3 enero, 2019    /   DIGITAL
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Neurografía: el iPhone XX se implantará en tu cerebro

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Los humanos hemos evolucionado a lo largo de milenios hasta desarrollar la asombrosa capacidad de transmitir conceptos complejos sin más herramientas que aquellas con las que nacemos. Sabemos traducir pensamientos en palabras, que combinamos de infinitas maneras, haciendo posible el crecimiento de sistemas sociales complejos y la cooperación a gran escala.

El historiador y divulgador Yuval Noah Harari explica en su celebérrimo ensayo Sapiens cómo hace entre 70.000 y 30.000 años se produjo esta revolución cognitiva, que es la base de las civilizaciones.

Sin embargo, en lo que respecta a las imágenes, todavía no sabemos hacer nada mejor que lo que hacíamos en 1839, cuando se inventó la fotografía: capturamos una imagen con un dispositivo y la vemos en una superficie bidimensional.

Poco importa que sea cámara, móvil, papel o pantalla; lo cierto es que estamos lejos de ser capaces de transmitir imágenes sin la ayuda de elementos ajenos a nuestro cuerpo. Y no será por falta de ganas. El deseo de comunicarnos con imágenes es tan intenso y persistente que se ha convertido en una necesidad. Todo apunta a que, en el futuro, transmitiremos palabras e imágenes en tiempo real sin usar dispositivos externos. Pero ¿cómo lo haremos?

Haciendo un ejercicio de ciencia ficción, quizás la respuesta esté en la supercomputación y la biotecnología. El primer paso será la captura de imágenes con nuestros propios ojos mejorados y la transmisión por wifi cerebral. Veo algo y te mando la foto. Dicho así, no parece imposible.

Lo más difícil será que aceptemos implantarnos transmisores dentro de nuestra cabeza. Pero ¿quién sabe? Si le vemos más beneficios que pegas, puede que lo acabemos haciendo. Después de todo, le damos a Facebook el control de toda nuestra información a cambio de sentirnos conectados al mundo.

Una vez que los aspectos técnicos relativos a la captura y transmisión de imágenes de cerebro a cerebro estén resueltos, el siguiente objetivo será la creación de imágenes a partir de la nada, simplemente pensándolas.

Todos podemos imaginar cosas que nunca hemos visto, pero nuestra capacidad de visualización, nuestra imaginación, es muy distinta en función de lo que hayamos visto y de lo que nos hayamos ejercitado.

Nuestra imaginación funciona ya como un buscador de imágenes online con acceso a bases de datos. Hoy por hoy nuestra base de datos es nuestra propia memoria. Dependemos de nuestros recuerdos y de nuestra capacidad de combinar imágenes mentalmente, como si tuviéramos un Photoshop en la cabeza.

Si digo «Un campo de fútbol por la noche, bajo la lluvia», cada uno de nosotros imaginará algo distinto. De esa imagen dependerá nuestra experiencia visual. Algunos crean imágenes increíbles, mientras que otros no son capaces de visualizar casi nada.

Quizás si nuestro cerebro estuviese conectado a Google Images, nuestra capacidad de crear imágenes mejoraría drásticamente. Quizás también eso sea posible algún día. Puede que haya bancos de neuroimágenes premium y low cost. Pero incluso si todos accediéramos a un único banco de datos visuales universal, aún habría grandes diferencias entre quien supiera combinarlas bien y quien no supiera hacerlo.

Y aquí entramos en el terreno de la alfabetización visual. Hagamos un repaso de dónde venimos y de dónde nos encontramos.

Del mismo modo que la imprenta impulsó la capacitación lectora, las revistas, el cine y la televisión han estado educando nuestra vista durante décadas. Así como el dominio de la lectura es la antesala de la escritura, el consumo masivo de fotografía es lo que nos enseña a visualizar mejor.

Desde las pesadas cámaras de madera hasta los smartphones de hoy, la fotografía ha recorrido un largo camino por el que transitan juntas la técnica y creatividad.

2007 es el año cero de la alfabetización fotográfica universal. Con la aparición del iPhone, las masas pasan de hacer fotos en los cumpleaños a inundar las redes sociales de instantáneas. Nuestra comunicación más elemental se refuerza y en ocasiones se basa en imágenes recién capturadas. Instagram es nuestro cuaderno de notas visuales. Las fotos dejan de ser objeto de veneración y se convierten en materia prima.

En este estado de alfabetización visual, la calidad media de cada fotografía crece dramáticamente, aunque es verdad que algunos patrones se repiten mucho.

Ya se ha perdido definitivamente la noción de que una foto representa la realidad. Los profesionales lo sabíamos hace ya mucho tiempo: cada encuadre es una interpretación de los hechos. Sabemos que la edición digital ha alcanzado un nivel de perfección tal que puede hacer indistinguible una imagen real de una creada. Todos tenemos ya un saludable grado de escepticismo hacia la fotografía. Se la cree o no, en función de quien la ha hecho y quien la publica; de su contexto y su credibilidad asociada.

Por eso crecen como setas los experimentos narrativos. Estamos usando la fotografía ya como materia prima en lugar de tratarla como producto final. Con la cantidad de fotos que hacemos, podemos producir mucho más que las clásicas selecciones editoriales de las revistas.

Estamos haciendo proyectos documentales, autobiográficos, poéticos, de ficción, educativos y hasta cómics. La relación entre imagen y texto está en un constante proceso de prueba y error que deja tantos cadáveres como nuevas puertas abiertas.

El papel no ha muerto y no parece que vaya a morir. No sabemos cuánto durarán las pantallas ni si las aparatosas gafas inmersivas de realidad virtual acabarán triunfando como medio de comunicación o quedarán para las salas recreativas.

Lo que sabemos es que somos animales audiovisuales. El cuerpo nos pide más fotos, más rápido y más fácilmente. Estamos deseando poder incluir imágenes en nuestras conversaciones espontáneas. Y como no parece que estemos dispuestos a esperar millones de años a una evolución biológica, quizás cuando sea posible meternos un nanorrobot en el cráneo con el que produzcamos Realidad Aumentada Neurointegrada, nuestra única duda sea si cogerlo de iOS o Android.

Los humanos hemos evolucionado a lo largo de milenios hasta desarrollar la asombrosa capacidad de transmitir conceptos complejos sin más herramientas que aquellas con las que nacemos. Sabemos traducir pensamientos en palabras, que combinamos de infinitas maneras, haciendo posible el crecimiento de sistemas sociales complejos y la cooperación a gran escala.

El historiador y divulgador Yuval Noah Harari explica en su celebérrimo ensayo Sapiens cómo hace entre 70.000 y 30.000 años se produjo esta revolución cognitiva, que es la base de las civilizaciones.

Sin embargo, en lo que respecta a las imágenes, todavía no sabemos hacer nada mejor que lo que hacíamos en 1839, cuando se inventó la fotografía: capturamos una imagen con un dispositivo y la vemos en una superficie bidimensional.

Poco importa que sea cámara, móvil, papel o pantalla; lo cierto es que estamos lejos de ser capaces de transmitir imágenes sin la ayuda de elementos ajenos a nuestro cuerpo. Y no será por falta de ganas. El deseo de comunicarnos con imágenes es tan intenso y persistente que se ha convertido en una necesidad. Todo apunta a que, en el futuro, transmitiremos palabras e imágenes en tiempo real sin usar dispositivos externos. Pero ¿cómo lo haremos?

Haciendo un ejercicio de ciencia ficción, quizás la respuesta esté en la supercomputación y la biotecnología. El primer paso será la captura de imágenes con nuestros propios ojos mejorados y la transmisión por wifi cerebral. Veo algo y te mando la foto. Dicho así, no parece imposible.

Lo más difícil será que aceptemos implantarnos transmisores dentro de nuestra cabeza. Pero ¿quién sabe? Si le vemos más beneficios que pegas, puede que lo acabemos haciendo. Después de todo, le damos a Facebook el control de toda nuestra información a cambio de sentirnos conectados al mundo.

Una vez que los aspectos técnicos relativos a la captura y transmisión de imágenes de cerebro a cerebro estén resueltos, el siguiente objetivo será la creación de imágenes a partir de la nada, simplemente pensándolas.

Todos podemos imaginar cosas que nunca hemos visto, pero nuestra capacidad de visualización, nuestra imaginación, es muy distinta en función de lo que hayamos visto y de lo que nos hayamos ejercitado.

Nuestra imaginación funciona ya como un buscador de imágenes online con acceso a bases de datos. Hoy por hoy nuestra base de datos es nuestra propia memoria. Dependemos de nuestros recuerdos y de nuestra capacidad de combinar imágenes mentalmente, como si tuviéramos un Photoshop en la cabeza.

Si digo «Un campo de fútbol por la noche, bajo la lluvia», cada uno de nosotros imaginará algo distinto. De esa imagen dependerá nuestra experiencia visual. Algunos crean imágenes increíbles, mientras que otros no son capaces de visualizar casi nada.

Quizás si nuestro cerebro estuviese conectado a Google Images, nuestra capacidad de crear imágenes mejoraría drásticamente. Quizás también eso sea posible algún día. Puede que haya bancos de neuroimágenes premium y low cost. Pero incluso si todos accediéramos a un único banco de datos visuales universal, aún habría grandes diferencias entre quien supiera combinarlas bien y quien no supiera hacerlo.

Y aquí entramos en el terreno de la alfabetización visual. Hagamos un repaso de dónde venimos y de dónde nos encontramos.

Del mismo modo que la imprenta impulsó la capacitación lectora, las revistas, el cine y la televisión han estado educando nuestra vista durante décadas. Así como el dominio de la lectura es la antesala de la escritura, el consumo masivo de fotografía es lo que nos enseña a visualizar mejor.

Desde las pesadas cámaras de madera hasta los smartphones de hoy, la fotografía ha recorrido un largo camino por el que transitan juntas la técnica y creatividad.

2007 es el año cero de la alfabetización fotográfica universal. Con la aparición del iPhone, las masas pasan de hacer fotos en los cumpleaños a inundar las redes sociales de instantáneas. Nuestra comunicación más elemental se refuerza y en ocasiones se basa en imágenes recién capturadas. Instagram es nuestro cuaderno de notas visuales. Las fotos dejan de ser objeto de veneración y se convierten en materia prima.

En este estado de alfabetización visual, la calidad media de cada fotografía crece dramáticamente, aunque es verdad que algunos patrones se repiten mucho.

Ya se ha perdido definitivamente la noción de que una foto representa la realidad. Los profesionales lo sabíamos hace ya mucho tiempo: cada encuadre es una interpretación de los hechos. Sabemos que la edición digital ha alcanzado un nivel de perfección tal que puede hacer indistinguible una imagen real de una creada. Todos tenemos ya un saludable grado de escepticismo hacia la fotografía. Se la cree o no, en función de quien la ha hecho y quien la publica; de su contexto y su credibilidad asociada.

Por eso crecen como setas los experimentos narrativos. Estamos usando la fotografía ya como materia prima en lugar de tratarla como producto final. Con la cantidad de fotos que hacemos, podemos producir mucho más que las clásicas selecciones editoriales de las revistas.

Estamos haciendo proyectos documentales, autobiográficos, poéticos, de ficción, educativos y hasta cómics. La relación entre imagen y texto está en un constante proceso de prueba y error que deja tantos cadáveres como nuevas puertas abiertas.

El papel no ha muerto y no parece que vaya a morir. No sabemos cuánto durarán las pantallas ni si las aparatosas gafas inmersivas de realidad virtual acabarán triunfando como medio de comunicación o quedarán para las salas recreativas.

Lo que sabemos es que somos animales audiovisuales. El cuerpo nos pide más fotos, más rápido y más fácilmente. Estamos deseando poder incluir imágenes en nuestras conversaciones espontáneas. Y como no parece que estemos dispuestos a esperar millones de años a una evolución biológica, quizás cuando sea posible meternos un nanorrobot en el cráneo con el que produzcamos Realidad Aumentada Neurointegrada, nuestra única duda sea si cogerlo de iOS o Android.

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Opiniones 1
  • No se, la gente es muy adicta a la tecnología, pero de ahi a meterte algo dentro del cuerpo hay un trecho, a ,mi personalmente me daría repelús, seria casi como volverse un ciborg.

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