra de la victoria del capitalismo. El sistema que había propiciado que los ciudadanos cumplieran su jornada laboral para, más tarde, consumir bienes que no necesitaba o despilfarrar su tiempo frente a la televisión.

Inspirado por la filosofía anarquista de las postrimerías del siglo XIX, como la de Bakunin, Van Duijn no tardó en darse cuenta de que la clase obrera vivía demasiado bien y estaba demasiado hipnotizada como para rebelarse frente a lo establecido. Los verdaderos revolucionarios, pues, debían de ser otro tipo de personas. Y Van Duijn las encontró: los llamó provotariado. Según la define Rusell Shorto en su libro Ámsterdam:

Esta clase estaba compuesta por los jóvenes que habían crecido después de la guerra, que no tenían intereses creados en el sistema surgido durante la posguerra, que lo veían como una amenaza al individuo y la creatividad, y que querían provocar un cambio de conciencia.

Performances

En aquella época, en las calles de Ámsterdam se estaba haciendo popular un artista llamado Robert Jasper Grootveld, también de ideología anarquista. Para Grootveld, el peor de los males del sistema consumista eran los cigarillos.

Para denunciar cómo el tabaco era la base del mecanismo por el cual las grandes empresas globales esclavizaban a las personas comunes, Grootveld montaba una especie de espectáculo, similar a las actuales performances, en las que se disfrazaba de aborigen norteamericano que entonaba un cántico que sonaba como la tos de un fumador.

Durante una de esas performances, Van Duijn apareció presentando el que sería el primer número de la revista Provo. La tipografía del título recordaba a un grafiti escrito sobre un muro de ladrillos. El primer número de la revista había sido escrito a máquina por el propio Van Duijn y fue publicado el 12 de julio de 1965. En las primeras páginas ya podemos leer a quién se dirige esta publicación, una declaración de principios que se convertiría en su manifiesto:

Provo es una revista mensual para anarquistas, provos, beatkins, portaleros, afiladores, pájaros de cuenta, tiradores de navaja, magos, pacifistas, patatafritívoros, grandes Maestros de la Corte de los Milagros, charlatanes, germeníferos, (happeners), vegetarianos, sindicalistas, reyes magos, maestros y maestras de párvulos y guarderías, agitadores, pirómanos, asistentes de asistente, sabuesos y sifilíticos, policías secretas y otros sujetos de rompe y rasga, balarrasas, ovejas negras y demás miembros marginales de la familia y la sociedad.

Pero este pasquín en el que había divagaciones que basculaban entre la ira y la comedia había otra cosa mucho más original. Cada ejemplar de este primer número podía explotar, literalmente.

Porque la revista tenía incorporado un pequeño explosivo de juguete en sus páginas realizado con la pólvora de las pistolas de petardos. En las instrucciones ponía: «Tome un martillo y empiece la revolución en su propia vida con un estallido», muy a lo Tyler Durden en Fight Club. Un guiño demasiado pirotécnico para las autoridades de la ciudad, que también arrestaron a Van Duijn por ello.

Con todo, la policía no sabía muy bien qué estaba haciendo arrestado a gente como Van Duijn. El concepto de performance o happening era demasiado nuevo y perturbador.

A primera vista, solo consistía en una serie de personas representando cosas raras, y siempre en actitud pacífica. Porque el movimiento provo prefería la provocación al enfrentamiento y lo lúdico a lo militante (militar). Veamos la descripción de una de las representaciones organizadas por Grootveld en las que llegó a participar Van Duijn:

Los estudiantes universitarios comienzan a reunirse en torno a la estatua y, de repente, aparece él, con la cara pintada y las plumas, una peluca, un tapado de piel, se larga a bailar, empieza a cantar sobre el dios malévolo de la nicotina. Los jóvenes se ríen y cantan con él: «Ugge-ugge». Alguien toca un tambor. Entonces llega la policía, acercándose lentamente en moto, con las cachiporras a un lado.

Bicicletas Blancas

Si bien tomaron como principales influencias el arte dadaísta, el pensamiento de Herbert Marcuse y la ideología anarquista, la primera gran lucha de los provos persiguió la legalización de la marihuana. Y lo consiguieron: actualmente, los Países Bajos es el único país de la Unión Europea donde se permite legalmente la venta de marihuana y sus derivados en locales con licencia denominados coffee shops.

Pero quizás la iniciativa más importante promovida por el movimiento Provo y que configuró Ámsterdam a nivel estético fue el de las Bicicletas Blancas, que denunciaba la contaminación generada por los vehículos privados y la pésima calidad del servicio de transporte público de la ciudad.

Para el movimiento Provo, el automóvil era el hermano igualmente malévolo del tabaco. Por ello, solicitaron que se prohibiera la entrada de coches en la ciudad y que hubiera bicicletas públicas disponibles sin candado para todos los ciudadanos.

Ellos mismos adquirieron las primeras 50 bicicletas, las pintaron de blanco y se las entregaron al gobierno. La policía las acabó confiscando, pero qué duda cabe que fue el primer paso para que Ámsterdam se convirtiera en una de las ciudades con más bicicletas del mundo: con sus 400 kilómetros de carriles para bicis, actualmente da acogida a más del 40% de los desplazamientos diarios al trabajo. Si la población de Holanda es casi de 17 millones de habitantes, también hay casi 17 millones de bicicletas.

El de las Bicicletas Blancas fue uno de tantos planes blancos de los Provo, el Plan Blanco de Chimeneas, dirigido a pintar de blanco aquellas fábricas y casas que emitieran más humo del medioambientalmente tolerable; o el Plan Blanco para Mujeres, que ofrecía asistencia médica y farmacéutica gratuita para mujeres.

El movimiento Provo vindicaba Ámsterdam como el «Centro Mágico» del que brotaría una nueva conciencia. Algo así como la versión europea de los movimientos contraculturales de Stanford, pero multiplicado por mil.

Y, si bien muchas de sus propuestas eran ingenuas o sus luchas para acabar con determinadas inercias eran peligrosas porque no ofrecían una alternativa mejor, lo cierto es que aquellas performances convirtieron en parte a Ámsterdam en unas de las ciudades más especiales del mundo. Y, sobre todo, más iconoclastas.

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Opiniones 1
  • Yo lo viví en el 67, la libertad que se respiraba en Ámsterdam era increíble para un muchacho que salía de la opresión frankista de Madrid. Tomaron iglesias como Paradiso, fábricas de leche como el Melkweg, se vendían todo tipo de drogas. Nada de violencia solo respeto hacia todo el mundo.
    Siempre lo he dicho….Si Holanda estuviera enlace Mediterráneo sería lo más cerca al paraíso.

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