22 de junio 2015    /   CINE/TV
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Necrofilia para principiantes

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Nekromantic 2 es una película que puede cambiar su vida. Al menos así lo entendió el fiscal general de Munich cuando en 1991 ordenó que la policía irrumpiera en la sala de proyección y confiscara su única copia, por considerar que atentaba contra la quintaesencia de la nación germana. Pero los VHS se salvaron, y de ahí a la eternidad que implicó su posterior digitalización solo había un paso.
Justo un año antes de rodar la primera parte de Nekromantic su director, Jörg Buttgereit, participó en el monumental proyecto Jesús, la película, que narra el Nuevo Testamento en 35 episodios. Por otra parte, su documental Corpse Fucking Art (El arte de follar un cadáver) dura una hora y recoge algo más espeluznante que sus películas: sus making of.
Las dos entregas de Nekromantic no son películas gore, no están filmadas para dar sustos ni para provocar asco intencionadamente. Son películas románticas, en el sentido más clásico del término, de ahí el feliz juego de palabras que encierra su título, y de ahí el desasosiego que provocan en el espectador no avisado. En este tráiler puede apreciarse además el efecto de esas bandas sonoras con un piano que recuerda vagamente a Richard Clayderman…

Pero Buttgereit no ha inventado la pólvora. En 1801, el conocido como Vampiro de Muy, con solo 29 años, aprovechó su trabajo como ayudante del sepulturero para aliviarse con los cadáveres de docenas de mujeres (y algunos hombres). El joven fue internado en un manicomio y fascinó al doctor Richard Von Krafft-Ebing, que fue quien por primera vez utilizó el término de necrofilia para referirse a la atracción sexual por gente muerta.
Desde entonces son muchas las historias sobre ayudantes de forenses que custodian  determinados cuerpos y que sienten en medio de la noche una lascivia irrefrenable que les conduce a la morgue, y sienten el aliento gélido del sistema de refrigeración, pero no se amilanan. Recorren con la mirada las hileras de grandes cajones metálicos, cada uno de los cuales contiene un fiambre… Pero no todos los cadáveres son iguales. Si Scarlett Johansson o Tom Hardy fallecieran súbitamente de un paro cardiaco o cualquier otra dolencia no contagiosa y que no afectara a las características de sus anatomías (que alimentan las fantasías lúbricas del mundo occidental), es muy probable que se produjera un asalto no autorizado a sus todavía deseables cuerpos inertes.
La enajenación comprensible que un ser humano siente cuando muere su persona más amada puede difuminarse con el tiempo o perdurar de manera enfermiza. Nadie habla de necrofilia cuando el amante se abalanza sobre el cuerpo inanimado y todavía tibio de su media naranja y lo cubre de besos, algunos muy lascivos (y con lengua), como el que da Rutger Hauer a Daryl Hannah en Blade Runner (Ridley Scott, 1982). Pero de los besos se puede pasar a una excitación primigenia que desemboque en un coito póstumo, diríase de carácter ritual y atávico. La patología florece cuando no aceptamos ese rictus definitivo del encuentro sexual, y queremos preservar el cadáver para futuras escaramuzas carnales.
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Así sucedió en el conmovedor caso del doctor Carl Von Cosel, que en 1921 embalsamó a una joven paciente de la que estaba enamorado y la conservó en su casa en formaldehido durante siete años, y cubierta con una máscara de cerámica.
O en el del vietnamita Le Van que, profundamente enamorado de su esposa, no superó su muerte y desenterró sus huesos, los introdujo dentro de una muñeca de tamaño real y se los llevó al dormitorio, donde convivieron juntos mucho tiempo.
En 1991 a Jörg Buttgereit la industria le dio otra oportunidad, y entonces filmó Nekromantic 2, la película con la que abríamos este artículo y que se proyectó en junio de aquel año en la sala de cine Werksstattkino de Munich. Por orden del fiscal general de aquella ciudad, Herbert Freund, se ordenó su confiscación, junto a los materiales publicitarios. Probablemente este torpe y absurdo acto de censura brindó a Buttgereit la fama y el prestigio necesarios para continuar una carrera memorable.
El tráiler de esta segunda entrega no hace justicia a los avances logrados respecto a la primera, aunque apreciamos más medios y más impudicia respecto a un tema tabú a la hora de comer en cualquier mesa decente:

En ambas películas hay ideas que no se olvidan fácilmente. Por ejemplo esa novedosa secuencia en la que quien practica la necrofilia es una mujer con el cadáver de un hombre, y eso no es lo que uno se imagina por razones fisiológicas obvias. La actriz protagonista resuelve el contratiempo incrustando una cañería en la ingle del muerto, creando la ilusión de un falo erecto. Y cuando se acomoda sobre él para hacer el amor tiene la precaución de colocar un preservativo en el tubo de hierro.
En 2008 tuve la ocasión de tomar una cerveza con Jörg Buttgereit, en el Festival de Sitges. Es un tipo de aspecto nórdico y tímido, con pinta de aspirante a surfero o de contable que toma vitaminas. En cualquier caso, nadie sospecharía de él como alguien capaz de filmar aquellos títulos.
Tras brindar por Herr Freund, el fiscal de Munich que lo catapultó a la fama, lo miré a los ojos.
 
—¿Tienes novia? —le dije.
—Pues claro, ¡y no está muerta!—bromeó (o quizá no).
 
Hay culturas que devoran los cadáveres de los suyos en un acto ritual, pero casi ninguna practica sexo con sus muertos… excepto la del antiguo Egipto. Los sacerdotes encargados del embalsamamiento tenían la potestad de sodomizar los cuerpos que caían en sus manos, con total impunidad, especialmente si se trataba de jóvenes esclavos que acompañaban en la muerte a sus poderosos amos. Esta práctica aparece detallada en numerosos jeroglíficos hallados en necrópolis como Karnak o Luxor.
Pero de lo que habla Buttgereit no es de mancillar un cadáver, sino de una prolongación dolorosa del amor. Esa necrofilia romántica tiene lugar cuando fallece la persona que ha sido nuestra mitad y no lo aceptamos, y nos inventamos mecanismos para que siga viva… o al menos para que nos la podamos seguir follando. Esta idea no es nueva, y hay casos muy bien documentados que mueven más a la compasión que a la repulsa, como los referidos más arriba. Y otros, más ficticios, como el de Norman Bates en Psicosis (Alfred Hitchcock, 1960). No se desprende de la película que haya relaciones entre el cadáver de la madre y el hijo, pero visto el perfil desequilibrado del mismo, todo podría ser posible. Por cierto, qué magnífico tráiler:

Para quien ya se esté frotando las manos y haciendo componendas, hay que aclarar que no se puede practicar el Kama Sutra con cadáveres, ya que el rigor mortis dificulta los movimientos de las articulaciones. Así que hay que conformarse con un polvete rápido en la postura del misionero… y listo.
Y no lo olvide, la necrofilia no es un hobby del que se pueda presumir alegremente con los colegas tomando una cerveza.
El amor nunca muere, pero usted sí.

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Nekromantic 2 es una película que puede cambiar su vida. Al menos así lo entendió el fiscal general de Munich cuando en 1991 ordenó que la policía irrumpiera en la sala de proyección y confiscara su única copia, por considerar que atentaba contra la quintaesencia de la nación germana. Pero los VHS se salvaron, y de ahí a la eternidad que implicó su posterior digitalización solo había un paso.
Justo un año antes de rodar la primera parte de Nekromantic su director, Jörg Buttgereit, participó en el monumental proyecto Jesús, la película, que narra el Nuevo Testamento en 35 episodios. Por otra parte, su documental Corpse Fucking Art (El arte de follar un cadáver) dura una hora y recoge algo más espeluznante que sus películas: sus making of.
Las dos entregas de Nekromantic no son películas gore, no están filmadas para dar sustos ni para provocar asco intencionadamente. Son películas románticas, en el sentido más clásico del término, de ahí el feliz juego de palabras que encierra su título, y de ahí el desasosiego que provocan en el espectador no avisado. En este tráiler puede apreciarse además el efecto de esas bandas sonoras con un piano que recuerda vagamente a Richard Clayderman…

Pero Buttgereit no ha inventado la pólvora. En 1801, el conocido como Vampiro de Muy, con solo 29 años, aprovechó su trabajo como ayudante del sepulturero para aliviarse con los cadáveres de docenas de mujeres (y algunos hombres). El joven fue internado en un manicomio y fascinó al doctor Richard Von Krafft-Ebing, que fue quien por primera vez utilizó el término de necrofilia para referirse a la atracción sexual por gente muerta.
Desde entonces son muchas las historias sobre ayudantes de forenses que custodian  determinados cuerpos y que sienten en medio de la noche una lascivia irrefrenable que les conduce a la morgue, y sienten el aliento gélido del sistema de refrigeración, pero no se amilanan. Recorren con la mirada las hileras de grandes cajones metálicos, cada uno de los cuales contiene un fiambre… Pero no todos los cadáveres son iguales. Si Scarlett Johansson o Tom Hardy fallecieran súbitamente de un paro cardiaco o cualquier otra dolencia no contagiosa y que no afectara a las características de sus anatomías (que alimentan las fantasías lúbricas del mundo occidental), es muy probable que se produjera un asalto no autorizado a sus todavía deseables cuerpos inertes.
La enajenación comprensible que un ser humano siente cuando muere su persona más amada puede difuminarse con el tiempo o perdurar de manera enfermiza. Nadie habla de necrofilia cuando el amante se abalanza sobre el cuerpo inanimado y todavía tibio de su media naranja y lo cubre de besos, algunos muy lascivos (y con lengua), como el que da Rutger Hauer a Daryl Hannah en Blade Runner (Ridley Scott, 1982). Pero de los besos se puede pasar a una excitación primigenia que desemboque en un coito póstumo, diríase de carácter ritual y atávico. La patología florece cuando no aceptamos ese rictus definitivo del encuentro sexual, y queremos preservar el cadáver para futuras escaramuzas carnales.
vMLwqY
Así sucedió en el conmovedor caso del doctor Carl Von Cosel, que en 1921 embalsamó a una joven paciente de la que estaba enamorado y la conservó en su casa en formaldehido durante siete años, y cubierta con una máscara de cerámica.
O en el del vietnamita Le Van que, profundamente enamorado de su esposa, no superó su muerte y desenterró sus huesos, los introdujo dentro de una muñeca de tamaño real y se los llevó al dormitorio, donde convivieron juntos mucho tiempo.
En 1991 a Jörg Buttgereit la industria le dio otra oportunidad, y entonces filmó Nekromantic 2, la película con la que abríamos este artículo y que se proyectó en junio de aquel año en la sala de cine Werksstattkino de Munich. Por orden del fiscal general de aquella ciudad, Herbert Freund, se ordenó su confiscación, junto a los materiales publicitarios. Probablemente este torpe y absurdo acto de censura brindó a Buttgereit la fama y el prestigio necesarios para continuar una carrera memorable.
El tráiler de esta segunda entrega no hace justicia a los avances logrados respecto a la primera, aunque apreciamos más medios y más impudicia respecto a un tema tabú a la hora de comer en cualquier mesa decente:

En ambas películas hay ideas que no se olvidan fácilmente. Por ejemplo esa novedosa secuencia en la que quien practica la necrofilia es una mujer con el cadáver de un hombre, y eso no es lo que uno se imagina por razones fisiológicas obvias. La actriz protagonista resuelve el contratiempo incrustando una cañería en la ingle del muerto, creando la ilusión de un falo erecto. Y cuando se acomoda sobre él para hacer el amor tiene la precaución de colocar un preservativo en el tubo de hierro.
En 2008 tuve la ocasión de tomar una cerveza con Jörg Buttgereit, en el Festival de Sitges. Es un tipo de aspecto nórdico y tímido, con pinta de aspirante a surfero o de contable que toma vitaminas. En cualquier caso, nadie sospecharía de él como alguien capaz de filmar aquellos títulos.
Tras brindar por Herr Freund, el fiscal de Munich que lo catapultó a la fama, lo miré a los ojos.
 
—¿Tienes novia? —le dije.
—Pues claro, ¡y no está muerta!—bromeó (o quizá no).
 
Hay culturas que devoran los cadáveres de los suyos en un acto ritual, pero casi ninguna practica sexo con sus muertos… excepto la del antiguo Egipto. Los sacerdotes encargados del embalsamamiento tenían la potestad de sodomizar los cuerpos que caían en sus manos, con total impunidad, especialmente si se trataba de jóvenes esclavos que acompañaban en la muerte a sus poderosos amos. Esta práctica aparece detallada en numerosos jeroglíficos hallados en necrópolis como Karnak o Luxor.
Pero de lo que habla Buttgereit no es de mancillar un cadáver, sino de una prolongación dolorosa del amor. Esa necrofilia romántica tiene lugar cuando fallece la persona que ha sido nuestra mitad y no lo aceptamos, y nos inventamos mecanismos para que siga viva… o al menos para que nos la podamos seguir follando. Esta idea no es nueva, y hay casos muy bien documentados que mueven más a la compasión que a la repulsa, como los referidos más arriba. Y otros, más ficticios, como el de Norman Bates en Psicosis (Alfred Hitchcock, 1960). No se desprende de la película que haya relaciones entre el cadáver de la madre y el hijo, pero visto el perfil desequilibrado del mismo, todo podría ser posible. Por cierto, qué magnífico tráiler:

Para quien ya se esté frotando las manos y haciendo componendas, hay que aclarar que no se puede practicar el Kama Sutra con cadáveres, ya que el rigor mortis dificulta los movimientos de las articulaciones. Así que hay que conformarse con un polvete rápido en la postura del misionero… y listo.
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