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3 de enero 2018    /   ENTRETENIMIENTO
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¿Por qué las cosas se llaman como se llaman?

3 de enero 2018    /   ENTRETENIMIENTO     por          
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La primera vez que los indios del Lejano Oeste vieron una locomotora de vapor, la llamaron caballo de hierro. Tuvieron de juntar dos palabras inconexas para poder describir algo desconocido hasta ese momento.

A los primeros coches que salieron al mercado les pusieron el nombre de auto-móviles, uniendo también dos palabras previamente ya sabidas. Y así podíamos seguir con los alta-voces, tele-visores, auto-giros, sub-marinos, porta-aviones, limpia-parabrisas y un larguísimo etcétera.

En el pasado reciente, cuando se producía una novedad tecnológica, la divulgación del invento procuraba encontrar una denominación que resultase comprensible para las personas que lo desconocían. Y para eso, lo que en muchos casos se hacía era crear asociaciones de palabras que, al unirse, eran capaces de crear una nueva que facilitase la introducción del nuevo objeto.

Pero ahora, con las nuevas tecnologías, el asunto ha empeorado. A la dificultad que de por sí entraña la cantidad de novedades que continuamente salen al mercado, especialmente en el ámbito digital, hay que añadir que los términos utilizados ya no buscan ser explicativos, sino que se adaptan directamente del idioma inglés del que proceden.

Si uno recurre hoy al traductor de Google para ver cómo se dice software en español, la respuesta que encontrará será software. Y lo mismo nos sucederá si buscamos, por ejemplo, byte.

En este último caso, el de byte, la cosa se complica, puesto que, aunque el traductor no lo reconozca, sí existe una palabra en español: octeto. Probablemente traducida del francés, que utiliza octet. Y si usan esta palabra es porque el byte resulta equivalente a un conjunto de, generalmente, ocho bits. Bueno, y también, para decirlo todo, para evitar la palabra inglesa por su parecido con bite, que en francés coloquial significa pene.

A los franceses se les debe de reconocer su lucha por abordar el reto de la disrrupción digital sin rendirse a la unificación anglosajona

De todas formas, y aparte de esa desafortunada coincidencia, a los franceses se les debe de reconocer su lucha por abordar el reto de la disrrupción digital sin rendirse a la unificación anglosajona. Prueba de ello es que para esa misma palabra recién mencionada, digital, ellos utilizan la expresión numérique, que es mucho más esclarecedora.

Detrás de todo ello está siempre la lucha por la hegemonía de unos idiomas sobre otros. Una lucha bastante ridícula, porque, si lo pensamos bien, la evolución de todos ellos ha sido un largo viaje de permanentes encuentros y desencuentros con los demás.

Si en matemáticas trabajamos en base diez es porque cuando el hombre empezó a contar utilizaba los diez dedos de las manos. Por eso desde siempre hablamos de dígitos y por eso reapareció la palabra digital cuando llegaron las computadoras.

Y si, en cambio, hablamos de la palabra calculadora, vemos que en inglés es calculator, en francés calculatrice y en italiano calcolatrice. Parece que se han puesto todos de acuerdo, pero es que en el latín clásico existía ya la calculator porque en aquella época ya se calculaba y, por tanto, no ha hecho falta inventarse una asociación de palabras que lo explique hoy en día ni someterse al idioma hegemónico de turno para poder entendernos.

Esta es la permanente confrontación entre los objetos y los idiomas para crear cada nuevo nombre. A veces ganan los unos y a veces los otros. Pero a nosotros, lo que más nos conviene es que ganen los dos.

La primera vez que los indios del Lejano Oeste vieron una locomotora de vapor, la llamaron caballo de hierro. Tuvieron de juntar dos palabras inconexas para poder describir algo desconocido hasta ese momento.

A los primeros coches que salieron al mercado les pusieron el nombre de auto-móviles, uniendo también dos palabras previamente ya sabidas. Y así podíamos seguir con los alta-voces, tele-visores, auto-giros, sub-marinos, porta-aviones, limpia-parabrisas y un larguísimo etcétera.

En el pasado reciente, cuando se producía una novedad tecnológica, la divulgación del invento procuraba encontrar una denominación que resultase comprensible para las personas que lo desconocían. Y para eso, lo que en muchos casos se hacía era crear asociaciones de palabras que, al unirse, eran capaces de crear una nueva que facilitase la introducción del nuevo objeto.

Pero ahora, con las nuevas tecnologías, el asunto ha empeorado. A la dificultad que de por sí entraña la cantidad de novedades que continuamente salen al mercado, especialmente en el ámbito digital, hay que añadir que los términos utilizados ya no buscan ser explicativos, sino que se adaptan directamente del idioma inglés del que proceden.

Si uno recurre hoy al traductor de Google para ver cómo se dice software en español, la respuesta que encontrará será software. Y lo mismo nos sucederá si buscamos, por ejemplo, byte.

En este último caso, el de byte, la cosa se complica, puesto que, aunque el traductor no lo reconozca, sí existe una palabra en español: octeto. Probablemente traducida del francés, que utiliza octet. Y si usan esta palabra es porque el byte resulta equivalente a un conjunto de, generalmente, ocho bits. Bueno, y también, para decirlo todo, para evitar la palabra inglesa por su parecido con bite, que en francés coloquial significa pene.

A los franceses se les debe de reconocer su lucha por abordar el reto de la disrrupción digital sin rendirse a la unificación anglosajona

De todas formas, y aparte de esa desafortunada coincidencia, a los franceses se les debe de reconocer su lucha por abordar el reto de la disrrupción digital sin rendirse a la unificación anglosajona. Prueba de ello es que para esa misma palabra recién mencionada, digital, ellos utilizan la expresión numérique, que es mucho más esclarecedora.

Detrás de todo ello está siempre la lucha por la hegemonía de unos idiomas sobre otros. Una lucha bastante ridícula, porque, si lo pensamos bien, la evolución de todos ellos ha sido un largo viaje de permanentes encuentros y desencuentros con los demás.

Si en matemáticas trabajamos en base diez es porque cuando el hombre empezó a contar utilizaba los diez dedos de las manos. Por eso desde siempre hablamos de dígitos y por eso reapareció la palabra digital cuando llegaron las computadoras.

Y si, en cambio, hablamos de la palabra calculadora, vemos que en inglés es calculator, en francés calculatrice y en italiano calcolatrice. Parece que se han puesto todos de acuerdo, pero es que en el latín clásico existía ya la calculator porque en aquella época ya se calculaba y, por tanto, no ha hecho falta inventarse una asociación de palabras que lo explique hoy en día ni someterse al idioma hegemónico de turno para poder entendernos.

Esta es la permanente confrontación entre los objetos y los idiomas para crear cada nuevo nombre. A veces ganan los unos y a veces los otros. Pero a nosotros, lo que más nos conviene es que ganen los dos.

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Opiniones 1
  • Hola. Comenzaré en modo talibán ortográfico – trivial.
    * Se escribe “disrupción”, la r después de l, n y s no puede sonar “ere” en castellano, así que no hace falta doblarla (alrededor, enrollar, desregulado).
    * Esto es parcialmente cierto: “Si en matemáticas trabajamos en base diez es porque cuando el hombre empezó a contar utilizaba los diez dedos de las manos. ” No fue el ser humano en su conjunto, fue una parte influyente de la humanidad, como los chinos, los indoeuropeos o los incas. En ciertas culturas se cuenta hasta 2, 4, 5 (una mano), 12 (coyunturas de los dedos de una mano que pueden contarse con el pulgar) o 20 (manos y pies).
    * “pero es que en el latín clásico existía ya la calculator porque en aquella época ya se calculaba” utilizando calculii, piedrecillas. Saludos.

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