23 de mayo 2018    /   CREATIVIDAD
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Vladimir Nabokov veía colores cuando escuchaba las letras del alfabeto

23 de mayo 2018    /   CREATIVIDAD     por          
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El escritor ruso Vladimir Nabokov experimentaba una curiosa variedad de sinesesia. Cuando escuchaba las distintas letras del alfabeto, se le reproducían diferentes colores y algunos de ellos tenían un grado de sofisticación y detalle asombroso. Además, le sucedía, sobre todo, con el alfabeto inglés.

Los colores acostumbran a tener una serie de significados que suelen estar asociados a estados de ánimo o a sensaciones. El rojo es sinónimo de ira, de pasión o de una determinada adscripción política. El verde es esperanza, ecologismo o falta de madurez. El negro puede ser muerte, pero en otras culturas el luto también se relaciona con el blanco.

Esta capacidad de los colores para evocar sensaciones o simbolizar ciertos aspectos de la personalidad de los individuos ha sido una herramienta constante en la historia del arte, especialmente en la pintura, pero no únicamente en ella. En 1967, el locutor y artista de spoken word Ken Nordine grabó para el sello Philips un disco de música inspirado en los colores llamado, en un alarde de originalidad, Colors.

Este álbum estaba compuesto por una treintena de cortes, cada uno de los cuales estaba dedicado a una tonalidad. La música y los poemas asociados a esos colores, que iban desde el Olive al Lavender, sin olvidar Orange, Purple o White, variaban de ritmo e intensidad según lo que cada uno de ellos le hubiera sugerido a Ken Nordine y sus músicos.

El trabajo de Nordine y los ejemplos antes referidos que vinculan colores y ciertos significantes operan en el ámbito de lo simbólico. Sin embargo, en ocasiones sí que hay una relación directa entre los colores y las sensaciones que experimenta la persona que los percibe.

El fenómeno que conecta unos sentidos con otros que en principio no tienen relación entre sí es conocido como sinestesia. Consiste, por ejemplo, en tener sensaciones gustativas al ver un color, percibir un color al escuchar un sonido o tener una sensación táctil cuando se ve un objeto.

En el pasado, la sinestesia se consideraba un fenómeno muy poco frecuente, sin embargo, a medida que se ha ido investigando, los científicos se han dado cuenta de que es más habitual de lo que parece. Esto ha llevado a los críticos literarios analizar con otros ojos obras de, por ejemplo, autores como Virginia Woolf, Dylan Thomas, Charles Baudelaire o James Joyce.

A la luz de la sinestesia, algunas de las referencias o metáforas que estos autores utilizaron en sus obras dejan de ser meras metáforas para tornarse en verdaderas sensaciones percibidas por el ojo, el oído, el olfato o la vista.

Eso es lo que le sucedía a Vladimir Nabokov. El escritor ruso refirió en su libro autobiográfico Habla memoria cómo, al escuchar la pronunciación de las letras del alfabeto o algunas combinaciones de las mismas, se generaba en su cabeza una sensación cromática.

Lo más curioso del tema es que Nabokov, nacido en el seno de una familia aristocrática rusa que tuvo que exiliarse a Alemania para huir de la Revolución bolchevique, no tenía esas sensaciones con fonemas del ruso, su idioma materno, sino con los del alfabeto inglés, principalmente, y, en ocasiones, el francés.

Según el autor de Lolita, «una A larga del alfabeto inglés» tenía para él «el aspecto de la madera erosionada». Sin embargo, esa misma A del alfabeto francés le evocaba el ébano pulido. En esta gama de negros y marrones la G le evocaba el caucho vulcanizado de los neumáticos, y la combinación de YR era como un trapo manchado de hollín cuando se rasgaba.

En la gama de azules, Nabokov distinguía un azul metalizado en la X; una nube que amenaza tormenta en la Z; y en la K, el color de los arándanos. En este último caso, como el sonido de K y Q es semejante pero no idéntico, su efecto en el escritor también tenía matices. Si bien la Q también provocaba la percepción del color de los arándanos, este era más oscuro que cuando escuchaba la K.

En la gama de verdes, la F era para él una hoja de aliso y la P, un verde manzana. La T sería color pistacho y la W, una mezcla de verde tenue mezclado con violeta.

También había letras que le provocaban sensaciones en el espectro de los amarillos. Por ejemplo, la E y la I eran diferentes variedades de crema; la D, un dorado brillante y la U, un color cobre oscuro.

Como si se tratara de un muestrario de Pantone, después del amarillo, Nabokov pasaba a describir los marrones y, a continuación, los rojos, entre los que se encontraría la B para el tono siena y la M para un rosa.

Para finalizar, el escritor aclaraba que «los diptongos no producen ningún color», salvo situaciones muy excepcionales, y reconocía que también tenía localizada una combinación para el arcoiris, aunque, advertía, «es muy difícil de pronunciar: KZSPYGV».

El escritor ruso Vladimir Nabokov experimentaba una curiosa variedad de sinesesia. Cuando escuchaba las distintas letras del alfabeto, se le reproducían diferentes colores y algunos de ellos tenían un grado de sofisticación y detalle asombroso. Además, le sucedía, sobre todo, con el alfabeto inglés.

Los colores acostumbran a tener una serie de significados que suelen estar asociados a estados de ánimo o a sensaciones. El rojo es sinónimo de ira, de pasión o de una determinada adscripción política. El verde es esperanza, ecologismo o falta de madurez. El negro puede ser muerte, pero en otras culturas el luto también se relaciona con el blanco.

Esta capacidad de los colores para evocar sensaciones o simbolizar ciertos aspectos de la personalidad de los individuos ha sido una herramienta constante en la historia del arte, especialmente en la pintura, pero no únicamente en ella. En 1967, el locutor y artista de spoken word Ken Nordine grabó para el sello Philips un disco de música inspirado en los colores llamado, en un alarde de originalidad, Colors.

Este álbum estaba compuesto por una treintena de cortes, cada uno de los cuales estaba dedicado a una tonalidad. La música y los poemas asociados a esos colores, que iban desde el Olive al Lavender, sin olvidar Orange, Purple o White, variaban de ritmo e intensidad según lo que cada uno de ellos le hubiera sugerido a Ken Nordine y sus músicos.

El trabajo de Nordine y los ejemplos antes referidos que vinculan colores y ciertos significantes operan en el ámbito de lo simbólico. Sin embargo, en ocasiones sí que hay una relación directa entre los colores y las sensaciones que experimenta la persona que los percibe.

El fenómeno que conecta unos sentidos con otros que en principio no tienen relación entre sí es conocido como sinestesia. Consiste, por ejemplo, en tener sensaciones gustativas al ver un color, percibir un color al escuchar un sonido o tener una sensación táctil cuando se ve un objeto.

En el pasado, la sinestesia se consideraba un fenómeno muy poco frecuente, sin embargo, a medida que se ha ido investigando, los científicos se han dado cuenta de que es más habitual de lo que parece. Esto ha llevado a los críticos literarios analizar con otros ojos obras de, por ejemplo, autores como Virginia Woolf, Dylan Thomas, Charles Baudelaire o James Joyce.

A la luz de la sinestesia, algunas de las referencias o metáforas que estos autores utilizaron en sus obras dejan de ser meras metáforas para tornarse en verdaderas sensaciones percibidas por el ojo, el oído, el olfato o la vista.

Eso es lo que le sucedía a Vladimir Nabokov. El escritor ruso refirió en su libro autobiográfico Habla memoria cómo, al escuchar la pronunciación de las letras del alfabeto o algunas combinaciones de las mismas, se generaba en su cabeza una sensación cromática.

Lo más curioso del tema es que Nabokov, nacido en el seno de una familia aristocrática rusa que tuvo que exiliarse a Alemania para huir de la Revolución bolchevique, no tenía esas sensaciones con fonemas del ruso, su idioma materno, sino con los del alfabeto inglés, principalmente, y, en ocasiones, el francés.

Según el autor de Lolita, «una A larga del alfabeto inglés» tenía para él «el aspecto de la madera erosionada». Sin embargo, esa misma A del alfabeto francés le evocaba el ébano pulido. En esta gama de negros y marrones la G le evocaba el caucho vulcanizado de los neumáticos, y la combinación de YR era como un trapo manchado de hollín cuando se rasgaba.

En la gama de azules, Nabokov distinguía un azul metalizado en la X; una nube que amenaza tormenta en la Z; y en la K, el color de los arándanos. En este último caso, como el sonido de K y Q es semejante pero no idéntico, su efecto en el escritor también tenía matices. Si bien la Q también provocaba la percepción del color de los arándanos, este era más oscuro que cuando escuchaba la K.

En la gama de verdes, la F era para él una hoja de aliso y la P, un verde manzana. La T sería color pistacho y la W, una mezcla de verde tenue mezclado con violeta.

También había letras que le provocaban sensaciones en el espectro de los amarillos. Por ejemplo, la E y la I eran diferentes variedades de crema; la D, un dorado brillante y la U, un color cobre oscuro.

Como si se tratara de un muestrario de Pantone, después del amarillo, Nabokov pasaba a describir los marrones y, a continuación, los rojos, entre los que se encontraría la B para el tono siena y la M para un rosa.

Para finalizar, el escritor aclaraba que «los diptongos no producen ningún color», salvo situaciones muy excepcionales, y reconocía que también tenía localizada una combinación para el arcoiris, aunque, advertía, «es muy difícil de pronunciar: KZSPYGV».

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Opiniones 2
  • Gracias, muy interesante. Me apoya en lo que investigo con respecto a lo que sucede en el caso de algunas personas con esquizofrenia que tienen alucinaciones auditivas y las relacionan también con colores.

  • Es algo maravilloso ver que una persona retoma su vida, después de una enfermedad tan devastadora como la esquizofrenia, con tratamiento farmacológico y con educación artistica

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