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13 de febrero 2017    /   ENTRETENIMIENTO
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Así influye Trump en la escena musical del narco

13 de febrero 2017    /   ENTRETENIMIENTO     por          
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Joaquín Loera lo es y será
prófugo de la justicia,
el señor de la montaña
también jefe en la ciudad,
amigo del buen amigo,
enemigo de enemigos,
alegre y enamorado

Este el comienzo de la canción El señor de la montaña. Interpretada por los Canelos de Durango, narra la historia del narcotraficante mexicano más famoso de los últimos lustros.

Este tema forma parte de la llamada narcocultura, un fenómeno en auge que crea productos culturales relacionados con el mundo del narcotráfico mexicano que los estudiosos relacionan con la intensidad de la llamada guerra contra las drogas y la violencia que lleva asociada.

El narcocorrido, antes un género clandestino, ahora es una escena muy fuerte pese a que en algunos estados está prohibida su difusión. Sólo Guzmán Loera tiene decenas de canciones dedicadas a su persona, y grupos como Los Tucanes de Tijuana hacen su gira a los dos lados de la frontera entre México y EEUU.

«Desde un punto de vista económico, los narcocorrido reflejan la evolución de México», cuenta al otro lado de la línea Juan Carlos Ramírez-Pimienta, académico de la Universidad Estatal de San Diego Imperial-Valley y autor del libro Cantar a los narcos. «En mi investigación encontré que existen desde finales de los años 20 y principios los 30, pero en los 50 y 60, durante las décadas del milagro mexicano, el subgénero casi muere. Pero a medida que el sistema social se desmorona, vuelven a aparecer y tenemos una crisis que dura ya 50 años y va acompañada del narcocorrido».

Los primeros ejemplos que Ramírez-Pimienta ha logrado rastrear surgen, cómo no, en la frontera. «Mira por ejemplo El corrido de Pablote, que cuenta cómo murió ese traficante en una balacera en una cantina de Ciudad Juárez, y luego llega Por morfina y cocaína en 1934», explica. Algunos de sus colegas sitúan los antecedentes en las canciones dedicadas a los revolucionarios mexicanos, pero para él, son los corridos de conflictos en la frontera, dedicados al contrabando de tequila en los años 20.

«El paraguas del que desciende la mayoría de los corridos es la noción del mal gobierno, que es el generador del 90% de los corridos, siendo la idea que, como el Gobierno no me puede proteger, me tomo la justicia por mi mano; como no me da trabajo, me hago bandido, pero un bandido generoso; como el Gobierno no hace su trabajo, me voy a la revolución… es el metatema de los corridos», razona, «y el narcocorrido no es más que la evolución de este tipo de pensamiento, cuando el Estado pierde su estructura, ocupan su lugar estos señores feudales modernos que reclaman para ellos esa posición».

El narcocorrido cambia con el mundo. Si en los 70, 80 y 90 su tema principal era el hedonismo, hablando de fiestas, mujeres, alcohol, enormes camionetas… cuando en 2005, en el estado de Sonora, varios sujetos en camionetas blindadas se enfrentaron a tiros con policías estatales, federales y el ejército mexicano; Efrén El Tigrillo Palma, le dedicó a este hecho El Bazucazo, compuesto por Manuel A. Fernández. Había llegado el narcocorrido violento, que se multiplicaría con la enorme escalada de violencio que trajo la guerra contra el narco declarada por el presidente Felipe Calderón.

«El narcocorrido es una reacción a la realidad; cuando Calderón declara su güera contra el narco, reaccionan y cambian su narrativa; cuando empiezan los descabezados, el narcocorrido empieza a hablar también de eso», ejemplifica Ramírez-Pimienta, «evolucionaron hacia cantos de guerra que animan a defender la plaza y luchar por la zona, pero también son lecciones de mercadotecnia y del mundo de los negocios».

Un gran narcocorrido es aquel que logra enganchar al oyente, contando una historia de valores con la que se puede sentir identificado. «Yo nunca he escuchado un narcocorrido donde el protagonista mate a mujeres indefensas o ancianos; sino que muestran violencia pero la justifican con un ataque, una defensa… mostrando valores como la valentía, la humildad, la lealtad», arguye.

Esta cercanía ha traído unos cuantos disgustos a unos cuantos cantantes. El caso más paradigmático es de Valentín Elizalde. Intérprete de un corrido titulado A mis enemigos, que cantaba alabanzas al cartel de Sinaloa, se dice que le habían llegado advertencias de que no debía cantar esa canción en un concierto en Reynosa, Estado de Tamaulipas.

Desoyendo las amenazas, Elizalde abrió y cerró el recital con esta tonada. Al acabar, cuando iba en su camioneta con sus escoltas, fue acribillado. Reynosa era territorio de Los Zetas, enemigos del cártel de Sinaloa, y fue donde detuvieron a Jaime González Durán, el Hummer, quien se supone ordenó su ejecución. Desde entonces una decena de cantantes han muerto por el narcotráfico.

«Vamos a ver un resurgimiento mayor del narcorrido, ya que nace del sentimineto antiamericano y con Trump estamos en una cresta de este tipo de sensaciones», concluye Ramírez-Pimienta. «Gente que no cometería ni un asesinato ni vendería droga seleccionaría la parte del mensaje que les conviene».

¿Y qué parte es esa? «La de mexicanos empoderados, mexicanos que no le temen a nada, sirviendo como catarsis para las comunidades de mexicanos en EEUU, el gran mercado del narcocorrido, que viven con miedo y quieren oír hablar que hay mexicanos valientes que no le temen a nada». Ni siquiera a Donald Trump.

Joaquín Loera lo es y será
prófugo de la justicia,
el señor de la montaña
también jefe en la ciudad,
amigo del buen amigo,
enemigo de enemigos,
alegre y enamorado

Este el comienzo de la canción El señor de la montaña. Interpretada por los Canelos de Durango, narra la historia del narcotraficante mexicano más famoso de los últimos lustros.

Este tema forma parte de la llamada narcocultura, un fenómeno en auge que crea productos culturales relacionados con el mundo del narcotráfico mexicano que los estudiosos relacionan con la intensidad de la llamada guerra contra las drogas y la violencia que lleva asociada.

El narcocorrido, antes un género clandestino, ahora es una escena muy fuerte pese a que en algunos estados está prohibida su difusión. Sólo Guzmán Loera tiene decenas de canciones dedicadas a su persona, y grupos como Los Tucanes de Tijuana hacen su gira a los dos lados de la frontera entre México y EEUU.

«Desde un punto de vista económico, los narcocorrido reflejan la evolución de México», cuenta al otro lado de la línea Juan Carlos Ramírez-Pimienta, académico de la Universidad Estatal de San Diego Imperial-Valley y autor del libro Cantar a los narcos. «En mi investigación encontré que existen desde finales de los años 20 y principios los 30, pero en los 50 y 60, durante las décadas del milagro mexicano, el subgénero casi muere. Pero a medida que el sistema social se desmorona, vuelven a aparecer y tenemos una crisis que dura ya 50 años y va acompañada del narcocorrido».

Los primeros ejemplos que Ramírez-Pimienta ha logrado rastrear surgen, cómo no, en la frontera. «Mira por ejemplo El corrido de Pablote, que cuenta cómo murió ese traficante en una balacera en una cantina de Ciudad Juárez, y luego llega Por morfina y cocaína en 1934», explica. Algunos de sus colegas sitúan los antecedentes en las canciones dedicadas a los revolucionarios mexicanos, pero para él, son los corridos de conflictos en la frontera, dedicados al contrabando de tequila en los años 20.

«El paraguas del que desciende la mayoría de los corridos es la noción del mal gobierno, que es el generador del 90% de los corridos, siendo la idea que, como el Gobierno no me puede proteger, me tomo la justicia por mi mano; como no me da trabajo, me hago bandido, pero un bandido generoso; como el Gobierno no hace su trabajo, me voy a la revolución… es el metatema de los corridos», razona, «y el narcocorrido no es más que la evolución de este tipo de pensamiento, cuando el Estado pierde su estructura, ocupan su lugar estos señores feudales modernos que reclaman para ellos esa posición».

El narcocorrido cambia con el mundo. Si en los 70, 80 y 90 su tema principal era el hedonismo, hablando de fiestas, mujeres, alcohol, enormes camionetas… cuando en 2005, en el estado de Sonora, varios sujetos en camionetas blindadas se enfrentaron a tiros con policías estatales, federales y el ejército mexicano; Efrén El Tigrillo Palma, le dedicó a este hecho El Bazucazo, compuesto por Manuel A. Fernández. Había llegado el narcocorrido violento, que se multiplicaría con la enorme escalada de violencio que trajo la guerra contra el narco declarada por el presidente Felipe Calderón.

«El narcocorrido es una reacción a la realidad; cuando Calderón declara su güera contra el narco, reaccionan y cambian su narrativa; cuando empiezan los descabezados, el narcocorrido empieza a hablar también de eso», ejemplifica Ramírez-Pimienta, «evolucionaron hacia cantos de guerra que animan a defender la plaza y luchar por la zona, pero también son lecciones de mercadotecnia y del mundo de los negocios».

Un gran narcocorrido es aquel que logra enganchar al oyente, contando una historia de valores con la que se puede sentir identificado. «Yo nunca he escuchado un narcocorrido donde el protagonista mate a mujeres indefensas o ancianos; sino que muestran violencia pero la justifican con un ataque, una defensa… mostrando valores como la valentía, la humildad, la lealtad», arguye.

Esta cercanía ha traído unos cuantos disgustos a unos cuantos cantantes. El caso más paradigmático es de Valentín Elizalde. Intérprete de un corrido titulado A mis enemigos, que cantaba alabanzas al cartel de Sinaloa, se dice que le habían llegado advertencias de que no debía cantar esa canción en un concierto en Reynosa, Estado de Tamaulipas.

Desoyendo las amenazas, Elizalde abrió y cerró el recital con esta tonada. Al acabar, cuando iba en su camioneta con sus escoltas, fue acribillado. Reynosa era territorio de Los Zetas, enemigos del cártel de Sinaloa, y fue donde detuvieron a Jaime González Durán, el Hummer, quien se supone ordenó su ejecución. Desde entonces una decena de cantantes han muerto por el narcotráfico.

«Vamos a ver un resurgimiento mayor del narcorrido, ya que nace del sentimineto antiamericano y con Trump estamos en una cresta de este tipo de sensaciones», concluye Ramírez-Pimienta. «Gente que no cometería ni un asesinato ni vendería droga seleccionaría la parte del mensaje que les conviene».

¿Y qué parte es esa? «La de mexicanos empoderados, mexicanos que no le temen a nada, sirviendo como catarsis para las comunidades de mexicanos en EEUU, el gran mercado del narcocorrido, que viven con miedo y quieren oír hablar que hay mexicanos valientes que no le temen a nada». Ni siquiera a Donald Trump.

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