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23 de agosto 2018    /   BUSINESS
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«Los adultos hemos colonizado la infancia»

23 de agosto 2018    /   BUSINESS     por          
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Se llama Bebé Signe y es una aplicación que está arrasando entre los padres franceses. Con ella, sus pequeños aprenden el lenguaje de signos, con independencia de si tienen o no una discapacidad al respecto.

Los creadores de la app aseguran que el de signos permite a los niños adquirir mejor el lenguaje hablado y escrito, aumentando así las posibilidades de éxito una vez iniciada la etapa escolar.

«Este y otros ejemplos muestran bien la idea de que la infancia tiene que rendir desde el primer momento». Algo que según José R. Ubieto va en contra de la idea de Freud y de otros autores, que consideraban la infancia como un tiempo necesario para aburrirse, para jugar, para divertirse, para darse tiempo, para madurar.

La reflexión del psiconalista y profesor de la UOC está extraída del libro Niñ@s Hiper, del cual es coautor junto al catedrático de Psicología de la Universidad de Oviedo, Marino Pérez Álvarez.

Al pretender que comiencen a producir incluso antes de que empiecen a hablar, los adultos estamos robando su infancia. «Al hablar de infancia robadas hablamos de dos cosas distintas. Por un lado, de aquellas situaciones de abandono o de abuso explícito donde no están preservados los derechos míninos de cualquier niño o niña. Situaciones de explotación laboral, abuso sexual, maltratos físicos».

«Por otra –y este es el tema central del libro–, a la colonización que hoy hacemos los adultos de las infancias, tratando de imponerles nuestro modo de satisfacción: hiperactivos, hiperconectados e hipersexualizados. Los queremos hiperproductivos y excelentes», nos explica Ubieto.

Una situación que, pese a sus indudables diferencias, nos retrotrae en cierta forma a aquella época en la que los niños, lejos de ser vistos como tales, eran considerados mano de obra barata. «Ahora no solo se trata de producir, sino también de consumir».

Buscando futuros adultos competentes, los padres nos afanamos por dar a nuestros hijos la mejor educación posible, entendiendo por esta la que hará de ellos los mejores profesionales posibles. Y muchos centros educativos se venden como los lugares capaces de hacerlo posible.

En opinión de Ubieto, en esa «competición» entre colegios y universidades que suele darse en las jornadas de puertas abiertas y en las épocas de matriculación demuestra que «lo que guía la educación son más las exigencias del rendimiento y del management y no tanto la construcción de la persona como futuro adulto».

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Otra de las vías a través de las que la colonización de la infancia se ha materializado es a través de las etiquetas. Según los autores, vivimos en «la era del naming» y a la mínima tratamos de clasificar y poner nombre a los problemas.

«Antes se asumía que (…) los niños tenían berrinches, podían llorar cierto tiempo, a lo mejor no quería comer esto y tenían sus caprichos. Todo estaba asumido como parte de la vida real».

«Ahora –continúan– el umbral para percibir que algo real de la vida se convierte en un problema es más bajo». De ahí que los diagnósticos de trastornos y síndromes como el TDAH se hayan multiplicado de forma exponencial en la última década.

Para Marino Pérez Álvarez, «el diagnóstico de TDAH nunca estaría justificado, habida cuenta de que carece de la entidad clínica que se supone. Lo que no quiere decir que no se refiera a algún problema que se habría de entender y atender. Pero un problema no es necesariamente una enfermedad».

En su opinión, diagnósticos de este tipo funcionan como un discurso que cumple una serie de funciones, entre ellas «excusar» y explicar ciertos comportamientos del niño como si fueran síntomas de una enfermedad que en realidad no existe.

«Puede que la escuela y los padres queden satisfechos y tranquilos con estas diagnosis, porque sin duda las reciben con las mejores intenciones. Pero también puede ser que la etiqueta les lleve a mirar en el sitio inadecuado y a dejar de hacer otras cosas más centradas en ayudas y acompañamiento al niño, las cuales a la larga podrían ser mejores».

«Ciertamente –añade– el diagnóstico desresponsabiliza al niño. Si tiene mal comportamiento es por la enfermedad y si mejora, es por la medicación».

En el libro, Pérez Álvarez relaciona esta tendencia a etiquetar los comportamientos infantiles con la «mcdonalización de la infancia», concepto acuñado por el psiquiatra infantil Sami Timisi «para referirse a diagnósticos rápidos, casi prefabricados, aplicados a los niños».

«Cualquier niño que recibe esa etiqueta ya se convierte en un igual, de la misma manera que podemos imaginar que todas las hamburguesas son iguales», explica el catedrático.

Otra teoría también rescatada en Niños Hiper es la que David Riesman desarrolló en La muchedumbre solitaria (1964). El sociólogo se valió de la metáfora del giroscopio y el radar para distinguir entre personas guiadas por sí mismas «desde dentro» (giroscopio) y las que están a expensas de las señales de los otros (radar).

Como Sherry Turkle recogió en Alone Together. Why We Expect More from Technology and Less from Each Other (2012), el radar está encarnado hoy en las redes sociales, pobladas de individuos guiados desde fuera, la nueva muchedumbre solitaria.

Al forma parte «del escaparate de los padres», los hijos, según Pérez Álvarez, son víctimas de los progenitores guiados por este radar.

«Esto lleva a una continua comparación con los demás niños y a una proyección de sus fantasías y expectativas sobre ellos, en detrimento de una educación más sosegada y centrada en el propio niño, con sus características, necesidades y potencialidades».

Al no cumplir los ideales, «que siempre suelen estar más allá de lo real», los niños entran «en déficit». «Sin una identidad segura y apoyo incondicional, más radares al vaivén de las modas de turno que periscopios capaces de otear y valorar el horizonte sobre algún anclaje, y criterio más allá de lo diver y el “me gusta»».

«La hiperinfancia de la que hablamos fácilmente se queda en una infancia a medias desposeída de su ritmo, tiempo para jugar, saber caer y levantarse, interactuar con otros, porque el final no somos todos “especiales” sino meramente diferentes», concluye Pérez Álvarez.

Se llama Bebé Signe y es una aplicación que está arrasando entre los padres franceses. Con ella, sus pequeños aprenden el lenguaje de signos, con independencia de si tienen o no una discapacidad al respecto.

Los creadores de la app aseguran que el de signos permite a los niños adquirir mejor el lenguaje hablado y escrito, aumentando así las posibilidades de éxito una vez iniciada la etapa escolar.

«Este y otros ejemplos muestran bien la idea de que la infancia tiene que rendir desde el primer momento». Algo que según José R. Ubieto va en contra de la idea de Freud y de otros autores, que consideraban la infancia como un tiempo necesario para aburrirse, para jugar, para divertirse, para darse tiempo, para madurar.

La reflexión del psiconalista y profesor de la UOC está extraída del libro Niñ@s Hiper, del cual es coautor junto al catedrático de Psicología de la Universidad de Oviedo, Marino Pérez Álvarez.

Al pretender que comiencen a producir incluso antes de que empiecen a hablar, los adultos estamos robando su infancia. «Al hablar de infancia robadas hablamos de dos cosas distintas. Por un lado, de aquellas situaciones de abandono o de abuso explícito donde no están preservados los derechos míninos de cualquier niño o niña. Situaciones de explotación laboral, abuso sexual, maltratos físicos».

«Por otra –y este es el tema central del libro–, a la colonización que hoy hacemos los adultos de las infancias, tratando de imponerles nuestro modo de satisfacción: hiperactivos, hiperconectados e hipersexualizados. Los queremos hiperproductivos y excelentes», nos explica Ubieto.

Una situación que, pese a sus indudables diferencias, nos retrotrae en cierta forma a aquella época en la que los niños, lejos de ser vistos como tales, eran considerados mano de obra barata. «Ahora no solo se trata de producir, sino también de consumir».

Buscando futuros adultos competentes, los padres nos afanamos por dar a nuestros hijos la mejor educación posible, entendiendo por esta la que hará de ellos los mejores profesionales posibles. Y muchos centros educativos se venden como los lugares capaces de hacerlo posible.

En opinión de Ubieto, en esa «competición» entre colegios y universidades que suele darse en las jornadas de puertas abiertas y en las épocas de matriculación demuestra que «lo que guía la educación son más las exigencias del rendimiento y del management y no tanto la construcción de la persona como futuro adulto».

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Otra de las vías a través de las que la colonización de la infancia se ha materializado es a través de las etiquetas. Según los autores, vivimos en «la era del naming» y a la mínima tratamos de clasificar y poner nombre a los problemas.

«Antes se asumía que (…) los niños tenían berrinches, podían llorar cierto tiempo, a lo mejor no quería comer esto y tenían sus caprichos. Todo estaba asumido como parte de la vida real».

«Ahora –continúan– el umbral para percibir que algo real de la vida se convierte en un problema es más bajo». De ahí que los diagnósticos de trastornos y síndromes como el TDAH se hayan multiplicado de forma exponencial en la última década.

Para Marino Pérez Álvarez, «el diagnóstico de TDAH nunca estaría justificado, habida cuenta de que carece de la entidad clínica que se supone. Lo que no quiere decir que no se refiera a algún problema que se habría de entender y atender. Pero un problema no es necesariamente una enfermedad».

En su opinión, diagnósticos de este tipo funcionan como un discurso que cumple una serie de funciones, entre ellas «excusar» y explicar ciertos comportamientos del niño como si fueran síntomas de una enfermedad que en realidad no existe.

«Puede que la escuela y los padres queden satisfechos y tranquilos con estas diagnosis, porque sin duda las reciben con las mejores intenciones. Pero también puede ser que la etiqueta les lleve a mirar en el sitio inadecuado y a dejar de hacer otras cosas más centradas en ayudas y acompañamiento al niño, las cuales a la larga podrían ser mejores».

«Ciertamente –añade– el diagnóstico desresponsabiliza al niño. Si tiene mal comportamiento es por la enfermedad y si mejora, es por la medicación».

En el libro, Pérez Álvarez relaciona esta tendencia a etiquetar los comportamientos infantiles con la «mcdonalización de la infancia», concepto acuñado por el psiquiatra infantil Sami Timisi «para referirse a diagnósticos rápidos, casi prefabricados, aplicados a los niños».

«Cualquier niño que recibe esa etiqueta ya se convierte en un igual, de la misma manera que podemos imaginar que todas las hamburguesas son iguales», explica el catedrático.

Otra teoría también rescatada en Niños Hiper es la que David Riesman desarrolló en La muchedumbre solitaria (1964). El sociólogo se valió de la metáfora del giroscopio y el radar para distinguir entre personas guiadas por sí mismas «desde dentro» (giroscopio) y las que están a expensas de las señales de los otros (radar).

Como Sherry Turkle recogió en Alone Together. Why We Expect More from Technology and Less from Each Other (2012), el radar está encarnado hoy en las redes sociales, pobladas de individuos guiados desde fuera, la nueva muchedumbre solitaria.

Al forma parte «del escaparate de los padres», los hijos, según Pérez Álvarez, son víctimas de los progenitores guiados por este radar.

«Esto lleva a una continua comparación con los demás niños y a una proyección de sus fantasías y expectativas sobre ellos, en detrimento de una educación más sosegada y centrada en el propio niño, con sus características, necesidades y potencialidades».

Al no cumplir los ideales, «que siempre suelen estar más allá de lo real», los niños entran «en déficit». «Sin una identidad segura y apoyo incondicional, más radares al vaivén de las modas de turno que periscopios capaces de otear y valorar el horizonte sobre algún anclaje, y criterio más allá de lo diver y el “me gusta»».

«La hiperinfancia de la que hablamos fácilmente se queda en una infancia a medias desposeída de su ritmo, tiempo para jugar, saber caer y levantarse, interactuar con otros, porque el final no somos todos “especiales” sino meramente diferentes», concluye Pérez Álvarez.

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