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14 de enero 2019    /   ENTRETENIMIENTO
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Nombres epicenos: un solo género para definirlos a todos

14 de enero 2019    /   ENTRETENIMIENTO     por          
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Desde que supieron que estaban esperando un hijo, Luis y Sonia acordaron mantener el suspense y pidieron a sus médicos que no les desvelaran el sexo de su bebé. Así sería mucho más emocionante, pensaban. Si al final, qué más daba que fuera niño o niña, si le ve iban a querer igual…

Así que empezaron por buscar nombre. Como no sabían qué sería y por no estar devanándose los sesos distinguiendo entre femeninos y masculinos, tiraron por la calle del medio: uno que sirviera igual para él que para ella: Ariel. «¿Como el detergente?», comentó guasón uno de sus cuñados, pero lo tenían tan claro que ninguna broma al respecto les haría cambiar de idea.

Tras el nombre, tocaba elegir la ropa. Ahí la cosa estaba más fácil. Afortunadamente, salvo en Brasil, donde las cosas estaban involucionando, el mundo había cambiado de mentalidad y los colores habían perdido su sexualidad.

Pero para evitar otro chiste de su cuñado y contentar a las respectivas abuelas, que en seguida se arrogaron el derecho de ejercer de tales y de arrugar el morro ante determinadas decisiones de sus respectivos hijos, optaron por elegir colores neutros, ni para ti ni para mí: amarillo, verde, blanco… El rosa y el azul, descartados. Y con serias advertencias al personal sobre los regalos que recibiera el retoño cuando llegara al mundo. Lo que oliera a diferenciación de sexos no sería en absoluto bienvenido.

Y así fueron pasando los meses hasta que por fin llegó el día del parto. Una contracción por aquí, una epidural por allá y la criatura nació más rápido de lo que las matronas pensaban, por aquello de estar ante una mamá primeriza, pero muchísimo más lento de lo que la madre hubiera deseado.

Escuchar el llanto del recién nacido fue un alivio para sus padres, pero algo en las caras de la matrona y las enfermeras que asistían en el parto les decía que no todo era normal. «¿Está bien mi bebé?, ¿qué pasa?», preguntó angustiada la parturienta. «Sí… bueno, está bien… Respira, llora… bien», respondió la matrona sin mucha convicción mientras pedía a una enfermera que llamara a un pediatra.

«¿Y qué es, niño o niña?», preguntó asustado el papá, tratando de interpretar la cara de estupor que tenía la mujer. «Pues, la verdad, no sabría decirle, caballero», respondió al fin, tras mirar una y otra vez la entrepierna del pequeño, que movía sus brazos y piernas con energía, como hacen todos los recién nacidos. «A este bebé le faltan los órganos sexuales».

«¿Lo ves, Sonia?», acertó a comentar el padre a su mujer con cierto tono de reproche. «Ya te dije que tanta ambigüedad no podía ser buena».

Sexismos y problemas de nacimiento aparte, hoy hemos venido a hablar de los nombres epicenos, que son aquellos que se usan en un único género para referirse a seres sexuados masculinos y femeninos.

Cuando la RAE habla de «en un único género» se refiere a que esa palabra puede estar en masculino o en femenino, pero que se refiere por igual a ambos sexos: bebé, víctima, persona, pareja, genio… son solo algunos ejemplos. También son epicenos los nombres de algunos animales: lince, jirafa, cocodrilo, avispa, lechuza… En estos casos, si queremos especificar el género de cada uno de ellos, nos vemos obligados a añadir la coletilla macho o hembra detrás (la jirafa macho/hembra).

Pero como los hablantes somos como somos y nos empeñamos en clasificar por género todo lo que se menea (a pesar de la lucha de colectivos LGTBIQ+ por no meter en dos únicos cajones toda sexualidad), algunos de esos nombres empiezan a usarse también con distinción de género.

Es el caso de bebé, por ejemplo, que en algunos lugares de habla hispana puede decirse el/la bebé o incluso en femenino directamente, la beba (o bebita, que queda más fino y cariñoso). Lo mismo les ocurre a genio y a ídolo, cuyo uso en femenino empieza a ser muy extendido (Eres una genia, mi ídola) y tan bien, oye.

Miembro y testigo son otros dos nombres epicenos que empiezan a perder relación con el referente original, afirma la Academia, que ha acabado aceptando la variación de género en ellos: el/la miembro y el/la testigo.

Ahora bien, a lo que se niega rotundamente la RAE, al menos por el momento, es a tragar con sus formas femeninas (*miembra, *testiga), por muy a lo Femen que se pongan. Que no desistan sus defensores y usuarios. Ya saben lo que dice el refrán: Torres más altas han caído.

Desde que supieron que estaban esperando un hijo, Luis y Sonia acordaron mantener el suspense y pidieron a sus médicos que no les desvelaran el sexo de su bebé. Así sería mucho más emocionante, pensaban. Si al final, qué más daba que fuera niño o niña, si le ve iban a querer igual…

Así que empezaron por buscar nombre. Como no sabían qué sería y por no estar devanándose los sesos distinguiendo entre femeninos y masculinos, tiraron por la calle del medio: uno que sirviera igual para él que para ella: Ariel. «¿Como el detergente?», comentó guasón uno de sus cuñados, pero lo tenían tan claro que ninguna broma al respecto les haría cambiar de idea.

Tras el nombre, tocaba elegir la ropa. Ahí la cosa estaba más fácil. Afortunadamente, salvo en Brasil, donde las cosas estaban involucionando, el mundo había cambiado de mentalidad y los colores habían perdido su sexualidad.

Pero para evitar otro chiste de su cuñado y contentar a las respectivas abuelas, que en seguida se arrogaron el derecho de ejercer de tales y de arrugar el morro ante determinadas decisiones de sus respectivos hijos, optaron por elegir colores neutros, ni para ti ni para mí: amarillo, verde, blanco… El rosa y el azul, descartados. Y con serias advertencias al personal sobre los regalos que recibiera el retoño cuando llegara al mundo. Lo que oliera a diferenciación de sexos no sería en absoluto bienvenido.

Y así fueron pasando los meses hasta que por fin llegó el día del parto. Una contracción por aquí, una epidural por allá y la criatura nació más rápido de lo que las matronas pensaban, por aquello de estar ante una mamá primeriza, pero muchísimo más lento de lo que la madre hubiera deseado.

Escuchar el llanto del recién nacido fue un alivio para sus padres, pero algo en las caras de la matrona y las enfermeras que asistían en el parto les decía que no todo era normal. «¿Está bien mi bebé?, ¿qué pasa?», preguntó angustiada la parturienta. «Sí… bueno, está bien… Respira, llora… bien», respondió la matrona sin mucha convicción mientras pedía a una enfermera que llamara a un pediatra.

«¿Y qué es, niño o niña?», preguntó asustado el papá, tratando de interpretar la cara de estupor que tenía la mujer. «Pues, la verdad, no sabría decirle, caballero», respondió al fin, tras mirar una y otra vez la entrepierna del pequeño, que movía sus brazos y piernas con energía, como hacen todos los recién nacidos. «A este bebé le faltan los órganos sexuales».

«¿Lo ves, Sonia?», acertó a comentar el padre a su mujer con cierto tono de reproche. «Ya te dije que tanta ambigüedad no podía ser buena».

Sexismos y problemas de nacimiento aparte, hoy hemos venido a hablar de los nombres epicenos, que son aquellos que se usan en un único género para referirse a seres sexuados masculinos y femeninos.

Cuando la RAE habla de «en un único género» se refiere a que esa palabra puede estar en masculino o en femenino, pero que se refiere por igual a ambos sexos: bebé, víctima, persona, pareja, genio… son solo algunos ejemplos. También son epicenos los nombres de algunos animales: lince, jirafa, cocodrilo, avispa, lechuza… En estos casos, si queremos especificar el género de cada uno de ellos, nos vemos obligados a añadir la coletilla macho o hembra detrás (la jirafa macho/hembra).

Pero como los hablantes somos como somos y nos empeñamos en clasificar por género todo lo que se menea (a pesar de la lucha de colectivos LGTBIQ+ por no meter en dos únicos cajones toda sexualidad), algunos de esos nombres empiezan a usarse también con distinción de género.

Es el caso de bebé, por ejemplo, que en algunos lugares de habla hispana puede decirse el/la bebé o incluso en femenino directamente, la beba (o bebita, que queda más fino y cariñoso). Lo mismo les ocurre a genio y a ídolo, cuyo uso en femenino empieza a ser muy extendido (Eres una genia, mi ídola) y tan bien, oye.

Miembro y testigo son otros dos nombres epicenos que empiezan a perder relación con el referente original, afirma la Academia, que ha acabado aceptando la variación de género en ellos: el/la miembro y el/la testigo.

Ahora bien, a lo que se niega rotundamente la RAE, al menos por el momento, es a tragar con sus formas femeninas (*miembra, *testiga), por muy a lo Femen que se pongan. Que no desistan sus defensores y usuarios. Ya saben lo que dice el refrán: Torres más altas han caído.

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Opiniones 3
  • Es un tema trivial y aún se le da tanta importancia. Uno tiene que estar muy aburrido como para que se ofenda por la existencia científica de dos géneros y el uso de la lengua. Que me da igual lo que pretenden personas de ciertos colectivos para sentirse más integrados, no son lingüistas, y lo que pretenden hacer es un trabajo de lingüistas.

    • Respeto tu opinión, aunque creo que la ofensa no es el motivo por el que se persigue la inclusión lingüística del género femenino. Si durante tanto tiempo las mujeres han usado el masculino incluso para referirse a ellas mismas, no veo motivo para que no empecemos usar todos ambos géneros, sin inventar palabras. Es la RAE quien regula estos términos, compuesta por 46 miembros de los cuales 8 son mujeres; con esta cifra a mí me queda claro el motivo de su enfoque y tozudez.

    • Lo que a mí no me cabe duda es que si el genero neutro fuera igual al femenino, se denunciaría la invisivilización de la mujer y su subordinación al hombre por no tener una forma propia y específica. Que a mí ni me va ni me viene pero… por comentar.

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