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3 de abril 2018    /   CREATIVIDAD
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Dibujitos infantiles para denunciar los excesos del capitalismo

3 de abril 2018    /   CREATIVIDAD     por          
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De pequeño, Mauro descubrió una forma de escapar de la realidad: el dibujo. El problema es que no sabía gestionar este poder y escapaba demasiado a menudo. «Dibujaba todos los días durante las clases», explica, «y por las tardes, en lugar de hacer los deberes, seguía dibujando». Pero sus profesores querían atarlo a la realidad y después de un par de regañinas acabaron expulsándolo unos días del colegio. Este episodio le sirvió para aprender una valiosa lección, aunque quizá no fuera la que tuvieran en mente sus profesores. El joven Mauro aprovechó esos días libres para dibujar sin limitaciones y acabó haciéndose ilustrador freelance. Tenía 16 años.

La trayectoria de este artista brasileño tiene algo de atípica. La mayoría de grafiteros se forman en las calles para después dar el salto a formatos más clásicos. En su caso, el viaje fue al contrario, y después de establecerse como ilustrador, Mauro se convirtió en Muretz y empezó a tintar las desvencijadas paredes de Sao Paulo. Aun así, este artista no presta demasiada atención al formato y mantiene un estilo fijo sin importar el soporte en el que se exprese. Mauro dibuja en revistas, libros, cómics, en series de animación, en plantillas o en la calle.

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A pesar de lo corrosivo de sus mensajes, sus líneas mantienen un estilo infantil rayano en lo naif. Mauro creció viendo películas de Disney antiguas, series infantiles como Félix el gato, Popeye, Mr. Magoo o La pantera rosa. Sin ser muy consciente de ello acabó asimilando este estilo, combinándolo con otros referentes, principalmente de animación clásica que va de los años 30 a los 70.

A pesar de que la fama le ha llegado casi por sorpresa, el artista mantiene un perfil modesto. «No soy famoso» dice, «solo algo conocido por gente a la que le gusta el graffiti». Asegura que su trabajo no es serio, y que el día que lo sea estará haciendo algo mal. Sin embargo, eso no impide que utilice su arte como altavoz de situaciones que considera injustas.

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Vivir en Brasil es nadar contracorriente, es como jugar un juego no en modo difícil, sino punitivo

Fábricas abandonadas en las afueras de Sao Paulo se visten de colores para denunciar« la estupidez del capitalismo». Se llenan de animalitos antropomórficos para señalar a «una élite de desgraciados hijos de puta como nuestro actual presidente y, por supuesto, la mayoría de los líderes mundiales, que son solo títeres en manos de las bestias del capitalismo y los banqueros».

No, Mauro no tiene pelos en la lengua ni tabús en sus pinceles. «Oh, lo que escribí cuando publiqué eso en mi web fue un estallido», explica el artista cuando se le pregunta por sus palabras. «Es que vivir en Brasil es nadar contracorriente, es como jugar un juego no en modo difícil, sino punitivo», reflexiona. El graffiti, considera, es un grito que sirve para alzarse contra las injusticias. Un grito, dice, que suele provenir de las ciudades más oscuras. «Así es como sucede en Brasil», concluye. Es entonces cuando su discurso parece mutar vagamente. Cuando uno se da cuenta de que este joven brasileño ya no es un niño que escapa de la realidad mediante el dibujo. Es un artista que quiere cambiarla utilizando esa misma herramienta.

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De pequeño, Mauro descubrió una forma de escapar de la realidad: el dibujo. El problema es que no sabía gestionar este poder y escapaba demasiado a menudo. «Dibujaba todos los días durante las clases», explica, «y por las tardes, en lugar de hacer los deberes, seguía dibujando». Pero sus profesores querían atarlo a la realidad y después de un par de regañinas acabaron expulsándolo unos días del colegio. Este episodio le sirvió para aprender una valiosa lección, aunque quizá no fuera la que tuvieran en mente sus profesores. El joven Mauro aprovechó esos días libres para dibujar sin limitaciones y acabó haciéndose ilustrador freelance. Tenía 16 años.

La trayectoria de este artista brasileño tiene algo de atípica. La mayoría de grafiteros se forman en las calles para después dar el salto a formatos más clásicos. En su caso, el viaje fue al contrario, y después de establecerse como ilustrador, Mauro se convirtió en Muretz y empezó a tintar las desvencijadas paredes de Sao Paulo. Aun así, este artista no presta demasiada atención al formato y mantiene un estilo fijo sin importar el soporte en el que se exprese. Mauro dibuja en revistas, libros, cómics, en series de animación, en plantillas o en la calle.

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A pesar de lo corrosivo de sus mensajes, sus líneas mantienen un estilo infantil rayano en lo naif. Mauro creció viendo películas de Disney antiguas, series infantiles como Félix el gato, Popeye, Mr. Magoo o La pantera rosa. Sin ser muy consciente de ello acabó asimilando este estilo, combinándolo con otros referentes, principalmente de animación clásica que va de los años 30 a los 70.

A pesar de que la fama le ha llegado casi por sorpresa, el artista mantiene un perfil modesto. «No soy famoso» dice, «solo algo conocido por gente a la que le gusta el graffiti». Asegura que su trabajo no es serio, y que el día que lo sea estará haciendo algo mal. Sin embargo, eso no impide que utilice su arte como altavoz de situaciones que considera injustas.

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Vivir en Brasil es nadar contracorriente, es como jugar un juego no en modo difícil, sino punitivo

Fábricas abandonadas en las afueras de Sao Paulo se visten de colores para denunciar« la estupidez del capitalismo». Se llenan de animalitos antropomórficos para señalar a «una élite de desgraciados hijos de puta como nuestro actual presidente y, por supuesto, la mayoría de los líderes mundiales, que son solo títeres en manos de las bestias del capitalismo y los banqueros».

No, Mauro no tiene pelos en la lengua ni tabús en sus pinceles. «Oh, lo que escribí cuando publiqué eso en mi web fue un estallido», explica el artista cuando se le pregunta por sus palabras. «Es que vivir en Brasil es nadar contracorriente, es como jugar un juego no en modo difícil, sino punitivo», reflexiona. El graffiti, considera, es un grito que sirve para alzarse contra las injusticias. Un grito, dice, que suele provenir de las ciudades más oscuras. «Así es como sucede en Brasil», concluye. Es entonces cuando su discurso parece mutar vagamente. Cuando uno se da cuenta de que este joven brasileño ya no es un niño que escapa de la realidad mediante el dibujo. Es un artista que quiere cambiarla utilizando esa misma herramienta.

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