20 de agosto 2021    /   DIGITAL
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Fotos  Felipe Hernández Durán

Museo de Arte Digital Mori de Tokio: un viaje hacia una nueva lógica

20 de agosto 2021    /   DIGITAL     por        Fotos  Felipe Hernández Durán
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Durante su  intervención en el foro de Cities & Museums International Trade Fair, sobre la digitalización de los museos y los nuevos modelos de gestión cultural pospandemia,  Remedios Zafra, escritora y Científica Titular en el Instituto de Filosofía del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, habló de habitar la complejidad de la época. En la nuestra, los dormitorios se han convertido en auditorios por la lógica de la pandemia. La lógica del mundo son momentos, aunque nosotros somos seres más emocionales que lógicos.

Cuando Galileo Galilei dijo que era el Sol y no la Tierra el centro del universo, el Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición le acusó de hereje. El planteamiento de aquel hombre renacentista italiano era incomprensible para la lógica de aquel entonces. Con la lógica de hoy la teoría heliocéntrica barruntada primero por el astrónomo Copérnico ni se pone en duda ni se condena a los que la defienden con estudios científicos.

Vivimos en un mundo en el que no creemos en lo que sí se creía hace diez, cien, doscientos o más años atrás. Lo mismo pasará unos años en adelante cuando miren al pasado. El mundo nunca es como lo era ayer. Igual que la lógica, el arte también se mueve.

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Foto de Felipe Hernández Durán

El movimiento. El movimiento de la gente como interruptor que enciende y genera el arte. Arte que se proyecta en unos espacios separados por paredes, pero conectados de manera digital. El Museo de Arte Digital Mori de Tokio es socio de la innovación y la investigación. Un lugar de encuentro, participación y aprendizaje, también oscuro, ruidoso, irregular e inestable. Un lugar de interactuación y conexión de algo más de diez mil metros cuadrados que usa la nube como almacén.

En vez de exhibirse cuadros en esta nave ubicada en la tokiota y artificial isla de Odaiba hay instalaciones y proyecciones artísticas que se mezclan unas con otras por el suelo, el techo, las paredes y los propios visitantes. No hay fronteras entre lo proyectado y el espectador. El espectador, más que ver la psicodelia en coloridas superficies, se sumerge e interactúa con el arte digital que no para de crearse y del que uno mismo hace parte con cada gesto que realiza.

No son vídeos grabados a los que hay que apretar al botón de Play para ponerlos en marcha, son proyecciones únicas y efímeras creadas por el trasiego de la gente y los 470 proyectores y 520 ordenadores con los que cuenta este museo con aspecto de garaje. El consumo eléctrico de todos estos dispositivos es el secreto mejor guardado del museo.

Un museo en el que cada visita es irrepetible, las instalaciones y proyecciones nunca son ni serán las mismas, incluido el recorrido seguido dentro del mismo. A diferencia de la mayoría de los museos, el de Mori es un laberinto. No hay un único recorrido establecido y lo más probable es que todo el mundo que hace la larga fila que se forma en la entrada, una vez dentro se pierda. Cada visitante sigue el camino que le sugiere lo que siente en cada momento. Salir requiere paciencia, no siempre se hace cuando uno quiere.

Foto de Felipe Hernández Durán

Es un museo en el que no sirven de nada un mapa y una brújula, recuerdo que me dijo la persona que me recibió. No recuerdo su nombre, ni sé dónde lo apunté. Sí me acuerdo de que llevaba un gorro de lana de pescador por encima de las orejas y unas gafas de montura redonda. También que era psicólogo de formación y que mis preguntas sobre pinceles y acuarelas le parecieron más ilógicas que anacrónicas. En la tarjeta personal que me entregó no aparece el cargo que desempeña en teamLab. Un colectivo artístico multidisciplinar japonés fundado en 2001 e interesado en explorar por medio de la tecnología una nueva manera de relacionarnos entre sí los seres humanos, la naturaleza y el mundo que nos rodea.

Una teoría que cobra sentido cuando uno visita el Museo de Arte Digital Mori, el laboratorio de teamLab, y se adentra en los espacios de fantasía ideados por artistas, programadores, ingenieros, técnicos de animación informática, matemáticos y arquitectos, profesionales todos ellos que crean a partir de su contemporaneidad y en los que confluyen el arte, las ciencias, la tecnología y la naturaleza

Sin esta última no se puede entender a los japoneses. Su relación con el medio va más allá de la veneración. Del mismo modo que los artistas de los grabados Ukiyo-e reprodujeron infinidad de veces el monte Fuji, así como otros paisajes, además de escenas de ocio y alterne, teamLab se ha valido de la pintura de La gran ola de Kanagawa, pintada por Hokusai en 1830, para realizar y montar Black Waves – Continuous. Una instalación digital que más que recrear expresa el movimiento de una gran masa de agua que da lugar a una ola continua que se proyecta en las paredes y el suelo de una sala. Como espectador uno siente que ese oleaje compuesto por miles de partículas le va a engullir de manera delicada en vez de ahogarle sin miramientos.

Ese mimetismo con el agua hace que reparemos en que en Oriente las olas se pintan con líneas blancas, como si fueran los nervios de las mismas. En Occidente, en cambio, las olas se representan como una mancha azul. Es como si los japoneses vieran la naturaleza a través del visor de una cámara fotográfica con el obturador abierto durante mucho tiempo. Las largas exposiciones permiten fotografiar hasta la estela del aleteo de una mariposa. Otra de las instalaciones que se puede ver en el museo es una que consta de varias partes y que se proyecta hasta donde sus mariposas y nosotros queramos, es una proyección que se realiza en tiempo real, luego no se repite lo que vemos.

Los nombres de estas instalaciones conectadas son: Flutter of Butterflies Beyond Borders, Transcending Space, Flutter of Butterflies Beyond Borders, Ephemeral Life Born from People y Flutter of Butterflies Beyond Borders – Floating Nest. Quién sabe si siguiendo el revoloteo de todas estas mariposas se da a parar a otras de las instalaciones del sitio, Forest of Resonating Lamps – On Stroke, Fire. Un bosque interminable de lámparas hechas con vidrio de Murano interconectadas y dispuestas en diferentes alturas, que suenan y brillan con el movimiento de las personas que se adentran en esta vidriosa, colorida y musical instalación. A diferencia de la mayoría de los bosques este bosque digital está lleno de gente y el paseo por el mismo tiene que ser rápido. El Mori, a veces, es más el cruce de Shibuya que un museo.

El arte digital, además de abrir nuevos horizontes creativos, permite que nuestro cuerpo se sumerja en las piezas artísticas como nunca antes se había hecho. El colectivo teamLab habla de que se ha pasado de la expresión artística material y estática; los lienzos y la pintura, a una capaz de transformarse y evolucionar de forma independiente. Algo que ya hacía, como dijo Karin Ohlenschläger, crítica de arte y comisaria de exposiciones, en el foro de Cities & Museums de Málaga, en la década de los setenta del siglo pasado The Kitchen, una organización neoyorkina situada en la periferia de arte que usaba la información como materia prima de la creación y reivindicaba el arte electrónico.

La tecnología digital libera a la expresión humana de la restricción física y de las dos dimensiones. Quien dice colectivo dice secta de los chips, de las luces LED y del BIG DATA. El trabajo de teamLab es la psicodelia informática. Un viaje a base de bits en el que los visitantes no tienen que ni que decir ni comportarse como los personajes de las películas de Woody Allen cuando están en un museo o en una galería de arte de Nueva York.

En el Mori uno puede tratar de comprender lo que está viendo que sucede mientras corre, baila y bebe. Tomar una taza de té es un descanso, un relajo y una interacción con el arte. Hasta un cafetero como el que escribe disfrutó preparando un té. Al tiempo que se vierte el líquido en la taza comienzan a florecer unas flores dentro de la misma. No dejan de hacerlo mientras haya té. Con cada trago las flores van desapareciendo. Unas gotas que derramé y que cayeron en la mesa hicieron que sobre la misma florecieran flores. El té, como el agua, es vida. Otra obra que nunca se repite porque no hay dos maneras iguales de preparar y tomar el té. Mucho menos de derramarlo.

Las obras de arte de este museo son interactivas. Piezas que se transforman con el movimiento de la gente o con la presencia de una persona, algo insólito en sus salas siempre atestadas de visitantes (antes de la pandemia, claro). Como indica la denominación del Museo de Arte Digital Mori / teamLab Borderless, no es que los límites entre el público y la obra se difuminen, es que el público se convierte en parte de la obra. Más si el día de la visita se va vestido de blanco.

Y es que el mundo dice la gente de teamLab no solo lo entendemos a través del cerebro, también lo hacemos a través de nuestro cuerpo. Es por eso que los visitantes se introducen en las instalaciones y proyecciones artísticas ideadas por teamLab. Sus miembros adoptan la tecnología digital como una herramienta con la que poder alcanzar el concepto de sin límites, que es un sentimiento más que una filosofía. Un concepto que los niños asimilan con naturalidad y curiosidad. La gente de teamLab lo sabe y por eso han desarrollado un proyecto basado en la creatividad colaborativa, la co-creación, dicen ellos. Una de esas ideas es la denominada Sketch Aquarium: Connected World.

 

Una instalación en la que los participantes, niños y adultos, dibujan la criatura marina que les plazca y al poco tiempo la ven nadando en un enorme acuario digital que hay en la misma sala en la que los usuarios dibujan. Como ocurre en el resto de instalaciones del museo, es la interacción entre el espectador y la obra lo que genera un movimiento, una imagen, que hace que lo que sucede en ese momento no se vuelva a repetir.

Foto de Felipe Hernández Durán

Si Alexander von Humboldt viajó por el mundo para demostrar que la naturaleza está conectada, el Mori es el museo que muestra cómo el arte puede conectarse y transcender los límites entre el espectador y la obra y la obra misma. El Mori es un punto desde el que se pueden adoptar diferentes perspectivas.

Un lugar caótico sin significados, un camino de baldosas amarillas por el que transita la lógica no aceptada del presente en dirección a su comprensión y aceptación. Y es que, si ni siquiera el tipo del gorro de lana de pescador y las gafas de montura redonda sabe si lo que hace teamLab es arte, como van a esperar que el público entienda lo que tratan de expresar por medio de sus instalaciones y proyecciones digitales. Les toca esperar, como antes que ellos hicieron Copérnico y Galileo.

 * Agradecimientos
JNTO Oficina Nacional de Turismo de Japón y Go TOKYO

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Cuando Galileo Galilei dijo que era el Sol y no la Tierra el centro del universo, el Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición le acusó de hereje. El planteamiento de aquel hombre renacentista italiano era incomprensible para la lógica de aquel entonces. Con la lógica de hoy la teoría heliocéntrica barruntada primero por el astrónomo Copérnico ni se pone en duda ni se condena a los que la defienden con estudios científicos.

Vivimos en un mundo en el que no creemos en lo que sí se creía hace diez, cien, doscientos o más años atrás. Lo mismo pasará unos años en adelante cuando miren al pasado. El mundo nunca es como lo era ayer. Igual que la lógica, el arte también se mueve.

Foto de Felipe Hernández Durán

El movimiento. El movimiento de la gente como interruptor que enciende y genera el arte. Arte que se proyecta en unos espacios separados por paredes, pero conectados de manera digital. El Museo de Arte Digital Mori de Tokio es socio de la innovación y la investigación. Un lugar de encuentro, participación y aprendizaje, también oscuro, ruidoso, irregular e inestable. Un lugar de interactuación y conexión de algo más de diez mil metros cuadrados que usa la nube como almacén.

En vez de exhibirse cuadros en esta nave ubicada en la tokiota y artificial isla de Odaiba hay instalaciones y proyecciones artísticas que se mezclan unas con otras por el suelo, el techo, las paredes y los propios visitantes. No hay fronteras entre lo proyectado y el espectador. El espectador, más que ver la psicodelia en coloridas superficies, se sumerge e interactúa con el arte digital que no para de crearse y del que uno mismo hace parte con cada gesto que realiza.

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No son vídeos grabados a los que hay que apretar al botón de Play para ponerlos en marcha, son proyecciones únicas y efímeras creadas por el trasiego de la gente y los 470 proyectores y 520 ordenadores con los que cuenta este museo con aspecto de garaje. El consumo eléctrico de todos estos dispositivos es el secreto mejor guardado del museo.

Un museo en el que cada visita es irrepetible, las instalaciones y proyecciones nunca son ni serán las mismas, incluido el recorrido seguido dentro del mismo. A diferencia de la mayoría de los museos, el de Mori es un laberinto. No hay un único recorrido establecido y lo más probable es que todo el mundo que hace la larga fila que se forma en la entrada, una vez dentro se pierda. Cada visitante sigue el camino que le sugiere lo que siente en cada momento. Salir requiere paciencia, no siempre se hace cuando uno quiere.

Foto de Felipe Hernández Durán

Es un museo en el que no sirven de nada un mapa y una brújula, recuerdo que me dijo la persona que me recibió. No recuerdo su nombre, ni sé dónde lo apunté. Sí me acuerdo de que llevaba un gorro de lana de pescador por encima de las orejas y unas gafas de montura redonda. También que era psicólogo de formación y que mis preguntas sobre pinceles y acuarelas le parecieron más ilógicas que anacrónicas. En la tarjeta personal que me entregó no aparece el cargo que desempeña en teamLab. Un colectivo artístico multidisciplinar japonés fundado en 2001 e interesado en explorar por medio de la tecnología una nueva manera de relacionarnos entre sí los seres humanos, la naturaleza y el mundo que nos rodea.

Una teoría que cobra sentido cuando uno visita el Museo de Arte Digital Mori, el laboratorio de teamLab, y se adentra en los espacios de fantasía ideados por artistas, programadores, ingenieros, técnicos de animación informática, matemáticos y arquitectos, profesionales todos ellos que crean a partir de su contemporaneidad y en los que confluyen el arte, las ciencias, la tecnología y la naturaleza

Sin esta última no se puede entender a los japoneses. Su relación con el medio va más allá de la veneración. Del mismo modo que los artistas de los grabados Ukiyo-e reprodujeron infinidad de veces el monte Fuji, así como otros paisajes, además de escenas de ocio y alterne, teamLab se ha valido de la pintura de La gran ola de Kanagawa, pintada por Hokusai en 1830, para realizar y montar Black Waves – Continuous. Una instalación digital que más que recrear expresa el movimiento de una gran masa de agua que da lugar a una ola continua que se proyecta en las paredes y el suelo de una sala. Como espectador uno siente que ese oleaje compuesto por miles de partículas le va a engullir de manera delicada en vez de ahogarle sin miramientos.

Ese mimetismo con el agua hace que reparemos en que en Oriente las olas se pintan con líneas blancas, como si fueran los nervios de las mismas. En Occidente, en cambio, las olas se representan como una mancha azul. Es como si los japoneses vieran la naturaleza a través del visor de una cámara fotográfica con el obturador abierto durante mucho tiempo. Las largas exposiciones permiten fotografiar hasta la estela del aleteo de una mariposa. Otra de las instalaciones que se puede ver en el museo es una que consta de varias partes y que se proyecta hasta donde sus mariposas y nosotros queramos, es una proyección que se realiza en tiempo real, luego no se repite lo que vemos.

Los nombres de estas instalaciones conectadas son: Flutter of Butterflies Beyond Borders, Transcending Space, Flutter of Butterflies Beyond Borders, Ephemeral Life Born from People y Flutter of Butterflies Beyond Borders – Floating Nest. Quién sabe si siguiendo el revoloteo de todas estas mariposas se da a parar a otras de las instalaciones del sitio, Forest of Resonating Lamps – On Stroke, Fire. Un bosque interminable de lámparas hechas con vidrio de Murano interconectadas y dispuestas en diferentes alturas, que suenan y brillan con el movimiento de las personas que se adentran en esta vidriosa, colorida y musical instalación. A diferencia de la mayoría de los bosques este bosque digital está lleno de gente y el paseo por el mismo tiene que ser rápido. El Mori, a veces, es más el cruce de Shibuya que un museo.

El arte digital, además de abrir nuevos horizontes creativos, permite que nuestro cuerpo se sumerja en las piezas artísticas como nunca antes se había hecho. El colectivo teamLab habla de que se ha pasado de la expresión artística material y estática; los lienzos y la pintura, a una capaz de transformarse y evolucionar de forma independiente. Algo que ya hacía, como dijo Karin Ohlenschläger, crítica de arte y comisaria de exposiciones, en el foro de Cities & Museums de Málaga, en la década de los setenta del siglo pasado The Kitchen, una organización neoyorkina situada en la periferia de arte que usaba la información como materia prima de la creación y reivindicaba el arte electrónico.

La tecnología digital libera a la expresión humana de la restricción física y de las dos dimensiones. Quien dice colectivo dice secta de los chips, de las luces LED y del BIG DATA. El trabajo de teamLab es la psicodelia informática. Un viaje a base de bits en el que los visitantes no tienen que ni que decir ni comportarse como los personajes de las películas de Woody Allen cuando están en un museo o en una galería de arte de Nueva York.

En el Mori uno puede tratar de comprender lo que está viendo que sucede mientras corre, baila y bebe. Tomar una taza de té es un descanso, un relajo y una interacción con el arte. Hasta un cafetero como el que escribe disfrutó preparando un té. Al tiempo que se vierte el líquido en la taza comienzan a florecer unas flores dentro de la misma. No dejan de hacerlo mientras haya té. Con cada trago las flores van desapareciendo. Unas gotas que derramé y que cayeron en la mesa hicieron que sobre la misma florecieran flores. El té, como el agua, es vida. Otra obra que nunca se repite porque no hay dos maneras iguales de preparar y tomar el té. Mucho menos de derramarlo.

Las obras de arte de este museo son interactivas. Piezas que se transforman con el movimiento de la gente o con la presencia de una persona, algo insólito en sus salas siempre atestadas de visitantes (antes de la pandemia, claro). Como indica la denominación del Museo de Arte Digital Mori / teamLab Borderless, no es que los límites entre el público y la obra se difuminen, es que el público se convierte en parte de la obra. Más si el día de la visita se va vestido de blanco.

Y es que el mundo dice la gente de teamLab no solo lo entendemos a través del cerebro, también lo hacemos a través de nuestro cuerpo. Es por eso que los visitantes se introducen en las instalaciones y proyecciones artísticas ideadas por teamLab. Sus miembros adoptan la tecnología digital como una herramienta con la que poder alcanzar el concepto de sin límites, que es un sentimiento más que una filosofía. Un concepto que los niños asimilan con naturalidad y curiosidad. La gente de teamLab lo sabe y por eso han desarrollado un proyecto basado en la creatividad colaborativa, la co-creación, dicen ellos. Una de esas ideas es la denominada Sketch Aquarium: Connected World.

 

Una instalación en la que los participantes, niños y adultos, dibujan la criatura marina que les plazca y al poco tiempo la ven nadando en un enorme acuario digital que hay en la misma sala en la que los usuarios dibujan. Como ocurre en el resto de instalaciones del museo, es la interacción entre el espectador y la obra lo que genera un movimiento, una imagen, que hace que lo que sucede en ese momento no se vuelva a repetir.

Foto de Felipe Hernández Durán

Si Alexander von Humboldt viajó por el mundo para demostrar que la naturaleza está conectada, el Mori es el museo que muestra cómo el arte puede conectarse y transcender los límites entre el espectador y la obra y la obra misma. El Mori es un punto desde el que se pueden adoptar diferentes perspectivas.

Un lugar caótico sin significados, un camino de baldosas amarillas por el que transita la lógica no aceptada del presente en dirección a su comprensión y aceptación. Y es que, si ni siquiera el tipo del gorro de lana de pescador y las gafas de montura redonda sabe si lo que hace teamLab es arte, como van a esperar que el público entienda lo que tratan de expresar por medio de sus instalaciones y proyecciones digitales. Les toca esperar, como antes que ellos hicieron Copérnico y Galileo.

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