29 de abril 2013    /   IDEAS
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Nueva piel para un corazón centenario

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1casona
Cuando a la arquitecta mexicana Fernanda Canales (México, 1974) le dijeron que debía crear un centro cultural que envolviese de modernidad un edificio histórico, en la delegación de Coyoacán (México DF), se lo tomó al pie de la letra. Su nuevo proyecto, inaugurado en octubre, es literalmente una urna acristalada en cuyas entrañas, visibles a todas luces, hay una casona de inicios del siglo XX. Ladrillo centenario encerrado en un cascarón transparente de cultura y creatividad.
La misión no era sencilla. “La casona, catalogada por la zona histórica en que se inscribe y protegida por el Instituto Nacional de Bellas Artes INBA y el Instituto Nacional de Antropología e Historia INAH, había sido intervenida en épocas anteriores, así que el trabajo contemplaba la restauración del inmueble original para empezar”, explica la autora. Pero eso solo era el principio, después quedaba hacer magia arquitectónica para transformar aquella reliquia en un centro visual y cultural adaptado a los tiempos.
El resultado del proyecto, elaborado junto a arquitectura 911sc, se llama ahora centro cultural Elena Garro (Calle de Fernández Leal) y es un espacio de corazón visible y transparente epidermis que combina lo histórico, lo moderno, lo formativo y lo natural.
CCEG - Zona infantil
“La idea del proyecto fue sacar los libros a la calle haciendo visible el interior para enfatizar su condición pública”, define la creadora. “Al mismo tiempo, decidí meter los árboles al interior para hacer participar la vegetación tanto dentro como fuera del edificio”. Lo que ha salido de los planos de Canales es un espacio donde la fusión es la esencia. Lo nuevo y lo viejo, la historia y lo contemporáneo, el ladrillo y la transparencia, los libros y el verde, la reliquia y el uso social.
Cuenta que su inspiración fueron “los árboles: primero como vegetación, luego como madera y luego como libros”. En ese corte, el viejo edificio ahora tiene un nuevo traje de diseño arbóreo a estrenar. “El acceso funciona como un gran atrio de triple altura, enmarcado por un frente de cristal que vincula la obra con la calle y enfatiza desde el exterior a la casona”, va explicando Canales. “Después una serie de jardines y patios que articulan al proyecto por la parte externa y se insertan dentro de este; y, finalmente, un volumen trasero al fondo del terreno el cual alberga un auditorio, salón de usos múltiples, bodegas, estacionamiento y servicios”.
Desde fuera, la biblioteca que Canales ha formado entre ladrillo y vidrio supone no solo un marco para la vieja casa, sino también el acceso que conduce entre libros hasta el espacio central. La luz natural entra por los huecos ubicados en el techo y una escalera que prolonga la forma de la original conecta los nuevos pisos del recinto dándole completa continuidad.
CCEG Aulas
CCEG 09 - Patio
Los antiguos jardines tampoco se han modificado. Algunos de sus árboles, “de hasta 20 metros de altura”, se han quedado encerrados dentro de la nueva estructura, como si de piezas de museo se tratasen, provistos de oquedades que les permiten desarrollar. Otros, rodean las nuevas paredes transparentes para fundir ‘el fuera’ y ‘el dentro’.
El patio del bloque trasero es otro aprovechamiento de las alturas de la casa de antaño. Un ascensor transparente y las salas y oficinas le confieren al edificio en su centro una médula espinal. En la azotea, una guinda color verde rubrica esta serie de espacios encadenados que los jardines de los diseñadores Hugo Sánchez y Tonatiuh Martínez se encargan de oxigenar.
Algunos vecinos de la zona, por pura cuestión urbanística, estaban en contra de que este proyecto se llevara a cabo. “Sufrió de lo que en Estados Unidos denominan NIMBY Not in my back yard (No en mi patio trasero). Es cuando todos quieren tener un supermercado o escuela cerca pero nadie la quiere junto a su casa”, explica la autora. Para que cayese a gusto de todos, “se fueron cambiando muchos elementos de la idea inicial en función de las peticiones de ellos”.
“Ahora disponen de un centro con diferentes zonas: desde un auditorio hasta una biblioteca, aulas y zonas de talleres. También hay espacios para actividades para niños, como talleres de lectura y cuentos y el buen clima ayuda a utilizar el jardín para pláticas o mesas redondas, jornadas de lectura y conferencias sobre nuevos libros”. La arquitecta está segura de que incluso los detractores de su obra la acabarán sabiendo disfrutar. Canales no se ha deshecho de un viejo caserón, le ha puesto una transparencia de vanguardia con tonos de servicio social.
CCEG Acceso D°a
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Cuando a la arquitecta mexicana Fernanda Canales (México, 1974) le dijeron que debía crear un centro cultural que envolviese de modernidad un edificio histórico, en la delegación de Coyoacán (México DF), se lo tomó al pie de la letra. Su nuevo proyecto, inaugurado en octubre, es literalmente una urna acristalada en cuyas entrañas, visibles a todas luces, hay una casona de inicios del siglo XX. Ladrillo centenario encerrado en un cascarón transparente de cultura y creatividad.
La misión no era sencilla. “La casona, catalogada por la zona histórica en que se inscribe y protegida por el Instituto Nacional de Bellas Artes INBA y el Instituto Nacional de Antropología e Historia INAH, había sido intervenida en épocas anteriores, así que el trabajo contemplaba la restauración del inmueble original para empezar”, explica la autora. Pero eso solo era el principio, después quedaba hacer magia arquitectónica para transformar aquella reliquia en un centro visual y cultural adaptado a los tiempos.
El resultado del proyecto, elaborado junto a arquitectura 911sc, se llama ahora centro cultural Elena Garro (Calle de Fernández Leal) y es un espacio de corazón visible y transparente epidermis que combina lo histórico, lo moderno, lo formativo y lo natural.
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“La idea del proyecto fue sacar los libros a la calle haciendo visible el interior para enfatizar su condición pública”, define la creadora. “Al mismo tiempo, decidí meter los árboles al interior para hacer participar la vegetación tanto dentro como fuera del edificio”. Lo que ha salido de los planos de Canales es un espacio donde la fusión es la esencia. Lo nuevo y lo viejo, la historia y lo contemporáneo, el ladrillo y la transparencia, los libros y el verde, la reliquia y el uso social.
Cuenta que su inspiración fueron “los árboles: primero como vegetación, luego como madera y luego como libros”. En ese corte, el viejo edificio ahora tiene un nuevo traje de diseño arbóreo a estrenar. “El acceso funciona como un gran atrio de triple altura, enmarcado por un frente de cristal que vincula la obra con la calle y enfatiza desde el exterior a la casona”, va explicando Canales. “Después una serie de jardines y patios que articulan al proyecto por la parte externa y se insertan dentro de este; y, finalmente, un volumen trasero al fondo del terreno el cual alberga un auditorio, salón de usos múltiples, bodegas, estacionamiento y servicios”.
Desde fuera, la biblioteca que Canales ha formado entre ladrillo y vidrio supone no solo un marco para la vieja casa, sino también el acceso que conduce entre libros hasta el espacio central. La luz natural entra por los huecos ubicados en el techo y una escalera que prolonga la forma de la original conecta los nuevos pisos del recinto dándole completa continuidad.
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Los antiguos jardines tampoco se han modificado. Algunos de sus árboles, “de hasta 20 metros de altura”, se han quedado encerrados dentro de la nueva estructura, como si de piezas de museo se tratasen, provistos de oquedades que les permiten desarrollar. Otros, rodean las nuevas paredes transparentes para fundir ‘el fuera’ y ‘el dentro’.
El patio del bloque trasero es otro aprovechamiento de las alturas de la casa de antaño. Un ascensor transparente y las salas y oficinas le confieren al edificio en su centro una médula espinal. En la azotea, una guinda color verde rubrica esta serie de espacios encadenados que los jardines de los diseñadores Hugo Sánchez y Tonatiuh Martínez se encargan de oxigenar.
Algunos vecinos de la zona, por pura cuestión urbanística, estaban en contra de que este proyecto se llevara a cabo. “Sufrió de lo que en Estados Unidos denominan NIMBY Not in my back yard (No en mi patio trasero). Es cuando todos quieren tener un supermercado o escuela cerca pero nadie la quiere junto a su casa”, explica la autora. Para que cayese a gusto de todos, “se fueron cambiando muchos elementos de la idea inicial en función de las peticiones de ellos”.
“Ahora disponen de un centro con diferentes zonas: desde un auditorio hasta una biblioteca, aulas y zonas de talleres. También hay espacios para actividades para niños, como talleres de lectura y cuentos y el buen clima ayuda a utilizar el jardín para pláticas o mesas redondas, jornadas de lectura y conferencias sobre nuevos libros”. La arquitecta está segura de que incluso los detractores de su obra la acabarán sabiendo disfrutar. Canales no se ha deshecho de un viejo caserón, le ha puesto una transparencia de vanguardia con tonos de servicio social.
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