25 de mayo 2016    /   IDEAS
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El niño que se convirtió en una amenaza global

25 de mayo 2016    /   IDEAS     por          
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Ser siempre el primero en clase no era nada divertido. El tedio se apoderaba de su imaginación cuando era capaz de anticipar todo lo que iba a decir el profesor y todo lo que contestarían sus compañeros.

Su conocimiento no procedía de los libros ni de los programas educativos. De algún modo que no comprendía, extraía el saber de las mentes de las personas, como alguien extrae el jugo de una fruta. Con el tiempo, supo que ellos debían estar en un radio de unos quince metros y permanecer durante un tiempo razonable expuestos a su influencia.

Pero había un efecto colateral en esta inesperada habilidad. Quienes permitían involuntariamente el acceso a sus memorias sufrían una devaluación de las mismas. Sus recuerdos y saberes eran transferidos al niño, que por eso sabía demasiado. Demasiado para su edad, para sus escasas y cortas vivencias y, lo que era más grave, para su propio entendimiento. Pronto no supo cómo administrar todo ese saber, que lo aplastaba como una losa. Él no quería saber tanto ni de tantos, pero no lo podía evitar, cada vez sabía más.

Llegó un día en que el niño fue encerrado en una cápsula de alta seguridad aislada en un centro tecnológico secreto que la CIA había excavado cerca de Las Vegas. Su función era extraer datos de la mente de individuos que el gobierno consideraba peligrosos, datos que ayudasen a evitar males futuros. Fue visitado por empresarios, militares, terroristas, políticos, inventores, telepredicadores y un par de cocineros de vanguardia. El problema surgió cuando el niño acumuló todo ese conocimiento maligno y lo relacionó con su ya inmensa sabiduría. El niño descubrió el MAL, con mayúsculas. Y le gustó.

El niño se convirtió entonces en una amenaza global, cuando quedó claro, por los debates que los filósofos desarrollaban al respecto, que cuanto mayores eran sus capacidades, más se inclinarían a la consecución de actos tipificados en cualquier Código Penal.

Consciente de que sus inmensos conocimientos y habilidades eran inversamente proporcionales a su felicidad, decidió deshacerse de ellos. Primero escapó de las instalaciones aprovechando la memoria visual acumulada que había sustraído a sus visitantes durante los años de reclusión. Con ellas trazó y ejecutó una fuga impecable que fue clasificada como Top Secret por la CIA, que no podía permitir que un niño les dejara en ridículo.

Ya libre, y con todo lo que sabía, en Las Vegas no le resultó difícil proveerse de una nueva identidad ni lograr recursos materiales para vivir holgadamente y sin ser jamás detectado por sus perseguidores, a quienes siempre lograba anticiparse. Invirtió años en lograr sintetizar una sustancia en su laboratorio casero que le permitiría recuperar su ignorancia.

Se inyectó la primera y última dosis, que resultó ser letal. Pero no fue un error. Como sabía tanto, era consciente de que la única manera de volver a ver el mundo con ojos inocentes era morir. Cuando esto sucedió, el niño había cumplido ochenta y siete años de edad y fue por fin feliz durante unos instantes.

 

Foto de portada: Aoshi VN / Shutterstock.com

 

Ser siempre el primero en clase no era nada divertido. El tedio se apoderaba de su imaginación cuando era capaz de anticipar todo lo que iba a decir el profesor y todo lo que contestarían sus compañeros.

Su conocimiento no procedía de los libros ni de los programas educativos. De algún modo que no comprendía, extraía el saber de las mentes de las personas, como alguien extrae el jugo de una fruta. Con el tiempo, supo que ellos debían estar en un radio de unos quince metros y permanecer durante un tiempo razonable expuestos a su influencia.

Pero había un efecto colateral en esta inesperada habilidad. Quienes permitían involuntariamente el acceso a sus memorias sufrían una devaluación de las mismas. Sus recuerdos y saberes eran transferidos al niño, que por eso sabía demasiado. Demasiado para su edad, para sus escasas y cortas vivencias y, lo que era más grave, para su propio entendimiento. Pronto no supo cómo administrar todo ese saber, que lo aplastaba como una losa. Él no quería saber tanto ni de tantos, pero no lo podía evitar, cada vez sabía más.

Llegó un día en que el niño fue encerrado en una cápsula de alta seguridad aislada en un centro tecnológico secreto que la CIA había excavado cerca de Las Vegas. Su función era extraer datos de la mente de individuos que el gobierno consideraba peligrosos, datos que ayudasen a evitar males futuros. Fue visitado por empresarios, militares, terroristas, políticos, inventores, telepredicadores y un par de cocineros de vanguardia. El problema surgió cuando el niño acumuló todo ese conocimiento maligno y lo relacionó con su ya inmensa sabiduría. El niño descubrió el MAL, con mayúsculas. Y le gustó.

El niño se convirtió entonces en una amenaza global, cuando quedó claro, por los debates que los filósofos desarrollaban al respecto, que cuanto mayores eran sus capacidades, más se inclinarían a la consecución de actos tipificados en cualquier Código Penal.

Consciente de que sus inmensos conocimientos y habilidades eran inversamente proporcionales a su felicidad, decidió deshacerse de ellos. Primero escapó de las instalaciones aprovechando la memoria visual acumulada que había sustraído a sus visitantes durante los años de reclusión. Con ellas trazó y ejecutó una fuga impecable que fue clasificada como Top Secret por la CIA, que no podía permitir que un niño les dejara en ridículo.

Ya libre, y con todo lo que sabía, en Las Vegas no le resultó difícil proveerse de una nueva identidad ni lograr recursos materiales para vivir holgadamente y sin ser jamás detectado por sus perseguidores, a quienes siempre lograba anticiparse. Invirtió años en lograr sintetizar una sustancia en su laboratorio casero que le permitiría recuperar su ignorancia.

Se inyectó la primera y última dosis, que resultó ser letal. Pero no fue un error. Como sabía tanto, era consciente de que la única manera de volver a ver el mundo con ojos inocentes era morir. Cuando esto sucedió, el niño había cumplido ochenta y siete años de edad y fue por fin feliz durante unos instantes.

 

Foto de portada: Aoshi VN / Shutterstock.com

 

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Opiniones 1
  • Bonita historia, ,más para ser tan corta.
    Mi teoría de la felicidad, como la del niño,seria buscarla, no parar hasta encontrarla. De ella ,nadie sabía cómo era, todos pensaban, es algo hermoso, la felicidad es el no va más, pero no, no es así, también se tarda más de ochenta y más de cien años en encontrarla.y cuando por fin se encuentra, uno se da cuenta de que no es aquella felicidad que uno espera, sino,todo lo contrario, esa felicidad es la suma de las vivencias de uno mismo, ni bueno, ni malo.La felicidad que se busca, no existe, no es lo que se imagina el personaje. Quisiera no saber lo que es,finalmente.

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