6 de agosto 2018    /   CINE/TV
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Netflix y el rey de los gitanos

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Cualquier cosa que rodea la memoria de Camarón de la Isla sigue siendo superlativa más de 26 años después de su fallecimiento. Cualquier testimonio está siempre barnizado por una admiración extrema o, más bien, por la idolatría hacia alguien a quien se consideró casi un dios.

Y que Dios, digo Camarón, me libre de que esto se tome como un ejercicio de payosplaining.

La luz (y solo la luz) de Camarón

Han querido las circunstancias que Netflix haya desparramado en su catálogo dos lanzamientos relacionados con el legendario cantaor gaditano.

Camarón, de la isla al mito, es una serie documental de seis capítulos que adolece precisamente de eso, de la mitificación extrema de la figura del rey de los gitanos. Cada testimonio y cada dato sirven para masajear la memoria de Camarón y para confeccionar un enfoque luminoso de su figura que solo se oscurece por su enfermedad. No, no por la enfermedad que le hizo abusar del papel de plata. Por la enfermedad que se lo llevó por delante a los 41 años, allá por 1992.

La droga, de hecho, ni se menciona en las casi seis hora de metraje del proyecto. Tampoco el hecho que Camarón fue condenado por la muerte accidental de dos personas en un accidente de tráfico en el que se le retiró el carnet de conducir durante un año.

La proposición de José Escudier es lícita. El talento de Camarón y su obra son tan catedralicios y transformadores que solo podrían ser el centro de cualquier trabajo acerca de su figura. La serie es un recorrido bastante completo por la trayectoria del de la Isla de San Fernando, pero no sirve para componerse el mosaico completo del Camarón, el que contempla todas las aristas de su figura.

Según el guion, Camarón era un cantaor supremo, una persona excelsa, un creador arrollador, el rey del pueblo gitano y un empoderador de la ciudadanía calé. Y es cierto. Pero tras terminar los seis capítulos, también queda la sensación de que Camarón curaba el cáncer imponiendo las manos, manejaba la lengua como un académico de la RAE y acertaba la quiniela cada semana.

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Storytelling nuevo para flamenco viejo

La otra entrega camaroniana que Netflix acaba de lanzar se llama Camarón: Flamenco y revolución. Y aquí sí. Camarón tiene sombras, como cualquier ser humano que haya pisado la faz de la tierra.

En este documental de 104 minutos, Camarón se mete heroína, tiene problemas a raíz de un accidente de tráfico en el que mueren dos personas que circulaban en un vehículo que chocó contra el suyo y se menciona la bronca por los derechos de autor que tuvo con la familia de Paco de Lucía poco antes de su muerte. Y, oiga, no pasa nada.

El documental de Alexis Morante y Raúl Santos es, además, un ejercicio de storytelling mucho más atrevido en la forma y contenido. La cinta está narrada por Juan Diego, que cuenta la historia sin ocultar su acento andaluz como el que cuenta una vieja leyenda en una venta andaluza a las 5 de la mañana, hasta arriba de cazalla. La voz del actor sevillano es uno de los grandes aciertos de la película.

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En lo visual, el material en vídeo –mucho de él compartido por la serie de Escudier– se complementa con unas animaciones de José Luis Ramos que ayudan a reconstruir escenas que nunca se grabaron y que contribuye a crear un conjunto más novelesco de toda la narración.

Tras ver los dos títulos (y el orden que este payo recomienda es ese, primero serie y después docu), la sensación es que la serie de Escudier convierte toda la leyenda camaroniana en algo real, sin importar si fue así o no.

Con la cinta de Morante ocurre lo contrario: convierte lo real en un leyenda mágica y a veces onírica, disfrutable tanto por lo que cuenta por cómo lo cuenta.

Si me ves un día, la mirada perdida
y la locura en el semblante.
Apiádate de mí, no me maldigas
porque las penas van prendidas
ay, al fleco del aire

Tenemos más mandanga

https://www.yorokobu.es/rock-n-draw-quejio-cosmico-los-planetas/

https://www.yorokobu.es/flamenco-actual/

https://www.yorokobu.es/alvarez-la-fuente-de-la-pureza/

https://www.yorokobu.es/cronica-jonda/

Cualquier cosa que rodea la memoria de Camarón de la Isla sigue siendo superlativa más de 26 años después de su fallecimiento. Cualquier testimonio está siempre barnizado por una admiración extrema o, más bien, por la idolatría hacia alguien a quien se consideró casi un dios.

Y que Dios, digo Camarón, me libre de que esto se tome como un ejercicio de payosplaining.

La luz (y solo la luz) de Camarón

Han querido las circunstancias que Netflix haya desparramado en su catálogo dos lanzamientos relacionados con el legendario cantaor gaditano.

Camarón, de la isla al mito, es una serie documental de seis capítulos que adolece precisamente de eso, de la mitificación extrema de la figura del rey de los gitanos. Cada testimonio y cada dato sirven para masajear la memoria de Camarón y para confeccionar un enfoque luminoso de su figura que solo se oscurece por su enfermedad. No, no por la enfermedad que le hizo abusar del papel de plata. Por la enfermedad que se lo llevó por delante a los 41 años, allá por 1992.

La droga, de hecho, ni se menciona en las casi seis hora de metraje del proyecto. Tampoco el hecho que Camarón fue condenado por la muerte accidental de dos personas en un accidente de tráfico en el que se le retiró el carnet de conducir durante un año.

La proposición de José Escudier es lícita. El talento de Camarón y su obra son tan catedralicios y transformadores que solo podrían ser el centro de cualquier trabajo acerca de su figura. La serie es un recorrido bastante completo por la trayectoria del de la Isla de San Fernando, pero no sirve para componerse el mosaico completo del Camarón, el que contempla todas las aristas de su figura.

Según el guion, Camarón era un cantaor supremo, una persona excelsa, un creador arrollador, el rey del pueblo gitano y un empoderador de la ciudadanía calé. Y es cierto. Pero tras terminar los seis capítulos, también queda la sensación de que Camarón curaba el cáncer imponiendo las manos, manejaba la lengua como un académico de la RAE y acertaba la quiniela cada semana.

1531731429_137064_1531732361_noticia_normal

Storytelling nuevo para flamenco viejo

La otra entrega camaroniana que Netflix acaba de lanzar se llama Camarón: Flamenco y revolución. Y aquí sí. Camarón tiene sombras, como cualquier ser humano que haya pisado la faz de la tierra.

En este documental de 104 minutos, Camarón se mete heroína, tiene problemas a raíz de un accidente de tráfico en el que mueren dos personas que circulaban en un vehículo que chocó contra el suyo y se menciona la bronca por los derechos de autor que tuvo con la familia de Paco de Lucía poco antes de su muerte. Y, oiga, no pasa nada.

El documental de Alexis Morante y Raúl Santos es, además, un ejercicio de storytelling mucho más atrevido en la forma y contenido. La cinta está narrada por Juan Diego, que cuenta la historia sin ocultar su acento andaluz como el que cuenta una vieja leyenda en una venta andaluza a las 5 de la mañana, hasta arriba de cazalla. La voz del actor sevillano es uno de los grandes aciertos de la película.

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En lo visual, el material en vídeo –mucho de él compartido por la serie de Escudier– se complementa con unas animaciones de José Luis Ramos que ayudan a reconstruir escenas que nunca se grabaron y que contribuye a crear un conjunto más novelesco de toda la narración.

Tras ver los dos títulos (y el orden que este payo recomienda es ese, primero serie y después docu), la sensación es que la serie de Escudier convierte toda la leyenda camaroniana en algo real, sin importar si fue así o no.

Con la cinta de Morante ocurre lo contrario: convierte lo real en un leyenda mágica y a veces onírica, disfrutable tanto por lo que cuenta por cómo lo cuenta.

Si me ves un día, la mirada perdida
y la locura en el semblante.
Apiádate de mí, no me maldigas
porque las penas van prendidas
ay, al fleco del aire

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