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7 de octubre 2016    /   IDEAS
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Cómo nos atacan los habladores compulsivos

7 de octubre 2016    /   IDEAS     por          
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No callan. Encadenan unas frases con otras. Siempre les ha pasado algo urgente, reseñable, cuyo contenido, en el fondo, suele ser pura normalidad, basura insustancial, verborranas. Se consideran a sí mismas personas ocurrentes, pero sólo llegan a recurrentes. Son capaces de apagar grupos de ocho o diez miembros: llegan, se colocan estratégicamente en medio, matan la conversación. Padecen verborragia, la única enfermedad con la que no hay que ser solidario.

Una persona normal, sin problemas, supera fácilmente las 10.000 palabras al día. Hay estudios que inciden en las diferencias entre hombres y mujeres, y otros que señalan que ambos sexos están igualados. En el libro The female mind, escrito por la doctora Luan Brizendine, se sitúa a la mujer en clara delantera. Ellas articularían unas 20.000 palabras, 13.000 más que ellos. Otra investigación de la Universidad de Texas, en cambio, igualaba las cifras. Según el doctor James Pennebaker, el hombre soltaría unas 15.669 palabras al día, mientras que la mujer alcanzaría las 16.215.

Sea como sea, las cifras resultan gigantescas, y eso que aluden a individuos estándar. Un charlatán de competición probablemente triplicaría los números, pero no lo sabemos a ciencia cierta. No hay estudios que aborden el tema. Quizás no se han desarrollado todavía los instrumentos de medición capaces de enfrentar el desafío.

A quienes padecen verborragia se les detecta rápido y de manera instintiva: provocan un escozor sensorial y una irritación clara y automática. Sin embargo, más allá de que nos despierten el sentido de alerta, existen pautas y comportamientos que los delatan.

Según el doctor James Pennebaker, el hombre soltaría unas 15.669 palabras al día, mientras que la mujer alcanzaría las 16.215

Los hay indisimulados. Personas temperamentales, nerviosas, que chasquean la lengua, colocan los brazos en jarra a la mínima, se rascan y resoplan y parpadean rapidísimo y ponen los ojos blancos. Funcionan así cuando permanecen callados durante unos segundos porque si no hablan con la boca, necesitan destacarse con el cuerpo. Lo necesitan.

Palabrean de manera invasiva, exigen atención plena, te pescan del brazo, repiten tu nombre, te interpelan, sus discursos suelen ser críticas de otros, quejas de otros, autojustificaciones. Buscan aprobación: te miran a los ojos directamente, abusan de los “¿sabes?” y los “¿me entiendes?”, y si no logran un asentimiento por tu parte, paran un segundo, eh, eh, y te acosan con las cejas, indicándote que ahora es cuando debes decir que sí, agachar la cabeza, darle la razón porque la tiene: eso por descontado.

Se prodigan en detalles, quizás porque consideran que cualquier minucia, por el hecho de haberle sucedido a ellos, adquiere un peso universal. Hay quienes dicen que estos sujetos temen el silencio. Sin embargo, si fuera así, les sería indiferente hablar o escuchar. Y les desespera escuchar. Cuando conseguimos meter baza y pronunciarnos, puede verse cómo se les deslocaliza la mirada, cómo se entretienen con la cucharilla del café o los panchitos. Comprenden que lo democrático y lo lógico es que hable todo el mundo, pero no quieren, así de simple: si pudieran taparte la boca con la mano, o sea, si eso no rozara el delito de agresión, lo harían. Fíjate cuando callan: se desesperan, dan sorbitos de aire para colarse en el más mínimo brote de silencio y recuperar la batuta; están sufriendo, te odian.

Cuenta el portal Uncommunity que la psicóloga Gemma Cribb catalogó en varios tipos a quienes charran por los codos. Según ella, pueden ser individuos ansiosos que buscan aprobación, o que se estiman mucho más divertidos y entretenidos de lo que en realidad son.

Igual que el asesino se crea narrativas propias y coartadas mentales –que diría el escritor Juan A. Ríos Carratalá— para justificar sus actos y dignificarse moralmente, el rajador compulsivo se construye todo un relato para exculparse. A saber: se califican como personas sociables, elocuentes, que atrapan la atención de la gente y que son, en definitiva, el alma de la fiesta. Por supuesto, creen que los demás lo agradecen. Por eso llegan sonriendo, presuponiendo que se les espera.

De alguna forma, todos hemos permitido que se atribuyan esas virtudes. Uno de sus poderes reside en generar agotamiento. Se nos quitan, por ejemplo, las ganas de contrariarlas, de poner los puntos sobre las íes y hacernos valer, no vaya a ser que empiecen a cascar más rápido o a más volumen. A la vez, la televisión promociona charlatanes en todos los canales. En general, se sienten reconfortados.

Se califican como personas sociables, elocuentes, que atrapan la atención de la gente y que son, en definitiva, el alma de la fiesta. Por supuesto, creen que los demás lo agradecen. Por eso llegan sonriendo, presuponiendo que se les espera.

No obstante, hay que aclararlo. Se trata de sujetos antisociales, no crean comunidad, más bien la desintegran y la suplantan. La elocuencia implica una comunicación efectiva, provechosa, y ellos usan riadas de palabras para empantanar cualquier mínima información de interés. Tampoco captan tu atención, la secuestran.

Tendemos a asociarlos con personajes de baja formación, de factura barriera, pero quizás es más peligroso el lenguador pseudoculto. Su peligro reside en nuestra dificultad para detectarlo. El odioso boticario Homais, de Madame Bovary, encaja en esta línea (un tío capaz de destrozarle la vida a un cojo para escribir un artículo grandilocuente en un periódico local). Presenta maneras más sofisticadas y parecería que te guarda cierta consideración, pero le importas igual de poco. Son más calmos en el ritmo y discurren sobre temas culturales, científicos y de actualidad para encubrir que, en el fondo, sólo se exhiben a sí mismos. No guardan reparos, por ejemplo, a la hora de explicarte tu propio trabajo o tu propia ideología.

Ningún código ético prohibiría odiar a estas personas. Se dice: «Si no te gustan, no vayas con ellos». Ya, pero es que no te permiten huir. Se hacen novias de tus mejores amigos, maridos de tus hermanas, jefes de departamento, funcionarios de ventanilla, profesores… Se enganchan a lo imprescindible, de forma que no puedes apartarlos sin renunciar a algo que te importa de verdad. No dejes que suceda.

Ten cuidado.

Vigila.

No callan. Encadenan unas frases con otras. Siempre les ha pasado algo urgente, reseñable, cuyo contenido, en el fondo, suele ser pura normalidad, basura insustancial, verborranas. Se consideran a sí mismas personas ocurrentes, pero sólo llegan a recurrentes. Son capaces de apagar grupos de ocho o diez miembros: llegan, se colocan estratégicamente en medio, matan la conversación. Padecen verborragia, la única enfermedad con la que no hay que ser solidario.

Una persona normal, sin problemas, supera fácilmente las 10.000 palabras al día. Hay estudios que inciden en las diferencias entre hombres y mujeres, y otros que señalan que ambos sexos están igualados. En el libro The female mind, escrito por la doctora Luan Brizendine, se sitúa a la mujer en clara delantera. Ellas articularían unas 20.000 palabras, 13.000 más que ellos. Otra investigación de la Universidad de Texas, en cambio, igualaba las cifras. Según el doctor James Pennebaker, el hombre soltaría unas 15.669 palabras al día, mientras que la mujer alcanzaría las 16.215.

Sea como sea, las cifras resultan gigantescas, y eso que aluden a individuos estándar. Un charlatán de competición probablemente triplicaría los números, pero no lo sabemos a ciencia cierta. No hay estudios que aborden el tema. Quizás no se han desarrollado todavía los instrumentos de medición capaces de enfrentar el desafío.

A quienes padecen verborragia se les detecta rápido y de manera instintiva: provocan un escozor sensorial y una irritación clara y automática. Sin embargo, más allá de que nos despierten el sentido de alerta, existen pautas y comportamientos que los delatan.

Según el doctor James Pennebaker, el hombre soltaría unas 15.669 palabras al día, mientras que la mujer alcanzaría las 16.215

Los hay indisimulados. Personas temperamentales, nerviosas, que chasquean la lengua, colocan los brazos en jarra a la mínima, se rascan y resoplan y parpadean rapidísimo y ponen los ojos blancos. Funcionan así cuando permanecen callados durante unos segundos porque si no hablan con la boca, necesitan destacarse con el cuerpo. Lo necesitan.

Palabrean de manera invasiva, exigen atención plena, te pescan del brazo, repiten tu nombre, te interpelan, sus discursos suelen ser críticas de otros, quejas de otros, autojustificaciones. Buscan aprobación: te miran a los ojos directamente, abusan de los “¿sabes?” y los “¿me entiendes?”, y si no logran un asentimiento por tu parte, paran un segundo, eh, eh, y te acosan con las cejas, indicándote que ahora es cuando debes decir que sí, agachar la cabeza, darle la razón porque la tiene: eso por descontado.

Se prodigan en detalles, quizás porque consideran que cualquier minucia, por el hecho de haberle sucedido a ellos, adquiere un peso universal. Hay quienes dicen que estos sujetos temen el silencio. Sin embargo, si fuera así, les sería indiferente hablar o escuchar. Y les desespera escuchar. Cuando conseguimos meter baza y pronunciarnos, puede verse cómo se les deslocaliza la mirada, cómo se entretienen con la cucharilla del café o los panchitos. Comprenden que lo democrático y lo lógico es que hable todo el mundo, pero no quieren, así de simple: si pudieran taparte la boca con la mano, o sea, si eso no rozara el delito de agresión, lo harían. Fíjate cuando callan: se desesperan, dan sorbitos de aire para colarse en el más mínimo brote de silencio y recuperar la batuta; están sufriendo, te odian.

Cuenta el portal Uncommunity que la psicóloga Gemma Cribb catalogó en varios tipos a quienes charran por los codos. Según ella, pueden ser individuos ansiosos que buscan aprobación, o que se estiman mucho más divertidos y entretenidos de lo que en realidad son.

Igual que el asesino se crea narrativas propias y coartadas mentales –que diría el escritor Juan A. Ríos Carratalá— para justificar sus actos y dignificarse moralmente, el rajador compulsivo se construye todo un relato para exculparse. A saber: se califican como personas sociables, elocuentes, que atrapan la atención de la gente y que son, en definitiva, el alma de la fiesta. Por supuesto, creen que los demás lo agradecen. Por eso llegan sonriendo, presuponiendo que se les espera.

De alguna forma, todos hemos permitido que se atribuyan esas virtudes. Uno de sus poderes reside en generar agotamiento. Se nos quitan, por ejemplo, las ganas de contrariarlas, de poner los puntos sobre las íes y hacernos valer, no vaya a ser que empiecen a cascar más rápido o a más volumen. A la vez, la televisión promociona charlatanes en todos los canales. En general, se sienten reconfortados.

Se califican como personas sociables, elocuentes, que atrapan la atención de la gente y que son, en definitiva, el alma de la fiesta. Por supuesto, creen que los demás lo agradecen. Por eso llegan sonriendo, presuponiendo que se les espera.

No obstante, hay que aclararlo. Se trata de sujetos antisociales, no crean comunidad, más bien la desintegran y la suplantan. La elocuencia implica una comunicación efectiva, provechosa, y ellos usan riadas de palabras para empantanar cualquier mínima información de interés. Tampoco captan tu atención, la secuestran.

Tendemos a asociarlos con personajes de baja formación, de factura barriera, pero quizás es más peligroso el lenguador pseudoculto. Su peligro reside en nuestra dificultad para detectarlo. El odioso boticario Homais, de Madame Bovary, encaja en esta línea (un tío capaz de destrozarle la vida a un cojo para escribir un artículo grandilocuente en un periódico local). Presenta maneras más sofisticadas y parecería que te guarda cierta consideración, pero le importas igual de poco. Son más calmos en el ritmo y discurren sobre temas culturales, científicos y de actualidad para encubrir que, en el fondo, sólo se exhiben a sí mismos. No guardan reparos, por ejemplo, a la hora de explicarte tu propio trabajo o tu propia ideología.

Ningún código ético prohibiría odiar a estas personas. Se dice: «Si no te gustan, no vayas con ellos». Ya, pero es que no te permiten huir. Se hacen novias de tus mejores amigos, maridos de tus hermanas, jefes de departamento, funcionarios de ventanilla, profesores… Se enganchan a lo imprescindible, de forma que no puedes apartarlos sin renunciar a algo que te importa de verdad. No dejes que suceda.

Ten cuidado.

Vigila.

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Opiniones 14
  • Quisiera comentar algo muy largo, pero después de leer esto, no quiero escribir como hablo.

    Es que yo hablo y escribo mucho, ¡hasta me pagan por ello!
    Antes solo lo hacía en el trabajo, pero al final eres lo que haces, y ahora soy yo quien le dice «qué calor» a las señoras en las colas, antes de que ellas lo hagan.

    Lo hice otra vez, ya hablé mucho.

  • Me contaron una anécdota de un señor que consiguió un antídoto perfecto contra este personal. Después de soportarlo amablemente durante semanas un día el palizas entró en el despacho de este señor visionario dispuesto a verborrearlo. Nuestro amigo lo detuvo con un gesto amable para que esperase un momento. Y procedió ceremoniosamente a abrir un cajón y sacar de él un paquete de pañuelos de papel. Sacó uno…saco un segundo y los colocó sobre la mesa. Con parsimonia procedió a desplegar y enrollar cada pañuelo para fabricar unos largos cordones de papel…y con elegancia se colocó la punta de cada cordón dentro de cada oído. Y tal que así animó con otro gesto amable a que el verborreico procediera.

    • Existe un truco sencillo, (claro que es necesario estar integrado en una pequeña comunidad, sea de amigos o de oficina):
      Dígale a su amigo Parlanchín que el jefe (o una persona «importante») le dijo a Pedro que Parlanchín es demasiado hablador y que esto le quita puntos (promoción laboral, invitación a un paseo, etc)… Ya verán cómo empieza a bajar el tono y a descubrir las virtudes del silencio…

  • El mismo articulo me hace sentir cojido del brazo. Noto las gotitas de saliva que vuelan a mi mejilla. Me siento violado con frases cortas demasiado acertadas y palabrotas continuas, en fin ametrallado con advertencias. No se si era adrede para visualisar mejor el conflicto o el autor es uno de ellos y es por eso que los describe tan bien. En todo caso este tipo de personas son el freno de cada civilisación y agradesco que se ha dicho aqui.

  • La primera frase lo resume todo «No callan. Encadenan unas frases con otras. Siempre les ha pasado algo urgente, reseñable, cuyo contenido, en el fondo, suele ser pura normalidad…»

    Esta es la principal forma de detectar a los «charlatanes» No conciben la diferencia entre lo que les interesa a ellos mismos, y lo que les interesa a los demás… Pues dan por sentado que suele ser lo mismo… A nivel psicológico, no es más que una representación del egocentrismo 🙂

    Y por cierto ¡Qué pesados son! 😀

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