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13 de octubre 2016    /   IDEAS
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Nora Hildebrant, la mujer a la que su padre tatuó de arriba abajo

13 de octubre 2016    /   IDEAS     por          
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Muchos hombres, en la década de los noventa del siglo XIX, acudían a los circos de Barnum & Bailey, deseosos de ver a la primera mujer que se dedicó profesionalmente a exhibir su cuerpo tatuado en Estados Unidos.

Se llamaba Nora Hildebrandt y, según las pocas referencias que pueden escudriñarse, hacía las delicias del público masculino. No se sabe si por admiración al arte de los dibujos que la envolvían o, simplemente, por babear ante algo de carne al descubierto en una época donde la moda y el recato ahogaban la piel entre corsés y multitud de capas de tela. Vestimenta de lechuga, que dijo el poeta.

tatuada

En algunos artículos se enarbola a Hildebrandt como un icono de valentía y lucha por reivindicar como propio el cuerpo de la mujer, un ejemplo de emancipación epidérmica. No obstante, no habría que apresurarse a colocarle una enseña revolucionaria. Algunos detalles de su biografía inclinan la balanza hacia el hecho de que se tratara de una doble víctima, de una paternidad brutal y de un machismo muy genital de quienes asistían al circo.

Su padre, Martin Hildebrandt, originario de Alemania, instaló una tienda en Nueva York en 1846: fue el primer artista y tatuador profesional de EEUU. Como cuenta Buzzfeed, Martin dedicó gran parte de su tiempo a grabar la piel de marineros y soldados de los dos bandos de la Guerra Civil. Nora nació en los años 50. Cuando se acercaba a los 30 años, ya tenía 365 diseños repartidos por todo el cuerpo, desde el cuello hasta las piernas.

Colores, formas tribales, dibujos antropomórficos, de animales… Los tatuajes se inspiraron en los que poseían personajes como John Rutherford y el capitán Costentenus, que apenas mostraban un centímetro de piel sin tinta. Dicen que ella se había ofrecido como lienzo a su padre, que había una afición sincera por decorarse la piel, y de ahí que se admire su independencia y su arrojo para entrar en conflicto con la cultura tradicional de la época.

tatuadas 8

Sin embargo, el hecho de que inventara una biografía alternativa para hablar del origen de los tatuajes despierta ciertos recelos. Algunos, como Pablo González, de Malatinta, hablan de que trataba de ocultar cierta vergüenza, que temía que la rechazaran por su aspecto y de que por eso se empezó a contar que había sido capturada por una tribu india.

Hildebrandt contaba que los indígenas le practicaron un tatuaje diario durante un año mientras la mantenían atada a un árbol. Para vestir el relato y darle gancho, llegó a precisar que el famoso Toro Sentado había participado en la tortura.

En una de las versiones de la narración, su padre habría sido apresado también por los nativos y obligado a realizar los dibujos hasta que, por sí mismo, decidió morir antes de seguir castigando a su hija.

El relato no era original, sino una apropiación fantasiosa de una historia real de años atrás. Le ocurrió a Olive Oatman, hija de mormones. En 1851, en el cuarto día de un viaje a Nuevo México, en el río Gila, fue secuestrada junto a su hermana pequeña. Los indios Yavapais asesinaron a su familia y se las llevaron. Tenían 14 y siete años. La historia la escribió Royal B. Stratton en The Captivity of the Oarman Girls.

Cuando años más tarde, un miembro de los colonos europeos de la zona, estimulado por los rumores que hablaban de una chica blanca viviendo entre nativos, trató de negociar con ellos para regresarla a su civilización, se encontró con una joven de 19 años con el pecho descubierto y un tatuaje azul en la barbilla.

tatuadas 7

La hermana menor había muerto en una hambruna. Olive alcanzó la fama a partir del libro de Stratton. Las chicas habían sido vendidas como esclavas a los mojaves, que las acogieron como integrantes de la tribu. El tatuaje era un símbolo de protección. Cuentan en una nota de El Liberal que la mujer mitad mormona mitad mojave guardó siempre un tarro de avellanas que le recordaban a su vida indígena.

Trazos de esta historia tomó prestados Nora Hildebrandt, quizás con la idea de atribuir a una fatalidad su mar de tatuajes, o sea, de pedir disculpas. Otros, sin embargo, hablan de que el préstamo biográfico respondía a demandas del espectáculo de circo. La joven se incorporó a las giras de la importante compañía circense de la época Barnum & Barley en la década de los 90, y había que hacer lo que fuera por seducir al público.

En cambio, a veces, violaba las leyes del show, bordeaba a las tribus y se entretenía explicando detalladamente el trabajo artístico realizado por su padre. Detalladamente, parte por parte: los hombres miraban.

El desenlace de la historia prueba que no asistían al relato, precisamente, con inquietud artística. Apareció en escena Irene Woodward, más vestida de tinta y más atractiva. De pronto, la fama de Hildebrandt se esfumó hasta el punto de no aparecen más registros sobre su vida. Se le perdió la pista para siempre.

Muchos hombres, en la década de los noventa del siglo XIX, acudían a los circos de Barnum & Bailey, deseosos de ver a la primera mujer que se dedicó profesionalmente a exhibir su cuerpo tatuado en Estados Unidos.

Se llamaba Nora Hildebrandt y, según las pocas referencias que pueden escudriñarse, hacía las delicias del público masculino. No se sabe si por admiración al arte de los dibujos que la envolvían o, simplemente, por babear ante algo de carne al descubierto en una época donde la moda y el recato ahogaban la piel entre corsés y multitud de capas de tela. Vestimenta de lechuga, que dijo el poeta.

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En algunos artículos se enarbola a Hildebrandt como un icono de valentía y lucha por reivindicar como propio el cuerpo de la mujer, un ejemplo de emancipación epidérmica. No obstante, no habría que apresurarse a colocarle una enseña revolucionaria. Algunos detalles de su biografía inclinan la balanza hacia el hecho de que se tratara de una doble víctima, de una paternidad brutal y de un machismo muy genital de quienes asistían al circo.

Su padre, Martin Hildebrandt, originario de Alemania, instaló una tienda en Nueva York en 1846: fue el primer artista y tatuador profesional de EEUU. Como cuenta Buzzfeed, Martin dedicó gran parte de su tiempo a grabar la piel de marineros y soldados de los dos bandos de la Guerra Civil. Nora nació en los años 50. Cuando se acercaba a los 30 años, ya tenía 365 diseños repartidos por todo el cuerpo, desde el cuello hasta las piernas.

Colores, formas tribales, dibujos antropomórficos, de animales… Los tatuajes se inspiraron en los que poseían personajes como John Rutherford y el capitán Costentenus, que apenas mostraban un centímetro de piel sin tinta. Dicen que ella se había ofrecido como lienzo a su padre, que había una afición sincera por decorarse la piel, y de ahí que se admire su independencia y su arrojo para entrar en conflicto con la cultura tradicional de la época.

tatuadas 8

Sin embargo, el hecho de que inventara una biografía alternativa para hablar del origen de los tatuajes despierta ciertos recelos. Algunos, como Pablo González, de Malatinta, hablan de que trataba de ocultar cierta vergüenza, que temía que la rechazaran por su aspecto y de que por eso se empezó a contar que había sido capturada por una tribu india.

Hildebrandt contaba que los indígenas le practicaron un tatuaje diario durante un año mientras la mantenían atada a un árbol. Para vestir el relato y darle gancho, llegó a precisar que el famoso Toro Sentado había participado en la tortura.

En una de las versiones de la narración, su padre habría sido apresado también por los nativos y obligado a realizar los dibujos hasta que, por sí mismo, decidió morir antes de seguir castigando a su hija.

El relato no era original, sino una apropiación fantasiosa de una historia real de años atrás. Le ocurrió a Olive Oatman, hija de mormones. En 1851, en el cuarto día de un viaje a Nuevo México, en el río Gila, fue secuestrada junto a su hermana pequeña. Los indios Yavapais asesinaron a su familia y se las llevaron. Tenían 14 y siete años. La historia la escribió Royal B. Stratton en The Captivity of the Oarman Girls.

Cuando años más tarde, un miembro de los colonos europeos de la zona, estimulado por los rumores que hablaban de una chica blanca viviendo entre nativos, trató de negociar con ellos para regresarla a su civilización, se encontró con una joven de 19 años con el pecho descubierto y un tatuaje azul en la barbilla.

tatuadas 7

La hermana menor había muerto en una hambruna. Olive alcanzó la fama a partir del libro de Stratton. Las chicas habían sido vendidas como esclavas a los mojaves, que las acogieron como integrantes de la tribu. El tatuaje era un símbolo de protección. Cuentan en una nota de El Liberal que la mujer mitad mormona mitad mojave guardó siempre un tarro de avellanas que le recordaban a su vida indígena.

Trazos de esta historia tomó prestados Nora Hildebrandt, quizás con la idea de atribuir a una fatalidad su mar de tatuajes, o sea, de pedir disculpas. Otros, sin embargo, hablan de que el préstamo biográfico respondía a demandas del espectáculo de circo. La joven se incorporó a las giras de la importante compañía circense de la época Barnum & Barley en la década de los 90, y había que hacer lo que fuera por seducir al público.

En cambio, a veces, violaba las leyes del show, bordeaba a las tribus y se entretenía explicando detalladamente el trabajo artístico realizado por su padre. Detalladamente, parte por parte: los hombres miraban.

El desenlace de la historia prueba que no asistían al relato, precisamente, con inquietud artística. Apareció en escena Irene Woodward, más vestida de tinta y más atractiva. De pronto, la fama de Hildebrandt se esfumó hasta el punto de no aparecen más registros sobre su vida. Se le perdió la pista para siempre.

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