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2 de enero 2017    /   DIGITAL
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Cuando las noticias falsas vienen de unos medios con la guardia baja

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Hace unos años se estableció una curiosa costumbre internetera durante el día de los inocentes. Los autores de la ya desaparecida cuenta de Twitter de @masaenfurecida cambiaban su tono humorístico y crudo habitual, siempre escribiendo además en mayúsculas, por un lenguaje cordial, educado y pretendidamente ñoño. Era su forma de hacer las cosas al revés: las bromas eran cotidianas; la sobriedad, la excepción.

La cuenta dejó de funcionar cuando Twitter cambió sus normas de acceso y obligó a todos los usuarios a registrar una identidad física real. Ellos querían seguir en el anonimato (eran la ‘masa’, según su argumentación) y decidieron dejarlo. Su nacimiento fue una respuesta a la forma airada en la que las redes sociales linchaban en masa determinadas actitudes o situaciones, evidenciando cierto ‘borreguismo’ de esa masa enfurecida de la que ellos mismos habían sido víctimas alguna vez.

Desde su marcha eso no ha cambiado. Las redes sociales han seguido actuando como catalizador de las masas, retomando una vieja teoría sociológica sobre la disolución de la identidad en entornos gregarios (lo cual explica, por ejemplo, que un señor educado y tranquilo pueda insultar a gritos a un árbitro en la grada de un estadio, o que una modélica anciana acabe coreando consignas a voz en grito en una manifestación). Aquello que nos avergüenza como individuos lo vemos normal y aceptable si los demás también lo hacen. Pensad si no en cómo podéis bailar a altas horas de la madrugada en mitad de una pista si hay decenas de zombies haciendo lo mismo que vosotros, y cómo nunca haríais lo mismo si fuerais los únicos que estuvieran haciéndolo en el local.

Ese efecto de ‘masa’ en las redes sociales ha tenido mucho peso en acontecimientos importantes, desde el abandono de la red social del personaje público de turno, hasta el despido o desaparición de algún personaje controvertido (el caso del youtuber caraanchoa es quizá el más reciente). La cosa se pone más seria cuando esa masa irreflexiva y contagiosa opera al servicio de cierto interés dirigido, como ha ocurrido con la profusión de noticias falsas que, según los analistas, podrían haber influido de forma definitiva en el sorprendente devenir de las elecciones estadounidenses.

Las nuevas empresas de medios

En este punto se mezclan dos elementos peligrosos: un modelo de medios de comunicación en decadencia, faltos de dinero, en medio de una enorme crisis industrial por cambio de modelo y que sufren una brutal pérdida de confianza de los lectores; y las redes sociales, que algunos usan como fuente de información sustitutiva.

Eso, para un periodista, es un error de bulto, no ya porque en ello le vaya el pan, sino porque a fin de cuentas una de las supuestas funciones de los medios, que es la que le otorga la validez como fuente, es el discernir lo real de lo que no, lo veraz de lo interesado. En las redes sociales es la propia comunidad la que hace esa función, y el resultado salta a ojos vista: igual que en los medios las noticias más leídas no son ni de lejos las más interesantes, en las redes los contenidos más compartidos no son precisamente los más creíbles.

Es evidente que los medios tampoco han hecho bien su trabajo —de haberlo hecho no estarían en esta situación—: han promocionado contenidos por cuestiones publicitarias, han empezado a producir basura masivamente para atraer audiencia y con ella dinero, han ocultado informaciones incómodas y han olvidado rutinas profesionales necesarias.

Una de esas rutinas ha sido siempre la de la verificación. Hace algunos años hubo un caso sonado en España: un atentado acabó con la vida de un político y, según los medios, su escolta. En realidad el escolta no falleció, pero durante horas todos los medios informaron de lo contrario. El origen del error vino por una nota de una agencia cuyo contenido los medios replican directamente en sus sistemas (una búsqueda en Google con un titular de agencia basta para ver que todos los medios llevan lo mismo). Así, la ‘fuente’ dejaba de ser la oficial (Policía, Gobierno) para convertirse en una agencia: si la agencia comete un error, todos van detrás.

Pasaron horas antes de que el escolta fuera ‘resucitado’ (cabe imaginar la angustia y el perjuicio emocional para sus familiares) y la mayoría de medios se sacudieron su responsabilidad señalando a la fuente fallida: la agencia. Pero en realidad la culpa no sólo fue de la agencia, sino de los medios que delegaron la labor de verificación en ella. Confiaron en la agencia como fuente —para algo pagan por sus contenidos— y delegaron a su vez su labor periodística.

Delegando en fuentes interesadas

Hace unos días se vivió otro ejemplo algo menos dramático. Una agencia, en este caso publicitaria, lanzó una inocentada un día antes de la fecha prevista. Burger King, la cadena de comida rápida, iba a añadir una ‘u’ para españolizar su nombre y convertirse en ‘Burguer King’. Una cascada de medios se hicieron eco de la ‘noticia’ tras recibir una nota de prensa oficial, y horas después tuvieron que desdecirse. A algunos todavía les delata la caché de Google, como es el caso de Europa Press o El Confidencial.

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Otros dejaron constancia de su error en redes sociales, como es el caso de VozPópuli Antena 3 (que no han borrado, sino rectificado el tuit), o El Español o Público (que directamente han borrado el tuit). Por último están los que han sabido darle la vuelta al tema, ya sea haciéndose eco de él a posteriori o hábilmente rectificando su propio error, como es el caso de Cuatro, Telecinco, La Sexta, ABC o El Mundo.

Tras el error muchos compañeros periodistas lamentaban las malas artes de la agencia. Primero, por gastar bromas vía nota de prensa oficial. Segundo, por hacerlo el 27 de diciembre y no el 28 de diciembre. Según planteaban, cómo verificar una información cuando la propia fuente original es en este caso quien está engañando.

El planteamiento, aunque entendible, muestra una realidad peligrosa: la función de verificación de nuevo se delega, no ahora en una agencia de noticias —que también— sino en fuentes interesadas como son las empresas o instituciones, tomándose sus notas de prensa como fuente y publicándose contenido periodístico bebiendo de esa única fuente (cuando habría otras, como el registro, por ejemplo). Además, en la queja por la fecha se reconoce implícitamente algo: las alertas periodísticas se activan cuando es el día de los inocentes (o el April’ Fools estadounidense), pero no el resto de días. En conclusión, si una nota de prensa dice algo y no es el día de los inocentes, ese contenido es veraz y, en caso de ser interesante, publicable sin más.

La mediación empresarial

Como término medio a toda esta escalada de contenidos fallidos, sean culpa de medios o redes sociales, y a raíz de lo sucedido en EEUU, las nuevas empresas de medios que son las tecnológicas se han puesto en marcha: Facebook, Google y Twitter se han comprometido en tomar medidas contra las noticias falsas. Para empezar, Facebook marcará aquellas con un origen cuestionable como vía de prevención. De nuevo, las empresas mediáticas clásicas han protestado por ver una suplantación de su labor a manos de empresas no periodísticas. La cuestión está en si es legítima la queja, habida cuenta que muchas de esas empresas clásicas actúan antes guiadas por sus intereses corporativos (ideológicos o económicos) que periodísticos. Así las cosas, ¿dónde está la diferencia de que unas u otras decidan?

En realidad, es algo que siempre se ha hecho: Facebook elige qué enseñarte en tu muro a través de un algoritmo. Google enseña apenas una quinta parte de lo que hay en internet, todo ordenado según criterios diversos —entre otros el dinero—. Las empresas, periodísticas o no, llevan tiempo jerarquizando el contenido al que accede el lector, y sin importarles si es de calidad o ni siquiera verídico.

 

Hace unos años se estableció una curiosa costumbre internetera durante el día de los inocentes. Los autores de la ya desaparecida cuenta de Twitter de @masaenfurecida cambiaban su tono humorístico y crudo habitual, siempre escribiendo además en mayúsculas, por un lenguaje cordial, educado y pretendidamente ñoño. Era su forma de hacer las cosas al revés: las bromas eran cotidianas; la sobriedad, la excepción.

La cuenta dejó de funcionar cuando Twitter cambió sus normas de acceso y obligó a todos los usuarios a registrar una identidad física real. Ellos querían seguir en el anonimato (eran la ‘masa’, según su argumentación) y decidieron dejarlo. Su nacimiento fue una respuesta a la forma airada en la que las redes sociales linchaban en masa determinadas actitudes o situaciones, evidenciando cierto ‘borreguismo’ de esa masa enfurecida de la que ellos mismos habían sido víctimas alguna vez.

Desde su marcha eso no ha cambiado. Las redes sociales han seguido actuando como catalizador de las masas, retomando una vieja teoría sociológica sobre la disolución de la identidad en entornos gregarios (lo cual explica, por ejemplo, que un señor educado y tranquilo pueda insultar a gritos a un árbitro en la grada de un estadio, o que una modélica anciana acabe coreando consignas a voz en grito en una manifestación). Aquello que nos avergüenza como individuos lo vemos normal y aceptable si los demás también lo hacen. Pensad si no en cómo podéis bailar a altas horas de la madrugada en mitad de una pista si hay decenas de zombies haciendo lo mismo que vosotros, y cómo nunca haríais lo mismo si fuerais los únicos que estuvieran haciéndolo en el local.

Ese efecto de ‘masa’ en las redes sociales ha tenido mucho peso en acontecimientos importantes, desde el abandono de la red social del personaje público de turno, hasta el despido o desaparición de algún personaje controvertido (el caso del youtuber caraanchoa es quizá el más reciente). La cosa se pone más seria cuando esa masa irreflexiva y contagiosa opera al servicio de cierto interés dirigido, como ha ocurrido con la profusión de noticias falsas que, según los analistas, podrían haber influido de forma definitiva en el sorprendente devenir de las elecciones estadounidenses.

Las nuevas empresas de medios

En este punto se mezclan dos elementos peligrosos: un modelo de medios de comunicación en decadencia, faltos de dinero, en medio de una enorme crisis industrial por cambio de modelo y que sufren una brutal pérdida de confianza de los lectores; y las redes sociales, que algunos usan como fuente de información sustitutiva.

Eso, para un periodista, es un error de bulto, no ya porque en ello le vaya el pan, sino porque a fin de cuentas una de las supuestas funciones de los medios, que es la que le otorga la validez como fuente, es el discernir lo real de lo que no, lo veraz de lo interesado. En las redes sociales es la propia comunidad la que hace esa función, y el resultado salta a ojos vista: igual que en los medios las noticias más leídas no son ni de lejos las más interesantes, en las redes los contenidos más compartidos no son precisamente los más creíbles.

Es evidente que los medios tampoco han hecho bien su trabajo —de haberlo hecho no estarían en esta situación—: han promocionado contenidos por cuestiones publicitarias, han empezado a producir basura masivamente para atraer audiencia y con ella dinero, han ocultado informaciones incómodas y han olvidado rutinas profesionales necesarias.

Una de esas rutinas ha sido siempre la de la verificación. Hace algunos años hubo un caso sonado en España: un atentado acabó con la vida de un político y, según los medios, su escolta. En realidad el escolta no falleció, pero durante horas todos los medios informaron de lo contrario. El origen del error vino por una nota de una agencia cuyo contenido los medios replican directamente en sus sistemas (una búsqueda en Google con un titular de agencia basta para ver que todos los medios llevan lo mismo). Así, la ‘fuente’ dejaba de ser la oficial (Policía, Gobierno) para convertirse en una agencia: si la agencia comete un error, todos van detrás.

Pasaron horas antes de que el escolta fuera ‘resucitado’ (cabe imaginar la angustia y el perjuicio emocional para sus familiares) y la mayoría de medios se sacudieron su responsabilidad señalando a la fuente fallida: la agencia. Pero en realidad la culpa no sólo fue de la agencia, sino de los medios que delegaron la labor de verificación en ella. Confiaron en la agencia como fuente —para algo pagan por sus contenidos— y delegaron a su vez su labor periodística.

Delegando en fuentes interesadas

Hace unos días se vivió otro ejemplo algo menos dramático. Una agencia, en este caso publicitaria, lanzó una inocentada un día antes de la fecha prevista. Burger King, la cadena de comida rápida, iba a añadir una ‘u’ para españolizar su nombre y convertirse en ‘Burguer King’. Una cascada de medios se hicieron eco de la ‘noticia’ tras recibir una nota de prensa oficial, y horas después tuvieron que desdecirse. A algunos todavía les delata la caché de Google, como es el caso de Europa Press o El Confidencial.

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Otros dejaron constancia de su error en redes sociales, como es el caso de VozPópuli Antena 3 (que no han borrado, sino rectificado el tuit), o El Español o Público (que directamente han borrado el tuit). Por último están los que han sabido darle la vuelta al tema, ya sea haciéndose eco de él a posteriori o hábilmente rectificando su propio error, como es el caso de Cuatro, Telecinco, La Sexta, ABC o El Mundo.

Tras el error muchos compañeros periodistas lamentaban las malas artes de la agencia. Primero, por gastar bromas vía nota de prensa oficial. Segundo, por hacerlo el 27 de diciembre y no el 28 de diciembre. Según planteaban, cómo verificar una información cuando la propia fuente original es en este caso quien está engañando.

El planteamiento, aunque entendible, muestra una realidad peligrosa: la función de verificación de nuevo se delega, no ahora en una agencia de noticias —que también— sino en fuentes interesadas como son las empresas o instituciones, tomándose sus notas de prensa como fuente y publicándose contenido periodístico bebiendo de esa única fuente (cuando habría otras, como el registro, por ejemplo). Además, en la queja por la fecha se reconoce implícitamente algo: las alertas periodísticas se activan cuando es el día de los inocentes (o el April’ Fools estadounidense), pero no el resto de días. En conclusión, si una nota de prensa dice algo y no es el día de los inocentes, ese contenido es veraz y, en caso de ser interesante, publicable sin más.

La mediación empresarial

Como término medio a toda esta escalada de contenidos fallidos, sean culpa de medios o redes sociales, y a raíz de lo sucedido en EEUU, las nuevas empresas de medios que son las tecnológicas se han puesto en marcha: Facebook, Google y Twitter se han comprometido en tomar medidas contra las noticias falsas. Para empezar, Facebook marcará aquellas con un origen cuestionable como vía de prevención. De nuevo, las empresas mediáticas clásicas han protestado por ver una suplantación de su labor a manos de empresas no periodísticas. La cuestión está en si es legítima la queja, habida cuenta que muchas de esas empresas clásicas actúan antes guiadas por sus intereses corporativos (ideológicos o económicos) que periodísticos. Así las cosas, ¿dónde está la diferencia de que unas u otras decidan?

En realidad, es algo que siempre se ha hecho: Facebook elige qué enseñarte en tu muro a través de un algoritmo. Google enseña apenas una quinta parte de lo que hay en internet, todo ordenado según criterios diversos —entre otros el dinero—. Las empresas, periodísticas o no, llevan tiempo jerarquizando el contenido al que accede el lector, y sin importarles si es de calidad o ni siquiera verídico.

 

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