11 de junio 2018    /   CINE/TV
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Lo que Netflix ha aprendido de las novelas

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Dicen que el hábito no hace al monje. Tal vez esto sea cierto en el caso del hábito como ropa, pero no en el del hábito como costumbre. Porque el hábito como costumbre sí que hace al monje. A él y a todos nosotros.

Nada nos cuesta más que cambiar nuestras rutinas. Es decir, las prácticas establecidas a lo largo del tiempo. Esa es la razón por la que podemos aceptar cualquier cambio en nuestra vida siempre y cuando eso no nos obligue a cambiar, también, nuestras querencias.

Veamos el caso de las novelas.

Mucha gente está de acuerdo con que la primera novela de la historia, es decir, la que consiguió independizarse de la literatura clásica grecorromana, fue Don Quijote de la Mancha. Pues bien, una de las grandes novedades de esta historia de Cervantes es que incorpora una estructura en episodios con una intención fija y unitaria.

Al principio, esta distribución por secciones no le resultó fácil al lector, habituado a los sencillos romances del pasado. Y la cosa se complicó más cuando Paul Scarron publicó su Roman Comique en diferentes volúmenes y con cinco o seis años de diferencia entre cada uno de ellos.

Cuando tanta complejidad comenzó a manejarse, apareció otra más: la segmentación por géneros, que separaba la novela histórica de la psicológica, la romántica, la social, la negra…

A los lectores les llevó tiempo adaptarse a estos cambios. Por suerte, el crecimiento de la imprenta permitió la incorporación de muchos milenials tipográficos sin las rémoras del pasado.

Pero lo sorprendente es que estas reglas, que han marcado los hábitos de lectura en las novelas desde comienzos del siglo XVII, son las mismas que hoy rigen en todas las series de Netflix.

Los episodios de El Quijote se convierten hoy en los capítulos de estas series. Los volúmenes de la Roman Comique se transforman en las temporadas y los géneros reaparecen de nuevo bajo los apartados de Acción, Thrillers, Tendencias, Dramas, Ciencia Ficción, Infantil y muchas otras.

Esta es la razón del gran éxito de las actuales series. Su formato televisivo reproduce un hábito adquirido por los lectores desde hace siglos. Por eso, parte del tiempo libre de los antiguos fans de las novelas se ha trasladado ahora a las plataformas digitales.

Ni la radio, ni el cine, ni la televisión pudieron con las novelas. De hecho, en muchas ocasiones se sometieron a ellas reconociendo su hegemonía cultural. En el caso de la radio y la televisión, con las radionovelas y las telenovelas. En el caso del cine, con los Óscar al mejor guion adaptado… de una novela.

Y no pudieron con ella porque, pese a sus poderosas herramientas comunicativas (voz, imagen, movimiento, música…), no fueron capaces de reproducir ese hábito adquirido que nos imbuyó la lectura.

Imaginemos a alguien llegando a casa tras un duro día de trabajo. Necesita evadirse y se conecta a Netflix. La primera decisión será revisar las series que no ha visto todavía priorizando los géneros que más le apetecen. Después abrirá una de ellas a sabiendas de que hoy solo podrá ver, como mucho, un par de capítulos. Pulsa el play y, ya desde el principio, se da cuenta de que esa historia le engancha. Entonces se relame pensando que en el fin de semana podrá terminarla de un tirón.

Esta persona ha cambiado su forma de ocio. Pero lo que no ha cambiado han sido sus hábitos de lectura. Los mismos que comenzó a adquirir cuando en su momento, hace ya tiempo, abrió aquel libro del caballero andante.

Dicen que el hábito no hace al monje. Tal vez esto sea cierto en el caso del hábito como ropa, pero no en el del hábito como costumbre. Porque el hábito como costumbre sí que hace al monje. A él y a todos nosotros.

Nada nos cuesta más que cambiar nuestras rutinas. Es decir, las prácticas establecidas a lo largo del tiempo. Esa es la razón por la que podemos aceptar cualquier cambio en nuestra vida siempre y cuando eso no nos obligue a cambiar, también, nuestras querencias.

Veamos el caso de las novelas.

Mucha gente está de acuerdo con que la primera novela de la historia, es decir, la que consiguió independizarse de la literatura clásica grecorromana, fue Don Quijote de la Mancha. Pues bien, una de las grandes novedades de esta historia de Cervantes es que incorpora una estructura en episodios con una intención fija y unitaria.

Al principio, esta distribución por secciones no le resultó fácil al lector, habituado a los sencillos romances del pasado. Y la cosa se complicó más cuando Paul Scarron publicó su Roman Comique en diferentes volúmenes y con cinco o seis años de diferencia entre cada uno de ellos.

Cuando tanta complejidad comenzó a manejarse, apareció otra más: la segmentación por géneros, que separaba la novela histórica de la psicológica, la romántica, la social, la negra…

A los lectores les llevó tiempo adaptarse a estos cambios. Por suerte, el crecimiento de la imprenta permitió la incorporación de muchos milenials tipográficos sin las rémoras del pasado.

Pero lo sorprendente es que estas reglas, que han marcado los hábitos de lectura en las novelas desde comienzos del siglo XVII, son las mismas que hoy rigen en todas las series de Netflix.

Los episodios de El Quijote se convierten hoy en los capítulos de estas series. Los volúmenes de la Roman Comique se transforman en las temporadas y los géneros reaparecen de nuevo bajo los apartados de Acción, Thrillers, Tendencias, Dramas, Ciencia Ficción, Infantil y muchas otras.

Esta es la razón del gran éxito de las actuales series. Su formato televisivo reproduce un hábito adquirido por los lectores desde hace siglos. Por eso, parte del tiempo libre de los antiguos fans de las novelas se ha trasladado ahora a las plataformas digitales.

Ni la radio, ni el cine, ni la televisión pudieron con las novelas. De hecho, en muchas ocasiones se sometieron a ellas reconociendo su hegemonía cultural. En el caso de la radio y la televisión, con las radionovelas y las telenovelas. En el caso del cine, con los Óscar al mejor guion adaptado… de una novela.

Y no pudieron con ella porque, pese a sus poderosas herramientas comunicativas (voz, imagen, movimiento, música…), no fueron capaces de reproducir ese hábito adquirido que nos imbuyó la lectura.

Imaginemos a alguien llegando a casa tras un duro día de trabajo. Necesita evadirse y se conecta a Netflix. La primera decisión será revisar las series que no ha visto todavía priorizando los géneros que más le apetecen. Después abrirá una de ellas a sabiendas de que hoy solo podrá ver, como mucho, un par de capítulos. Pulsa el play y, ya desde el principio, se da cuenta de que esa historia le engancha. Entonces se relame pensando que en el fin de semana podrá terminarla de un tirón.

Esta persona ha cambiado su forma de ocio. Pero lo que no ha cambiado han sido sus hábitos de lectura. Los mismos que comenzó a adquirir cuando en su momento, hace ya tiempo, abrió aquel libro del caballero andante.

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