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28 de marzo 2019    /   IDEAS
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Neofobia alimentaria: «¡Puaj! Yo no pruebo eso»

28 de marzo 2019    /   IDEAS     por          
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Ese gesto de repugnancia que una persona pone ante un alimento desconocido tiene nombre: neofobia alimentaria. No es una fobia en el significado de miedo (no es conocido el pánico a las zanahorias); es una fobia de asco invencible. «Es un rechazo, una renuncia a probar y comer algo, una negación a cambiar de dieta», explica María Jesús Periago Castón, catedrática de Nutrición y Bromatología.

No importaría si fuera una manía como contar baldosas. La pega es que la neofobia puede llevar a una dieta con menos vitaminas que la de un marinero del siglo XV. «El problema de estos comportamientos alimentarios es que se trasladan al estado nutricional. Muchas veces conduce a dietas desequilibradas y poco saludables».

Pero hay matices en el rechazo a la comida. La profesora de la Universidad de Murcia señala que no es lo mismo la neofobia (una actitud) que la aversión alimentaria. Esta «se produce cuando algo no llama la atención por sus características organolépticas o porque en el pasado sentó mal y ha dejado un recuerdo negativo». Por ejemplo, el olor del brócoli al vapor. Por ejemplo, aquellos champiñones que descuajaringaron las tripas y la cena acabó en una explosión.

Tampoco es un trastorno alimenticio: no tiene nada que ver con la anorexia. El neofóbico puede comer, hasta reventar, cualquier cosa que le guste. Ni es exclusivo de una edad o de un tipo de persona. Es más común en la infancia, pero hay quien se muere sin probar una gallineja porque le produce arcadas.

Dice Periago Castón que hay dos tipos de neofílicos. Los menos: «Personas a las que no les gusta comer. Son inapetentes, no disfrutan con la comida. Es algo más fisiológico». Y los más: «Individuos que disfrutan, pero tienen neofobia educacional. Es lo que han visto en sus padres, lo que han vivido en el hogar. Está demostrado que de los padres obesos salen hijos obesos y de los padres neofóbicos salen hijos neofóbicos».

A menudo la neofobia alimentaria de la infancia va desapareciendo en la edad adulta. Aunque a veces puede aparecer en la madurez. «Los adultos con problemas digestivos pueden desarrollarla», indica la catedrática. Y señala que la adolescencia es una edad crítica: «Hay un cambio de patrón dietético. Ellos ya deciden qué quieren comer y muchos pasan a una dieta basura. Es lo que les resulta más accesible. También hay casos de ortorexia. En el gimnasio les recomiendan una dieta exclusiva en proteínas y eso produce una sobrecarga. Puede ser una dieta puntual, pero no debe convertirse en una dieta de por vida».

Neofobia alimentaria en los comedores escolares

El equipo de Periago Castón en la Universidad de Murcia hizo un estudio sobre neofobia alimentaria en comedores escolares y descubrieron que el 16% de los niños tenían comportamientos neofóbicos. Las consecuencias: comían menos frutas y verduras, no querían legumbres ni guisos y tomaban menos cereales en el desayuno que los neofílicos que se tragan sin reparos cualquier cosa que les den.

Estos estudios son cada vez más finos. «Ya se utilizan programas informáticos para leer la expresión facial de una persona y reconocer la emoción que siente ante un alimento», indica la catedrática. «Se está avanzando mucho en la valoración sensorial de los alimentos. No solo se estudia si gustan o no gustan. Se intenta averiguar qué emoción despiertan. Esto lo hace la neurofisiología y el neuromarketing, y requiere pruebas médicas: resonancias magnéticas, electrocardiogramas…».

En un estudio de la Universidad del País Vasco intentaron averiguar algo más: ¿está relacionada la neofobia con la ansiedad y la autoestima? En la infancia y la adolescencia, sí. Los neofóbicos son más ansiosos y tienen menos autoestima que los neofílicos.

La coordinadora de esta investigación, Edurne Maiz, dio algunos consejos a los padres de hijos neofóbicos cuando presentó las conclusiones en 2015. «Paciencia, para que no vayan a más», porque «se ha visto que hay una cantidad importante de adultos y niños con una problemática grave por esta razón». ¿Lo ideal? Crear un ambiente agradable a la hora de comer. Que los niños vayan a la compra y cocinen con sus padres. Que asocien los alimentos con algo amable y placentero. Y que arrojen sus ascos al cubo de la basura.

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La histeria por la alimentación y las mentiras que nos comemos

Las trolas que tragaste (y te sigues zampando) sobre qué es comer sano

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Ese gesto de repugnancia que una persona pone ante un alimento desconocido tiene nombre: neofobia alimentaria. No es una fobia en el significado de miedo (no es conocido el pánico a las zanahorias); es una fobia de asco invencible. «Es un rechazo, una renuncia a probar y comer algo, una negación a cambiar de dieta», explica María Jesús Periago Castón, catedrática de Nutrición y Bromatología.

No importaría si fuera una manía como contar baldosas. La pega es que la neofobia puede llevar a una dieta con menos vitaminas que la de un marinero del siglo XV. «El problema de estos comportamientos alimentarios es que se trasladan al estado nutricional. Muchas veces conduce a dietas desequilibradas y poco saludables».

Pero hay matices en el rechazo a la comida. La profesora de la Universidad de Murcia señala que no es lo mismo la neofobia (una actitud) que la aversión alimentaria. Esta «se produce cuando algo no llama la atención por sus características organolépticas o porque en el pasado sentó mal y ha dejado un recuerdo negativo». Por ejemplo, el olor del brócoli al vapor. Por ejemplo, aquellos champiñones que descuajaringaron las tripas y la cena acabó en una explosión.

Tampoco es un trastorno alimenticio: no tiene nada que ver con la anorexia. El neofóbico puede comer, hasta reventar, cualquier cosa que le guste. Ni es exclusivo de una edad o de un tipo de persona. Es más común en la infancia, pero hay quien se muere sin probar una gallineja porque le produce arcadas.

Dice Periago Castón que hay dos tipos de neofílicos. Los menos: «Personas a las que no les gusta comer. Son inapetentes, no disfrutan con la comida. Es algo más fisiológico». Y los más: «Individuos que disfrutan, pero tienen neofobia educacional. Es lo que han visto en sus padres, lo que han vivido en el hogar. Está demostrado que de los padres obesos salen hijos obesos y de los padres neofóbicos salen hijos neofóbicos».

A menudo la neofobia alimentaria de la infancia va desapareciendo en la edad adulta. Aunque a veces puede aparecer en la madurez. «Los adultos con problemas digestivos pueden desarrollarla», indica la catedrática. Y señala que la adolescencia es una edad crítica: «Hay un cambio de patrón dietético. Ellos ya deciden qué quieren comer y muchos pasan a una dieta basura. Es lo que les resulta más accesible. También hay casos de ortorexia. En el gimnasio les recomiendan una dieta exclusiva en proteínas y eso produce una sobrecarga. Puede ser una dieta puntual, pero no debe convertirse en una dieta de por vida».

Neofobia alimentaria en los comedores escolares

El equipo de Periago Castón en la Universidad de Murcia hizo un estudio sobre neofobia alimentaria en comedores escolares y descubrieron que el 16% de los niños tenían comportamientos neofóbicos. Las consecuencias: comían menos frutas y verduras, no querían legumbres ni guisos y tomaban menos cereales en el desayuno que los neofílicos que se tragan sin reparos cualquier cosa que les den.

Estos estudios son cada vez más finos. «Ya se utilizan programas informáticos para leer la expresión facial de una persona y reconocer la emoción que siente ante un alimento», indica la catedrática. «Se está avanzando mucho en la valoración sensorial de los alimentos. No solo se estudia si gustan o no gustan. Se intenta averiguar qué emoción despiertan. Esto lo hace la neurofisiología y el neuromarketing, y requiere pruebas médicas: resonancias magnéticas, electrocardiogramas…».

En un estudio de la Universidad del País Vasco intentaron averiguar algo más: ¿está relacionada la neofobia con la ansiedad y la autoestima? En la infancia y la adolescencia, sí. Los neofóbicos son más ansiosos y tienen menos autoestima que los neofílicos.

La coordinadora de esta investigación, Edurne Maiz, dio algunos consejos a los padres de hijos neofóbicos cuando presentó las conclusiones en 2015. «Paciencia, para que no vayan a más», porque «se ha visto que hay una cantidad importante de adultos y niños con una problemática grave por esta razón». ¿Lo ideal? Crear un ambiente agradable a la hora de comer. Que los niños vayan a la compra y cocinen con sus padres. Que asocien los alimentos con algo amable y placentero. Y que arrojen sus ascos al cubo de la basura.

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