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22 de mayo 2018    /   IDEAS
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¿A cuántas mujeres científicas conoces?

22 de mayo 2018    /   IDEAS     por          
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Es probable que esta pregunta escupida a sopetón haya convertido tu atribulada cabeza en un reloj de Windows que requiere algo de tiempo para rebuscar información. Y, de repente, surge el eureka: ¡¡Madame Curie!!

La polaca afincada en Francia, de la que la mayoría de los mortales desconocemos su nombre de soltera (Maria Salomea Skłodowska, reza Wikipedia) es la Pitufina de la ciencia. Y no porque a la dos veces ganadora del Premio Nobel se le hubiera quedado la piel azul de tanto trajinar con radio y polonio, sino porque ejerce en la ciencia lo que en el cine se denomina «el efecto Pitufina». Este se da cuando en una película plagada de personajes masculinos con puntiagudas aristadas se presenta a una mujer estereotipada para que no se diga que no se tiene en cuenta al público femenino.

Ann Moore
Ann Moore

Está el bueno que solapa sus bajos instintos, el supuesto malote que alberga un particular código de honor, el tontín gracioso que siempre mete la pata y… «la chica». Madame Curie es «la chica» de la ciencia. El único nombre que nos viene a la cabeza cuando pensamos en ciencia y mujer no es ni siquiera el suyo sino el de su difunto marido.

Podríamos atribuir la carencia de alternativas para responder a la pregunta que titula este artículo a las pellas que perpetramos en el colegio o, incluso, a que el alcohol ingerido los años posteriores oxidó nuestra memoria. Sin embargo, estaríamos flagelándonos sin razón. No se nos ocurren nombres propios femeninos no porque no los recordemos sino por que no nos lo enseñaron.

Barbara Askins
Barbara Askins

Según un Estudio de la Universidad de Valencia, tan sólo el 7,5% de los referentes culturales y científicos que surcan los libros de ESO son femeninos. Un argumento que puede servir para que el machismo recalcitrante sustente su discurso sobre la inferioridad femenina o para que el feminismo plañidero (y tristemente justificado) argumente la de talentos que se perdió la ciencia por esa fea costumbre de no permitir que las mujeres estudiaran.

Adeline D. T. Whitney
Adeline D. T. Whitney

Lo más curioso del caso es que, como las meigas, mujeres inventoras «haberlas, hailas». Pese a los escollos que tuvieron que sortear a lo largo de la historia para cursar estudios universitarios, pese a la credibilidad que les restaba el hecho de poseer vagina a la hora de presentar sus ideas y aún aguantando las zancadillas que les tendieron sus compañeros para arrebatarles sus ideas, hubo unas cuantas que barruntaron inventos que merecen estudiarse. Y un dato «sorprendente»: son más del 7,5% que asoma a los libros de textos.

Rachel Zimmerman
Rachel Zimmerman

¿Y dónde podemos encontrar a esas féminas que parece que hayan ingerido un brebaje que las condenó a la invisibilidad? Un buen lugar para redescubrirlas es el libro Supermujeres, superinventoras: las ideas brillantes que transformaron nuestra vida (Lunwerg Editores, 2018) de la escritora e ilustradora barcelonesa Sandra Uve. La autora rescata los inventos de 96 féminas e ilustra los rostros de sus autoras en un tozudo pulso contra la amnesia académica. Su objetivo es marcadamente didáctico: «queremos que el libro llegue a las escuelas para que haya una educación equitativa y libre de estereotipos», asegura.

Estereotipos como el que cacarea que los chicos son de ciencias y las chicas de letras. «La ciencia no tiene género. Las niñas necesitan referentes en campos que cubrirán la mayoría de los puestos de trabajo en un futuro. Las mujeres de este proyecto creyeron en sí mismas y lucharon contra esos clichés, teniéndolo todo en contra. El libro tiene un mensaje directo: si te lo propones, puedes conseguirlo».

Concepción Aleixandre
Concepción Aleixandre

El sendero que recorrieron las mujeres que recopila Uve fue angosto y estuvo sembrado de espinas. La principal y la que más dificultó la investigación de la escritora es que «a las mujeres no se les reconocían derechos civiles (no podían heredar, ni comprar, ni vender, ni registrar patentes), políticos (no tenían voz pública, ni derecho al voto) ni sociales». Ello provocaba que en muchas ocasiones sus patentes fueran registradas por el varón que tenían más a mano: ya fuera marido, padre o hermano, que ufano se colgaba las medallas del éxito.

Entran ganas de soltar un suspiro de alivio por no haber nacido en tiempos tan aciagos para la feminidad. Pero antes de proferir el resoplido, Sandra Uve recuerda el caso de una inventora nacida el mismo año en el que se permitió que las mujeres votaran, Rosalind Franklin (1920-1958). «Su descubrimiento, la estructura de doble hélice del ADN, es el más importante del siglo XX: nos ha permitido comprender cómo somos, nuestra biología genética. Pero se lo robaron sus compañeros de investigación, que se postularon al Nobel. Ella denunció el plagio, pero la academia lo negó y ellos se llevaron el galardón y la autoría. Ella murió sin haber podido reivindicar su obra».

Ellen Ochoa
Ellen Ochoa

En el libro, se dan la mano grandes descubrimientos como este con otros más mundanos, pero no por ello menos reseñables, como el del limpiaprabrisas o el lavavajillas. Encontrar a tantas inventoras orilladas no ha sido tarea fácil. Sandra Uve inició sus concienzudas pesquisas partiendo de una lista de 3.000 nombres. «Desarrollé 200 para el libro y finalmente hice una selección de 96. Empleé otras 25 para una exposición itinerante producida por la Diputación de Barcelona, que ya lleva dos años y que han visitado decenas de escuelas. Y las restantes las empleo para en un taller formativo y divulgativo que imparto a niñas y niños de 8 a 12 años. Es un proyecto global, un 360º educativo».

Abigail M. Fleck, Celia Sánchez-Ramos, Inge Lehmann, Julie Newmar o Marion Donovan son algunos de los muchos nombres que pergeñaron con sus inventos el mundo que hoy habitamos. Son las «otras madames Curie» cuyo legado, hasta ahora, había quedado relegado a los aledaños de la ciencia.

Elia García Lara
Elia García Lara
Candelaria Pérez
Candelaria Pérez

Es probable que esta pregunta escupida a sopetón haya convertido tu atribulada cabeza en un reloj de Windows que requiere algo de tiempo para rebuscar información. Y, de repente, surge el eureka: ¡¡Madame Curie!!

La polaca afincada en Francia, de la que la mayoría de los mortales desconocemos su nombre de soltera (Maria Salomea Skłodowska, reza Wikipedia) es la Pitufina de la ciencia. Y no porque a la dos veces ganadora del Premio Nobel se le hubiera quedado la piel azul de tanto trajinar con radio y polonio, sino porque ejerce en la ciencia lo que en el cine se denomina «el efecto Pitufina». Este se da cuando en una película plagada de personajes masculinos con puntiagudas aristadas se presenta a una mujer estereotipada para que no se diga que no se tiene en cuenta al público femenino.

Ann Moore
Ann Moore

Está el bueno que solapa sus bajos instintos, el supuesto malote que alberga un particular código de honor, el tontín gracioso que siempre mete la pata y… «la chica». Madame Curie es «la chica» de la ciencia. El único nombre que nos viene a la cabeza cuando pensamos en ciencia y mujer no es ni siquiera el suyo sino el de su difunto marido.

Podríamos atribuir la carencia de alternativas para responder a la pregunta que titula este artículo a las pellas que perpetramos en el colegio o, incluso, a que el alcohol ingerido los años posteriores oxidó nuestra memoria. Sin embargo, estaríamos flagelándonos sin razón. No se nos ocurren nombres propios femeninos no porque no los recordemos sino por que no nos lo enseñaron.

Barbara Askins
Barbara Askins

Según un Estudio de la Universidad de Valencia, tan sólo el 7,5% de los referentes culturales y científicos que surcan los libros de ESO son femeninos. Un argumento que puede servir para que el machismo recalcitrante sustente su discurso sobre la inferioridad femenina o para que el feminismo plañidero (y tristemente justificado) argumente la de talentos que se perdió la ciencia por esa fea costumbre de no permitir que las mujeres estudiaran.

Adeline D. T. Whitney
Adeline D. T. Whitney

Lo más curioso del caso es que, como las meigas, mujeres inventoras «haberlas, hailas». Pese a los escollos que tuvieron que sortear a lo largo de la historia para cursar estudios universitarios, pese a la credibilidad que les restaba el hecho de poseer vagina a la hora de presentar sus ideas y aún aguantando las zancadillas que les tendieron sus compañeros para arrebatarles sus ideas, hubo unas cuantas que barruntaron inventos que merecen estudiarse. Y un dato «sorprendente»: son más del 7,5% que asoma a los libros de textos.

Rachel Zimmerman
Rachel Zimmerman

¿Y dónde podemos encontrar a esas féminas que parece que hayan ingerido un brebaje que las condenó a la invisibilidad? Un buen lugar para redescubrirlas es el libro Supermujeres, superinventoras: las ideas brillantes que transformaron nuestra vida (Lunwerg Editores, 2018) de la escritora e ilustradora barcelonesa Sandra Uve. La autora rescata los inventos de 96 féminas e ilustra los rostros de sus autoras en un tozudo pulso contra la amnesia académica. Su objetivo es marcadamente didáctico: «queremos que el libro llegue a las escuelas para que haya una educación equitativa y libre de estereotipos», asegura.

Estereotipos como el que cacarea que los chicos son de ciencias y las chicas de letras. «La ciencia no tiene género. Las niñas necesitan referentes en campos que cubrirán la mayoría de los puestos de trabajo en un futuro. Las mujeres de este proyecto creyeron en sí mismas y lucharon contra esos clichés, teniéndolo todo en contra. El libro tiene un mensaje directo: si te lo propones, puedes conseguirlo».

Concepción Aleixandre
Concepción Aleixandre

El sendero que recorrieron las mujeres que recopila Uve fue angosto y estuvo sembrado de espinas. La principal y la que más dificultó la investigación de la escritora es que «a las mujeres no se les reconocían derechos civiles (no podían heredar, ni comprar, ni vender, ni registrar patentes), políticos (no tenían voz pública, ni derecho al voto) ni sociales». Ello provocaba que en muchas ocasiones sus patentes fueran registradas por el varón que tenían más a mano: ya fuera marido, padre o hermano, que ufano se colgaba las medallas del éxito.

Entran ganas de soltar un suspiro de alivio por no haber nacido en tiempos tan aciagos para la feminidad. Pero antes de proferir el resoplido, Sandra Uve recuerda el caso de una inventora nacida el mismo año en el que se permitió que las mujeres votaran, Rosalind Franklin (1920-1958). «Su descubrimiento, la estructura de doble hélice del ADN, es el más importante del siglo XX: nos ha permitido comprender cómo somos, nuestra biología genética. Pero se lo robaron sus compañeros de investigación, que se postularon al Nobel. Ella denunció el plagio, pero la academia lo negó y ellos se llevaron el galardón y la autoría. Ella murió sin haber podido reivindicar su obra».

Ellen Ochoa
Ellen Ochoa

En el libro, se dan la mano grandes descubrimientos como este con otros más mundanos, pero no por ello menos reseñables, como el del limpiaprabrisas o el lavavajillas. Encontrar a tantas inventoras orilladas no ha sido tarea fácil. Sandra Uve inició sus concienzudas pesquisas partiendo de una lista de 3.000 nombres. «Desarrollé 200 para el libro y finalmente hice una selección de 96. Empleé otras 25 para una exposición itinerante producida por la Diputación de Barcelona, que ya lleva dos años y que han visitado decenas de escuelas. Y las restantes las empleo para en un taller formativo y divulgativo que imparto a niñas y niños de 8 a 12 años. Es un proyecto global, un 360º educativo».

Abigail M. Fleck, Celia Sánchez-Ramos, Inge Lehmann, Julie Newmar o Marion Donovan son algunos de los muchos nombres que pergeñaron con sus inventos el mundo que hoy habitamos. Son las «otras madames Curie» cuyo legado, hasta ahora, había quedado relegado a los aledaños de la ciencia.

Elia García Lara
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Candelaria Pérez
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