22 de abril 2016    /   CREATIVIDAD
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Muretz, el grafitero empeñado en hacer de São Paulo una ciudad más divertida

22 de abril 2016    /   CREATIVIDAD     por          
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Por las noches, Muretz sale con sus botes de pintura y se dedica a decorar las calles de su ciudad. Lo hace por diversión, por disfrutar del riesgo y por compartir sus mensajes con el resto de sus vecinos. Un generoso regalo que este brasileño realiza a su comunidad en aquellos ratos libres que le dejan su trabajo remunerado como dibujante.

«Claro que se puede vivir de hacer dibujos. Si lo haces convencido, la cosa funciona. También es verdad que tienes que ser valiente, honesto y hacer algo que sea verdaderamente tuyo para así poder tener un hueco en el mercado. Si sigues el camino que ya han recorrido otros no vas a conseguir nada. Yo lo hice durante algún tiempo, intentando imitar a mis ídolos, y no tiene ningún sentido. Hay que mostrarle al público algo diferente. Además, aunque en Brasil el trabajo está difícil, si eres un buen artista, no habrá fronteras para ti porque el arte es universal».

muretz
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Muretz comenzó a pintar desde muy joven. En la escuela, cuando todavía no había cumplido cinco años, se pasaba el día dibujando y, gracias a ello, descubrió que tenía un notable talento para hacer reír a la gente con sus dibujos y caricaturas.

«Me lo tomaba como una diversión. Incluso hubo épocas en que, aunque no abandoné el dibujo, lo cierto es que lo dejé en un segundo plano. Sin embargo, cuando las demás opciones profesionales comenzaron a mostrarse poco interesantes, empecé a considerar que el dibujo, o cualquier actividad creativa, podría ser un medio de vida».

Durante esa etapa de incertidumbre, Muretz había abandonado su Brasil natal para afincarse en Inglaterra. Entonces apareció un primer encargo que resolvería esas dudas: ilustrar una revista infantil. «Ganaba bastante dinero y empece a entender en qué consistía ser profesional de la ilustración pero, para entenderlo del todo, me apunté a un máster de ilustración en la Central Saint Martins».

Con el tiempo, además de mejorar su técnica, Muretz comenzó a desarrollar ese estilo propio tan necesario para destacar entre los demás profesionales del grafiti. En su caso, un dibujo basado en la sencillez, en el uso de muy pocos colores –porque «usar demasiados es muy aburrido, hay que llevar muchas latas y son muy difíciles de ver cuando pintas por la noche»–, y que, en todo caso, transmita una idea.

«Para mí vale lo mismo un garabato que una pintura renacentista siempre que detrás haya una buena idea. Nunca vas a ver un grafiti de Banksy bonito pero sin significado. Sus trabajos siempre son un puñetazo en la cara. Por eso, hay innumerables artistas que me gustan, muchos de ellos ni siquiera tienen que ver con mi trabajo, pero todos están repletos de ideas geniales. Gente como Laerte, Millor, Marcelo Cipis, Gary Baseman, Robert Crumb, Billl Watterson, Brian Ralph, Joan Cornellá. Todos tienen un gran sentido del humor, un trazo espontáneo y sin vanidad».

Muretz no soporta a los artistas vanidosos, preciosistas o aquellos que piensan que el arte es mera decoración. «La función del arte no es estar colgado de una pared», afirma, y en su caso es una gran verdad: sus trabajos en lugar de colgar de las paredes, las cubren por completo.

«Pinto paredes en la calle por gusto, porque me resulta divertido. Lo hago por la adrenalina, por el carácter transgresor y, claro, para hacer que la ciudad quede más divertida. No quiero decir más bonita, porque no soy un decorador, pero sí más interesante».

Cuando pinta paredes en la calle, Muretz lo hace gratis. Lo mismo sucede cuando pinta en el interior de algún local concurrido o por el que pasa mucha gente. Sin embargo, cuando alguien le pide pintar en su casa, para su disfrute privado, lo normal es que directamente no acepte el encargo.

«En la calle, miles de personas van a poder ver mi trabajo pero, dentro de la casa de un ricachón, ya no tiene tanta gracia. Además, es lo que decía antes: no soy un decorador. Ya hay otros grafiteros que hace eso. Mi trabajo es para comunicar cosas, para dialogar y eso tiene que ser hecho con público, en la calle».

Pintar en la calle no es sencillo y tiene más riesgos de los que podemos imaginar. Tanto en Gran Bretaña como en Brasil, aunque en cada lugar tienen diferentes maneras de solucionar las cosas.

«En Inglaterra el grafiti está muy prohibido. Si te pillan, vas preso por vandalismo y se acabó la discusión. En Europa hay que pedir permisos, y por eso los grafitis que se hacen allí están más planeados, mejor dibujados. Por ejemplo, Os Gemeos acaban de hacer un mural en Milán de 30 metros de altura que les debe haber llevado una semana de trabajo.

En Brasil, a pesar de que también es ilegal, si los dibujos se hacen rápidamente, el riesgo de ser descubierto es menor y, en todo caso, la policía suele hacer la vista gorda.

«Sin embargo, en varias ocasiones me han sorprendido y me han llegado a apuntar con armas. En una ocasión, estaba decorando una pared bajo un puente de la Marginal Pinheiros y llegaron dos policías apuntándome con los revólveres para asustarme. Llegué a ver la bala en el fondo del cañón. Me retuvieron, me preguntaron si era artista y, cuando les respondí que sí, el policía comentó “al que teníamos que detener entonces es a tu profesor, por enseñarte a dibujar esa porquería”. Todos nos reímos, los policías abandonaron el lugar y yo continué con el mural».

Por las noches, Muretz sale con sus botes de pintura y se dedica a decorar las calles de su ciudad. Lo hace por diversión, por disfrutar del riesgo y por compartir sus mensajes con el resto de sus vecinos. Un generoso regalo que este brasileño realiza a su comunidad en aquellos ratos libres que le dejan su trabajo remunerado como dibujante.

«Claro que se puede vivir de hacer dibujos. Si lo haces convencido, la cosa funciona. También es verdad que tienes que ser valiente, honesto y hacer algo que sea verdaderamente tuyo para así poder tener un hueco en el mercado. Si sigues el camino que ya han recorrido otros no vas a conseguir nada. Yo lo hice durante algún tiempo, intentando imitar a mis ídolos, y no tiene ningún sentido. Hay que mostrarle al público algo diferente. Además, aunque en Brasil el trabajo está difícil, si eres un buen artista, no habrá fronteras para ti porque el arte es universal».

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Muretz comenzó a pintar desde muy joven. En la escuela, cuando todavía no había cumplido cinco años, se pasaba el día dibujando y, gracias a ello, descubrió que tenía un notable talento para hacer reír a la gente con sus dibujos y caricaturas.

«Me lo tomaba como una diversión. Incluso hubo épocas en que, aunque no abandoné el dibujo, lo cierto es que lo dejé en un segundo plano. Sin embargo, cuando las demás opciones profesionales comenzaron a mostrarse poco interesantes, empecé a considerar que el dibujo, o cualquier actividad creativa, podría ser un medio de vida».

Durante esa etapa de incertidumbre, Muretz había abandonado su Brasil natal para afincarse en Inglaterra. Entonces apareció un primer encargo que resolvería esas dudas: ilustrar una revista infantil. «Ganaba bastante dinero y empece a entender en qué consistía ser profesional de la ilustración pero, para entenderlo del todo, me apunté a un máster de ilustración en la Central Saint Martins».

Con el tiempo, además de mejorar su técnica, Muretz comenzó a desarrollar ese estilo propio tan necesario para destacar entre los demás profesionales del grafiti. En su caso, un dibujo basado en la sencillez, en el uso de muy pocos colores –porque «usar demasiados es muy aburrido, hay que llevar muchas latas y son muy difíciles de ver cuando pintas por la noche»–, y que, en todo caso, transmita una idea.

«Para mí vale lo mismo un garabato que una pintura renacentista siempre que detrás haya una buena idea. Nunca vas a ver un grafiti de Banksy bonito pero sin significado. Sus trabajos siempre son un puñetazo en la cara. Por eso, hay innumerables artistas que me gustan, muchos de ellos ni siquiera tienen que ver con mi trabajo, pero todos están repletos de ideas geniales. Gente como Laerte, Millor, Marcelo Cipis, Gary Baseman, Robert Crumb, Billl Watterson, Brian Ralph, Joan Cornellá. Todos tienen un gran sentido del humor, un trazo espontáneo y sin vanidad».

Muretz no soporta a los artistas vanidosos, preciosistas o aquellos que piensan que el arte es mera decoración. «La función del arte no es estar colgado de una pared», afirma, y en su caso es una gran verdad: sus trabajos en lugar de colgar de las paredes, las cubren por completo.

«Pinto paredes en la calle por gusto, porque me resulta divertido. Lo hago por la adrenalina, por el carácter transgresor y, claro, para hacer que la ciudad quede más divertida. No quiero decir más bonita, porque no soy un decorador, pero sí más interesante».

Cuando pinta paredes en la calle, Muretz lo hace gratis. Lo mismo sucede cuando pinta en el interior de algún local concurrido o por el que pasa mucha gente. Sin embargo, cuando alguien le pide pintar en su casa, para su disfrute privado, lo normal es que directamente no acepte el encargo.

«En la calle, miles de personas van a poder ver mi trabajo pero, dentro de la casa de un ricachón, ya no tiene tanta gracia. Además, es lo que decía antes: no soy un decorador. Ya hay otros grafiteros que hace eso. Mi trabajo es para comunicar cosas, para dialogar y eso tiene que ser hecho con público, en la calle».

Pintar en la calle no es sencillo y tiene más riesgos de los que podemos imaginar. Tanto en Gran Bretaña como en Brasil, aunque en cada lugar tienen diferentes maneras de solucionar las cosas.

«En Inglaterra el grafiti está muy prohibido. Si te pillan, vas preso por vandalismo y se acabó la discusión. En Europa hay que pedir permisos, y por eso los grafitis que se hacen allí están más planeados, mejor dibujados. Por ejemplo, Os Gemeos acaban de hacer un mural en Milán de 30 metros de altura que les debe haber llevado una semana de trabajo.

En Brasil, a pesar de que también es ilegal, si los dibujos se hacen rápidamente, el riesgo de ser descubierto es menor y, en todo caso, la policía suele hacer la vista gorda.

«Sin embargo, en varias ocasiones me han sorprendido y me han llegado a apuntar con armas. En una ocasión, estaba decorando una pared bajo un puente de la Marginal Pinheiros y llegaron dos policías apuntándome con los revólveres para asustarme. Llegué a ver la bala en el fondo del cañón. Me retuvieron, me preguntaron si era artista y, cuando les respondí que sí, el policía comentó “al que teníamos que detener entonces es a tu profesor, por enseñarte a dibujar esa porquería”. Todos nos reímos, los policías abandonaron el lugar y yo continué con el mural».

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