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8 de enero 2015    /   BUSINESS
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Un Museo Omnipresente para reiniciar las ciudades

8 de enero 2015    /   BUSINESS     por          
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El paisaje urbano ya no nos fascina. O al menos el que contemplamos al alba en nuestro trayecto del domicilio a la boca del suburbano. Las mismas papeleras, los mismos mupis y el mismo perro que alivia sus necesidades fisiológicas en su seto preferido, acompañado fielmente por tu vecino. La mayor novedad es esa capa de pintura antideslizante que revive un paso de cebra o una rotonda que ha decidido echar raíces en el lugar más inoportuno.
Michael Pederson, un artista callejero australiano, quiere que los transeúntes empecemos a prestar más atención a la vía pública, que está cansada de que la ignoremos. Lleva un año dispersando sus señales por Sidney, camufladas en la estética urbana, pero sorprendentes por sus ingeniosos e irónicos mensajes. Interrumpir a los viandantes y que salgan de su aletargamiento es el objetivo de este perturbador de lo mundano.
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Una de sus últimas instalaciones es una estación de hipnosis que pende de un árbol para recordarnos dónde vamos y hacer que olvidemos los lugares a los que hemos ido. Los transeúntes solo tienen que respirar hondo, repetir unas frases mágicas diez veces mientras miran el disco giratorio y continuar su viaje, no vaya a ser que entren en trance y bloqueen el paso.

¿Son monótonas las urbes y es necesario aderezar su gris fisionomía con un poco de humor? Pederson no las culpa a ellas, sino a nosotros, que hemos dejado de prestarlas suficiente atención. «No creo que las ciudades sean necesariamente lugares aburridos, pero tendemos a movernos a través de esos espacios en caminos predecibles, especialmente si vivimos y trabajamos en ellos», defiende el artista.
Las esculturas humanas de Mark Jenkins, que marcan un nuevo orden en la calle, la frágil sensibilidad de Isaac Cordal con sus hombres deprimidos en miniatura o el juego del absurdo que proponen David Shrigley y sus dibujos han sido una provocación para que este creador, que responde al nombre artístico de Miguel Marquez Outside, también haya querido provocar.
Subvertir las señales oficiales y los letreros publicitarios para comunicar ideas diferentes es su obsesión. «Con el Museo Omnipresente quiero reimaginar y llamar la atención sobre los lugares olvidados e ignorados de nuestro mundo», nos cuenta este rastreador de los detalles.
Pederson tira la casa y hasta el supermercado por la ventana, descontextualizando los objetos que utilizamos a diario. Un carro de la compra se queja por su soledad, una televisión abandonada se lamenta por lo que ya nunca más verá y una aspiradora nos interroga por su lugar en el mundo en mitad de la calle.
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Mientras los carteles luminosos y el street marketing pretenden convencer a nuestro bolsillo, las obras de arte de Pederson quieren persuadir a nuestra rutina para que nos abandone por unos instantes. Los ciudadanos de Sidney reaccionan a las obras de arte de Pederson de distintas formas. «Algunos se ríen, otros se quedan mirando un rato y otros, simplemente, siguen caminando sin darse cuenta», nos explica este artista, que también vive intensas conversaciones con los viandantes cuando le observan instalando una obra.
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Debajo de una cámara de videovigilancia, una placa nos recuerda la paranoia habitual que invade nuestro cuerpo cuando reparamos en su presencia. «Una cámara CCTV es todavía un sutil recordatorio de que tenemos un yo público que está observando y está siendo observado por otros. Supongo que la placa habla sobre las diferencias entre el yo público y el yo privado, sobre cómo la gente opera en público».
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Pederson exprime su creatividad y la expone públicamente. Sabe que sus obras durarán poco tiempo, pero no le preocupa que sus huellas no pasen a la posterioridad. Perpetuándose, olvidarían su esencia. «Las señales no están destinadas a ser permanentes. No me importa que no duren mucho tiempo. Si lo hicieran, se convertirían en demasiado familiares».
La familiaridad poco a poco se transforma en esa monotonía que nos impide admirar los rincones de nuestra localidad que pasamos por alto. Y si somos incapaces de contemplar la belleza del arco iris que forma la gasolina en el asfalto, lo mejor será pulsar el stop y reiniciar la ciudad. O comenzar a buscar la salida de emergencia.
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El paisaje urbano ya no nos fascina. O al menos el que contemplamos al alba en nuestro trayecto del domicilio a la boca del suburbano. Las mismas papeleras, los mismos mupis y el mismo perro que alivia sus necesidades fisiológicas en su seto preferido, acompañado fielmente por tu vecino. La mayor novedad es esa capa de pintura antideslizante que revive un paso de cebra o una rotonda que ha decidido echar raíces en el lugar más inoportuno.
Michael Pederson, un artista callejero australiano, quiere que los transeúntes empecemos a prestar más atención a la vía pública, que está cansada de que la ignoremos. Lleva un año dispersando sus señales por Sidney, camufladas en la estética urbana, pero sorprendentes por sus ingeniosos e irónicos mensajes. Interrumpir a los viandantes y que salgan de su aletargamiento es el objetivo de este perturbador de lo mundano.
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Una de sus últimas instalaciones es una estación de hipnosis que pende de un árbol para recordarnos dónde vamos y hacer que olvidemos los lugares a los que hemos ido. Los transeúntes solo tienen que respirar hondo, repetir unas frases mágicas diez veces mientras miran el disco giratorio y continuar su viaje, no vaya a ser que entren en trance y bloqueen el paso.

¿Son monótonas las urbes y es necesario aderezar su gris fisionomía con un poco de humor? Pederson no las culpa a ellas, sino a nosotros, que hemos dejado de prestarlas suficiente atención. «No creo que las ciudades sean necesariamente lugares aburridos, pero tendemos a movernos a través de esos espacios en caminos predecibles, especialmente si vivimos y trabajamos en ellos», defiende el artista.
Las esculturas humanas de Mark Jenkins, que marcan un nuevo orden en la calle, la frágil sensibilidad de Isaac Cordal con sus hombres deprimidos en miniatura o el juego del absurdo que proponen David Shrigley y sus dibujos han sido una provocación para que este creador, que responde al nombre artístico de Miguel Marquez Outside, también haya querido provocar.
Subvertir las señales oficiales y los letreros publicitarios para comunicar ideas diferentes es su obsesión. «Con el Museo Omnipresente quiero reimaginar y llamar la atención sobre los lugares olvidados e ignorados de nuestro mundo», nos cuenta este rastreador de los detalles.
Pederson tira la casa y hasta el supermercado por la ventana, descontextualizando los objetos que utilizamos a diario. Un carro de la compra se queja por su soledad, una televisión abandonada se lamenta por lo que ya nunca más verá y una aspiradora nos interroga por su lugar en el mundo en mitad de la calle.
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Mientras los carteles luminosos y el street marketing pretenden convencer a nuestro bolsillo, las obras de arte de Pederson quieren persuadir a nuestra rutina para que nos abandone por unos instantes. Los ciudadanos de Sidney reaccionan a las obras de arte de Pederson de distintas formas. «Algunos se ríen, otros se quedan mirando un rato y otros, simplemente, siguen caminando sin darse cuenta», nos explica este artista, que también vive intensas conversaciones con los viandantes cuando le observan instalando una obra.
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Debajo de una cámara de videovigilancia, una placa nos recuerda la paranoia habitual que invade nuestro cuerpo cuando reparamos en su presencia. «Una cámara CCTV es todavía un sutil recordatorio de que tenemos un yo público que está observando y está siendo observado por otros. Supongo que la placa habla sobre las diferencias entre el yo público y el yo privado, sobre cómo la gente opera en público».
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Pederson exprime su creatividad y la expone públicamente. Sabe que sus obras durarán poco tiempo, pero no le preocupa que sus huellas no pasen a la posterioridad. Perpetuándose, olvidarían su esencia. «Las señales no están destinadas a ser permanentes. No me importa que no duren mucho tiempo. Si lo hicieran, se convertirían en demasiado familiares».
La familiaridad poco a poco se transforma en esa monotonía que nos impide admirar los rincones de nuestra localidad que pasamos por alto. Y si somos incapaces de contemplar la belleza del arco iris que forma la gasolina en el asfalto, lo mejor será pulsar el stop y reiniciar la ciudad. O comenzar a buscar la salida de emergencia.
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