8 de mayo 2017    /   CINE/TV
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No haga trampas con la trama de su vida

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Sin duda ustedes han disfrutado de películas, libros o piezas teatrales en los que el recurso conocido como Deus ex machina ha resuelto la trama. Sucede incluso en tragedias griegas.

En la Medea de Eurípides el dios Helios salva a la heroína enviándole un carro desde el Sol, en el que logra escapar. Por eso se puede traducir como «Dios desde la máquina», en aquel caso, desde la grúa de la tramoya que hacía descender el carro. Su equivalente en los westerns sería la aparición in extremis del Séptimo de Caballería librando a los protagonistas de un cerco desesperado al que les tenían sometidos los pieles rojas.

Aclaremos cuanto antes que la expresión no se refiere a un dios en el sentido mitológico del término, sino a una fuerza totalmente exterior a la trama que brinda al lector o al espectador todas las respuestas que sin esa intervención jamás hallarían acomodo en una lógica cartesiana.

Matrix (Hermanos / Hermanas Whachowski, 1999) es un buen ejemplo, y no digamos El show de Truman (Peter Weir, 1998). El universo de Matrix está controlado por una fuerza superior, en este caso alienígena (a veces se olvida que Matrix es una peli de marcianos, en el sentido clásico del término). Y en El show de Truman un atribulado Jim Carrey vive una existencia que está absolutamente dirigida desde un estudio de televisión, verdadero germen de algunos programas de telerrealidad tipo Gran Hermano y otras variantes más o menos ingeniosas (y enojosas).

Woody Allen lo emplea a menudo, como remedo de una religiosidad latente contrapuesta a un ateísmo inconfeso y a un judaísmo descreído que le hace hablar de Dios como una especie de mecánico perezoso que la mayoría del tiempo está ausente del taller, pero que a veces interviene para enderezar la trama, o para desbaratarla.

La imaginación del lector o del espectador debe ser libre para sobrevolar el patio de butacas o el sillón de su sala de estar. Es maravilloso que alguien sea capaz de llevarnos a lo más alto para finalmente dejarnos caer en una realidad alternativa, tejiendo una teoría que justifique todo lo disfrutado hasta el momento, por descabellado que sea.

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El problema es cuando el guionista o el escritor hacen trampas, y esto solo se puede detectar viendo la película otra vez y conociendo la explicación, su Deus ex machina. Si todo encaja y no nos sentimos estafados, es que hay un gran trabajo detrás; pero si descubrimos los trucos, la decepción es muy grande.

Les pondré un ejemplo de cada caso con dos películas firmadas por el mismo director: David Fincher. Cuando se ve El Club de la Lucha (1999) con la mirada virgen nos sentimos fascinados al descubrir el desenlace que explica todo lo anterior, que podemos resumir como «Brad Pitt nunca estuvo realmente allí». Y en el segundo visionado nos rendimos ante el talento de Fincher (que en este caso también reposa en el de Chuck Palahniuk y su novela homónima).

Pero al ver The Game (1997), la película nos atrapa de manera irremisible desde el comienzo a costa de forzar determinadas secuencias hasta lo inverosímil, como la caída final de Michael Douglas sobre la cristalera. Cuando se nos revela el sorprendente Deus ex machina de la película nos quedamos boquiabiertos, pero al poco tiempo las primeras grietas comienzan a surcar nuestra memoria reciente y tenemos la tentación de repasar algunas escenas y secuencias que invalidan totalmente el final. A ambas cintas les separan solo dos años, y desde entonces Fincher no ha vuelto a emplear el recurso que nos ocupa, porque el público le pilló con el carrito de los helados.

Otro caso paradigmático de Deus ex machina es el manido final del tipo «Todo era un sueño», que de pronto justifica cualquier anomalía o incongruencia de la historia pues los sueños no están sujetos a las leyes de la razón. Aquí el concepto de ‘sueño’ puede extenderse a otros modos de desdoblamiento, como el que sucede en Desafío total (Paul Verhoeven, 1990). Allí es una simulación de realidad virtual la que corrige de un plumazo cualquier objeción que el espectador quisquilloso pudiera plantear a determinadas situaciones embarazosamente mal formuladas.

Se dice que Alejandro Amenábar lloró amargamente en el estreno de El sexto sentido (M. Night Shyamalan, 1999) donde, como es bien sabido, Bruce Willis al final resulta que está muerto y es un fantasma, en uno de los finales más sorprendentes del cine de aquellos años. Amenábar lloró porque le acababan de pisar el final de Los otros, que estaba en fase de preproducción y que se estrenaría en 2001. En honor a la verdad hay que admitir a los dos directores que pasan la prueba del algodón del Deus ex machina, y sus películas soportan un segundo visionado conociendo previamente el desenlace.

Permítanme terminar con una reflexión que aplica el Deus ex machina a nuestras vidas. Este es un recurso que no pocas personas aplican al argumento de sus existencias, como si de ficciones escritas por un tercero se trataran. En una flagrante falta de responsabilidad, unos lo llaman Destino, otros Azar, pero la mayoría atribuye los sucesos de sus biografías a la voluntad de uno u otro dios, dependiendo de las coordenadas geográficas y sociales en que les ha tocado vivir.

El artificio Deus ex machina solo funciona en las ficciones. La trama de su vida solo depende de usted, no lo olvide. Así que no haga trampas, porque le pillaremos…

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En la Medea de Eurípides el dios Helios salva a la heroína enviándole un carro desde el Sol, en el que logra escapar. Por eso se puede traducir como «Dios desde la máquina», en aquel caso, desde la grúa de la tramoya que hacía descender el carro. Su equivalente en los westerns sería la aparición in extremis del Séptimo de Caballería librando a los protagonistas de un cerco desesperado al que les tenían sometidos los pieles rojas.

Aclaremos cuanto antes que la expresión no se refiere a un dios en el sentido mitológico del término, sino a una fuerza totalmente exterior a la trama que brinda al lector o al espectador todas las respuestas que sin esa intervención jamás hallarían acomodo en una lógica cartesiana.

Matrix (Hermanos / Hermanas Whachowski, 1999) es un buen ejemplo, y no digamos El show de Truman (Peter Weir, 1998). El universo de Matrix está controlado por una fuerza superior, en este caso alienígena (a veces se olvida que Matrix es una peli de marcianos, en el sentido clásico del término). Y en El show de Truman un atribulado Jim Carrey vive una existencia que está absolutamente dirigida desde un estudio de televisión, verdadero germen de algunos programas de telerrealidad tipo Gran Hermano y otras variantes más o menos ingeniosas (y enojosas).

Woody Allen lo emplea a menudo, como remedo de una religiosidad latente contrapuesta a un ateísmo inconfeso y a un judaísmo descreído que le hace hablar de Dios como una especie de mecánico perezoso que la mayoría del tiempo está ausente del taller, pero que a veces interviene para enderezar la trama, o para desbaratarla.

La imaginación del lector o del espectador debe ser libre para sobrevolar el patio de butacas o el sillón de su sala de estar. Es maravilloso que alguien sea capaz de llevarnos a lo más alto para finalmente dejarnos caer en una realidad alternativa, tejiendo una teoría que justifique todo lo disfrutado hasta el momento, por descabellado que sea.

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El problema es cuando el guionista o el escritor hacen trampas, y esto solo se puede detectar viendo la película otra vez y conociendo la explicación, su Deus ex machina. Si todo encaja y no nos sentimos estafados, es que hay un gran trabajo detrás; pero si descubrimos los trucos, la decepción es muy grande.

Les pondré un ejemplo de cada caso con dos películas firmadas por el mismo director: David Fincher. Cuando se ve El Club de la Lucha (1999) con la mirada virgen nos sentimos fascinados al descubrir el desenlace que explica todo lo anterior, que podemos resumir como «Brad Pitt nunca estuvo realmente allí». Y en el segundo visionado nos rendimos ante el talento de Fincher (que en este caso también reposa en el de Chuck Palahniuk y su novela homónima).

Pero al ver The Game (1997), la película nos atrapa de manera irremisible desde el comienzo a costa de forzar determinadas secuencias hasta lo inverosímil, como la caída final de Michael Douglas sobre la cristalera. Cuando se nos revela el sorprendente Deus ex machina de la película nos quedamos boquiabiertos, pero al poco tiempo las primeras grietas comienzan a surcar nuestra memoria reciente y tenemos la tentación de repasar algunas escenas y secuencias que invalidan totalmente el final. A ambas cintas les separan solo dos años, y desde entonces Fincher no ha vuelto a emplear el recurso que nos ocupa, porque el público le pilló con el carrito de los helados.

Otro caso paradigmático de Deus ex machina es el manido final del tipo «Todo era un sueño», que de pronto justifica cualquier anomalía o incongruencia de la historia pues los sueños no están sujetos a las leyes de la razón. Aquí el concepto de ‘sueño’ puede extenderse a otros modos de desdoblamiento, como el que sucede en Desafío total (Paul Verhoeven, 1990). Allí es una simulación de realidad virtual la que corrige de un plumazo cualquier objeción que el espectador quisquilloso pudiera plantear a determinadas situaciones embarazosamente mal formuladas.

Se dice que Alejandro Amenábar lloró amargamente en el estreno de El sexto sentido (M. Night Shyamalan, 1999) donde, como es bien sabido, Bruce Willis al final resulta que está muerto y es un fantasma, en uno de los finales más sorprendentes del cine de aquellos años. Amenábar lloró porque le acababan de pisar el final de Los otros, que estaba en fase de preproducción y que se estrenaría en 2001. En honor a la verdad hay que admitir a los dos directores que pasan la prueba del algodón del Deus ex machina, y sus películas soportan un segundo visionado conociendo previamente el desenlace.

Permítanme terminar con una reflexión que aplica el Deus ex machina a nuestras vidas. Este es un recurso que no pocas personas aplican al argumento de sus existencias, como si de ficciones escritas por un tercero se trataran. En una flagrante falta de responsabilidad, unos lo llaman Destino, otros Azar, pero la mayoría atribuye los sucesos de sus biografías a la voluntad de uno u otro dios, dependiendo de las coordenadas geográficas y sociales en que les ha tocado vivir.

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