31 de mayo 2017    /   IDEAS
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Negros literarios (perdón: afroamericanos)

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¿Qué tienen en común Britney Spears y Ana Rosa Quintana? Que ambas, para escribir sus libros, han reconocido la utilización de otra mano, otro cerebro e incluso otras ideas: las de sus respectivos afroamericanos.

Conocí a un afroamericano literario, Gonzalo Torrente Malvido, hijo de Gonzalo Torrente Ballester y gran amigo de Ray Loriga. Malvido era una buena persona y un escritor excelente, poseedor de una biografía que basculaba entre las prisiones cumpliendo condena por robo, pues era un ladrón profesional, y los despachos de las editoriales para vender sus libros, como el Teorema del mal o sus Doce cuentos ejemplares. Pero, mientras, había que vivir de algo y era frecuente toparse con él paseando por el barrio de las Letras —¿por dónde, si no?— a la caza y captura de aspirantes a escritor, pero carentes del talento necesario para serlo.

Yo solo he sido afroamericano una vez y el fingido autor todavía me debe parte de mis emolumentos. Me reprocha que no ganó el certamen literario al que presentó aquel relato que yo escribí para él y que, por tanto, no logré el cometido para el que fui contratado.

Es este un oficio, el de juntar palabras buscando un efecto determinado, que está menos sujeto a los vaivenes de las modas y tendencias que otras disciplinas de consumo más inmediato, como la música o el cine, pero que no se libra de los apetitos del ego ni de la tiranía de la vanidad.

¿Hay afroamericanos cinematográficos? Es difícil que alguien dirija una película pero sea otro quien la firme, porque hacer cine es un acto colectivo y el onanismo de la escritura requiere soledad. Sin embargo, el cine nos ha mostrado varios casos paradigmáticos, entre los que destaca la película de Roman Polanski El escritor (2010), que tiene por título original Ghost writer, ya que el mundo anglosajón es más respetuoso con las minorías, y allí sería impensable denominar a estos profesionales en la sombra «Niger writers». Aunque si el amanuense en cuestión tiene además la piel oscura, quizás pudiera definirse como «Afroamerican ghost writer», lo que ya sería tensar demasiado la cuerda que une la semántica y la corrección política.

En el filme de Polanski, Ewan McGregor debe escribir las memorias de un sosias de Tony Blair encarnado por Pierce Brosnan. Los políticos son los grandes clientes de los afroamericanos literarios, dado que pocos de ellos dominan el arte de la escritura, por más vehementes e incluso brillantes que puedan ser en el de la oratoria, que es algo bien distinto.

¿Y en la pintura? Famoso es el caso que llevó Tim Burton a la pantalla con su película Big eyes (2014), en la que se cuenta cómo el matrimonio formado por Margareth y Walter Keane ganó una gran fortuna vendiendo cuadros con personajes de ojos grandes, que firmaba el marido pero que pintaba ella en la sombra.

El ego es como un siluro, crece durante toda su vida si se le sigue alimentando y puede convertirse en un monstruo. Por eso, y ahora que por fin puedo permitírmelo, he decidido tener mi propio afroamericano y este es el primer artículo que le encargo.

De ustedes y de su juicio depende que siga trabajando para mí.

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¿Qué tienen en común Britney Spears y Ana Rosa Quintana? Que ambas, para escribir sus libros, han reconocido la utilización de otra mano, otro cerebro e incluso otras ideas: las de sus respectivos afroamericanos.

Conocí a un afroamericano literario, Gonzalo Torrente Malvido, hijo de Gonzalo Torrente Ballester y gran amigo de Ray Loriga. Malvido era una buena persona y un escritor excelente, poseedor de una biografía que basculaba entre las prisiones cumpliendo condena por robo, pues era un ladrón profesional, y los despachos de las editoriales para vender sus libros, como el Teorema del mal o sus Doce cuentos ejemplares. Pero, mientras, había que vivir de algo y era frecuente toparse con él paseando por el barrio de las Letras —¿por dónde, si no?— a la caza y captura de aspirantes a escritor, pero carentes del talento necesario para serlo.

Yo solo he sido afroamericano una vez y el fingido autor todavía me debe parte de mis emolumentos. Me reprocha que no ganó el certamen literario al que presentó aquel relato que yo escribí para él y que, por tanto, no logré el cometido para el que fui contratado.

Es este un oficio, el de juntar palabras buscando un efecto determinado, que está menos sujeto a los vaivenes de las modas y tendencias que otras disciplinas de consumo más inmediato, como la música o el cine, pero que no se libra de los apetitos del ego ni de la tiranía de la vanidad.

¿Hay afroamericanos cinematográficos? Es difícil que alguien dirija una película pero sea otro quien la firme, porque hacer cine es un acto colectivo y el onanismo de la escritura requiere soledad. Sin embargo, el cine nos ha mostrado varios casos paradigmáticos, entre los que destaca la película de Roman Polanski El escritor (2010), que tiene por título original Ghost writer, ya que el mundo anglosajón es más respetuoso con las minorías, y allí sería impensable denominar a estos profesionales en la sombra «Niger writers». Aunque si el amanuense en cuestión tiene además la piel oscura, quizás pudiera definirse como «Afroamerican ghost writer», lo que ya sería tensar demasiado la cuerda que une la semántica y la corrección política.

En el filme de Polanski, Ewan McGregor debe escribir las memorias de un sosias de Tony Blair encarnado por Pierce Brosnan. Los políticos son los grandes clientes de los afroamericanos literarios, dado que pocos de ellos dominan el arte de la escritura, por más vehementes e incluso brillantes que puedan ser en el de la oratoria, que es algo bien distinto.

¿Y en la pintura? Famoso es el caso que llevó Tim Burton a la pantalla con su película Big eyes (2014), en la que se cuenta cómo el matrimonio formado por Margareth y Walter Keane ganó una gran fortuna vendiendo cuadros con personajes de ojos grandes, que firmaba el marido pero que pintaba ella en la sombra.

El ego es como un siluro, crece durante toda su vida si se le sigue alimentando y puede convertirse en un monstruo. Por eso, y ahora que por fin puedo permitírmelo, he decidido tener mi propio afroamericano y este es el primer artículo que le encargo.

De ustedes y de su juicio depende que siga trabajando para mí.

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