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2 de marzo 2017    /   DIGITAL
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No quiero un móvil, no insistas

2 de marzo 2017    /   DIGITAL     por          
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Miras tu smartphone como quien mira la comida cuando está hambriento. Es uno de tus bienes más preciados. Y no te sientes capaz de salir a la calle sin él. No te asustes, es algo que le ocurre a la mayoría de usuarios de teléfonos móviles. Pero todavía hay algunos que se resisten a vivir atados a un aparato tan infernal como ese que tú veneras. Pocos, pero como las meigas, haberlos haylos.

Philip Reed, profesor asociado de Filosofía en el Canisius College de Buffalo, Nueva York (EEUU), escribió recientemente un artículo explicando por qué no tenía móvil ni lo tendría jamás.

La primera razón, por su elevado coste. Ya no nos conformamos con aparatos con los que realizar y recibir llamadas, sino que buscamos terminales cada vez más inteligentes, con más aplicaciones y funciones que nos hagan la vida más fácil y entretenida. Pero no sólo eso: al precio del terminal hay que sumar la factura de la compañía telefónica de turno, que también supone un pico al mes, impuestos y gastos por roaming (aunque en la Unión Europea se podrá llamar gratis desde el extranjero desde el móvil por un máximo de 90 días al año).

«En una era de salarios estancados y creciente desigualdad de ingresos, llama la atención que la gente se gaste sin pensarlo 75 dólares o más al mes en algo que apenas sabíamos que existía hace 15 años y que muchísimo menos considerábamos una necesidad», afirma Reed.

La segunda razón que da este profesor norteamericano es el medio ambiente. Fabricar un teléfono móvil es mucho más contaminante de lo que pensamos. Si analizamos las materias primas con que se fabrican, la energía que consumen y la que utilizan para hacer llamadas y acceder a internet, seremos conscientes de la cantidad de emisiones de dióxido de carbono que desprendemos en su uso.

Hay que añadir a esto que cada dos años (como mucho) nos sentimos obligados a cambiar nuestro terminal por otro más moderno. Eso, por no hablar de la obsolescencia programada. Todo ello provoca que aumente considerablemente el número de aparatos que acaban en los vertederos y que desprenden metales tóxicos como el cobre o el plomo que acaban contaminando tierra y aguas subterráneas.

Pero la razón principal que el profesor de Filosofía argumenta para renunciar a un smartphone es la contraria a la que tiene el resto de usuarios para apostar por el móvil: «No quiero tener la omnipresente habilidad de comunicarme con alguien que está ausente».

Efectivamente, los móviles nos ayudan a comunicarnos de una manera más rápida y fácil. Nos tranquiliza pensar y sentir que con un solo gesto podemos acceder a ayuda o conversación cuando lo necesitamos. Pero también nos ponen continuamente en disposición de ser localizados, de recibir llamadas en cualquier momento y lugar, lo que supone, en opinión de Reed, una sobrecarga innecesaria. Nos sentimos obligados a responder a quien nos llama o interactúa con nosotros a través del WhatsApp o las redes sociales.

Esta comunicación a través de la tecnología actúa en contra de una relación más personal con nuestro interlocutor. Ya hay libros y estudios que se cuestionan si nuestros hijos sabrán hablar cara a cara en un futuro no muy lejano.

«La comunicación con alguien que no está presente es alienante, fuerza a la mente a separarse del cuerpo», asegura el profesor Reed, y pone como ejemplo la peligrosa costumbre de escribir mensajes de texto en el móvil mientras se conduce. Pero también afecta a otras situaciones más mundanas. Ya no es extraño ver parejas que prefieren atender a lo que ocurre en Facebook antes que mirarse uno a otro, o padres que se desviven por grabar la actuación de sus hijos en la función de Navidad en lugar de disfrutar de la misma.

Esa necesidad de estar permanentemente conectados empieza a provocar no pocos trastornos como la nomofobia. Si bien las últimas corrientes en Psicología niegan que exista la adicción al móvil.

Como profesor de Filosofía, Philip Reed también recurre a ese campo para justificar su rechazo a tener celular. Tratar y conocer a otras personas requiere tiempo, afecto, empatía y riesgo, algo que no permite la comunicación telefónica. «Los teléfonos móviles también inhiben la soledad, la reflexión y la meditación (lo que formalmente se conoce como «espera» y «aburrimiento»), algo que creo que es esencial para vivir una buena vida», afirma en el artículo.

Los continuos estímulos y aplicaciones que nos brindan los smartphones están acabando con nuestro aburrimiento y eso, en opinión de algunos expertos, no es bueno. Aburrirse implica poner en funcionamiento nuestra mente, fomenta nuestra creatividad y nos ayuda a aprender a resolver problemas y dificultades.

«No tener teléfono móvil permite, al menos a mí, tener un espacio para pensar y alcanzar un modo de vida más rico, más satisfactorio. Al tener menos tareas que realizar y menos preferencias que satisfacer, la vida se ralentiza a un ritmo más compatible con la contemplación y la gratitud», asegura Reed.

Sus razones, aunque sensatas, parecen algo extremas. Hacer un uso responsable de nuestros terminales es posible y conveniente. Sin embargo, este argumento tampoco convence a Reed. Y para justificarlo pone como ejemplo una reciente encuesta de Pew en la que se confirma que el 82% de americanos entrevistados opina que el uso del móvil en relaciones sociales perjudica más que ayuda en la conversación. Aun así, el 89% de propietarios de un smartphone sigue usando sus teléfonos en esas situaciones. «Renunciar al móvil garantiza que no lo usaré cuando no debo».

Miras tu smartphone como quien mira la comida cuando está hambriento. Es uno de tus bienes más preciados. Y no te sientes capaz de salir a la calle sin él. No te asustes, es algo que le ocurre a la mayoría de usuarios de teléfonos móviles. Pero todavía hay algunos que se resisten a vivir atados a un aparato tan infernal como ese que tú veneras. Pocos, pero como las meigas, haberlos haylos.

Philip Reed, profesor asociado de Filosofía en el Canisius College de Buffalo, Nueva York (EEUU), escribió recientemente un artículo explicando por qué no tenía móvil ni lo tendría jamás.

La primera razón, por su elevado coste. Ya no nos conformamos con aparatos con los que realizar y recibir llamadas, sino que buscamos terminales cada vez más inteligentes, con más aplicaciones y funciones que nos hagan la vida más fácil y entretenida. Pero no sólo eso: al precio del terminal hay que sumar la factura de la compañía telefónica de turno, que también supone un pico al mes, impuestos y gastos por roaming (aunque en la Unión Europea se podrá llamar gratis desde el extranjero desde el móvil por un máximo de 90 días al año).

«En una era de salarios estancados y creciente desigualdad de ingresos, llama la atención que la gente se gaste sin pensarlo 75 dólares o más al mes en algo que apenas sabíamos que existía hace 15 años y que muchísimo menos considerábamos una necesidad», afirma Reed.

La segunda razón que da este profesor norteamericano es el medio ambiente. Fabricar un teléfono móvil es mucho más contaminante de lo que pensamos. Si analizamos las materias primas con que se fabrican, la energía que consumen y la que utilizan para hacer llamadas y acceder a internet, seremos conscientes de la cantidad de emisiones de dióxido de carbono que desprendemos en su uso.

Hay que añadir a esto que cada dos años (como mucho) nos sentimos obligados a cambiar nuestro terminal por otro más moderno. Eso, por no hablar de la obsolescencia programada. Todo ello provoca que aumente considerablemente el número de aparatos que acaban en los vertederos y que desprenden metales tóxicos como el cobre o el plomo que acaban contaminando tierra y aguas subterráneas.

Pero la razón principal que el profesor de Filosofía argumenta para renunciar a un smartphone es la contraria a la que tiene el resto de usuarios para apostar por el móvil: «No quiero tener la omnipresente habilidad de comunicarme con alguien que está ausente».

Efectivamente, los móviles nos ayudan a comunicarnos de una manera más rápida y fácil. Nos tranquiliza pensar y sentir que con un solo gesto podemos acceder a ayuda o conversación cuando lo necesitamos. Pero también nos ponen continuamente en disposición de ser localizados, de recibir llamadas en cualquier momento y lugar, lo que supone, en opinión de Reed, una sobrecarga innecesaria. Nos sentimos obligados a responder a quien nos llama o interactúa con nosotros a través del WhatsApp o las redes sociales.

Esta comunicación a través de la tecnología actúa en contra de una relación más personal con nuestro interlocutor. Ya hay libros y estudios que se cuestionan si nuestros hijos sabrán hablar cara a cara en un futuro no muy lejano.

«La comunicación con alguien que no está presente es alienante, fuerza a la mente a separarse del cuerpo», asegura el profesor Reed, y pone como ejemplo la peligrosa costumbre de escribir mensajes de texto en el móvil mientras se conduce. Pero también afecta a otras situaciones más mundanas. Ya no es extraño ver parejas que prefieren atender a lo que ocurre en Facebook antes que mirarse uno a otro, o padres que se desviven por grabar la actuación de sus hijos en la función de Navidad en lugar de disfrutar de la misma.

Esa necesidad de estar permanentemente conectados empieza a provocar no pocos trastornos como la nomofobia. Si bien las últimas corrientes en Psicología niegan que exista la adicción al móvil.

Como profesor de Filosofía, Philip Reed también recurre a ese campo para justificar su rechazo a tener celular. Tratar y conocer a otras personas requiere tiempo, afecto, empatía y riesgo, algo que no permite la comunicación telefónica. «Los teléfonos móviles también inhiben la soledad, la reflexión y la meditación (lo que formalmente se conoce como «espera» y «aburrimiento»), algo que creo que es esencial para vivir una buena vida», afirma en el artículo.

Los continuos estímulos y aplicaciones que nos brindan los smartphones están acabando con nuestro aburrimiento y eso, en opinión de algunos expertos, no es bueno. Aburrirse implica poner en funcionamiento nuestra mente, fomenta nuestra creatividad y nos ayuda a aprender a resolver problemas y dificultades.

«No tener teléfono móvil permite, al menos a mí, tener un espacio para pensar y alcanzar un modo de vida más rico, más satisfactorio. Al tener menos tareas que realizar y menos preferencias que satisfacer, la vida se ralentiza a un ritmo más compatible con la contemplación y la gratitud», asegura Reed.

Sus razones, aunque sensatas, parecen algo extremas. Hacer un uso responsable de nuestros terminales es posible y conveniente. Sin embargo, este argumento tampoco convence a Reed. Y para justificarlo pone como ejemplo una reciente encuesta de Pew en la que se confirma que el 82% de americanos entrevistados opina que el uso del móvil en relaciones sociales perjudica más que ayuda en la conversación. Aun así, el 89% de propietarios de un smartphone sigue usando sus teléfonos en esas situaciones. «Renunciar al móvil garantiza que no lo usaré cuando no debo».

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Opiniones 7
  • Recuerdo una temporada en la que renuncié a ese aparato infernal. ¡Nunca fui tan feliz! Al móvil se le acababa la batería ¡y ni lo había movido de la esquina de la mesa!

    Tomaba cafés ‘en persona’, y hasta compraba regalos de cumpleaños en lugar de felicitar por Facebook. Ahora, por desgracia, vuelvo a la obligación de su uso, pero no caigo en la tentación.

    Redirijo los whatsapps a conversaciones de teléfono, y estas, siempre que puedo, a reuniones en persona. Me niego totalmente a perder el tiempo pulsando ‘teclitas’ de 3mm de ancho, y a transmitir mis emociones por emoticonos.

    Vale que el mundo es digital, pero es que nuestra idiotez como humanos no tiene límites!!

    • Estoy totalmente de acuerdo contigo. Dejar el móvil de lado es lo mejor que nos puede pasar, especialmente para desarrollarnos como seres sociales, estrechar relaciones y también para no mantener relaciones «artificiales».

  • Tengo solo teléfono ¿tonto? de esos que hacen cosas de teléfono (enviar y recibir llamadas) y además da la hora y tiene despertador. Es cierto que hago en mi computador lo que otra gente hace en sus teléfonos, pero me siento bien con mi celular viejo, de unos 20 euros y en el que gasto unos 8 euros mensuales. Siento que de esta manera tengo más control sobre mi tiempo y más libertad para desconectarme de redes sociales y cosas de esas. Saludos.

  • Totalmente de acuerdo contigo, Roberto. En muchas ocasiones, esa obsesión que tenemos por la inmediatez, por tenerlo todo al alcance de un dedo y para ya, nos ciega. Hasta tal punto, que preferimos un ‘me gusta’ a un buen café. Para eso, cada vez es más difícil encontrar un hueco.

    Ese móvil ‘tonto’ tuyo es un tesoro : ) Será que somos ‘raros’, como el profesor del artículo, y preferimos sonreir con alguien en vez de con un teléfono 😉

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