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29 de enero 2016    /   CINE/TV
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Nos lo pasamos perita en CutreCon

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El cine se hizo para pasárselo bien. Para pasárselo bien en plan dar codazos a tu compañero de butaca, jalear los besos con lengua entre los protagonistas y echar la mano al muslo de tu acompañante cuando hay un subidón en una escena de terror.

Luego llegaron los críticos para darle un poco de profundidad y trascendencia a todo esto, para que nos lo tomáramos en serio. En ocasiones es conveniente. Pero no ocurre así en CutreCon, el festival de cine cutre de Madrid que llega a su quinta edición.

CutreCon se abrió ayer con la proyección de Turbo Kid, una comedia apocalíptica de ciencia ficción (aunque de ciencia no tuviera mucho), que homenajea al cine del que os habéis dado un un empachón entre vuestra infancia y vuestra adolescencia. Sí, justo en ese momento en el que ir al videoclub era un ritual que consistía en quedar con los colegas, estar una hora en el local y elegir la película por lo molona que fuera la carátula del estuche de la cinta. Y que se pareciera a Mad Max, ya de paso.

turbo-kid-1

Turbo Kid hace gala de un humor tremendamente fino, en el que el mundo perdido de la mano de dios se sitúa en un terreno yermo en el año 1997. Una mezcla entre Albacete y Almería en el que todo el mundo se mueve en bicicletas tipo California de BH o Motoretta de GAC. Cuando digo todos, me refiero a un catálogo de personajes de esos que tu abuela catalogaría como peligrosos, de los que fuman en pantalla y van sin afeitar.

Previamente a la proyección, el director de CutreCon, Carlos Palencia ya lo advertía. «Un poco de seriedad que esta es la película buena del programa de CutreCon». Así fue. Era muy palpable que Turbo Kid contó con un presupuesto de, al menos, 10.000 dólares; que contó con dos localizaciones (un vertedero de áridos en Canadá y un interior que hacía las veces de taberna apocalíptica) y referencias culturales de las que todo ser humano que merezca la pena disfruta: cómics, bicis, robots, sangre de bote por galones y una cantidad de violencia, tan bella como innecesaria, en cantidades industriales.

El detalle de calidad, queridos, es que el villano supremo, el hijoputa sin remedio, es el mítico Michael Ironside. ¿Quién? ¡TYLER, COÑO!

turbo-kid-2

La materialización de toda esta idea y del delicioso proyecto que es CutreCon es una sala donde los asistentes comentan, jalean, ríen y aplauden cuando les apetece, en la que la solemnidad del cine se toma tan en serio como la muerte más absurda que ocurre durante el metraje. Si el cine de palomitas es Michael Bay con sus explosiones, Turbo Kid y el resto del programa del festival más chanante de Madrid es cine de torreznos: es grasaza, pero el cuerpo la necesita, no es tan insana como aparenta y no veas cómo te lo pasas consumiéndola.

CutreCon se desarrolla durante todo este fin de semana y, si quieren ir a armar escándalo a una sala y reírse de lo más absurdo sin miedo al qué dirá el crítico de Cinemanía, ya me están tardando.

El cine se hizo para pasárselo bien. Para pasárselo bien en plan dar codazos a tu compañero de butaca, jalear los besos con lengua entre los protagonistas y echar la mano al muslo de tu acompañante cuando hay un subidón en una escena de terror.

Luego llegaron los críticos para darle un poco de profundidad y trascendencia a todo esto, para que nos lo tomáramos en serio. En ocasiones es conveniente. Pero no ocurre así en CutreCon, el festival de cine cutre de Madrid que llega a su quinta edición.

CutreCon se abrió ayer con la proyección de Turbo Kid, una comedia apocalíptica de ciencia ficción (aunque de ciencia no tuviera mucho), que homenajea al cine del que os habéis dado un un empachón entre vuestra infancia y vuestra adolescencia. Sí, justo en ese momento en el que ir al videoclub era un ritual que consistía en quedar con los colegas, estar una hora en el local y elegir la película por lo molona que fuera la carátula del estuche de la cinta. Y que se pareciera a Mad Max, ya de paso.

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Turbo Kid hace gala de un humor tremendamente fino, en el que el mundo perdido de la mano de dios se sitúa en un terreno yermo en el año 1997. Una mezcla entre Albacete y Almería en el que todo el mundo se mueve en bicicletas tipo California de BH o Motoretta de GAC. Cuando digo todos, me refiero a un catálogo de personajes de esos que tu abuela catalogaría como peligrosos, de los que fuman en pantalla y van sin afeitar.

Previamente a la proyección, el director de CutreCon, Carlos Palencia ya lo advertía. «Un poco de seriedad que esta es la película buena del programa de CutreCon». Así fue. Era muy palpable que Turbo Kid contó con un presupuesto de, al menos, 10.000 dólares; que contó con dos localizaciones (un vertedero de áridos en Canadá y un interior que hacía las veces de taberna apocalíptica) y referencias culturales de las que todo ser humano que merezca la pena disfruta: cómics, bicis, robots, sangre de bote por galones y una cantidad de violencia, tan bella como innecesaria, en cantidades industriales.

El detalle de calidad, queridos, es que el villano supremo, el hijoputa sin remedio, es el mítico Michael Ironside. ¿Quién? ¡TYLER, COÑO!

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La materialización de toda esta idea y del delicioso proyecto que es CutreCon es una sala donde los asistentes comentan, jalean, ríen y aplauden cuando les apetece, en la que la solemnidad del cine se toma tan en serio como la muerte más absurda que ocurre durante el metraje. Si el cine de palomitas es Michael Bay con sus explosiones, Turbo Kid y el resto del programa del festival más chanante de Madrid es cine de torreznos: es grasaza, pero el cuerpo la necesita, no es tan insana como aparenta y no veas cómo te lo pasas consumiéndola.

CutreCon se desarrolla durante todo este fin de semana y, si quieren ir a armar escándalo a una sala y reírse de lo más absurdo sin miedo al qué dirá el crítico de Cinemanía, ya me están tardando.

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