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26 de diciembre 2017    /   DIGITAL
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Las mujeres que le rompieron el código a Hitler

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El aforismo «la historia la escriben los vencedores» es cierto pero incompleto. Habría que añadir que, además de vencedores, los que la escriben han sido hombres. Solo así se explica la ausencia de mujeres en la narración de los acontecimientos históricos.

Las mujeres participaron en la guerra civil norteamericana disfrazadas de hombres para poder combatir. Las mujeres lucharon como milicianas en la guerra civil española, las mujeres se ocuparon de mantener la producción de las fábricas durante la Segunda Guerra Mundial tanto en Estados Unidos como en Europa. Fueron mujeres las que desarrollaron el código para la carrera espacial de los años 60 y también fueron ellas las que participaron de un equipo de criptografía destinado a descifrar los mensajes en clave de los nazis.

Así lo demuestra Code Girls: The Untold Story of the American Women Code Breakers of World War II, un libro escrito por la periodista Liza Mundy que recoge el testimonio de varias de esas mujeres.

La creación del departamento de criptología de la Marina de los Estados Unidos tiene un origen francamente peculiar. Durante la época de la Primera Guerra Mundial, el millonario estadounidense George Fabyan inauguró en el estado de Illinois los Riverbank Laboratories. Esta institución, cuya sede era un original edificio junto al que se levantaba un antiguo molino holandés llevado a Estados Unidos piedra a piedra y una piscina a imitación de las de las villas romanas, tenía un solo objetivo: probar la teoría de que las obras de Shakespeare no habían sido escritas por el bardo de Avon sino por Sir Francis Bacon.

Esa teoría, cuyos orígenes se remontan al siglo XVIII, se basaba en la idea de que las obras de Shakespeare tenían un código secreto desarrollado por Bacon que explicaba su verdadera autoría. Solo era necesario desencriptarlo y conocer la verdad.

Fabyan dedicó buena parte de su patrimonio en esa tarea, para la cual contó con un amplio equipo de investigadores, entre los que se encontraban William Friedman y Elizebeth Smith. Estos jóvenes no tardaron en darse cuenta que los planteamientos de Fabyan tenían más de conspiranoia que de ciencia, lo que hizo surgir entre ellos una gran complicidad profesional que desembocó en amor.

Gracias a la experiencia adquirida en los Riverbank Laboratories, cuando estalló la segunda Guerra Mundial, el matrimonio Friedman puso su conocimiento sobre códigos al servicio del ejército norteamericano y participó en la creación del departamento de criptografía de la Marina estadounidense.


Según narra Liza Mundy en su libro, las mujeres que formaron parte de él fueron seleccionadas con un método propio de una película de espías. Un buen día, veinte estudiantes sin relación entre sí recibieron en la residencia que tenían en su campus universitario una carta que les convocaba a una reunión con una de sus profesoras.

Aparentemente, la convocatoria no se diferenciaba demasiado de una cita de orientación académica rutinaria. Sin embargo, una vez allí las mujeres comprobaron que el asunto era mucho más complejo y enigmático. Para empezar, les hicieron dos extrañas preguntas: si les gustaban los crucigramas y si tenían pensado contraer matrimonio en un plazo de tiempo breve.

Todas respondieron sí a la primera pregunta, no a la segunda y pasaron a la siguiente fase del proceso de selección. A medida que fueron superando las siguientes pruebas, se les informó que estaban formando parte de un programa de reclutamiento para ser criptoanalistas de la Marina de los Estados Unidos. También fueron advertidas de que no podían comunicar esa información a nadie, ni siquiera en su entorno más cercano.


Después de una fase de formación –en la que tuvieron que aprender cosas como qué letras se repiten com más frecuencia en inglés, cuáles acostumbran a ir siempre juntas en parejas o en series de tres y cuatro, sistemas de encriptación utilizados a lo largo de la historia como la Roma clásica o el Renacimiento y sistemas de sustitución como el cifrado Playfair o el Wheatstine–, estas mujeres comenzaron su trabajo.

Entre sus logros se encuentran la descodificación de mensajes alemanes y, muy especialmente, los procedentes del ejército japonés, principal enemigo de Estados Unidos en la Guerra del Pacífico. Una labor que, como recoge Mundy en su libro, no fue únicamente fruto de la inteligencia y genialidad de esas mujeres sino del trabajo en equipo. Según le contaron las protagonistas, para desencriptar códigos es imprescindible tener una visión lo más amplia posible del escenario en el que se trabaja pues, en muchos casos, la clave reside sencillamente en poner en relación un mensaje con otros similares interceptados meses atrás.

Curiosamente, esta filosofía de trabajo colectivo contrasta con la política del ejército estadounidense de la época, que también reclutó para el departamento de códigos a ciudadanos afroamericanos. Sin embargo, estos profesionales no podían trabajar junto a los blancos a consecuencia de las leyes raciales. Definitivamente, al aforismo de que «la historia la escriben los vencedores» hay que añadir dos términos más: hombres y blancos.

El aforismo «la historia la escriben los vencedores» es cierto pero incompleto. Habría que añadir que, además de vencedores, los que la escriben han sido hombres. Solo así se explica la ausencia de mujeres en la narración de los acontecimientos históricos.

Las mujeres participaron en la guerra civil norteamericana disfrazadas de hombres para poder combatir. Las mujeres lucharon como milicianas en la guerra civil española, las mujeres se ocuparon de mantener la producción de las fábricas durante la Segunda Guerra Mundial tanto en Estados Unidos como en Europa. Fueron mujeres las que desarrollaron el código para la carrera espacial de los años 60 y también fueron ellas las que participaron de un equipo de criptografía destinado a descifrar los mensajes en clave de los nazis.

Así lo demuestra Code Girls: The Untold Story of the American Women Code Breakers of World War II, un libro escrito por la periodista Liza Mundy que recoge el testimonio de varias de esas mujeres.

La creación del departamento de criptología de la Marina de los Estados Unidos tiene un origen francamente peculiar. Durante la época de la Primera Guerra Mundial, el millonario estadounidense George Fabyan inauguró en el estado de Illinois los Riverbank Laboratories. Esta institución, cuya sede era un original edificio junto al que se levantaba un antiguo molino holandés llevado a Estados Unidos piedra a piedra y una piscina a imitación de las de las villas romanas, tenía un solo objetivo: probar la teoría de que las obras de Shakespeare no habían sido escritas por el bardo de Avon sino por Sir Francis Bacon.

Esa teoría, cuyos orígenes se remontan al siglo XVIII, se basaba en la idea de que las obras de Shakespeare tenían un código secreto desarrollado por Bacon que explicaba su verdadera autoría. Solo era necesario desencriptarlo y conocer la verdad.

Fabyan dedicó buena parte de su patrimonio en esa tarea, para la cual contó con un amplio equipo de investigadores, entre los que se encontraban William Friedman y Elizebeth Smith. Estos jóvenes no tardaron en darse cuenta que los planteamientos de Fabyan tenían más de conspiranoia que de ciencia, lo que hizo surgir entre ellos una gran complicidad profesional que desembocó en amor.

Gracias a la experiencia adquirida en los Riverbank Laboratories, cuando estalló la segunda Guerra Mundial, el matrimonio Friedman puso su conocimiento sobre códigos al servicio del ejército norteamericano y participó en la creación del departamento de criptografía de la Marina estadounidense.


Según narra Liza Mundy en su libro, las mujeres que formaron parte de él fueron seleccionadas con un método propio de una película de espías. Un buen día, veinte estudiantes sin relación entre sí recibieron en la residencia que tenían en su campus universitario una carta que les convocaba a una reunión con una de sus profesoras.

Aparentemente, la convocatoria no se diferenciaba demasiado de una cita de orientación académica rutinaria. Sin embargo, una vez allí las mujeres comprobaron que el asunto era mucho más complejo y enigmático. Para empezar, les hicieron dos extrañas preguntas: si les gustaban los crucigramas y si tenían pensado contraer matrimonio en un plazo de tiempo breve.

Todas respondieron sí a la primera pregunta, no a la segunda y pasaron a la siguiente fase del proceso de selección. A medida que fueron superando las siguientes pruebas, se les informó que estaban formando parte de un programa de reclutamiento para ser criptoanalistas de la Marina de los Estados Unidos. También fueron advertidas de que no podían comunicar esa información a nadie, ni siquiera en su entorno más cercano.


Después de una fase de formación –en la que tuvieron que aprender cosas como qué letras se repiten com más frecuencia en inglés, cuáles acostumbran a ir siempre juntas en parejas o en series de tres y cuatro, sistemas de encriptación utilizados a lo largo de la historia como la Roma clásica o el Renacimiento y sistemas de sustitución como el cifrado Playfair o el Wheatstine–, estas mujeres comenzaron su trabajo.

Entre sus logros se encuentran la descodificación de mensajes alemanes y, muy especialmente, los procedentes del ejército japonés, principal enemigo de Estados Unidos en la Guerra del Pacífico. Una labor que, como recoge Mundy en su libro, no fue únicamente fruto de la inteligencia y genialidad de esas mujeres sino del trabajo en equipo. Según le contaron las protagonistas, para desencriptar códigos es imprescindible tener una visión lo más amplia posible del escenario en el que se trabaja pues, en muchos casos, la clave reside sencillamente en poner en relación un mensaje con otros similares interceptados meses atrás.

Curiosamente, esta filosofía de trabajo colectivo contrasta con la política del ejército estadounidense de la época, que también reclutó para el departamento de códigos a ciudadanos afroamericanos. Sin embargo, estos profesionales no podían trabajar junto a los blancos a consecuencia de las leyes raciales. Definitivamente, al aforismo de que «la historia la escriben los vencedores» hay que añadir dos términos más: hombres y blancos.

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