19 de septiembre 2015    /   BUSINESS
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Facebook no quería un botón de 'no me gusta' por tu culpa

19 de septiembre 2015    /   BUSINESS     por          
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Qué sucede cuando el usuario se apropia de una herramienta para hacerla propia y le da un significado quizá distinto al que tenía en origen? Sucede que los creadores de esa herramienta deben pensar mucho en cómo adaptarla a su público, y sucede que hay algo que celebrar: hay gente que usa tu producto, aunque no sea de la forma que tú pensabas, y eso es bueno en cualquier caso.
Cuando ese uso distinto afecta a la apariencia o conceptualización del producto en sí es algo que atañe al área de la usabilidad, que tiene grandes ejemplos de adaptación de productos a la voluntad de sus usuarios, siendo el más célebre aquel de la botella de ketchup Heinz que se rediseñó invirtiendo la etiqueta y haciendo una boca más ancha al ver que la gente solía darle la vuelta al ponerla sobre la mesa para que no se quedara pegado en el fondo.
Hay muchos ejemplos más, como aquel de los adolescentes comprando Blackberry en masa, un terminal pensado para ejecutivos, porque incluía un sistema de mensajería gratuito.
Todo producto necesita de una masa crítica, un volumen de usuarios que lo hagan posible. No se trata sólo de rentabilidad económica, sino de que dicho producto ‘cobre vida propia’. Esto es algo especialmente importante en entornos sociales, sea un juego online, sea una comunidad o foro o sea una red social. Si hay un número suficiente de usuarios se creará una comunidad que se regulará acorde a las normas que marques… y a las que ellos mismos crean.
Hace años triunfó un juego de rol online llamado Tibia, creado por unos estudiantes alemanes. En un universo ficticio lleno de magos, monstruos, caballeros y demás, los jugadores interactuaban, se aliaban, compraban propiedades y vendían los bienes y armas que encontraban en sus misiones. Ese era el escenario, pero había mucho más: la comunidad se articulaba de una forma peculiar, pactándose precios estándar para determinados bienes. Una mochila de runas que un mago creaba en determinadas horas de juego tenía un precio estándar en el mercado, y la oferta o demanda -en función de la necesidad y los magos que hubiera en ese momento- variaba.
¿Era Tibia un juego pensado para comprobar cómo funciona la lógica de mercado? No, pero como había una comunidad humana, había determinados roles, precios y ‘reglas internas’ que se asumían. Había prácticas que el juego permitía, pero la comunidad penalizaba, por ejemplo.
Eso es, en fin, lo que pasa cuando los usuarios hacen suyo un entorno.
En las plataformas digitales sociales sucede lo mismo, aunque con reglas más ‘tangibles’. Las cosas muchas veces no significan lo que deberían, o lo que los ‘padres’ de la herramienta pensaron. Y muchas veces, cuando la comunidad de usuarios es numerosa y arraigada, cambiar esas reglas generales puede causar un profundo impacto en ella. Por eso, por ejemplo, Facebook era tan reacio a poner en marcha un botón de ‘no me gusta’, a pesar de que haber recibido miles de peticiones al respecto a lo largo de los años.
El Facebook ‘happy’
Facebook permite compartir contenido, decir que algo te gusta o postear un comentario. Además, desde hace unos meses, permite guardar algunas publicaciones, tales como vídeos, para que no acaben borradas de tu timeline y sean imposibles de recuperar. Dentro del código sociológico de la red social, se entendía el ‘me gusta’ como un símbolo de adhesión. Y sin embargo no todo lo que comparte la gente en su muro son buenas noticias.
Lo paradójico era ver, por ejemplo, que ante el anuncio de un hecho trágico por parte de un usuario, además de los comentarios al respecto, muchas veces se plagaban de ‘me gustas’. El significado, lógicamente, no era que nadie se alegrara por la tragedia de quien se supone es alguien conocido, sino visualizar una muestra de apoyo. Pero claro, el ‘me gusta’ se quedaba corto. Muchos optaban entonces por poner un lacónico comentario de ‘no me gusta’, normalmente acompañado de un emoticono.
No es la única paradoja de Facebook. La formulación de cómo se añaden contactos bajo el epígrafe ‘Amigos’ ¿Acaso son amigos todos tus contactos de Facebook? No, claro. Hay familia, compañeros de trabajo, quizá exparejas o profesores. Amigos son pocos, pero ahí son ‘amigos’.
Visto desde fuera, Facebook es una especie de red social de la pradera, donde todos son amigos y donde sólo se puede mostrar apoyo a lo que los demás dicen. O ‘me gusta’ o silencio, un flujo sólo interrumpido por los comentarios y discusiones.
Durante años en la red social han esquivado lo que ahora dicen que van a hacer: incluir un punto de equilibrio con el ‘no me gusta’ como botón para expresar sentimientos o emociones. ¿Por qué no lo hicieron antes? Por cuestiones como el acoso. Es una red social donde hay una masa crítica gigantesca, un colectivo mundial que reúne sensibilidades y perfiles de enorme diversidad. Aunque en Facebook no suele tener el problema del anonimato que otras muchas plataformas tuvieron antes, hay eslabones de esa cadena particularmente frágiles al verse expuestos, como adolescentes o personas débiles emocionalmente.
Imagina entonces la siguiente situación: un chaval o chavala que pone comentarios y a quien un grupo de compañeros o conocidos se dedican a inundar de ‘no me gusta’. El efecto mental puede ser devastador cuando la plataforma adquiere la posición de mediador social que tiene.
Es por eso por lo que, a pesar del anuncio de que habrá un botón de ‘no me gusta’, cabe esperar que no sea tan lineal en su expresión. Facebook estudiará cómo cambiar las reglas y el significado de los símbolos de forma detenida para minimizar el impacto y las posibles repercusiones negativas que pueda haber. Dicho de otra forma, no esperes un botón de ‘no me gusta’, sino una forma mucho más controlada de mostrar disconformidad.
vs
Twitter, los favoritos y la interacción
La dicotomía ‘me gusta’ – ‘no me gusta’, y el particular uso de la palabra ‘amigos’ es el peculiar campo de juego social de Facebook, pero también tiene lugar en otras redes sociales.
En Twitter por ejemplo no hay amigos, sino ‘seguidores’. La acepción también tiene su miga, porque denota cierta admiración, quizá. Alguien que es ‘seguidor’ de algo, un equipo de fútbol o un grupo de música, normalmente es porque le gusta, porque es fan. Y en Twitter no es necesariamente así.
No es el único aspecto reseñable al respecto en la red de microblogging. Está, por ejemplo, el uso que la gente da al botón de ‘favorito’. Como en el caso del ‘me gusta’ de Facebook, la idea podría parecer ser una muestra de apoyo o reconocimiento a algo que alguien dice, pero la realidad es otra. Mejor dicho, las realidades son otras, porque hay variaciones.
Hay usuarios que utilizan el ‘favorito’ para asentir sin mancharse. Alguien publica algo polémico con lo que estás de acuerdo pero no puedes permitirte ensuciarte con ese comentario. Le das a la estrella, quien ha escrito el tuit sabe que estás de acuerdo pero eso no aparece publicado en tu ‘timeline’, así que pasas de puntillas. Cierto es que si alguien ve el tuit podrá apreciar que le has dado a ‘favorito’, pero el riesgo es en todo caso mucho menor.
Hay otros usuarios, sin embargo, que usan eso no como adscripción, sino como forma de guardar contenido interesante. Lo marcas como favorito cuando no puedes ver el vídeo o leer el artículo al que se refieren, y luego ya lo harás. Este uso, cada vez más extendido, empezó a preocupar porque reducía la interacción: cuando das a ‘favorito’ a algo interesante y no lo compartes limitas las posibilidades de que el mensaje se difunda una vez llega a ti. Y por eso Twitter intervino para cambiar algunas reglas internas
Esa intervención atañía a las formas de cita que se usan en la red social.
Muchísimos usuarios añaden en su biografía aquello de que ‘RT is not endorsement’, como los parkings que te avisan de que si roban lo que hay dentro de tu coche no es responsabilidad suya (aunque sí lo es, por ley). Intentan decir que van a retuitear cosas con las que no necesariamente estén de acuerdo, como queriendo decir que a veces será únicamente para enseñar cosas -se supone que para poner en evidencia a alguien con quien discrepan-.
Antes el RT (retuit, es decir, replicar lo que otro dice) tenía otra de esas variables que la comunidad instaura. El MT o MRT, como siglas de ‘retuit modificado’, cuando se cambia la literalidad de lo que el emisor ha escrito, regularmente reduciendo por cuestiones de espacio. Desde hace unas semanas la red social ha intervenido en este problema permitiendo retuitear citando, de forma que un usuario puede añadir un comentario sobre el tuit de otro mostrándose ambas cosas a la vez y diferenciadas.
Hay perfiles desde los que se llama a votar entre dos posibilidades, asignando una a que el usuario haga ‘RT’ y otra a que haga ‘Fav’, usando la interacción de una forma diferente a la que se planteó en origen.
Las reglas y los significados, por tanto, son diversos según el uso de la gente. Y según la plataforma, porque en el caso de LinkedIn, que es más específica (para el campo laboral), los contactos son contactos, y la interacción se da con ‘recomendaciones’ (aunque, como en Facebook, podría echarse de menos lo contrario, si es que alguien se atrevería a hacer algo tan políticamente incorrecto) y ‘validaciones’, que vendrían a ser ‘me gustas’ aplicados a diferentes aptitudes concretas que aseguras tener.
En el entorno digital, donde la comunicación no verbal se suple con emoticonos y los significados de las herramientas las fija la comunidad incluso por encima de la propia plataforma, la forma de relacionarnos  cambia por completo. Se crean leyes y códigos, convenciones pactadas como emoticonos o expresiones. LOL, +1, TL;DR… Todo eso comunica.
Y cambia también la forma de visibilizar o esconder contenidos: aquí la masa decide, aunque los criterios no siempre sean los idóneos.

Qué sucede cuando el usuario se apropia de una herramienta para hacerla propia y le da un significado quizá distinto al que tenía en origen? Sucede que los creadores de esa herramienta deben pensar mucho en cómo adaptarla a su público, y sucede que hay algo que celebrar: hay gente que usa tu producto, aunque no sea de la forma que tú pensabas, y eso es bueno en cualquier caso.
Cuando ese uso distinto afecta a la apariencia o conceptualización del producto en sí es algo que atañe al área de la usabilidad, que tiene grandes ejemplos de adaptación de productos a la voluntad de sus usuarios, siendo el más célebre aquel de la botella de ketchup Heinz que se rediseñó invirtiendo la etiqueta y haciendo una boca más ancha al ver que la gente solía darle la vuelta al ponerla sobre la mesa para que no se quedara pegado en el fondo.
Hay muchos ejemplos más, como aquel de los adolescentes comprando Blackberry en masa, un terminal pensado para ejecutivos, porque incluía un sistema de mensajería gratuito.
Todo producto necesita de una masa crítica, un volumen de usuarios que lo hagan posible. No se trata sólo de rentabilidad económica, sino de que dicho producto ‘cobre vida propia’. Esto es algo especialmente importante en entornos sociales, sea un juego online, sea una comunidad o foro o sea una red social. Si hay un número suficiente de usuarios se creará una comunidad que se regulará acorde a las normas que marques… y a las que ellos mismos crean.
Hace años triunfó un juego de rol online llamado Tibia, creado por unos estudiantes alemanes. En un universo ficticio lleno de magos, monstruos, caballeros y demás, los jugadores interactuaban, se aliaban, compraban propiedades y vendían los bienes y armas que encontraban en sus misiones. Ese era el escenario, pero había mucho más: la comunidad se articulaba de una forma peculiar, pactándose precios estándar para determinados bienes. Una mochila de runas que un mago creaba en determinadas horas de juego tenía un precio estándar en el mercado, y la oferta o demanda -en función de la necesidad y los magos que hubiera en ese momento- variaba.
¿Era Tibia un juego pensado para comprobar cómo funciona la lógica de mercado? No, pero como había una comunidad humana, había determinados roles, precios y ‘reglas internas’ que se asumían. Había prácticas que el juego permitía, pero la comunidad penalizaba, por ejemplo.
Eso es, en fin, lo que pasa cuando los usuarios hacen suyo un entorno.
En las plataformas digitales sociales sucede lo mismo, aunque con reglas más ‘tangibles’. Las cosas muchas veces no significan lo que deberían, o lo que los ‘padres’ de la herramienta pensaron. Y muchas veces, cuando la comunidad de usuarios es numerosa y arraigada, cambiar esas reglas generales puede causar un profundo impacto en ella. Por eso, por ejemplo, Facebook era tan reacio a poner en marcha un botón de ‘no me gusta’, a pesar de que haber recibido miles de peticiones al respecto a lo largo de los años.
El Facebook ‘happy’
Facebook permite compartir contenido, decir que algo te gusta o postear un comentario. Además, desde hace unos meses, permite guardar algunas publicaciones, tales como vídeos, para que no acaben borradas de tu timeline y sean imposibles de recuperar. Dentro del código sociológico de la red social, se entendía el ‘me gusta’ como un símbolo de adhesión. Y sin embargo no todo lo que comparte la gente en su muro son buenas noticias.
Lo paradójico era ver, por ejemplo, que ante el anuncio de un hecho trágico por parte de un usuario, además de los comentarios al respecto, muchas veces se plagaban de ‘me gustas’. El significado, lógicamente, no era que nadie se alegrara por la tragedia de quien se supone es alguien conocido, sino visualizar una muestra de apoyo. Pero claro, el ‘me gusta’ se quedaba corto. Muchos optaban entonces por poner un lacónico comentario de ‘no me gusta’, normalmente acompañado de un emoticono.
No es la única paradoja de Facebook. La formulación de cómo se añaden contactos bajo el epígrafe ‘Amigos’ ¿Acaso son amigos todos tus contactos de Facebook? No, claro. Hay familia, compañeros de trabajo, quizá exparejas o profesores. Amigos son pocos, pero ahí son ‘amigos’.
Visto desde fuera, Facebook es una especie de red social de la pradera, donde todos son amigos y donde sólo se puede mostrar apoyo a lo que los demás dicen. O ‘me gusta’ o silencio, un flujo sólo interrumpido por los comentarios y discusiones.
Durante años en la red social han esquivado lo que ahora dicen que van a hacer: incluir un punto de equilibrio con el ‘no me gusta’ como botón para expresar sentimientos o emociones. ¿Por qué no lo hicieron antes? Por cuestiones como el acoso. Es una red social donde hay una masa crítica gigantesca, un colectivo mundial que reúne sensibilidades y perfiles de enorme diversidad. Aunque en Facebook no suele tener el problema del anonimato que otras muchas plataformas tuvieron antes, hay eslabones de esa cadena particularmente frágiles al verse expuestos, como adolescentes o personas débiles emocionalmente.
Imagina entonces la siguiente situación: un chaval o chavala que pone comentarios y a quien un grupo de compañeros o conocidos se dedican a inundar de ‘no me gusta’. El efecto mental puede ser devastador cuando la plataforma adquiere la posición de mediador social que tiene.
Es por eso por lo que, a pesar del anuncio de que habrá un botón de ‘no me gusta’, cabe esperar que no sea tan lineal en su expresión. Facebook estudiará cómo cambiar las reglas y el significado de los símbolos de forma detenida para minimizar el impacto y las posibles repercusiones negativas que pueda haber. Dicho de otra forma, no esperes un botón de ‘no me gusta’, sino una forma mucho más controlada de mostrar disconformidad.
vs
Twitter, los favoritos y la interacción
La dicotomía ‘me gusta’ – ‘no me gusta’, y el particular uso de la palabra ‘amigos’ es el peculiar campo de juego social de Facebook, pero también tiene lugar en otras redes sociales.
En Twitter por ejemplo no hay amigos, sino ‘seguidores’. La acepción también tiene su miga, porque denota cierta admiración, quizá. Alguien que es ‘seguidor’ de algo, un equipo de fútbol o un grupo de música, normalmente es porque le gusta, porque es fan. Y en Twitter no es necesariamente así.
No es el único aspecto reseñable al respecto en la red de microblogging. Está, por ejemplo, el uso que la gente da al botón de ‘favorito’. Como en el caso del ‘me gusta’ de Facebook, la idea podría parecer ser una muestra de apoyo o reconocimiento a algo que alguien dice, pero la realidad es otra. Mejor dicho, las realidades son otras, porque hay variaciones.
Hay usuarios que utilizan el ‘favorito’ para asentir sin mancharse. Alguien publica algo polémico con lo que estás de acuerdo pero no puedes permitirte ensuciarte con ese comentario. Le das a la estrella, quien ha escrito el tuit sabe que estás de acuerdo pero eso no aparece publicado en tu ‘timeline’, así que pasas de puntillas. Cierto es que si alguien ve el tuit podrá apreciar que le has dado a ‘favorito’, pero el riesgo es en todo caso mucho menor.
Hay otros usuarios, sin embargo, que usan eso no como adscripción, sino como forma de guardar contenido interesante. Lo marcas como favorito cuando no puedes ver el vídeo o leer el artículo al que se refieren, y luego ya lo harás. Este uso, cada vez más extendido, empezó a preocupar porque reducía la interacción: cuando das a ‘favorito’ a algo interesante y no lo compartes limitas las posibilidades de que el mensaje se difunda una vez llega a ti. Y por eso Twitter intervino para cambiar algunas reglas internas
Esa intervención atañía a las formas de cita que se usan en la red social.
Muchísimos usuarios añaden en su biografía aquello de que ‘RT is not endorsement’, como los parkings que te avisan de que si roban lo que hay dentro de tu coche no es responsabilidad suya (aunque sí lo es, por ley). Intentan decir que van a retuitear cosas con las que no necesariamente estén de acuerdo, como queriendo decir que a veces será únicamente para enseñar cosas -se supone que para poner en evidencia a alguien con quien discrepan-.
Antes el RT (retuit, es decir, replicar lo que otro dice) tenía otra de esas variables que la comunidad instaura. El MT o MRT, como siglas de ‘retuit modificado’, cuando se cambia la literalidad de lo que el emisor ha escrito, regularmente reduciendo por cuestiones de espacio. Desde hace unas semanas la red social ha intervenido en este problema permitiendo retuitear citando, de forma que un usuario puede añadir un comentario sobre el tuit de otro mostrándose ambas cosas a la vez y diferenciadas.
Hay perfiles desde los que se llama a votar entre dos posibilidades, asignando una a que el usuario haga ‘RT’ y otra a que haga ‘Fav’, usando la interacción de una forma diferente a la que se planteó en origen.
Las reglas y los significados, por tanto, son diversos según el uso de la gente. Y según la plataforma, porque en el caso de LinkedIn, que es más específica (para el campo laboral), los contactos son contactos, y la interacción se da con ‘recomendaciones’ (aunque, como en Facebook, podría echarse de menos lo contrario, si es que alguien se atrevería a hacer algo tan políticamente incorrecto) y ‘validaciones’, que vendrían a ser ‘me gustas’ aplicados a diferentes aptitudes concretas que aseguras tener.
En el entorno digital, donde la comunicación no verbal se suple con emoticonos y los significados de las herramientas las fija la comunidad incluso por encima de la propia plataforma, la forma de relacionarnos  cambia por completo. Se crean leyes y códigos, convenciones pactadas como emoticonos o expresiones. LOL, +1, TL;DR… Todo eso comunica.
Y cambia también la forma de visibilizar o esconder contenidos: aquí la masa decide, aunque los criterios no siempre sean los idóneos.

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