10 de mayo 2018    /   ENTRETENIMIENTO
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Fotos que limpian los prejuicios hacia Nápoles

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Nápoles es como Caracas, Mogadiscio, Raqqa o Grozny: el año pasado el periódico inglés The Sun hirió el orgullo patrio de los napolitanos al colocar la tercera ciudad de Italia entre las 11 urbes más peligrosas del mundo. El Sistema, palabra con la que se denomina a la Camorra, sería responsable de este resultado negativo, junto al tráfico de drogas, las altas tasas de homicidios y la criminalidad infantil, marcada por el fenómeno de los baby boss.

Frente a tamaña afrenta, los napolitanos, con su habitual buen humor, dieron la vuelta a la tortilla haciendo gala de la creatividad que les define. Para demostrar que no se identificaban con este estigma, respondieron con un irónico vídeo producido por VisitNaples.eu junto a un conocido bar del centro. El vídeo en inglés se hizo viral en pocas semanas y alcanzó las casi tres millones de visualizaciones.

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En realidad, Nápoles ni siquiera figura entre las ciudades más inseguras de Europa, según datos de la consultora Mercer. Kiev, Belgrado, Atenas, Sofía y Budapest serían bastantes más violentas y peligrosas, según los datos oficiales. Tampoco aparece en la lista de las ciudades más peligrosas del mundo publicada por el semanario The Economist.

«La violencia sin duda está presente en las calles de Nápoles. Yo mismo he sido testigo de pequeños episodios y he oído terribles relatos, aunque no me ha pasado nada directamente. Ciertamente hay violencia, pero no en los niveles que transmiten series televisivas como Gomorra o las noticias de los medios de comunicación», resume Sam Gregg, un joven fotógrafo inglés que pasó ocho meses en el céntrico barrio de Montesanto para retratar la vivacidad de las calles de una de las ciudades más originales y anárquicas del planeta.

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«Conocí Nápoles dos años antes de instalarme allí y me enamoré completamente. Me prometí que antes de morir, viviría allí», dice este Englishman de 27 años. Después de tres años en Bangkok y una breve estancia en Londres, Gregg se marchó a la antigua capital del Reino de las Dos Sicilias para dar clases de inglés, al mismo tiempo que recorría los callejones del casco histórico con la cámara al hombro.

«Los napolitanos son personas muy enérgicas. Además, son dramáticos, a veces incluso melodramáticos, y rebosan una admirable pasión. Tienen un gran sentido del humor, son acogedores y mantienen fuertes lazos familiares. A pesar de la inseguridad financiera y del futuro incierto, son extremadamente orgullosos del lugar del que proceden», analiza este artista visual, que rehúye de los clichés que los periódicos encasquetan a las ciudades.

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«Yo era consciente del prejuicio de la prensa inglesa contra Nápoles, pero si escuchas a los medios de comunicación, te pierdes la parte más genuina de una ciudad», agrega. Eso sí, el fotógrafo admite que por lo menos un típico tópico es real: «¡Todos los napolitanos comen pizza a todas horas!».

Gregg centró sus esfuerzos creativos en dos de los barrios más pobres y conflictivos de Nápoles: el Rione Sanità y los Quartieri Spagnoli. El primero fue la residencia de la élite partenopea en el siglo XVII, antes de entrar en una fase irreversible de aislamiento y decadencia.

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El segundo se remonta a la misma época y fue originariamente el cuartel general de las guarniciones militares españolas destinadas a la represión de posibles revueltas de la población napolitana. Ambos presentan la típica estampa de callejones sin salida, ropa tendida, personas sentadas al aire libre y motos circulando a una velocidad impredecible con hasta cuatro personas a bordo.

«Estos distritos son bastante diferentes del resto de la ciudad. Son la parte más impactante a nivel visual y más volátil del centro histórico», explica el fotógrafo. «Los habitantes de estas áreas acaban siendo una especie de casta diferente. Son ruidosos y llamativos y para mí son casi el emblema del color, la energía y la excentricidad de esta ciudad», destaca Gregg, para quien Nápoles es un lugar incomparable y único.

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A lo largo de tres trimestres, el fotógrafo retrató con constancia a muchos de los que se cruzaban en su camino, en su mayoría desconocidos. Con algunos acabó labrando una relación más personal.

Por momentos se convirtió en objeto de codicia de los femminielli, una originalísima clase de drag queens autóctona de Nápoles. «Conocí el fenómeno de los femminielli en las últimas semanas de mi estancia. Me recordaron a los Hijra [representante del tercer sexo] del Sudeste asiático. Es un tema que me encantaría explorar en el futuro», revela.

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En los meses que pasó en esta ciudad, Gregg consiguió captar la esencia de una comunidad formada por personas intensas, contradictorias y extravagantes. «Los napolitanos aparentan ser personas felices.

No llegan al nivel de los tailandeses o de los indios, pero poseen un nivel de energía muy alto. La energía no equivale a la felicidad, pero son dotados de una increíble joie de vivre.

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Sin embargo, no queda la menor duda de que hay un matiz de melancolía. El Gobierno italiano descuida el sur del país y muchos napolitanos viven por debajo del nivel de pobreza. Hacen lo mejor con lo poco que tienen y mantienen el optimismo mientras encaran las adversidades. Pero al fin y al cabo no hay romanticismo en la pobreza», reflexiona.

En lo que a sentimientos se refiere, en Nápoles no existen términos medios. «Si los ingleses pueden ser definidos como monótonos en sus emociones, los napolitanos resultan casi bipolares, en el buen sentido. Es un ir y venir constante de sensaciones en un crescendo teatral. El drama y la pantomima representan una parte esencial de su naturaleza, como ocurre con Pulcinella», dice Gregg, en referencia al conocido personaje de la commedia dell’arte, omnipresente en la cultura popular partenopea. 

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La conclusión de este fotógrafo es tan simple como entusiasta: antes de morir, visita Nápoles, una ciudad caprichosa a la que se puede amar y odiar, o amar y odiar al mismo tiempo.

«Yo la suelo describir con una especie de marmite, la típica salsa inglesa que usaba el mismo eslogan: “O la amas o la odias”. Mi experiencia personal fue 100% positiva porque Nápoles encaja perfectamente con mi temperamento y mis intereses», asegura. La ciudad que fascinó a Plinio y a Goethe no será un paraíso, pero tampoco es el infierno reflejado en las páginas The Sun.

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Nápoles es como Caracas, Mogadiscio, Raqqa o Grozny: el año pasado el periódico inglés The Sun hirió el orgullo patrio de los napolitanos al colocar la tercera ciudad de Italia entre las 11 urbes más peligrosas del mundo. El Sistema, palabra con la que se denomina a la Camorra, sería responsable de este resultado negativo, junto al tráfico de drogas, las altas tasas de homicidios y la criminalidad infantil, marcada por el fenómeno de los baby boss.

Frente a tamaña afrenta, los napolitanos, con su habitual buen humor, dieron la vuelta a la tortilla haciendo gala de la creatividad que les define. Para demostrar que no se identificaban con este estigma, respondieron con un irónico vídeo producido por VisitNaples.eu junto a un conocido bar del centro. El vídeo en inglés se hizo viral en pocas semanas y alcanzó las casi tres millones de visualizaciones.

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En realidad, Nápoles ni siquiera figura entre las ciudades más inseguras de Europa, según datos de la consultora Mercer. Kiev, Belgrado, Atenas, Sofía y Budapest serían bastantes más violentas y peligrosas, según los datos oficiales. Tampoco aparece en la lista de las ciudades más peligrosas del mundo publicada por el semanario The Economist.

«La violencia sin duda está presente en las calles de Nápoles. Yo mismo he sido testigo de pequeños episodios y he oído terribles relatos, aunque no me ha pasado nada directamente. Ciertamente hay violencia, pero no en los niveles que transmiten series televisivas como Gomorra o las noticias de los medios de comunicación», resume Sam Gregg, un joven fotógrafo inglés que pasó ocho meses en el céntrico barrio de Montesanto para retratar la vivacidad de las calles de una de las ciudades más originales y anárquicas del planeta.

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«Conocí Nápoles dos años antes de instalarme allí y me enamoré completamente. Me prometí que antes de morir, viviría allí», dice este Englishman de 27 años. Después de tres años en Bangkok y una breve estancia en Londres, Gregg se marchó a la antigua capital del Reino de las Dos Sicilias para dar clases de inglés, al mismo tiempo que recorría los callejones del casco histórico con la cámara al hombro.

«Los napolitanos son personas muy enérgicas. Además, son dramáticos, a veces incluso melodramáticos, y rebosan una admirable pasión. Tienen un gran sentido del humor, son acogedores y mantienen fuertes lazos familiares. A pesar de la inseguridad financiera y del futuro incierto, son extremadamente orgullosos del lugar del que proceden», analiza este artista visual, que rehúye de los clichés que los periódicos encasquetan a las ciudades.

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«Yo era consciente del prejuicio de la prensa inglesa contra Nápoles, pero si escuchas a los medios de comunicación, te pierdes la parte más genuina de una ciudad», agrega. Eso sí, el fotógrafo admite que por lo menos un típico tópico es real: «¡Todos los napolitanos comen pizza a todas horas!».

Gregg centró sus esfuerzos creativos en dos de los barrios más pobres y conflictivos de Nápoles: el Rione Sanità y los Quartieri Spagnoli. El primero fue la residencia de la élite partenopea en el siglo XVII, antes de entrar en una fase irreversible de aislamiento y decadencia.

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El segundo se remonta a la misma época y fue originariamente el cuartel general de las guarniciones militares españolas destinadas a la represión de posibles revueltas de la población napolitana. Ambos presentan la típica estampa de callejones sin salida, ropa tendida, personas sentadas al aire libre y motos circulando a una velocidad impredecible con hasta cuatro personas a bordo.

«Estos distritos son bastante diferentes del resto de la ciudad. Son la parte más impactante a nivel visual y más volátil del centro histórico», explica el fotógrafo. «Los habitantes de estas áreas acaban siendo una especie de casta diferente. Son ruidosos y llamativos y para mí son casi el emblema del color, la energía y la excentricidad de esta ciudad», destaca Gregg, para quien Nápoles es un lugar incomparable y único.

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A lo largo de tres trimestres, el fotógrafo retrató con constancia a muchos de los que se cruzaban en su camino, en su mayoría desconocidos. Con algunos acabó labrando una relación más personal.

Por momentos se convirtió en objeto de codicia de los femminielli, una originalísima clase de drag queens autóctona de Nápoles. «Conocí el fenómeno de los femminielli en las últimas semanas de mi estancia. Me recordaron a los Hijra [representante del tercer sexo] del Sudeste asiático. Es un tema que me encantaría explorar en el futuro», revela.

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En los meses que pasó en esta ciudad, Gregg consiguió captar la esencia de una comunidad formada por personas intensas, contradictorias y extravagantes. «Los napolitanos aparentan ser personas felices.

No llegan al nivel de los tailandeses o de los indios, pero poseen un nivel de energía muy alto. La energía no equivale a la felicidad, pero son dotados de una increíble joie de vivre.

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Sin embargo, no queda la menor duda de que hay un matiz de melancolía. El Gobierno italiano descuida el sur del país y muchos napolitanos viven por debajo del nivel de pobreza. Hacen lo mejor con lo poco que tienen y mantienen el optimismo mientras encaran las adversidades. Pero al fin y al cabo no hay romanticismo en la pobreza», reflexiona.

En lo que a sentimientos se refiere, en Nápoles no existen términos medios. «Si los ingleses pueden ser definidos como monótonos en sus emociones, los napolitanos resultan casi bipolares, en el buen sentido. Es un ir y venir constante de sensaciones en un crescendo teatral. El drama y la pantomima representan una parte esencial de su naturaleza, como ocurre con Pulcinella», dice Gregg, en referencia al conocido personaje de la commedia dell’arte, omnipresente en la cultura popular partenopea. 

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La conclusión de este fotógrafo es tan simple como entusiasta: antes de morir, visita Nápoles, una ciudad caprichosa a la que se puede amar y odiar, o amar y odiar al mismo tiempo.

«Yo la suelo describir con una especie de marmite, la típica salsa inglesa que usaba el mismo eslogan: “O la amas o la odias”. Mi experiencia personal fue 100% positiva porque Nápoles encaja perfectamente con mi temperamento y mis intereses», asegura. La ciudad que fascinó a Plinio y a Goethe no será un paraíso, pero tampoco es el infierno reflejado en las páginas The Sun.

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Opiniones 1
  • El escenario de una ciudad milenaria entra mal por los ojos del prejuicio. Una mirada limpia de ello nos devuelve a la ciudad más viva rica y culta del planeta.
    Una señora prejuiciosa me consulto por Nápoles y le dije que fuera primero al barrio de los españoles, y luego al museo arqueológico. Y se curó de belleza.

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