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14 de enero 2019    /   IDEAS
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Nostalgia, manual de uso

14 de enero 2019    /   IDEAS     por          
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El mensaje más personal que guardo es uno que no fue escrito para mí. Está grabado en una fotografía que tomé en la ciudad en la que nací y de la que hace ya casi 15 años que me fui. La hice hace tiempo, en una visita para ver a la familia, en la que saqué un hueco para pasear por el corazón tradicional de la ciudad.

Allí disfruté la enorme mayoría de mis noches de joven, con toda su intensidad y toda su pretendida épica. Habían pasado algunos años y varias vidas de todo eso, y dolió ver el estado de las ensortijadas calles del casco histórico, muchas abandonadas en el tiempo y con una vida comercial amenazada por una crisis inclemente.

Durante el paseo llegué al local donde pasaba casi todo en aquel momento, al menos para mí. Era un antro pequeño y oscuro, encastrado en el bajo de un bloque de tres alturas que ya por aquel entonces amenazaba con venirse abajo.

Por ahí, con sus paredes húmedas y su barra encharcada de alcohol malo, desfilaron las personas más importantes de aquella vida que fue mía. Recuerdo el lugar como si fuera ayer, aunque lleva años cerrado y tapiado. «Al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver», decía una de las canciones que a veces sonaba en aquellas noches.

Al llegar me paré en lo que era la puerta, ahora una masa de cemento. Alguien había hecho un grafiti asemejando un cartel, con un mensaje que me dejó tocado. «Y con los muros se llevaron nuestras vidas. Tus andares, los míos y los suyos, pasaron a la historia. Pero no la nuestra, sino la que no quisieron contar».

Al buscar un poco vi que la pintada era parte de una acción de protesta de un colectivo contra el abandono del barrio. No tenía nada que ver conmigo, ni con mi historia, ni con el tiempo vivido allí. No hablaba de los amigos con los que compartí risas y peleas, ni con la chica que conocí justo delante de aquella puerta y que es lo único que me queda de aquella vida.

Pero sentí, y por eso sigo guardando aquella foto, que alguien había escrito eso para mí, para nosotros. Por eso hice aquella foto y la guardé, por si alguna vez volvía a pasar por ahí y descubría que la pintada ya no estaba, que el edificio se había venido abajo o que, quién sabe, alguien había levantado un moderno bloque de apartamentos sobre aquel cementerio de la memoria.

La nostalgia es algo curioso. Hay quien la define justo como una mezcla entre sentimientos de alegría y dolor por el recuerdo de un pasado mejor. Los expertos la han estudiado en profundidad, con sus características y peculiaridades, como pieza clave para entender cómo funcionan algunos mecanismos mentales. Que si es una afirmación de uno mismo, que si es un recurso para combatir la soledad, que si la utilizamos para dar sentido al presente por comparación con el pasado.

En general, es un sentimiento compartido. Lugares que se quedan cristalizados, acompañados de voces, de momentos, de personas, composiciones imposibles de repetir. Sucede mucho cuando te vas de un lugar, que tú guardas congelado en tu memoria pero que resulta que ha seguido adelante en tu ausencia.

nostalgia
Nighthawks, de Edward Hopper.

Aquella gente ya no se habla, quizá son importantes empresarios; o ninguno de los comercios que frecuentabas existe desde hace años. Incluso cuando los recuerdos no son necesariamente felices ejercen una especie de impulso simulado, aquellos good old days ante los que palidece cualquier presente. Un «cualquier tiempo pasado siempre fue mejor» a nivel mental, aunque no sea cierto.

Pensé en el cartel tras leer un artículo hace unas semanas. De nuevo el texto no iba conmigo, sino con la recreación de la historia de dos deportistas. Pero una frase del texto me hizo pensar una vez más en aquella sensación vivida delante de aquel muro: «Siempre tengo la sensación de haber sido feliz, nunca de serlo. Y a veces pienso que ciertas felicidades, como ciertos amores, se sabe que lo han sido con tanto retraso que uno se pasa la vida maldiciendo haber estado, no estar».

La nostalgia, más allá de su significado científico y de su muy rentable vertiente comercial, es algo que aparece conforme se suman años. Alguien sin apenas pasado no tiene recuerdos que añorar. Y pocos, muy pocos, son capaces de resistirse a esa sensación agridulce: la sonrisa en la cara al hablar de esos recuerdos y el dolor en el corazón por saber que no volverán.

Pero lo que dice el artículo encierra algo si cabe más duro: ¿qué nos lleva exactamente a poner por delante un pasado mitificado de un presente quizá ideal?

Hay, claro, nostalgias y nostalgias. Las hay por lo hecho, pero también por las decisiones que no se tomaron. Es una nostalgia, si cabe, más irreal. La primera a fin de cuentas es reconstruida, idealizada, pero la segunda es totalmente inventada.

Un «qué hubiera pasado si». Y es esa la trampa psicológica de la infelicidad. «Sabes mejor que yo que hasta los huesos solo calan los besos que no has dado», decía otra de las canciones que sonaba en aquellas noches. No es ya un recuerdo agridulce, sino la frustración que algunos pueden sentir al recordar errores o malas decisiones que pudieron haber hecho de su vida algo mejor.

Todo eso tiene un encaje complicado en la sociedad actual. La nostalgia es una herramienta explotada a nivel comercial, donde la venta de productos del pasado ha demostrado tener un filón potente. La nostalgia también se maneja desde la culpabilidad, con llamadas a aprovechar más el presente en lugar de pensar en el pasado o dar las cosas por seguras en el futuro. Justo en esa línea ha ido una de las campañas navideñas más comentadas del año, por ejemplo.

La nostalgia, en realidad, es venenosa. Una distracción del hoy contemplando un pasado que quizá nunca existió como tal, o al menos no fue tan importante. No es mejor que la búsqueda social de la retribución instantánea en la que vivimos: creemos que hacemos amigos con un botón, que conquistamos a una pareja deslizando un dedo, o que estamos cerca de otros pulsando un icono.

Solo algo más traumático es capaz de liberarte de la nostalgia: que te suceda algo tan importante que te haga darte cuenta de que lo que tienes es lo más valioso, mucho más de lo que tuviste, y al menos más real que lo que tendrás. Pero de eso no te avisa nadie, ninguna notificación de tus redes sociales ni ninguna campaña de publicidad edulcorada. Quizá la única nostalgia buena sea la nostalgia por el presente. Podemos estar seguros de que eso tampoco volverá.

El mensaje más personal que guardo es uno que no fue escrito para mí. Está grabado en una fotografía que tomé en la ciudad en la que nací y de la que hace ya casi 15 años que me fui. La hice hace tiempo, en una visita para ver a la familia, en la que saqué un hueco para pasear por el corazón tradicional de la ciudad.

Allí disfruté la enorme mayoría de mis noches de joven, con toda su intensidad y toda su pretendida épica. Habían pasado algunos años y varias vidas de todo eso, y dolió ver el estado de las ensortijadas calles del casco histórico, muchas abandonadas en el tiempo y con una vida comercial amenazada por una crisis inclemente.

Durante el paseo llegué al local donde pasaba casi todo en aquel momento, al menos para mí. Era un antro pequeño y oscuro, encastrado en el bajo de un bloque de tres alturas que ya por aquel entonces amenazaba con venirse abajo.

Por ahí, con sus paredes húmedas y su barra encharcada de alcohol malo, desfilaron las personas más importantes de aquella vida que fue mía. Recuerdo el lugar como si fuera ayer, aunque lleva años cerrado y tapiado. «Al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver», decía una de las canciones que a veces sonaba en aquellas noches.

Al llegar me paré en lo que era la puerta, ahora una masa de cemento. Alguien había hecho un grafiti asemejando un cartel, con un mensaje que me dejó tocado. «Y con los muros se llevaron nuestras vidas. Tus andares, los míos y los suyos, pasaron a la historia. Pero no la nuestra, sino la que no quisieron contar».

Al buscar un poco vi que la pintada era parte de una acción de protesta de un colectivo contra el abandono del barrio. No tenía nada que ver conmigo, ni con mi historia, ni con el tiempo vivido allí. No hablaba de los amigos con los que compartí risas y peleas, ni con la chica que conocí justo delante de aquella puerta y que es lo único que me queda de aquella vida.

Pero sentí, y por eso sigo guardando aquella foto, que alguien había escrito eso para mí, para nosotros. Por eso hice aquella foto y la guardé, por si alguna vez volvía a pasar por ahí y descubría que la pintada ya no estaba, que el edificio se había venido abajo o que, quién sabe, alguien había levantado un moderno bloque de apartamentos sobre aquel cementerio de la memoria.

La nostalgia es algo curioso. Hay quien la define justo como una mezcla entre sentimientos de alegría y dolor por el recuerdo de un pasado mejor. Los expertos la han estudiado en profundidad, con sus características y peculiaridades, como pieza clave para entender cómo funcionan algunos mecanismos mentales. Que si es una afirmación de uno mismo, que si es un recurso para combatir la soledad, que si la utilizamos para dar sentido al presente por comparación con el pasado.

En general, es un sentimiento compartido. Lugares que se quedan cristalizados, acompañados de voces, de momentos, de personas, composiciones imposibles de repetir. Sucede mucho cuando te vas de un lugar, que tú guardas congelado en tu memoria pero que resulta que ha seguido adelante en tu ausencia.

nostalgia
Nighthawks, de Edward Hopper.

Aquella gente ya no se habla, quizá son importantes empresarios; o ninguno de los comercios que frecuentabas existe desde hace años. Incluso cuando los recuerdos no son necesariamente felices ejercen una especie de impulso simulado, aquellos good old days ante los que palidece cualquier presente. Un «cualquier tiempo pasado siempre fue mejor» a nivel mental, aunque no sea cierto.

Pensé en el cartel tras leer un artículo hace unas semanas. De nuevo el texto no iba conmigo, sino con la recreación de la historia de dos deportistas. Pero una frase del texto me hizo pensar una vez más en aquella sensación vivida delante de aquel muro: «Siempre tengo la sensación de haber sido feliz, nunca de serlo. Y a veces pienso que ciertas felicidades, como ciertos amores, se sabe que lo han sido con tanto retraso que uno se pasa la vida maldiciendo haber estado, no estar».

La nostalgia, más allá de su significado científico y de su muy rentable vertiente comercial, es algo que aparece conforme se suman años. Alguien sin apenas pasado no tiene recuerdos que añorar. Y pocos, muy pocos, son capaces de resistirse a esa sensación agridulce: la sonrisa en la cara al hablar de esos recuerdos y el dolor en el corazón por saber que no volverán.

Pero lo que dice el artículo encierra algo si cabe más duro: ¿qué nos lleva exactamente a poner por delante un pasado mitificado de un presente quizá ideal?

Hay, claro, nostalgias y nostalgias. Las hay por lo hecho, pero también por las decisiones que no se tomaron. Es una nostalgia, si cabe, más irreal. La primera a fin de cuentas es reconstruida, idealizada, pero la segunda es totalmente inventada.

Un «qué hubiera pasado si». Y es esa la trampa psicológica de la infelicidad. «Sabes mejor que yo que hasta los huesos solo calan los besos que no has dado», decía otra de las canciones que sonaba en aquellas noches. No es ya un recuerdo agridulce, sino la frustración que algunos pueden sentir al recordar errores o malas decisiones que pudieron haber hecho de su vida algo mejor.

Todo eso tiene un encaje complicado en la sociedad actual. La nostalgia es una herramienta explotada a nivel comercial, donde la venta de productos del pasado ha demostrado tener un filón potente. La nostalgia también se maneja desde la culpabilidad, con llamadas a aprovechar más el presente en lugar de pensar en el pasado o dar las cosas por seguras en el futuro. Justo en esa línea ha ido una de las campañas navideñas más comentadas del año, por ejemplo.

La nostalgia, en realidad, es venenosa. Una distracción del hoy contemplando un pasado que quizá nunca existió como tal, o al menos no fue tan importante. No es mejor que la búsqueda social de la retribución instantánea en la que vivimos: creemos que hacemos amigos con un botón, que conquistamos a una pareja deslizando un dedo, o que estamos cerca de otros pulsando un icono.

Solo algo más traumático es capaz de liberarte de la nostalgia: que te suceda algo tan importante que te haga darte cuenta de que lo que tienes es lo más valioso, mucho más de lo que tuviste, y al menos más real que lo que tendrás. Pero de eso no te avisa nadie, ninguna notificación de tus redes sociales ni ninguna campaña de publicidad edulcorada. Quizá la única nostalgia buena sea la nostalgia por el presente. Podemos estar seguros de que eso tampoco volverá.

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