11 de noviembre 2014    /   CREATIVIDAD
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El legado del genio de la luz, Nikola Tesla, llega a Madrid

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Ha llegado la hora de la verdad», dijo Effing. «Empezamos a trabajar hoy». Enfrente tenía a un hombre con un cuaderno y un lápiz. Lo miró y comenzó a hablar: «Desde el día en que le vi, empecé a seguir las andanzas de Tesla por los periódicos. Hablaban de él constantemente en aquella época, informaban de sus nuevos inventos, citaban las cosas extravagantes que le decía a todo el que quisiera escucharle. Era un personaje curioso. Un demonio sin edad que vivía solo en el Hotel Waldorf, enfermizamente temeroso de los gérmenes, paralizado por toda clase de fobias, víctima de ataques de hipersensibilidad que casi lo volvían loco».
«El zumbido de una mosca en la habitación contigua le parecía una escuadrilla de aviones. Si pasaba por debajo de un puente, notaba que la estructura le oprimía el cráneo como si estuviera a punto de aplastarle. Tenía su laboratorio en el bajo Manhattan, en West Broadway, creo que era, West Broadway esquina Grand. Dios sabe qué no inventaría allí. Tubos de radio, torpedos de control remoto, un plan de electricidad sin cables».
«Eso es, sin cables. Plantabas una varilla metálica en la tierra y absorbías la energía directamente hacia el aire. Una vez afirmó que había construido un aparato de ondas sonoras que concentraba las pulsaciones de la tierra en un punto muy pequeño. Apretó este punto contra la pared de un edificio de Broadway y al cabo de cinco minutos toda la estructura empezó a temblar y se habría venido abajo si él no hubiera parado».
«Me encantaba leer esas cosas cuando era joven, tenía la cabeza llena. La gente barajaba toda clase de conjeturas respecto a Tesla. Era como un profeta del futuro y nadie se le resistía. ¡La conquista total de la naturaleza! ¡Un mundo en el que todos los sueños eran posibles!».
El relato de Effing transcurre en una novela: El palacio de la luna, de Paul Auster. El personaje está hablando del físico, matemático, ingeniero e inventor Nikola Tesla. El hombre que diseñó y construyó el primer motor de inducción de corriente alterna y con ello el mundo dejó de alumbrarse con velas para iluminar sus casas pulsando un interruptor.
A los estudios de este genio del electromagnetismo atribuyen la aparición del radar, los rayos X, el control remoto, la radio, la luz de neón, el motor eléctrico o la transmisión sin cables aunque otros se llevaran las medallas. Tesla fue silenciado por la Historia durante mucho tiempo pero desde hace unos años los autodenominados ‘teslistas’ empezaron a reivindicar su figura.
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A sus incondicionales dolía especialmente que la figura de Edison hubiera dejado en la sombra a Tesla, el hombre que, según dicen, impulsó la segunda revolución industrial y un mundo basado en la electricidad. El físico que no se propuso inventar una bombilla, sino cambiar el mundo.
Hace unos 7 años el periodista Miguel A. Delgado leyó El palacio de la luna y cuando iba por las páginas centrales apareció un personaje, Effing, que hablaba de Tesla. «Me quedé maravillado con ese personaje. He releído esas páginas infinidad de veces», comenta este periodista. «Empecé a investigar y al final acabó convirtiéndose casi en una obsesión».
Afortunadamente. Porque las obsesiones son uno de los motores más potentes de la civilización. Miguel A. Delgado escribió un ensayo y dos novelas sobre el personaje. En 2011 empezó a preparar una exposición sobre la vida y el trabajo del inventor junto a María Santoyo, y el próximo jueves, 13 de noviembre, se inaugurará en el Espacio Fundación Telefónica, en Madrid. Trece. Un número que a Tesla le hubiese encantado. Su superstición iba al revés del mundo. Las grandes ocasiones las programaba para días 13, 3 o múltiplos de 3.
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‘Nikola Tesla: Suyo es el futuro’ «es la muestra de mayor envergadura que se ha hecho jamás sobre el inventor. Ocupa más de 900 metros cuadrados. Hasta ahora no se había dedicado tanto espacio a explicar quién fue este personaje. Nos lo ha confirmado el Museo de Tesla en Belgrado», indica Delgado.
La muestra reúne «réplicas de sus inventos, reproducciones de sus laboratorios, montajes audiovisuales que pretenden reproducir cómo funcionaba su cabeza, y ropa auténtica del inventor», continúa. «El Museo de Tesla en Belgrado nos ha cedido algunas de sus prendas de vestir. Es la primera vez que salen de ese centro desde que EEUU se las envió en los años 50. Nikola Tesla era un hombre muy elegante y cautivador. Medía casi dos metros y tenía mucho magnetismo».
Así lo cuentan las crónicas. El genio de origen serbio que en 1884 se fue a Nueva York era un tipo irresistible. Y a la vez un deseo inalcanzable. Al matemático no le interesaba ni el sexo ni el amor romántico. Fue célibe toda su vida porque pensaba que mantener una relación con otra persona le robaría tiempo para investigar. Tampoco le importaba el dinero. Nunca fue rico y todo el dinero que conseguía lo invertía en sus proyectos.
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La Historia lo fue enterrando y situó a su eterno rival, al hombre de negocios Thomas Edison, como la figura principal en el desarrollo de la industria eléctrica. Pero Delgado, como la legión de ‘teslistas’ surgidos en los últimos años, quieren reivindicar su genialidad. «Tesla es aún un gran desconocido. Para sus fans, esta exposición va a ser un gran banquete, y quien no lo conozca va a tener la oportunidad de descubrir a esta figura, la época en la que vivió y la influencia que tuvo», especifica el comisario.
«Lo más interesante es que este proyecto no se queda en la exposición. Hay un programa de actividades para dar a conocer a Tesla en Espacio Fundación Telefónica y en los colegios», apunta. «Es lo más importante. Los niños deben saber qué hizo este inventor y conocer la trascendencia de su trabajo. Es una buena inspiración».
Tesla sabía que se había adelantado a su tiempo. En sus inventos y en el reconocimiento. En 1900 escribió que «el científico no tiene por objeto un resultado inmediato. No espera que sus ideas avanzadas sean fácilmente aceptadas. Su deber es sentar las bases para aquellos que están por venir y señalar el camino».
El genio se lo tomó con paciencia. «Dejemos que el futuro diga la verdad y juzguemos a cada uno según sus logros y sus objetivos. El presente es de ustedes, pero el futuro, por el que tanto he trabajado, me pertenece”.
Fotos proporcionadas por Fundación Telefónica.
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Ha llegado la hora de la verdad», dijo Effing. «Empezamos a trabajar hoy». Enfrente tenía a un hombre con un cuaderno y un lápiz. Lo miró y comenzó a hablar: «Desde el día en que le vi, empecé a seguir las andanzas de Tesla por los periódicos. Hablaban de él constantemente en aquella época, informaban de sus nuevos inventos, citaban las cosas extravagantes que le decía a todo el que quisiera escucharle. Era un personaje curioso. Un demonio sin edad que vivía solo en el Hotel Waldorf, enfermizamente temeroso de los gérmenes, paralizado por toda clase de fobias, víctima de ataques de hipersensibilidad que casi lo volvían loco».
«El zumbido de una mosca en la habitación contigua le parecía una escuadrilla de aviones. Si pasaba por debajo de un puente, notaba que la estructura le oprimía el cráneo como si estuviera a punto de aplastarle. Tenía su laboratorio en el bajo Manhattan, en West Broadway, creo que era, West Broadway esquina Grand. Dios sabe qué no inventaría allí. Tubos de radio, torpedos de control remoto, un plan de electricidad sin cables».
«Eso es, sin cables. Plantabas una varilla metálica en la tierra y absorbías la energía directamente hacia el aire. Una vez afirmó que había construido un aparato de ondas sonoras que concentraba las pulsaciones de la tierra en un punto muy pequeño. Apretó este punto contra la pared de un edificio de Broadway y al cabo de cinco minutos toda la estructura empezó a temblar y se habría venido abajo si él no hubiera parado».
«Me encantaba leer esas cosas cuando era joven, tenía la cabeza llena. La gente barajaba toda clase de conjeturas respecto a Tesla. Era como un profeta del futuro y nadie se le resistía. ¡La conquista total de la naturaleza! ¡Un mundo en el que todos los sueños eran posibles!».
El relato de Effing transcurre en una novela: El palacio de la luna, de Paul Auster. El personaje está hablando del físico, matemático, ingeniero e inventor Nikola Tesla. El hombre que diseñó y construyó el primer motor de inducción de corriente alterna y con ello el mundo dejó de alumbrarse con velas para iluminar sus casas pulsando un interruptor.
A los estudios de este genio del electromagnetismo atribuyen la aparición del radar, los rayos X, el control remoto, la radio, la luz de neón, el motor eléctrico o la transmisión sin cables aunque otros se llevaran las medallas. Tesla fue silenciado por la Historia durante mucho tiempo pero desde hace unos años los autodenominados ‘teslistas’ empezaron a reivindicar su figura.
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A sus incondicionales dolía especialmente que la figura de Edison hubiera dejado en la sombra a Tesla, el hombre que, según dicen, impulsó la segunda revolución industrial y un mundo basado en la electricidad. El físico que no se propuso inventar una bombilla, sino cambiar el mundo.
Hace unos 7 años el periodista Miguel A. Delgado leyó El palacio de la luna y cuando iba por las páginas centrales apareció un personaje, Effing, que hablaba de Tesla. «Me quedé maravillado con ese personaje. He releído esas páginas infinidad de veces», comenta este periodista. «Empecé a investigar y al final acabó convirtiéndose casi en una obsesión».
Afortunadamente. Porque las obsesiones son uno de los motores más potentes de la civilización. Miguel A. Delgado escribió un ensayo y dos novelas sobre el personaje. En 2011 empezó a preparar una exposición sobre la vida y el trabajo del inventor junto a María Santoyo, y el próximo jueves, 13 de noviembre, se inaugurará en el Espacio Fundación Telefónica, en Madrid. Trece. Un número que a Tesla le hubiese encantado. Su superstición iba al revés del mundo. Las grandes ocasiones las programaba para días 13, 3 o múltiplos de 3.
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‘Nikola Tesla: Suyo es el futuro’ «es la muestra de mayor envergadura que se ha hecho jamás sobre el inventor. Ocupa más de 900 metros cuadrados. Hasta ahora no se había dedicado tanto espacio a explicar quién fue este personaje. Nos lo ha confirmado el Museo de Tesla en Belgrado», indica Delgado.
La muestra reúne «réplicas de sus inventos, reproducciones de sus laboratorios, montajes audiovisuales que pretenden reproducir cómo funcionaba su cabeza, y ropa auténtica del inventor», continúa. «El Museo de Tesla en Belgrado nos ha cedido algunas de sus prendas de vestir. Es la primera vez que salen de ese centro desde que EEUU se las envió en los años 50. Nikola Tesla era un hombre muy elegante y cautivador. Medía casi dos metros y tenía mucho magnetismo».
Así lo cuentan las crónicas. El genio de origen serbio que en 1884 se fue a Nueva York era un tipo irresistible. Y a la vez un deseo inalcanzable. Al matemático no le interesaba ni el sexo ni el amor romántico. Fue célibe toda su vida porque pensaba que mantener una relación con otra persona le robaría tiempo para investigar. Tampoco le importaba el dinero. Nunca fue rico y todo el dinero que conseguía lo invertía en sus proyectos.
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La Historia lo fue enterrando y situó a su eterno rival, al hombre de negocios Thomas Edison, como la figura principal en el desarrollo de la industria eléctrica. Pero Delgado, como la legión de ‘teslistas’ surgidos en los últimos años, quieren reivindicar su genialidad. «Tesla es aún un gran desconocido. Para sus fans, esta exposición va a ser un gran banquete, y quien no lo conozca va a tener la oportunidad de descubrir a esta figura, la época en la que vivió y la influencia que tuvo», especifica el comisario.
«Lo más interesante es que este proyecto no se queda en la exposición. Hay un programa de actividades para dar a conocer a Tesla en Espacio Fundación Telefónica y en los colegios», apunta. «Es lo más importante. Los niños deben saber qué hizo este inventor y conocer la trascendencia de su trabajo. Es una buena inspiración».
Tesla sabía que se había adelantado a su tiempo. En sus inventos y en el reconocimiento. En 1900 escribió que «el científico no tiene por objeto un resultado inmediato. No espera que sus ideas avanzadas sean fácilmente aceptadas. Su deber es sentar las bases para aquellos que están por venir y señalar el camino».
El genio se lo tomó con paciencia. «Dejemos que el futuro diga la verdad y juzguemos a cada uno según sus logros y sus objetivos. El presente es de ustedes, pero el futuro, por el que tanto he trabajado, me pertenece”.
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