2 octubre, 2018    /   IDEAS
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No estamos locos, que sabemos lo que queremos

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Este es El Piensódromo del viernes y, en este momento, Bob Dylan ha ido a comprarse un Quimicefa a una juguetería en las afueras de Kansas City porque este es el segundo Piensódromo consecutivo que habla de ciencia.

¿Por qué? Porque cuando el diablo se aburre, mata moscas con el rabo, y como Neil Young no ha sacado disco en los últimos meses, el que suscribe se aburre. Así que aquí andamos, tirando de vagancia intelectual y repitiendo temas como Carmencica la churrera repite ruedas de porras.

Si Javier Marías puede escribir 70 columnas seguidas acerca de lo que le están jodiendo la vida las feministas y Mar Abad puede contar la historia de 47 mujeres antiguas pero modernas, yo también puedo encasillarme en un tema para trabajar menos, que es un fin noble en sí mismo.

Por eso, vamos a echarle un ojo rápido a cómo justificamos nuestras miserias a través de una disonancia cognitiva y cómo, aunque creamos que no, estamos más cerca de padecer un TOC de lo que pensamos. Yo, al menos.

Y qué es la vida, me pregunta usted, doña Conchi. Pues la vida es ese lapso de tiempo que pasamos justificando peregrinamente lo que hacemos mal. Usted sabe que está mal, yo sé que está mal, pero en lugar de dejar el vicio, lo que hacemos es tratar de arrastrar su existencia a una explicación racional.

¿Nos hace eso racionales, doña Conchi? No, nos hace unos carotas. Pero así son las cosas y todos tenemos tendencia a acercarnos a un Trastorno Obsesivo Compulsivo. O eso me gusta creer a mí, doña Conchi, que soy muy de echar la culpa a entes exógenos o a patologías que no padezco.

Si bebe usted, doña Conchi, cosa que dudo por el deslumbrante color nacarado que luce su dentición y el frescor que percibo sobrenaturalmente de su jugoso hígado, entenderá a qué me refiero.

Y si no, se lo explico yo, que sí bebo. El alcohol es una sustancia cancerígena que causa comportamientos erráticos, que trastorna la capacidad psicomotriz, que inhabilita para un buen puñado de tareas físicas y, para colmo, la sanción por su consumo se prolonga un buen número de horas después de que deje de hacer ese efecto tan chispeante. Y se llama resaca, como esas corrientes marinas que te empujan p’adentro pa siempre jamás.

Con todo, en lugar de aceptarlo, lo que yo hago para tratar de aceptar mi pernicioso comportamiento, es decir lo que dice todo el mundo: «son solo dos copitas», «si tengo que dejar todo lo que me puede matar, prefiero morir aquí mismo» o «mañana lo dejo». Para que vea, doña Conchi, somos hijos no arrepentidos de la disonancia cognitiva.

Así funciona lo de hacer racional lo irracional y de manera muy parecida lo cuenta el bioquímico Gabriel León en su libro La ciencia pop (Plan B, 2018). El científico chileno narra un experimento llevado a cabo con un grupo de voluntarios entre los que había un número determinado de personas con TOC.

Los investigadores conectaron el brazo de los sujetos a una fuente que emitía una corriente eléctrica. Ya se ve que con muy buena intención no iban. La idea era que presionasen un pedal cuando los sujetos viesen un cuadrado amarillo en una pantalla a la que estaban mirando. Así evitarían la incómoda descarga.

Al rato, se desconectó al grupo de voluntarios de la fuente eléctrica. Sin embargo, los que tenían TOC siguieron presionando el pedal para evitar una descarga eléctrica que en ningún caso iba a producirse. Los pacientes desarrollaron un hábito que no abandonaron ni aunque fuera innecesario. Por si acaso.

Lo mejor era que todo paciente con TOC había inventado una excusa para que no le tomaran por chalados, una justificación racional para explicar lo irracional. Vamos, que al fin y al cabo, lo del TOC podría considerarse como un hábito que se nos ha ido de las manos.

Si se da cuenta, doña Conchi, la diferencia entre ser un referente social o ser carne de diván de psiquiatra puede estar en lavarse las manos al volver de la calle tres veces de más o tres veces de menos. ¿No es deplorablemente opresivo el autoimpuesto regimen de cordura de los tiempos que corren?

Este es El Piensódromo del viernes y, en este momento, Bob Dylan ha ido a comprarse un Quimicefa a una juguetería en las afueras de Kansas City porque este es el segundo Piensódromo consecutivo que habla de ciencia.

¿Por qué? Porque cuando el diablo se aburre, mata moscas con el rabo, y como Neil Young no ha sacado disco en los últimos meses, el que suscribe se aburre. Así que aquí andamos, tirando de vagancia intelectual y repitiendo temas como Carmencica la churrera repite ruedas de porras.

Si Javier Marías puede escribir 70 columnas seguidas acerca de lo que le están jodiendo la vida las feministas y Mar Abad puede contar la historia de 47 mujeres antiguas pero modernas, yo también puedo encasillarme en un tema para trabajar menos, que es un fin noble en sí mismo.

Por eso, vamos a echarle un ojo rápido a cómo justificamos nuestras miserias a través de una disonancia cognitiva y cómo, aunque creamos que no, estamos más cerca de padecer un TOC de lo que pensamos. Yo, al menos.

Y qué es la vida, me pregunta usted, doña Conchi. Pues la vida es ese lapso de tiempo que pasamos justificando peregrinamente lo que hacemos mal. Usted sabe que está mal, yo sé que está mal, pero en lugar de dejar el vicio, lo que hacemos es tratar de arrastrar su existencia a una explicación racional.

¿Nos hace eso racionales, doña Conchi? No, nos hace unos carotas. Pero así son las cosas y todos tenemos tendencia a acercarnos a un Trastorno Obsesivo Compulsivo. O eso me gusta creer a mí, doña Conchi, que soy muy de echar la culpa a entes exógenos o a patologías que no padezco.

Si bebe usted, doña Conchi, cosa que dudo por el deslumbrante color nacarado que luce su dentición y el frescor que percibo sobrenaturalmente de su jugoso hígado, entenderá a qué me refiero.

Y si no, se lo explico yo, que sí bebo. El alcohol es una sustancia cancerígena que causa comportamientos erráticos, que trastorna la capacidad psicomotriz, que inhabilita para un buen puñado de tareas físicas y, para colmo, la sanción por su consumo se prolonga un buen número de horas después de que deje de hacer ese efecto tan chispeante. Y se llama resaca, como esas corrientes marinas que te empujan p’adentro pa siempre jamás.

Con todo, en lugar de aceptarlo, lo que yo hago para tratar de aceptar mi pernicioso comportamiento, es decir lo que dice todo el mundo: «son solo dos copitas», «si tengo que dejar todo lo que me puede matar, prefiero morir aquí mismo» o «mañana lo dejo». Para que vea, doña Conchi, somos hijos no arrepentidos de la disonancia cognitiva.

Así funciona lo de hacer racional lo irracional y de manera muy parecida lo cuenta el bioquímico Gabriel León en su libro La ciencia pop (Plan B, 2018). El científico chileno narra un experimento llevado a cabo con un grupo de voluntarios entre los que había un número determinado de personas con TOC.

Los investigadores conectaron el brazo de los sujetos a una fuente que emitía una corriente eléctrica. Ya se ve que con muy buena intención no iban. La idea era que presionasen un pedal cuando los sujetos viesen un cuadrado amarillo en una pantalla a la que estaban mirando. Así evitarían la incómoda descarga.

Al rato, se desconectó al grupo de voluntarios de la fuente eléctrica. Sin embargo, los que tenían TOC siguieron presionando el pedal para evitar una descarga eléctrica que en ningún caso iba a producirse. Los pacientes desarrollaron un hábito que no abandonaron ni aunque fuera innecesario. Por si acaso.

Lo mejor era que todo paciente con TOC había inventado una excusa para que no le tomaran por chalados, una justificación racional para explicar lo irracional. Vamos, que al fin y al cabo, lo del TOC podría considerarse como un hábito que se nos ha ido de las manos.

Si se da cuenta, doña Conchi, la diferencia entre ser un referente social o ser carne de diván de psiquiatra puede estar en lavarse las manos al volver de la calle tres veces de más o tres veces de menos. ¿No es deplorablemente opresivo el autoimpuesto regimen de cordura de los tiempos que corren?

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