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26 de septiembre 2018    /   CREATIVIDAD
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Muffins contra esvásticas: la guerra de grafitis que está arrinconando el odio en Italia

26 de septiembre 2018    /   CREATIVIDAD     por          
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En los muros de Verona la comida está ganando terreno al odio. Es el resultado del trabajo de Cibo, un artista italiano que está tapando todos los mensajes radicales con coloristas representaciones de frutas, verduras y postres. «Borro todo aquello que degrada la ciudad, incluso las grietas provocadas por terremotos», explica el artista, aunque reconoce que el 90% de sus intervenciones se realizan sobre esvásticas y cruces celtas.

Pier Paolo Spinazze es el hombre que se esconde detrás de Cibo (palabra que significa comida en italiano). En los últimos meses su nombre ha saltado a la prensa transalpina por su enfrentamiento gráfico con los radicales. Que ellos pintan una esvástica, él coloca encima una fresa. Que la emborronan con una cruz gamada, Cibo la tapa con un muffin. La situación tiene un punto cómico, algo que el artista, más allá de las amenazas, reconoce y potencia argumentando que «nunca se debe perder la sonrisa».

Más allá de la anécdota, esta historia representa muy bien todo lo que pueden ser los grafitis, un arma de vandalismo o una herramienta de empoderamiento y mejora de la ciudad; una forma de degradar o de mejorar un barrio. «Los artistas son figuras indispensables en la comunidad, pues funcionan como catalizadores de las pasiones del pueblo», explica Spinazze, «por eso sus obras deberían ser compartidas por la comunidad para ser aceptadas».

Spinazze pinta grafitis para vivir. «O viceversa», añade divertido. En cualquier caso, ha conseguido que su pasión se convierta en su sustento, algo que pocos logran y por lo que se siente afortunado. Entiende que el arte puede ser una respuesta a grandes problemas y defiende, su trabajo es la mejor forma de hacerlo, que «de las cosas negativas puede salir algo positivo».

Le gusta comer, de eso no cabe duda. Pero la obsesión gráfica de Spinazze con las frutas no se explica por su glotonería. «El alimento es tradición y es territorio», argumenta el creativo. La idea de prestar especial atención a la fruta se justifica por dos motivos. El primero, su lugar de origen, donde se cultivan muchas frutas y verduras, sobre todo fresas. Casualmente, este es el elemento que más se refleja en su trabajo.

El segundo motivo es meramente educacional. Durante el último año, de hecho, ha llevado su proyecto a los muros de las escuelas, un lugar donde proliferan los grafitis de odio y los malos hábitos alimenticios. «En toda ellas llevaba a cabo el concepto de los cinco colores de la fruta y la verdura para enseñar una alimentación colorida y sana», explica.

Spinazze lleva años pintando frutas. Dice no estar cansado y parece haberle cogido el puntillo a esto de acallar a los nazis a base de fresas y muffins. Dice que es su granito de arena, su forma de mejorar la sociedad. « Y eso que yo solo sé pintar», explica con modestia. «A veces» concluye, «para mejorar algo, basta que muchos den un poco».

En los muros de Verona la comida está ganando terreno al odio. Es el resultado del trabajo de Cibo, un artista italiano que está tapando todos los mensajes radicales con coloristas representaciones de frutas, verduras y postres. «Borro todo aquello que degrada la ciudad, incluso las grietas provocadas por terremotos», explica el artista, aunque reconoce que el 90% de sus intervenciones se realizan sobre esvásticas y cruces celtas.

Pier Paolo Spinazze es el hombre que se esconde detrás de Cibo (palabra que significa comida en italiano). En los últimos meses su nombre ha saltado a la prensa transalpina por su enfrentamiento gráfico con los radicales. Que ellos pintan una esvástica, él coloca encima una fresa. Que la emborronan con una cruz gamada, Cibo la tapa con un muffin. La situación tiene un punto cómico, algo que el artista, más allá de las amenazas, reconoce y potencia argumentando que «nunca se debe perder la sonrisa».

Más allá de la anécdota, esta historia representa muy bien todo lo que pueden ser los grafitis, un arma de vandalismo o una herramienta de empoderamiento y mejora de la ciudad; una forma de degradar o de mejorar un barrio. «Los artistas son figuras indispensables en la comunidad, pues funcionan como catalizadores de las pasiones del pueblo», explica Spinazze, «por eso sus obras deberían ser compartidas por la comunidad para ser aceptadas».

Spinazze pinta grafitis para vivir. «O viceversa», añade divertido. En cualquier caso, ha conseguido que su pasión se convierta en su sustento, algo que pocos logran y por lo que se siente afortunado. Entiende que el arte puede ser una respuesta a grandes problemas y defiende, su trabajo es la mejor forma de hacerlo, que «de las cosas negativas puede salir algo positivo».

Le gusta comer, de eso no cabe duda. Pero la obsesión gráfica de Spinazze con las frutas no se explica por su glotonería. «El alimento es tradición y es territorio», argumenta el creativo. La idea de prestar especial atención a la fruta se justifica por dos motivos. El primero, su lugar de origen, donde se cultivan muchas frutas y verduras, sobre todo fresas. Casualmente, este es el elemento que más se refleja en su trabajo.

El segundo motivo es meramente educacional. Durante el último año, de hecho, ha llevado su proyecto a los muros de las escuelas, un lugar donde proliferan los grafitis de odio y los malos hábitos alimenticios. «En toda ellas llevaba a cabo el concepto de los cinco colores de la fruta y la verdura para enseñar una alimentación colorida y sana», explica.

Spinazze lleva años pintando frutas. Dice no estar cansado y parece haberle cogido el puntillo a esto de acallar a los nazis a base de fresas y muffins. Dice que es su granito de arena, su forma de mejorar la sociedad. « Y eso que yo solo sé pintar», explica con modestia. «A veces» concluye, «para mejorar algo, basta que muchos den un poco».

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