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7 de diciembre 2012    /   CINE/TV
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Televisión: El negocio del prejuicio

7 de diciembre 2012    /   CINE/TV     por          
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La televisión apesta cuando lanza sus dardos contra la persona común en vez de contra el poder. A fin de cuentas, los políticos conceden las licencias, no los ciudadanos comunes. A estos sólo les queda la opción de quejarse en Internet con el temor de ser llevado a un largo y costoso juicio por difamación. La televisión vive del negocio del prejuicio: intenta poner al espectador por encima del personaje que aparece en televisión (ya sea anónimo o famoso).

PREJUICIOS Y CONCURSOS DE TELEVISIÓN

—Tienes que buscar a alguien que no sepa cuál es el fruto del roble, dice el presentador.

—¿Que no lo sepa? —dice el concursante.

—Sí, que no lo sepa. Si la persona que elijas no sabe la respuesta ganarás 1000 euros.

—Esa señora… Esa señora parece que no lo sabe.

—Señora, ¿le gustaría ayudar a nuestro concursante a ganar 1000 euros?

—Bueno, si puedo hacer algo —dice la señora sorprendida con el delantal puesto a la puerta de su negocio (bar, churrería o panadería).

—¿Cuál es el fruto del roble? —La señora se queda por un momento estupefacta.

—Piénselo bien —dice el presentador.

—¿La bellota?

—¿Está segura?

—Creo que sí, la bellota.

—Sí, es la bellota, pero no es la respuesta que queríamos. La señora no entiende lo que está pasando.

—No tenía que saber la respuesta. Como la ha sabido, nuestro concursante ha perdido dinero.

—Ay, lo siento —dice la señora, con toda la buena fe del mundo, sin caer en la cuenta de que el concursante la eligió a mala leche pensando que no sabría la respuesta. Es un momento que a la cadena le interesa. Produce cierta alegría ver cómo el concursante se va con el rabo entre las piernas.

Contra el concursante ha jugado su prejuicio: pensar que la señora con delantal tomando el sol en la puerta de su casa o su negocio (bar, churrería o panadería) no tenía conocimientos suficientes para saber qué fruto da el roble. Por otro lado, si la señora no supiera la respuesta, no significaría otra cosa que desconoce esa respuesta, no es signo de estupidez. La acumulación de datos no es necesariamente sinónimo de inteligencia. Si al Holmes de Estudio en escarlata (el de papel) le preguntaran  si la Tierra gira alrededor del sol, respondería: “Ni lo sé ni me interesa. No es un dato que sirva para mi trabajo”.

El diálogo de arriba es un ejemplo de diálogo de concurso basado en los prejuicios. Concursos donde se considera que el rival más débil es a priori quien tiene un acusado acento o es camarero o limpiadora.

PREJUICIOS Y PROGRAMAS DE HUMOR POLÍTICO

Hay programas que hacen de los prejuicios la piedra angular de sus contenidos: se trata de alimentar los prejuicios que tiene un target concreto respecto a un determinado grupo de personas. Hay periodistas que van micrófono en mano por barrios y pueblos para reírse de ancianos, de personas iletradas, de personas que no tienen más conocimientos que los propios de su entorno o tienen deficiencias mentales.

El periodista de turno pregunta a siete u ocho personajes del pueblo sobre un tema (puede ser trivial o polémico), pero tras el paso por la mesa de edición sólo quedan los testimonios de dos o tres: aquellos que por su edad tienen problemas de expresión y la respuesta escueta de un joven (“son cosas de aquí”) mientras sonríe con una dentadura imperfecta.

El periodista mira a la cámara con una expresión entre “¿Estáis viendo el nivel que tiene esta gente?» y  «¡Qué feos son!”

El periodista no muestra la postura contraria sostenida por una persona culta, letrada o con facilidad de expresión. Se trata de rebatir la postura contraria, la creencia o el rito mediante la burla antes que mediante la razón.

LA BURLA COMO ARMA

El humor, como se encarga de mostrarnos Alan Moore, es un mecanismo poderoso contra el político, el banquero, el rey, el hombre de poder en definitiva. La palabra es a menudo el único recurso que tiene un artista, un escritor o un periodista para enfrentarse al poder. Pero con frecuencia  la burla circula en paralelo o hacia abajo, rara vez sube las escaleras. Y mucho menos, sube las propias escaleras.

Por el contrario, la persona común (el seguidor o el fan) se convierte en el blanco. En el ajedrez se toca antes a los peones que a la reina o el rey. La mayoría de los programas de “humor político” de la izquierda y de la derecha deberían estudiarse en las escuelas de periodismo como ejemplos de manipulación y demagogia. Alimentan los prejuicios de sus targets destacando los estereotipos de las personas que mantienen otras posturas. Además de los estereotipos, estos programas ponen en evidencia a las personas con menos capacidad para defenderse verbalmente.

Las opiniones ajenas correctamente expresadas carecen de interés (se trata de evitar que piense el target al que se dirige el programa). Además, está prohibido reírse de los dirigentes a los que se loa, y si se hace, es la cuota de burla permitida. Los equipos hacen piña: el guionista manipula apilando palabras, el periodista no buscando a quien no interesa, el editor eliminando y el cámara enfocando hacia otro lado.

La televisión apesta cuando lanza sus dardos contra la persona común en vez de contra el poder. A fin de cuentas, los políticos conceden las licencias, no los ciudadanos comunes. A estos sólo les queda la opción de quejarse en Internet con el temor de ser llevado a un largo y costoso juicio por difamación. La televisión vive del negocio del prejuicio: intenta poner al espectador por encima del personaje que aparece en televisión (ya sea anónimo o famoso).

PREJUICIOS Y CONCURSOS DE TELEVISIÓN

—Tienes que buscar a alguien que no sepa cuál es el fruto del roble, dice el presentador.

—¿Que no lo sepa? —dice el concursante.

—Sí, que no lo sepa. Si la persona que elijas no sabe la respuesta ganarás 1000 euros.

—Esa señora… Esa señora parece que no lo sabe.

—Señora, ¿le gustaría ayudar a nuestro concursante a ganar 1000 euros?

—Bueno, si puedo hacer algo —dice la señora sorprendida con el delantal puesto a la puerta de su negocio (bar, churrería o panadería).

—¿Cuál es el fruto del roble? —La señora se queda por un momento estupefacta.

—Piénselo bien —dice el presentador.

—¿La bellota?

—¿Está segura?

—Creo que sí, la bellota.

—Sí, es la bellota, pero no es la respuesta que queríamos. La señora no entiende lo que está pasando.

—No tenía que saber la respuesta. Como la ha sabido, nuestro concursante ha perdido dinero.

—Ay, lo siento —dice la señora, con toda la buena fe del mundo, sin caer en la cuenta de que el concursante la eligió a mala leche pensando que no sabría la respuesta. Es un momento que a la cadena le interesa. Produce cierta alegría ver cómo el concursante se va con el rabo entre las piernas.

Contra el concursante ha jugado su prejuicio: pensar que la señora con delantal tomando el sol en la puerta de su casa o su negocio (bar, churrería o panadería) no tenía conocimientos suficientes para saber qué fruto da el roble. Por otro lado, si la señora no supiera la respuesta, no significaría otra cosa que desconoce esa respuesta, no es signo de estupidez. La acumulación de datos no es necesariamente sinónimo de inteligencia. Si al Holmes de Estudio en escarlata (el de papel) le preguntaran  si la Tierra gira alrededor del sol, respondería: “Ni lo sé ni me interesa. No es un dato que sirva para mi trabajo”.

El diálogo de arriba es un ejemplo de diálogo de concurso basado en los prejuicios. Concursos donde se considera que el rival más débil es a priori quien tiene un acusado acento o es camarero o limpiadora.

PREJUICIOS Y PROGRAMAS DE HUMOR POLÍTICO

Hay programas que hacen de los prejuicios la piedra angular de sus contenidos: se trata de alimentar los prejuicios que tiene un target concreto respecto a un determinado grupo de personas. Hay periodistas que van micrófono en mano por barrios y pueblos para reírse de ancianos, de personas iletradas, de personas que no tienen más conocimientos que los propios de su entorno o tienen deficiencias mentales.

El periodista de turno pregunta a siete u ocho personajes del pueblo sobre un tema (puede ser trivial o polémico), pero tras el paso por la mesa de edición sólo quedan los testimonios de dos o tres: aquellos que por su edad tienen problemas de expresión y la respuesta escueta de un joven (“son cosas de aquí”) mientras sonríe con una dentadura imperfecta.

El periodista mira a la cámara con una expresión entre “¿Estáis viendo el nivel que tiene esta gente?» y  «¡Qué feos son!”

El periodista no muestra la postura contraria sostenida por una persona culta, letrada o con facilidad de expresión. Se trata de rebatir la postura contraria, la creencia o el rito mediante la burla antes que mediante la razón.

LA BURLA COMO ARMA

El humor, como se encarga de mostrarnos Alan Moore, es un mecanismo poderoso contra el político, el banquero, el rey, el hombre de poder en definitiva. La palabra es a menudo el único recurso que tiene un artista, un escritor o un periodista para enfrentarse al poder. Pero con frecuencia  la burla circula en paralelo o hacia abajo, rara vez sube las escaleras. Y mucho menos, sube las propias escaleras.

Por el contrario, la persona común (el seguidor o el fan) se convierte en el blanco. En el ajedrez se toca antes a los peones que a la reina o el rey. La mayoría de los programas de “humor político” de la izquierda y de la derecha deberían estudiarse en las escuelas de periodismo como ejemplos de manipulación y demagogia. Alimentan los prejuicios de sus targets destacando los estereotipos de las personas que mantienen otras posturas. Además de los estereotipos, estos programas ponen en evidencia a las personas con menos capacidad para defenderse verbalmente.

Las opiniones ajenas correctamente expresadas carecen de interés (se trata de evitar que piense el target al que se dirige el programa). Además, está prohibido reírse de los dirigentes a los que se loa, y si se hace, es la cuota de burla permitida. Los equipos hacen piña: el guionista manipula apilando palabras, el periodista no buscando a quien no interesa, el editor eliminando y el cámara enfocando hacia otro lado.

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