27 de agosto 2013    /   BUSINESS
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Nacho + Waffel = Wacho

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Desde el tex–mex, aquellos locos años en los que comida mexicana se revolcó con la diet estadounidense, tan arraigada está la gastronomía de México en esa tierra que incluso ya ha empezado a tener descendencia con extranjeras. Fue con una tierna belga. A Nacho, que ya vestía de surfero y hablaba el inglés de mother tongue, se le apareció Waffel de pronto en una calle de L.A. Se amaron. Jasmine Wolf, chef y dueña en esa ciudad de un camión-restaurante itinerante llamado The Lobos Truck, ofició su unión en un autobús colorado y tuvieron un retoño. Se llama Wacho. La chef, a falta de unos trámites, está en proceso de registrar a la criatura. La comida tex-mex ha engendrado la tercera generación con documento de servilleta.

Wachos

Wolf entendió emprendimiento como una manera de llevar un camión restaurante rojo por todas las esquinas de los Ángeles vendiendo comida. Parece que entendió bien. A su mostrador móvil, que trabaja siete días a la semana en cualquier lugar de la ciudad (su pista en @thelobostruck), acuden cientos de personas a encargar algo de su menú. Cuando la encuentran. Hace un año y medio que empezó a rodar  de avenida en avenida embolsando alitas de pollo, pollo a la barbacoa, costillitas, hamburguesas con queso…, pero eso se le quedaba corto. Tener un establecimiento rodante no era sinónimo de inmovilismo alimenticio. Entonces probó a hacer algo nuevo: Un nacho por aquí, la forma de waffel (gofre) por allá… ¡vaya! “Aquellos wachos fueron puestos en el menú como guarnición”, cuenta Wolf, “pero súbitamente le quitaron la importancia al plato. Se ganaron su propia popularidad porque estaban deliciosos”, se deshace la dueña al presumir del bebé.

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“El wacho está formado por un waffle frito, que no es un waffel dulce, es igual que él pero sabe a patatas fritas”, revela esta artista su receta de la cocacola. Aunque tampoco entrega el misterio al pie de la letra:  “después pongo ingredientes sobre él en vez de patatas de maíz”, entrevela.

Al parecer sabe rico. Hay días que vende “150 raciones de ellos”. De hecho, el  segundo camión-restaurante que está comprando para dar abasto ya está en camino. Mientras tanto ella y su equipo, por si las moscas  -porque han visto a muchos relamerse con su producto-, ya ha iniciado hace tiempo el trámite para sacarle la patente. No vaya a ser que otro venga a relamer el plato de su hijo mestizo prodigio. La tercera generación del gusto a México ya gatea.

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Desde el tex–mex, aquellos locos años en los que comida mexicana se revolcó con la diet estadounidense, tan arraigada está la gastronomía de México en esa tierra que incluso ya ha empezado a tener descendencia con extranjeras. Fue con una tierna belga. A Nacho, que ya vestía de surfero y hablaba el inglés de mother tongue, se le apareció Waffel de pronto en una calle de L.A. Se amaron. Jasmine Wolf, chef y dueña en esa ciudad de un camión-restaurante itinerante llamado The Lobos Truck, ofició su unión en un autobús colorado y tuvieron un retoño. Se llama Wacho. La chef, a falta de unos trámites, está en proceso de registrar a la criatura. La comida tex-mex ha engendrado la tercera generación con documento de servilleta.

Wachos

Wolf entendió emprendimiento como una manera de llevar un camión restaurante rojo por todas las esquinas de los Ángeles vendiendo comida. Parece que entendió bien. A su mostrador móvil, que trabaja siete días a la semana en cualquier lugar de la ciudad (su pista en @thelobostruck), acuden cientos de personas a encargar algo de su menú. Cuando la encuentran. Hace un año y medio que empezó a rodar  de avenida en avenida embolsando alitas de pollo, pollo a la barbacoa, costillitas, hamburguesas con queso…, pero eso se le quedaba corto. Tener un establecimiento rodante no era sinónimo de inmovilismo alimenticio. Entonces probó a hacer algo nuevo: Un nacho por aquí, la forma de waffel (gofre) por allá… ¡vaya! “Aquellos wachos fueron puestos en el menú como guarnición”, cuenta Wolf, “pero súbitamente le quitaron la importancia al plato. Se ganaron su propia popularidad porque estaban deliciosos”, se deshace la dueña al presumir del bebé.

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“El wacho está formado por un waffle frito, que no es un waffel dulce, es igual que él pero sabe a patatas fritas”, revela esta artista su receta de la cocacola. Aunque tampoco entrega el misterio al pie de la letra:  “después pongo ingredientes sobre él en vez de patatas de maíz”, entrevela.

Al parecer sabe rico. Hay días que vende “150 raciones de ellos”. De hecho, el  segundo camión-restaurante que está comprando para dar abasto ya está en camino. Mientras tanto ella y su equipo, por si las moscas  -porque han visto a muchos relamerse con su producto-, ya ha iniciado hace tiempo el trámite para sacarle la patente. No vaya a ser que otro venga a relamer el plato de su hijo mestizo prodigio. La tercera generación del gusto a México ya gatea.

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