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18 de noviembre 2013    /   IDEAS
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No des la espalda a tu instinto (básicamente porque no puedes)

18 de noviembre 2013    /   IDEAS     por          
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¿Alguna vez te has descubierto ‘peleándote’ con alguien por una silla en concreto? La pelea no llega a mayores, pero ambos habéis hecho ademán de sentaros en el mismo sitio por alguna razón irracional. Eso, si fuéramos animales, se resolvería con gruñidos, embestidas o incluso con una buena pelea… pero no somos tan animales, claro. Aunque paradójicamente, si has vivido esa sensación es porque, efectivamente, un poco animal sí eres: es tu instinto gobernando tus emociones.

Hay situaciones ‘aprendidas’, como lo de conducir con el piloto automático mientras pensamos en otras cosas y es nuestro cerebro el que va haciendo el resto. ¿Recuerdas cuando aprendiste a conducir y tenías que ir pensando, paso a paso, cada gesto, cada mirada al retrovisor, cada pisada al embrague y demás? Con el tiempo y la práctica has automatizado el proceso y nada de eso es necesario.

Sin embargo hay automatismos que no controlamos ni aprendemos. Son aquellos que nos dicta el instinto, subyugado por nuestra conciencia de seres racionales, pero presente en nuestra herencia genética. Y uno de los muchos campos donde este instinto es importante es en el de la kinesia, es decir, el estudio de nuestros movimientos y colocaciones, algo que ha interesado a investigadores de los ámbitos de la psicología, la sociología y la antropología.

No, no es casual que te sientas más cómodo colocándote de una forma u otra en el bar o en el metro… incluso -si tienes la suerte de dormir con alguien- el lado de la cama que eliges. Pero no es cosa tuya, te dominan los instintos.

Se puede explicar de muchas formas, pero la mejor es la del humor. Esta representación visual seguramente te arranque una sonrisa, pero convendrás que es cierta. A la izquierda, cómo iríamos en un vagón del Metro si fuéramos ordenados y puramente racionales: guardaríamos distancias con el resto, nos colocaríamos a lo largo de toda la superficie y, en definitiva, viajaríamos cómodos. A la derecha, sin embargo, la forma en la que en realidad viajamos: apelotonados en determinadas zonas del vagón, aunque eso nos haga ir incómodos.

metro

(Imagen Trinchera Creativa)

No es una cuestión de caos, sino de instinto: queremos estar cerca de la salida, no ya por prisas, sino por mera protección. Nuestros genes nos indican que deberíamos estar preparados para huir si las cosas se complican, así que lo mejor es estar atestando los accesos a pesar de que sea racionalmente lo más peligroso, porque en caso de emergencia posiblemente bloqueemos la huída.

El ejemplo más divertido es el del viaje en ascensor, posiblemente porque se conjugan muchos instintos a la vez. Pongámonos en situación: un espacio cerrado y pequeño en el que compartimos burbuja con gente regularmente desconocida. Nuestra pulsión por colocarnos hará que no demos la espalda a ninguno de los presentes, por aquello del instinto de protección, por lo que prefiramos ponernos con la espalda en la pared. Pero ¿qué pasa cuando entra más gente y no hay hueco para todos? ¿Y qué pasa cuando va saliendo la gente?

El resultado es un divertido baile en el que las personas se van recolocando en función de los que entran y salen. Si a eso le añades el vestigio heredado sobre el silencio, que para los humanos evoca la muerte, el resultado es tenso a más no poder: no solo estamos incómodos por el espacio, sino también porque ese ‘silencio’ nos obliga a hablar. Quizá por eso los ascensores son unos lugares tan terribles, que han dado pie a investigaciones propias, como esta de la finlandesa Rebekah Rousi

El vídeo anterior es una aplicación práctica de los estudios acerca de la conformidad del individuo al actuar de una u otra forma según los que le rodean, idea investigada por Solomon Asch:

Retomando el ejemplo del inicio, tampoco es culpa tuya ese momento de ligera tensión y choque de miradas al ir a sentarte en la misma silla que otra persona. Tiene que ver también con nuestra herencia genética y los vestigios de nuestros instintos. A ese respecto, Allan y Bárbara Pease, investigadores australianos especializados en comunicación postural, hacían una divertida distinción acerca del rol sexual. En su libro Why men don’t listen and women can’t read maps explican que eso tiene que ver con nuestra vieja defensa del territorio.

Bajo esa lógica, lo más común es que el hombre tienda a sentarse con la espalda en la pared -para que nadie le ataque sin percibirlo-, con la salida del local en el campo de visión. También bajo esa lógica los hombres tienden a dormir en el lado de la cama más cercano a la puerta. Según aseguran los autores, es un mecanismo de defensa de cuando vivíamos en cuevas, siendo el hombre el guerrero que guarda la entrada… y la salida.

Naturalmente, es lógico que el haber estado sentados en una cueva controlando los alrededores, defendiendo el territorio y los distintos problemas de supervivencia durante miles y miles de años haya dejado una profunda huella en los hombres actuales.

La verdad es que esto no siempre es así, posiblemente entrando en juego otros factores, como la educación -cediendo a la mujer el asiento que ella prefiera- o la aclimatación -según dónde esté la calefacción o la ventana en la habitación y quién sea más caluroso-.

El investigador, autor de varios best-seller al respecto de la comunicación no verbal, responde a algunas cuestiones a través de Skype.

¿Cómo de grande es el instinto para condicionar nuestro comportamiento corporal? Es decir, pelearse por una silla bien colocada a pesar de que nuestra educación nos indique que debemos ceder el asiento…

El cerebro humano está programado para seguir comportamientos específicos relativos a la supervivencia. Entre ellos se incluyen cosas como el miedo a las alturas, el miedo a las serpientes o a los ruidos altos. Cuando nuestra espalda queda expuesta a extraños en un lugar público sufrimos un enorme nivel de estrés porque sentimos que existe una posibilidad de ser atacados por la espalda. De hecho, la piel de nuestra espalda es cuatro veces más gruesa que la de nuestra parte delantera por esa razón.

En uno de sus libros define el comportamiento espacial que seguimos, pero habla constantemente de diferencias sexuales. ¿Tanto condiciona ser hombre o mujer a la hora de estar más o menos influido por el instinto?

Los cerebros de las mujeres están más preparados para entender el lenguaje corporal que el de los hombres porque los recién nacidos, al no hablar, dependen enteramente de las señales no verbales para sobrevivir. Las mujeres siempre han necesitado ser capaces de decodificar las señales que indican agresión o amistad para poder sobrevivir. Esto nunca ha sido algo de hombres, ya que un hombre, si dudaba del comportamiento de un extraño, le podía agredir directamente.

Si cedes a una mujer en un restaurante el asiento usado en el ejemplo anterior, ¿significa que nuestro cerebro es más poderoso que nuestros instintos?

Para los hombres la posibilidad de tener sexo ensombrece cualquier otro instinto. Si ceder a una mujer el asiento o el lado de la cama es parte del trato, es aceptable para ellos.

¿Tenemos todos más o menos los mismos instintos o cambian en función de las personas? ¿Todos ansiamos sentarnos en la misma silla o unos lo necesitan y para otros es indiferente?

La pulsión por sobrevivir es algo que tenemos todos. Haremos lo que sea necesario para mantenernos a salvo de cualquier posible agresión, y eso incluye esa disputa por la silla en ambos sexos.

¿La forma en la que nos movemos, colocamos e interactuamos con otros es suficientemente importante como para  hacer a alguien alcanzar una meta social o fracasar en el intento, o la importancia de la comunicación no verbal es únicamente una cuestión de primeras impresiones?

Ambas cosas son importantes. A través de las primeras impresiones que tenemos sobre alguien nuestro cerebro busca en esa otra persona señales de agresión o amistad. La suma de todo el comportamiento de tu lenguaje corporal condiciona todo el tiempo si serás capaz o no de triunfar socialmente.

El día a día de la comunicación no verbal

Hay otros factores ‘casuales’ o sobrevenidos que también condicionan nuestra posición. Por ejemplo, tendemos a colocarnos al lado de alguien cuando hablamos… lo cual genera grandes atascos en escaleras mecánicas, ya que socialmente (en este lado del mundo) circulamos por la derecha, tanto por la carretera como por la acera, y lo contrario genera conflicto. No tanto como esa gente que se empeña en ir guardándose de la lluvia por su izquierda, aunque lleve paraguas y tú no.

Hablando de conflicto, otra pulsión mental, también aprendida, que nos lleva al encontronazo con nuestros congéneres: andar por el carril bici. Nuestro cerebro está acostumbrado a guiar nuestro cuerpo por los caminos marcados como parte de nuestro aprendizaje… y, claro, inconscientemente tendemos a caminar por el camino verde (o rojo ahora, intentando que el color mentalmente asociado al permiso para hacer algo no mueva aún más a la gente a pisarlo). Y eso a los ciclistas no les gusta demasiado, lógicamente.

Aunque siempre nos fijamos en ejemplos extranjeros, en verdad de todo esto sabe mucho un señor de La Alcarria. Bueno, en realidad es ciudadano canadiense, pero de origen español. Se llama Fernando Poyatos y, a sus 80 años, es el primer español que estudió la relación que los humanos guardamos con la disposición espacial. Poyatos es además uno de los mayores expertos en comunicación no verbal del mundo y ha desarrollado decenas de investigaciones al respecto (este libro es el más conocido de cuantos ha escrito).

Pero también nosotros somos capaces de percibir, en mayor o menor medida, todas estas señales ‘geográficas’ sin necesidad de sesudas investigaciones. Hay muchos de esos actos cuyo significado captamos casi sin darnos cuenta, lo ‘leemos’ en los demás. El profesor o el jefe que habla desde una tarima despierta unas sensaciones diferentes al que lo hace desde abajo, por ejemplo. La distancia a la que colocamos nuestra cara al hablar a otra persona, algo que varía de cultura a cultura, pero que puede suponer un importante ‘conflicto’ con alguien si invadimos su ‘espacio vital’. El hecho de sentirnos más cómodos si durante una entrevista o conversación formal con alguien nos sentamos en perpendicular, y no frente a frente…

El espacio y cómo interactuamos con él definen en gran parte cómo perciben los demás nuestros actos. Y eso es lo primero, luego ya vendrá el conocernos y saber si somos o no buenas personas. O cómo olemos. O qué decimos. O…

¿Alguna vez te has descubierto ‘peleándote’ con alguien por una silla en concreto? La pelea no llega a mayores, pero ambos habéis hecho ademán de sentaros en el mismo sitio por alguna razón irracional. Eso, si fuéramos animales, se resolvería con gruñidos, embestidas o incluso con una buena pelea… pero no somos tan animales, claro. Aunque paradójicamente, si has vivido esa sensación es porque, efectivamente, un poco animal sí eres: es tu instinto gobernando tus emociones.

Hay situaciones ‘aprendidas’, como lo de conducir con el piloto automático mientras pensamos en otras cosas y es nuestro cerebro el que va haciendo el resto. ¿Recuerdas cuando aprendiste a conducir y tenías que ir pensando, paso a paso, cada gesto, cada mirada al retrovisor, cada pisada al embrague y demás? Con el tiempo y la práctica has automatizado el proceso y nada de eso es necesario.

Sin embargo hay automatismos que no controlamos ni aprendemos. Son aquellos que nos dicta el instinto, subyugado por nuestra conciencia de seres racionales, pero presente en nuestra herencia genética. Y uno de los muchos campos donde este instinto es importante es en el de la kinesia, es decir, el estudio de nuestros movimientos y colocaciones, algo que ha interesado a investigadores de los ámbitos de la psicología, la sociología y la antropología.

No, no es casual que te sientas más cómodo colocándote de una forma u otra en el bar o en el metro… incluso -si tienes la suerte de dormir con alguien- el lado de la cama que eliges. Pero no es cosa tuya, te dominan los instintos.

Se puede explicar de muchas formas, pero la mejor es la del humor. Esta representación visual seguramente te arranque una sonrisa, pero convendrás que es cierta. A la izquierda, cómo iríamos en un vagón del Metro si fuéramos ordenados y puramente racionales: guardaríamos distancias con el resto, nos colocaríamos a lo largo de toda la superficie y, en definitiva, viajaríamos cómodos. A la derecha, sin embargo, la forma en la que en realidad viajamos: apelotonados en determinadas zonas del vagón, aunque eso nos haga ir incómodos.

metro

(Imagen Trinchera Creativa)

No es una cuestión de caos, sino de instinto: queremos estar cerca de la salida, no ya por prisas, sino por mera protección. Nuestros genes nos indican que deberíamos estar preparados para huir si las cosas se complican, así que lo mejor es estar atestando los accesos a pesar de que sea racionalmente lo más peligroso, porque en caso de emergencia posiblemente bloqueemos la huída.

El ejemplo más divertido es el del viaje en ascensor, posiblemente porque se conjugan muchos instintos a la vez. Pongámonos en situación: un espacio cerrado y pequeño en el que compartimos burbuja con gente regularmente desconocida. Nuestra pulsión por colocarnos hará que no demos la espalda a ninguno de los presentes, por aquello del instinto de protección, por lo que prefiramos ponernos con la espalda en la pared. Pero ¿qué pasa cuando entra más gente y no hay hueco para todos? ¿Y qué pasa cuando va saliendo la gente?

El resultado es un divertido baile en el que las personas se van recolocando en función de los que entran y salen. Si a eso le añades el vestigio heredado sobre el silencio, que para los humanos evoca la muerte, el resultado es tenso a más no poder: no solo estamos incómodos por el espacio, sino también porque ese ‘silencio’ nos obliga a hablar. Quizá por eso los ascensores son unos lugares tan terribles, que han dado pie a investigaciones propias, como esta de la finlandesa Rebekah Rousi

El vídeo anterior es una aplicación práctica de los estudios acerca de la conformidad del individuo al actuar de una u otra forma según los que le rodean, idea investigada por Solomon Asch:

Retomando el ejemplo del inicio, tampoco es culpa tuya ese momento de ligera tensión y choque de miradas al ir a sentarte en la misma silla que otra persona. Tiene que ver también con nuestra herencia genética y los vestigios de nuestros instintos. A ese respecto, Allan y Bárbara Pease, investigadores australianos especializados en comunicación postural, hacían una divertida distinción acerca del rol sexual. En su libro Why men don’t listen and women can’t read maps explican que eso tiene que ver con nuestra vieja defensa del territorio.

Bajo esa lógica, lo más común es que el hombre tienda a sentarse con la espalda en la pared -para que nadie le ataque sin percibirlo-, con la salida del local en el campo de visión. También bajo esa lógica los hombres tienden a dormir en el lado de la cama más cercano a la puerta. Según aseguran los autores, es un mecanismo de defensa de cuando vivíamos en cuevas, siendo el hombre el guerrero que guarda la entrada… y la salida.

Naturalmente, es lógico que el haber estado sentados en una cueva controlando los alrededores, defendiendo el territorio y los distintos problemas de supervivencia durante miles y miles de años haya dejado una profunda huella en los hombres actuales.

La verdad es que esto no siempre es así, posiblemente entrando en juego otros factores, como la educación -cediendo a la mujer el asiento que ella prefiera- o la aclimatación -según dónde esté la calefacción o la ventana en la habitación y quién sea más caluroso-.

El investigador, autor de varios best-seller al respecto de la comunicación no verbal, responde a algunas cuestiones a través de Skype.

¿Cómo de grande es el instinto para condicionar nuestro comportamiento corporal? Es decir, pelearse por una silla bien colocada a pesar de que nuestra educación nos indique que debemos ceder el asiento…

El cerebro humano está programado para seguir comportamientos específicos relativos a la supervivencia. Entre ellos se incluyen cosas como el miedo a las alturas, el miedo a las serpientes o a los ruidos altos. Cuando nuestra espalda queda expuesta a extraños en un lugar público sufrimos un enorme nivel de estrés porque sentimos que existe una posibilidad de ser atacados por la espalda. De hecho, la piel de nuestra espalda es cuatro veces más gruesa que la de nuestra parte delantera por esa razón.

En uno de sus libros define el comportamiento espacial que seguimos, pero habla constantemente de diferencias sexuales. ¿Tanto condiciona ser hombre o mujer a la hora de estar más o menos influido por el instinto?

Los cerebros de las mujeres están más preparados para entender el lenguaje corporal que el de los hombres porque los recién nacidos, al no hablar, dependen enteramente de las señales no verbales para sobrevivir. Las mujeres siempre han necesitado ser capaces de decodificar las señales que indican agresión o amistad para poder sobrevivir. Esto nunca ha sido algo de hombres, ya que un hombre, si dudaba del comportamiento de un extraño, le podía agredir directamente.

Si cedes a una mujer en un restaurante el asiento usado en el ejemplo anterior, ¿significa que nuestro cerebro es más poderoso que nuestros instintos?

Para los hombres la posibilidad de tener sexo ensombrece cualquier otro instinto. Si ceder a una mujer el asiento o el lado de la cama es parte del trato, es aceptable para ellos.

¿Tenemos todos más o menos los mismos instintos o cambian en función de las personas? ¿Todos ansiamos sentarnos en la misma silla o unos lo necesitan y para otros es indiferente?

La pulsión por sobrevivir es algo que tenemos todos. Haremos lo que sea necesario para mantenernos a salvo de cualquier posible agresión, y eso incluye esa disputa por la silla en ambos sexos.

¿La forma en la que nos movemos, colocamos e interactuamos con otros es suficientemente importante como para  hacer a alguien alcanzar una meta social o fracasar en el intento, o la importancia de la comunicación no verbal es únicamente una cuestión de primeras impresiones?

Ambas cosas son importantes. A través de las primeras impresiones que tenemos sobre alguien nuestro cerebro busca en esa otra persona señales de agresión o amistad. La suma de todo el comportamiento de tu lenguaje corporal condiciona todo el tiempo si serás capaz o no de triunfar socialmente.

El día a día de la comunicación no verbal

Hay otros factores ‘casuales’ o sobrevenidos que también condicionan nuestra posición. Por ejemplo, tendemos a colocarnos al lado de alguien cuando hablamos… lo cual genera grandes atascos en escaleras mecánicas, ya que socialmente (en este lado del mundo) circulamos por la derecha, tanto por la carretera como por la acera, y lo contrario genera conflicto. No tanto como esa gente que se empeña en ir guardándose de la lluvia por su izquierda, aunque lleve paraguas y tú no.

Hablando de conflicto, otra pulsión mental, también aprendida, que nos lleva al encontronazo con nuestros congéneres: andar por el carril bici. Nuestro cerebro está acostumbrado a guiar nuestro cuerpo por los caminos marcados como parte de nuestro aprendizaje… y, claro, inconscientemente tendemos a caminar por el camino verde (o rojo ahora, intentando que el color mentalmente asociado al permiso para hacer algo no mueva aún más a la gente a pisarlo). Y eso a los ciclistas no les gusta demasiado, lógicamente.

Aunque siempre nos fijamos en ejemplos extranjeros, en verdad de todo esto sabe mucho un señor de La Alcarria. Bueno, en realidad es ciudadano canadiense, pero de origen español. Se llama Fernando Poyatos y, a sus 80 años, es el primer español que estudió la relación que los humanos guardamos con la disposición espacial. Poyatos es además uno de los mayores expertos en comunicación no verbal del mundo y ha desarrollado decenas de investigaciones al respecto (este libro es el más conocido de cuantos ha escrito).

Pero también nosotros somos capaces de percibir, en mayor o menor medida, todas estas señales ‘geográficas’ sin necesidad de sesudas investigaciones. Hay muchos de esos actos cuyo significado captamos casi sin darnos cuenta, lo ‘leemos’ en los demás. El profesor o el jefe que habla desde una tarima despierta unas sensaciones diferentes al que lo hace desde abajo, por ejemplo. La distancia a la que colocamos nuestra cara al hablar a otra persona, algo que varía de cultura a cultura, pero que puede suponer un importante ‘conflicto’ con alguien si invadimos su ‘espacio vital’. El hecho de sentirnos más cómodos si durante una entrevista o conversación formal con alguien nos sentamos en perpendicular, y no frente a frente…

El espacio y cómo interactuamos con él definen en gran parte cómo perciben los demás nuestros actos. Y eso es lo primero, luego ya vendrá el conocernos y saber si somos o no buenas personas. O cómo olemos. O qué decimos. O…

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