28 de febrero 2022    /   CREATIVIDAD
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No tiene chip. Se ofrece recompensa

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En casa de los Ramírez Pérez cundió el pánico hace unas horas. Esta mañana, al despertarse, se dieron cuenta de que había desaparecido aquello que les cambió la vida hace unos meses. No era Antoñito Ramírez Pérez, el hijo, que sí que estaba por ahí, gateando y llenando el suelo de manchas con sus manos llenas del potito que su padre ha dejado de darle cuando ha oído los gritos de Ana Pérez.

Al principio, al ver la ventana abierta, se pusieron en lo peor, pero en la calle no había nada. En el portal no había ni rastro y los vecinos con los que compartían planta ya les insistían en que no habían visto ni oído nada raro en toda la noche.

—¡Pero si vivimos en un cuarto!

—¿Qué te dicen?

—Que igual ha salido por el ascensor —le grita Juan a su mujer, muy desconcertado y tapando el micrófono del teléfono.

Al otro lado, un buzón de voz atiende a la pareja sin solucionar nada, «en caso de que haya salido por la ventana, marque 4. Si cree que se ha podido perder, marque 5. Para hablar con un agente diga hablar con un agente».

Juan se seca el sudor a la vez que camina, nervioso, de un lado al otro de la habitación. Ana está llorando sentada en el pico del sofá mientras ve como Antoñito sonríe al posar sus manos sucias en las paredes blancas, pintadas hace nada.

—Le atiende Marta, ¿en qué puedo ayudarle?

—Ay, gracias a Dios. Hola, Marta —Juan se levanta y hace gestos a su mujer para que se acerque—. Mire estuvimos allí hace unos meses, y nos llevamos el de los pelitos duros —coge aire—, pero no lo encontramos, no está en casa. No se ha tirado por la ventana. Estamos desesperados.

Un par de minutos después, comprobada la venta y la propiedad, la cara de Juan pasa a ponerse blanca, cuelga el teléfono y, derrotado, se sienta en el sofá lleno de manchas de la mano de su hijo. Ana, que se espera lo peor, busca una escoba por toda la casa y, sin decir nada, pero llorando, va barriendo las huellas que hay en el suelo.

—Te dije que le pusiésemos el chip —susurra Juan, que ahora se anima a llorar con su mujer.

Ella, cabizbaja, entra en la habitación de Antoñito y sale al rato con unos papeles y unos rotuladores. Se sienta a la mesa y una vez secas las lágrimas, comienza a escribir con letras grandes y en diferentes colores:

DESAPARECIDO

NO TIENE CHIP

SE OFRECE RECOMPENSA

De la impresora va saliendo una fotografía que Juan le hizo el primer día que llegó a casa. Ana la coge y la pega bajo las mayúsculas. Ahora, en pequeño, sigue dando datos:

Esterilizado. 

Modelo 750.

No sabemos hasta dónde llegará, iba justo de batería. 

Responde a cualquier actualización superior a la 4.9. 

Poco sociable.

Su familia le echa de menos, ayúdanos a encontrarle.

—Juan, ¿te encargas tú de pegar los carteles por la zona del metro? —pregunta Ana mientras fotocopia el original y le acerca un celofán a su marido.

En la cocina escuchan balbucear a Antoñito su primera palabra en medio del caos que ha causado.

—Roomba, Roomba, Roomba.

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En casa de los Ramírez Pérez cundió el pánico hace unas horas. Esta mañana, al despertarse, se dieron cuenta de que había desaparecido aquello que les cambió la vida hace unos meses. No era Antoñito Ramírez Pérez, el hijo, que sí que estaba por ahí, gateando y llenando el suelo de manchas con sus manos llenas del potito que su padre ha dejado de darle cuando ha oído los gritos de Ana Pérez.

Al principio, al ver la ventana abierta, se pusieron en lo peor, pero en la calle no había nada. En el portal no había ni rastro y los vecinos con los que compartían planta ya les insistían en que no habían visto ni oído nada raro en toda la noche.

—¡Pero si vivimos en un cuarto!

—¿Qué te dicen?

—Que igual ha salido por el ascensor —le grita Juan a su mujer, muy desconcertado y tapando el micrófono del teléfono.

Al otro lado, un buzón de voz atiende a la pareja sin solucionar nada, «en caso de que haya salido por la ventana, marque 4. Si cree que se ha podido perder, marque 5. Para hablar con un agente diga hablar con un agente».

Juan se seca el sudor a la vez que camina, nervioso, de un lado al otro de la habitación. Ana está llorando sentada en el pico del sofá mientras ve como Antoñito sonríe al posar sus manos sucias en las paredes blancas, pintadas hace nada.

—Le atiende Marta, ¿en qué puedo ayudarle?

—Ay, gracias a Dios. Hola, Marta —Juan se levanta y hace gestos a su mujer para que se acerque—. Mire estuvimos allí hace unos meses, y nos llevamos el de los pelitos duros —coge aire—, pero no lo encontramos, no está en casa. No se ha tirado por la ventana. Estamos desesperados.

Un par de minutos después, comprobada la venta y la propiedad, la cara de Juan pasa a ponerse blanca, cuelga el teléfono y, derrotado, se sienta en el sofá lleno de manchas de la mano de su hijo. Ana, que se espera lo peor, busca una escoba por toda la casa y, sin decir nada, pero llorando, va barriendo las huellas que hay en el suelo.

—Te dije que le pusiésemos el chip —susurra Juan, que ahora se anima a llorar con su mujer.

Ella, cabizbaja, entra en la habitación de Antoñito y sale al rato con unos papeles y unos rotuladores. Se sienta a la mesa y una vez secas las lágrimas, comienza a escribir con letras grandes y en diferentes colores:

DESAPARECIDO

NO TIENE CHIP

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De la impresora va saliendo una fotografía que Juan le hizo el primer día que llegó a casa. Ana la coge y la pega bajo las mayúsculas. Ahora, en pequeño, sigue dando datos:

Esterilizado. 

Modelo 750.

No sabemos hasta dónde llegará, iba justo de batería. 

Responde a cualquier actualización superior a la 4.9. 

Poco sociable.

Su familia le echa de menos, ayúdanos a encontrarle.

—Juan, ¿te encargas tú de pegar los carteles por la zona del metro? —pregunta Ana mientras fotocopia el original y le acerca un celofán a su marido.

En la cocina escuchan balbucear a Antoñito su primera palabra en medio del caos que ha causado.

—Roomba, Roomba, Roomba.

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