12 de diciembre 2017    /   IDEAS
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No hay que ser feminista para defender la dignidad de la mujer

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El feminismo es una de las vías posibles para identificar, resistir y atacar la idea de que las mujeres son menos valiosas o dignas que los hombres. No es la única y actuar como si lo fuera es contraproducente.

Primero, una obviedad que suele olvidársenos. Se puede defender la dignidad de la mujer sin ser feminista del mismo modo que se puede proteger el medio ambiente sin ser ecologista, valorar y preservar los beneficios del mercado y los derechos individuales sin ser liberal, celebrar y cuidar el estado del bienestar sin ser socialista y apreciar la belleza de la fe y promover la libertad de culto sin ser religioso.

También debe tenerse en cuenta que las transformaciones sociales en democracia, las que se mantienen y echan sólidas raíces, se producen gracias a amplios consensos que surgen con las ideas de una minoría que tiene la habilidad de convencer a un amplísimo espectro de la población.

No es algo fácil de percibir porque nos hemos acostumbrado a hablar en términos de grandes epopeyas bélicas y luchas de poder donde la luz se acaba imponiendo a la oscuridad. Ahí están para recordárnoslo las «conquistas sociales», las «revoluciones de los derechos civiles» o la utilización de la educación como «un arma de progreso». Así es como nos referimos erróneamente a la construcción de una narrativa inspiradora que seduce a amplios colectivos sociales, a proponer y negociar reformas altamente persuasivas, a la denuncia pública del abuso, a la movilización de los convencidos y, por fin, al cultivo intensivo de los escépticos y de aquellos que no se sienten directamente interpelados por el mensaje.

Por eso, la defensa renovada de la dignidad de la mujer, tan necesaria hoy, exige la suma de los esfuerzos de las feministas, de los y las que ponen en duda muchos de los principios del feminismo y de aquellos que ven esta defensa renovada con curiosidad pero con la íntima sensación de que, en el fondo, no va con ellos.

Para empezar, hay que explicar que el feminismo es un movimiento infinitamente más vibrante, heterogéneo y transversal de lo que muchos escépticos e indiferentes piensan. En consecuencia, abre espacios enormes para la participación y el debate, tanto para las mujeres como para los hombres. El fanatismo puro, excluyente, grosero y ramplón solo se corresponde con los miembros más toscos y menos sofisticados de este colectivo.

Podemos encontrar grandes feministas de izquierdas, que es lo más común, o de derechas, en este caso por la vía del liberalismo. Las primeras reclaman la intervención del estado y las segundas la restringen. Existe, igualmente, un debate interesantísimo sobre lo que significa realmente ser mujer, un concepto que no está ni mucho menos claro. Algunas firmas ilustres, como Judith Butler, han manifestado que el sexo femenino —igual que el masculino— es una ficción y otras aproximan la naturaleza de las mujeres a la de los ciborgs o a un tipo (muy peculiar) de nomadismo. Las partidarias de Lyotard han llegado a cuestionar que el feminismo pueda legitimarse como una lucha histórica y universal por la emancipación. Craig Owens resume aquí sus argumentos.

interiorfeminismo

Riqueza y diversidad

El feminismo contiene e integra en su seno un debate constante que pone en duda sus principales premisas e incluye muchísimos perfiles ideológicos y sensibilidades. Eso significa que existen múltiples maneras de ser feminista, que los escépticos necesitan aprender a apreciar esta riqueza y que algunos de ellos quizás descubran menos motivos de los que creen para no sumarse.

Por supuesto, también es necesario que algunos miembros del movimiento dejen de faltar al respeto a quienes, aceptando que se necesita un marco social que reconozca mejor la dignidad de la mujer, no les convencen las ideas feministas. Ni todos los hombres que discrepan lo hacen porque desprecien a las mujeres o con la idea de darles lecciones, ni todas las mujeres que se oponen son necias o están dormidas.

Tampoco es cierto que feminismo e igualdad sean lo mismo. Afirmar lo contrario es señalar a los disidentes como defensores de la discriminación y caer en la estúpida división social entre feministas y machistas. El feminismo, como todas las grandes filosofías políticas, no se puede reducir a la apelación de un solo principio, tampoco cuando ese principio es la igualdad. Es muchísimo más rico y complejo: opera sobre los seis fundamentos morales que ha identificado sobre todo el psicólogo evolucionista Jonathan Haidt en el ser humano.

Por eso, tiene mucho que decir sobre el imperativo de proteger y no hacer daño a las mujeres, sobre la equidad y la reciprocidad entre los sexos, sobre la relación y cooperación leal con las mujeres (primero, por parte de otras mujeres —llamada ahora «sororidad»— pero también por parte del resto de la sociedad), sobre la necesidad de una autoridad personal o institucional que no abuse de su poder (para discriminar o reclamar favores sexuales), sobre la oposición y denuncia de cualquier trato degradante y sobre la resistencia ante la opresión.

Por si eso fuera poco, identificar feminismo e igualdad genera otro problema. Como recuerda la filósofa Elizabeth Grosz, las feministas no solo reclaman que no discriminen a las mujeres por su sexo, sino también que no las fuercen a asumir el paradigma masculino. Quieren tener los mismos derechos que los hombres, pero también aspiran a un trato diferenciado y autónomo y a que nadie las obligue a ser iguales que ellos. Adicionalmente, merece la pena recordar que muchas feministas, que se apoyan en los interesantísimos estudios de Carol Gilligan, sostienen que el propio concepto de justicia es masculino y que en las mujeres debemos hablar más bien de compasión o ética del cuidado.

Las cuatro primeras claves para situar la dignidad de la mujer donde se merece estar son asumir que no es obligatorio ser feminista para defenderla y promoverla, que las reformas de prejuicios muy arraigados en democracia no se llevan a cabo con revoluciones sino con mucha seducción, negociación y amplios consensos, que los escépticos tienen que comprender que el feminismo posee una naturaleza diversa, vibrante y flexible a la que pueden sumarse y que algunos miembros del movimiento feminista, si esperan convencer y atraer nuevos colaboradores, deberían esforzarse más a la hora de tratar con respeto a los discrepantes.

La quinta clave es más un llamamiento urgente y casi desesperado. Podemos ser escépticos, conservadores e incluso hostiles al feminismo, pero lo que es intolerable es que seamos indiferentes al trato degradante que sufren muchas mujeres y que algunas aceptan o porque no conocen otra cosa o porque les han demolido la autoestima durante años.

Es nuestra responsabilidad empezar a prestar más atención en nuestro día a día, denunciar públicamente y con más energía la discriminación y la violencia física y verbal contra la mujer, apoyar a la víctima en sus terribles contradicciones y hacerlo no solo de palabra y entre amigos, sino también de obra y dentro de nuestros hogares, dentro de nuestros lugares de trabajo, dentro de nuestras redes sociales y grupos de WhatsApp y dentro de nuestros bloques de viviendas. A veces serán cuestiones aparentemente pequeñas y nos afectarán a nosotros mismos, pero debemos estar preparados para identificarlas y corregirlas igualmente. Demostremos que, más allá de hombres o mujeres, seguimos siendo profundamente humanos.

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El feminismo es una de las vías posibles para identificar, resistir y atacar la idea de que las mujeres son menos valiosas o dignas que los hombres. No es la única y actuar como si lo fuera es contraproducente.

Primero, una obviedad que suele olvidársenos. Se puede defender la dignidad de la mujer sin ser feminista del mismo modo que se puede proteger el medio ambiente sin ser ecologista, valorar y preservar los beneficios del mercado y los derechos individuales sin ser liberal, celebrar y cuidar el estado del bienestar sin ser socialista y apreciar la belleza de la fe y promover la libertad de culto sin ser religioso.

También debe tenerse en cuenta que las transformaciones sociales en democracia, las que se mantienen y echan sólidas raíces, se producen gracias a amplios consensos que surgen con las ideas de una minoría que tiene la habilidad de convencer a un amplísimo espectro de la población.

No es algo fácil de percibir porque nos hemos acostumbrado a hablar en términos de grandes epopeyas bélicas y luchas de poder donde la luz se acaba imponiendo a la oscuridad. Ahí están para recordárnoslo las «conquistas sociales», las «revoluciones de los derechos civiles» o la utilización de la educación como «un arma de progreso». Así es como nos referimos erróneamente a la construcción de una narrativa inspiradora que seduce a amplios colectivos sociales, a proponer y negociar reformas altamente persuasivas, a la denuncia pública del abuso, a la movilización de los convencidos y, por fin, al cultivo intensivo de los escépticos y de aquellos que no se sienten directamente interpelados por el mensaje.

Por eso, la defensa renovada de la dignidad de la mujer, tan necesaria hoy, exige la suma de los esfuerzos de las feministas, de los y las que ponen en duda muchos de los principios del feminismo y de aquellos que ven esta defensa renovada con curiosidad pero con la íntima sensación de que, en el fondo, no va con ellos.

Para empezar, hay que explicar que el feminismo es un movimiento infinitamente más vibrante, heterogéneo y transversal de lo que muchos escépticos e indiferentes piensan. En consecuencia, abre espacios enormes para la participación y el debate, tanto para las mujeres como para los hombres. El fanatismo puro, excluyente, grosero y ramplón solo se corresponde con los miembros más toscos y menos sofisticados de este colectivo.

Podemos encontrar grandes feministas de izquierdas, que es lo más común, o de derechas, en este caso por la vía del liberalismo. Las primeras reclaman la intervención del estado y las segundas la restringen. Existe, igualmente, un debate interesantísimo sobre lo que significa realmente ser mujer, un concepto que no está ni mucho menos claro. Algunas firmas ilustres, como Judith Butler, han manifestado que el sexo femenino —igual que el masculino— es una ficción y otras aproximan la naturaleza de las mujeres a la de los ciborgs o a un tipo (muy peculiar) de nomadismo. Las partidarias de Lyotard han llegado a cuestionar que el feminismo pueda legitimarse como una lucha histórica y universal por la emancipación. Craig Owens resume aquí sus argumentos.

interiorfeminismo

Riqueza y diversidad

El feminismo contiene e integra en su seno un debate constante que pone en duda sus principales premisas e incluye muchísimos perfiles ideológicos y sensibilidades. Eso significa que existen múltiples maneras de ser feminista, que los escépticos necesitan aprender a apreciar esta riqueza y que algunos de ellos quizás descubran menos motivos de los que creen para no sumarse.

Por supuesto, también es necesario que algunos miembros del movimiento dejen de faltar al respeto a quienes, aceptando que se necesita un marco social que reconozca mejor la dignidad de la mujer, no les convencen las ideas feministas. Ni todos los hombres que discrepan lo hacen porque desprecien a las mujeres o con la idea de darles lecciones, ni todas las mujeres que se oponen son necias o están dormidas.

Tampoco es cierto que feminismo e igualdad sean lo mismo. Afirmar lo contrario es señalar a los disidentes como defensores de la discriminación y caer en la estúpida división social entre feministas y machistas. El feminismo, como todas las grandes filosofías políticas, no se puede reducir a la apelación de un solo principio, tampoco cuando ese principio es la igualdad. Es muchísimo más rico y complejo: opera sobre los seis fundamentos morales que ha identificado sobre todo el psicólogo evolucionista Jonathan Haidt en el ser humano.

Por eso, tiene mucho que decir sobre el imperativo de proteger y no hacer daño a las mujeres, sobre la equidad y la reciprocidad entre los sexos, sobre la relación y cooperación leal con las mujeres (primero, por parte de otras mujeres —llamada ahora «sororidad»— pero también por parte del resto de la sociedad), sobre la necesidad de una autoridad personal o institucional que no abuse de su poder (para discriminar o reclamar favores sexuales), sobre la oposición y denuncia de cualquier trato degradante y sobre la resistencia ante la opresión.

Por si eso fuera poco, identificar feminismo e igualdad genera otro problema. Como recuerda la filósofa Elizabeth Grosz, las feministas no solo reclaman que no discriminen a las mujeres por su sexo, sino también que no las fuercen a asumir el paradigma masculino. Quieren tener los mismos derechos que los hombres, pero también aspiran a un trato diferenciado y autónomo y a que nadie las obligue a ser iguales que ellos. Adicionalmente, merece la pena recordar que muchas feministas, que se apoyan en los interesantísimos estudios de Carol Gilligan, sostienen que el propio concepto de justicia es masculino y que en las mujeres debemos hablar más bien de compasión o ética del cuidado.

Las cuatro primeras claves para situar la dignidad de la mujer donde se merece estar son asumir que no es obligatorio ser feminista para defenderla y promoverla, que las reformas de prejuicios muy arraigados en democracia no se llevan a cabo con revoluciones sino con mucha seducción, negociación y amplios consensos, que los escépticos tienen que comprender que el feminismo posee una naturaleza diversa, vibrante y flexible a la que pueden sumarse y que algunos miembros del movimiento feminista, si esperan convencer y atraer nuevos colaboradores, deberían esforzarse más a la hora de tratar con respeto a los discrepantes.

La quinta clave es más un llamamiento urgente y casi desesperado. Podemos ser escépticos, conservadores e incluso hostiles al feminismo, pero lo que es intolerable es que seamos indiferentes al trato degradante que sufren muchas mujeres y que algunas aceptan o porque no conocen otra cosa o porque les han demolido la autoestima durante años.

Es nuestra responsabilidad empezar a prestar más atención en nuestro día a día, denunciar públicamente y con más energía la discriminación y la violencia física y verbal contra la mujer, apoyar a la víctima en sus terribles contradicciones y hacerlo no solo de palabra y entre amigos, sino también de obra y dentro de nuestros hogares, dentro de nuestros lugares de trabajo, dentro de nuestras redes sociales y grupos de WhatsApp y dentro de nuestros bloques de viviendas. A veces serán cuestiones aparentemente pequeñas y nos afectarán a nosotros mismos, pero debemos estar preparados para identificarlas y corregirlas igualmente. Demostremos que, más allá de hombres o mujeres, seguimos siendo profundamente humanos.

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Opiniones 24
    • Tengo curiosidad por saber en qué basas tu particular adjetivación de una opinión. Te juro que es por que me interesa conocer lo que te ha llevado a valorarlo así, y de esa manera poder contar con tu aporte a la cuestión.

    • Porque ? a mi me parece bueno, informativo, y moderado… se echa en falta algo moderado ultimamente. Amplio y real.

      • Los hombres, feministas o no, se tienen q implicar en esta lucha y en esta discusión. Y este artículo, estemos o no de acuerdo, es un paso en la buena dirección. Salud

    • Mientras que el feminismo al uso es:

      50% paternalismo (institucional), 50% resentimiento ideológico

  • Puedes pasar años luchando por este motivo, simplemente por que se respete tu dignidad como mujer y como persona y es cierto que al final consiguen macharte la autoestima de tal forma que terminas por no ser consciente de nada. Cuanto más luchas, la reacción es mayor y al margen de ser o no feministas, o del lugar ideológico en que te encuentres creo que todas las mujeres deberíamos estar juntas en esta lucha, porque si no el retroceso y el recorte de derechos va a seguir, y cuesta mucho recuperar lo perdido. Lo peor es la indiferencia y la falta de apoyo porque hoy son unas, pero mañana pueden ser las demás

    • Y no olvides a los hombres. Tienen que implicarse más en esto porque si son parte del problema también son parte de la solución. La igualdad es cosa de dos. Salud

      • Mientras se siga utilizando una ideología aparentemente benigna para recortar derechos, discriminar y denigrar en función del sexo, no esperéis colaboración, sino reacción. Es lo lógico, por otra parte.
        El concepto “igualdad”, a fuerza de manosearlo, es un contenedor vacío que cada ideólogo, político o activista rellena con el significado que le place, el que le conviene. Una cosa es igualdad ante la ley, mismas reglas de juego para todos y vigilancia permanente para que así sea. Y otra es ser iguales por ley, como pretende el feminismo contemporáneo. La primera igualdad condena y persigue cualquier discriminación. La segunda igualdad se sirve de la discriminación, la busca y la utiliza.
        No contéis con el apoyo de ningún colectivo al que pretendáis aplicar esa segunda “igualdad”. Es ingenuo, es estúpido y hasta es indigno.

  • Explícame que principios del feminismo no estás de acuerdo, o dices que determinada gente no está de acuerdo, porfavor.
    Ah y Bravo por el comentario «apoyar a la víctima en sus terribles contradicciones», puedes explicarlo también? cuales son esas contradicciones? Cuando hay una violación el que la comete es el culpable, punto.

    • Pero el artículo no va de eso. Va de que se puede ser feminista o no pero hay que defender nuestra dignidad seas de la ideología que seas.

      Rita, las víctimas de violaciones y malos tratos sufren contradicciones muy bestias a veces. Lo vemos en la tele todos los días. Otra cosa es decir que ellas sean las culpables y eso el artículo no lo dice.

      Te puede gustar o no el artículo pero hay que ser justas. No es feminista pero tampoco es machista.

      • Hola Sira, estoy preguntando por lo que eleno autor no lo ha explicado, le animo a que se defienda y me conteste. Te pregunto a ti, A qué contradicciones te refieres? Decir que la victima tiene contradicciones es quitar culpabilidad al violador, no se si te das cuenta.

      • Hola Sira, estoy preguntando por que el autor no lo ha explicado, le animo a que se defienda y me conteste. Te pregunto a ti, A qué contradicciones te refieres? Decir que la victima tiene contradicciones es quitar culpabilidad al violador, no se si te das cuenta.

    • Lo eres si no justificas tus acusaciones, porque eso demuestra intolerancia por tu parte. Hasta que no justifiques el por qué es lamentable, tienes todo el derecho del mundo a que te llamen “feminazi”.

  • Hola Gonzalo, muy interesante. Me interesa profundizar en el tema y saber tus fuentes.
    Podrías mandarme información a mu emaii. Gracias.
    Soy estudiante y quiero proponer una investigación en mi escuela sobre el tema.

  • Primero que todo, ¿la persona que escribió este artículo sabe lo que es “feminismo” más allá de la teoría y definiciones RAE? Parece que no. Segundo, es un pésimo artículo viniendo de un hombre. Gracias por nada.

  • El feminismo no defiende la dignidad. Defiende los derechos de la mujer. La dignidad es otra cosa. Creo que deberías leer un poco más mínimo como para que sepas la diferencia entre dignidad y derecho. No pude leer el artículo ya que al leer solo el título que me pareció muy ignorante ya se me fueron las ganas de leerlo.

  • Estoy de acuerdo. El feminismo dio muchos frutos. Como movimiento revolucionario, surgido por una situación de opresión insostenible, es quizás es el que más logros obtuvo y del que estamos agradecidos y hemos aprendido mucho. En la historia ha habido hombres que sin ponerse la etiqueta de feministas ayudaron a mujeres a demostrar su talento, como ejemplo el marido de Marie Curie, su padre y su suegro, que ayudaron a la científica en la medida de sus posibilidades. La ignorancia es el factor común que ha propiciado las injusticias y desigualdades en la historia de la humanidad, es decir, la deshumanización en forma de sexismo, clasismo, racismo, esclavismo, etc.

  • ¿Podrías explicar en que aspectos exactamente el ” feminismo e igualdad no sean lo mismo”?, quizá hay que cuestionar ahora todo el trabajo de la RAE. Por otro lado tampoco queda muy claro la parte negativa del feminismo, ¿En que no estas de acuerdo? . Querer igualdad entre hombres o mujeres, a todos los niveles, no sólo a unos pocos , es ser feminista, te guste o no. Alomejor lo que ha ocurrido es que alguien te ha llamado ignorante por decir lo contrario y entonces te has ofendido, pero es que sólo se han sentido contrariados o contrariadas al decirles que claro que quieres igualdad, pero no eres feminista…lo mismo que decir que eres vegetariano pero te comes unos chuletones que no caben en el plato…

    • Asumir que el concepto de igualdad es una especie de estandarte monopolio del movimiento feminista es un ejemplo de ideologización del término. Lo único que se consigue interpelando a quien no se siente cómodo con la etiqueta de feminista pero sí aboga por la igualdad (sí, existen, por muy increíble que os parezca en ese cerebro blanquinegro) es echar piedras sobre el propio tejado; e incluso peligroso, por poder perder números en base a una estupidez.

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