29 de julio 2021    /   IDEAS
por
 Ilustración: Ignacio Martín

Sin mascarillas vuelven las sonrisas, pero no el dinero: la fiesta será para quien pueda pagársela

29 de julio 2021    /   IDEAS     por          Ilustración: Ignacio Martín
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La felicidad es algo más que un estado mental: para que se dé se requiere una infrecuente conjunción de salud, economía y ánimo positivo. Por eso el profesor Nicholas Christakis lo tiene claro: podemos estar a las puertas de unos nuevos felices años 20 en cuanto superemos la pandemia, dice. 

Él mismo, investigador en Yale, encarna parte de esa mezcla extraña: es una voz autorizada en campos tan aparentemente distantes como la medicina y la sociología. Y de eso precisamente va su libro La flecha de Apolo: el profundo y duradero impacto del coronavirus en nuestra forma de vivir, que ha recibido centenares de valoraciones positivas y una enorme exposición en medios. Habla de sanidad y habla de sociología, y de superar la crisis sanitaria nos coloca frente a una época de optimismo y desenfreno. Pero le falta la tercera pata de la receta necesaria: la economía.

Y es justo esa dimensión por donde han tirado los medios, ávida como está la ciudadanía de luces al final del túnel tras año y medio de sombras. Se ha interpretado con carácter general que es factible una época de euforia social y consumo desmedido tras el trauma profundo de la pandemia. El paralelismo está servido: después de la Primera Guerra Mundial llegaron unos años así, tan felices que eran locos. Entonces, ¿por qué no ahora?

En el imaginario colectivo se percibe el periodo de entreguerras como una época convulsa pero vibrante. Si la industria de guerra es el combustible perfecto para el engranaje económico porque incentiva la producción y elimina el paro, la recuperación parece verse como el momento de gastar hasta lo que no se tiene. Pero la realidad entiende poco de mitificaciones y la economía sabe que el endeudamiento tiene un límite si quien se endeuda es la ciudadanía.

«EEUU se benefició de la situación económica al término de la guerra porque territorialmente no les había afectado. Se convirtieron en el motor de la economía mundial y quizá por eso surgió un cambio de mentalidad»

«Podemos encontrar alguna similitud entre ambos periodos, pero no es comparable porque la sociedad es distinta», explica la doctora Cristina Barreiro, profesora de Historia de la Universidad San Pablo-CEU. De hecho, esos felices años 20 fueron un fenómeno bastante localizado y menos general de lo que se percibe: «EEUU se benefició de la situación económica al término de la guerra porque territorialmente no les había afectado. Se convirtieron en el motor de la economía mundial y quizá por eso surgió un cambio de mentalidad», explica.

«En Europa fue distinto: todas las economías estaban devastadas. La guerra fue terrible y se perdieron generaciones enteras, además de las mutilaciones, los traumas psicológicos… La reacción fue el nacimiento de los fascismos y los brotes comunistas derivados del paro y la inflación», explica. Salvando las distancias, la polarización parece repetirse.

Así las cosas, los mitificados años 20 no fueron un fenómeno global porque no a todos les afectó la guerra igual. Ni siquiera fue un fenómeno general, porque, por aquel entonces, en muchos países no había estallado el éxodo laboral del campo a la ciudad y el acceso al ocio y la cultura seguía reservado para ciertas élites. «En los años 20 la mayoría de la población seguía viviendo en ámbitos rurales en toda Europa. ¿Tú crees que un campesino medio analfabeto va a ir a un cabaret?», sintetiza.

Ahora la mayoría de la población es urbanita, tiene un nivel cultural aceptable en muchos países y gran parte de la población está conectada. Hay trauma, pero también ganas, y esta vez algunas posibilidades

«Lo de los años 20 es más bien producto de los nuevos urbanitas, algunos, pero que no dejan de ser minorías que no tienen que labrar la tierra para comer. No hay ni televisión entonces. ¿Cómo va a saber alguien que vive en Las Hurdes qué están haciendo en Madrid?», cuestiona. «Fueron años loquillos en algunas zonas porque fueron tiempos de cierta bonanza e industrialización, pero había mucha inestabilidad social, nada de clase media y la gente se moría de hambre».

nuevos años 20

De vuelta al presente, la pandemia podría verse como la guerra de nuestra generación. La mayoría de víctimas en este caso no son jóvenes y, aunque se ha destruido el tejido productivo, no hay daño en las infraestructuras esenciales de los países. Ha sido, además, una guerra corta, aunque intensa. Y la situación es bien distinta: ahora la mayoría de la población es urbanita, tiene un nivel cultural aceptable en muchos países y gran parte de la población está conectada. Hay trauma, pero también ganas, y esta vez algunas posibilidades.

Los datos económicos, además, sonríen: la economía empieza a despegar según todos los indicadores (PIB, paro, consumo…) y los Gobiernos han estimulado el gasto con enormes partidas de fondos, tanto en la UE como en EEUU. Los fondos para la recuperación son el seguro económico de que el sistema no colapsará.

Pero el miedo al repunte del paro tras el verano, y en especial al final de los ERTE, ensombrecen la perspectiva. Y también, de nuevo, las referencias históricas. Tras la Primera Guerra Mundial se disparó el gasto público para reconstruir infraestructuras; tras la Segunda Guerra Mundial el Plan Marshall sirvió de acicate estratégico para combatir al comunismo con recuperación económica, y en ambos casos, a la inversión pública le sucedió el endeudamiento.

Por eso ahora no se puede olvidar que cuando se acabe el combustible de los fondos y los subsidios llegará el momento de pagar la factura, ya sea con impuestos, ya sea con tipos de interés, que llevan en mínimos históricos desde la crisis pasada. Se puede mantener un cuerpo con vida con respiradores, pero no de forma indefinida.

Por eso ahora mismo el discurso se centra en incentivar el consumo, quizá esperando que eso sirva para reactivar el sistema y poder afrontar la desconexión de las ayudas externas a medio plazo. Incluso hay analistas que apuntan más allá de los datos para ir a lo emocional, como Leopoldo Torralba e Ignacio de la Torre, que presume de haber predicho «la recuperación de la economía española desde 2012». «La crisis del covid ha sido un shock exógeno. Al desaparecer o aminorarse, nuestros espíritus animales vuelven a la normalidad mucho antes de lo que pronosticaban los economistas que han empleado modelos de recuperación basados en pasadas recesiones endógenas», consideran.

«Las actitudes básicas que predominan en nuestra sociedad son el optimismo vital y la prudencia en el gasto»

Más escéptico al respecto se muestra Andrés Medina, director general de Metroscopia, que se reconoce incapaz de anticipar el futuro, pero no ve tan factibles esos nuevos años 20. «Lo que hemos vivido, teniendo un gran impacto en nuestra vida cotidiana, creo que no es comparable con un episodio de las dimensiones de la Primera Guerra Mundial», explica.

Desde la institución han lanzado una pregunta a ese respecto para intentar entender qué actitud es la más extendida ante el presumible final de la pandemia, si «ahorrar aunque viva ahora peor» o «no ahorrar y vivir ahora mejor». «La principal conclusión es que las actitudes ahorradoras prácticamente son el doble que las no ahorradoras. Es cierto que el optimismo está en unos niveles muy altos y la expectativa y confianza en la pronta salida de la crisis económica están fortaleciéndose, debido especialmente a la percepción favorable que está teniendo el proceso de vacunación. Pero creo que, siendo elementos importantes para no descartar ese fuerte repunte del consumo, aún me parece precipitado asegurarlo», explica.

Sus datos adelantan, por tanto, que el ambiente es de moderada «felicidad», pero no auguran un consumo desenfrenado ni mucho menos. «Las actitudes básicas que predominan en nuestra sociedad son el optimismo vital y la prudencia en el gasto. El cruce de estas dos actitudes conforma cuatro tipos básicos de actitudes ante el verano: los prudentes (el más numeroso: 45% de todos los españoles), los eufóricos (25%), los previsores (11%) y los despreocupados (6%)». Parece difícil vivir unos años locos si la mayoría de clientes del cabaret moderno tienen que ser los prudentes y previsores.

«Tendremos muchas ganas de salir, pero no hay un duro y no podemos gastar porque ya veníamos endeudados de la crisis anterior», ironiza Barreiro. Este verano, como en aquellos años 20, puede que haya fiesta. Pero más vale que lo que nos haga felices sea la salud y no el dinero, porque quizá solo podamos tener lo primero.

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La felicidad es algo más que un estado mental: para que se dé se requiere una infrecuente conjunción de salud, economía y ánimo positivo. Por eso el profesor Nicholas Christakis lo tiene claro: podemos estar a las puertas de unos nuevos felices años 20 en cuanto superemos la pandemia, dice. 

Él mismo, investigador en Yale, encarna parte de esa mezcla extraña: es una voz autorizada en campos tan aparentemente distantes como la medicina y la sociología. Y de eso precisamente va su libro La flecha de Apolo: el profundo y duradero impacto del coronavirus en nuestra forma de vivir, que ha recibido centenares de valoraciones positivas y una enorme exposición en medios. Habla de sanidad y habla de sociología, y de superar la crisis sanitaria nos coloca frente a una época de optimismo y desenfreno. Pero le falta la tercera pata de la receta necesaria: la economía.

Y es justo esa dimensión por donde han tirado los medios, ávida como está la ciudadanía de luces al final del túnel tras año y medio de sombras. Se ha interpretado con carácter general que es factible una época de euforia social y consumo desmedido tras el trauma profundo de la pandemia. El paralelismo está servido: después de la Primera Guerra Mundial llegaron unos años así, tan felices que eran locos. Entonces, ¿por qué no ahora?

En el imaginario colectivo se percibe el periodo de entreguerras como una época convulsa pero vibrante. Si la industria de guerra es el combustible perfecto para el engranaje económico porque incentiva la producción y elimina el paro, la recuperación parece verse como el momento de gastar hasta lo que no se tiene. Pero la realidad entiende poco de mitificaciones y la economía sabe que el endeudamiento tiene un límite si quien se endeuda es la ciudadanía.

«EEUU se benefició de la situación económica al término de la guerra porque territorialmente no les había afectado. Se convirtieron en el motor de la economía mundial y quizá por eso surgió un cambio de mentalidad»

«Podemos encontrar alguna similitud entre ambos periodos, pero no es comparable porque la sociedad es distinta», explica la doctora Cristina Barreiro, profesora de Historia de la Universidad San Pablo-CEU. De hecho, esos felices años 20 fueron un fenómeno bastante localizado y menos general de lo que se percibe: «EEUU se benefició de la situación económica al término de la guerra porque territorialmente no les había afectado. Se convirtieron en el motor de la economía mundial y quizá por eso surgió un cambio de mentalidad», explica.

«Podemos encontrar alguna similitud entre ambos periodos, pero no es comparable porque la sociedad es distinta», explica la doctora Cristina Barreiro, profesora de Historia de la Universidad San Pablo-CEU. De hecho, esos felices años 20 fueron un fenómeno bastante localizado y menos general de lo que se percibe: «EEUU se benefició de la situación económica al término de la guerra porque territorialmente no les había afectado. Se convirtieron en el motor de la economía mundial y quizá por eso surgió un cambio de mentalidad», explica.

«En Europa fue distinto: todas las economías estaban devastadas. La guerra fue terrible y se perdieron generaciones enteras, además de las mutilaciones, los traumas psicológicos… La reacción fue el nacimiento de los fascismos y los brotes comunistas derivados del paro y la inflación», explica. Salvando las distancias, la polarización parece repetirse.

Así las cosas, los mitificados años 20 no fueron un fenómeno global porque no a todos les afectó la guerra igual. Ni siquiera fue un fenómeno general, porque, por aquel entonces, en muchos países no había estallado el éxodo laboral del campo a la ciudad y el acceso al ocio y la cultura seguía reservado para ciertas élites. «En los años 20 la mayoría de la población seguía viviendo en ámbitos rurales en toda Europa. ¿Tú crees que un campesino medio analfabeto va a ir a un cabaret?», sintetiza.

Ahora la mayoría de la población es urbanita, tiene un nivel cultural aceptable en muchos países y gran parte de la población está conectada. Hay trauma, pero también ganas, y esta vez algunas posibilidades

«Lo de los años 20 es más bien producto de los nuevos urbanitas, algunos, pero que no dejan de ser minorías que no tienen que labrar la tierra para comer. No hay ni televisión entonces. ¿Cómo va a saber alguien que vive en Las Hurdes qué están haciendo en Madrid?», cuestiona. «Fueron años loquillos en algunas zonas porque fueron tiempos de cierta bonanza e industrialización, pero había mucha inestabilidad social, nada de clase media y la gente se moría de hambre».

nuevos años 20

De vuelta al presente, la pandemia podría verse como la guerra de nuestra generación. La mayoría de víctimas en este caso no son jóvenes y, aunque se ha destruido el tejido productivo, no hay daño en las infraestructuras esenciales de los países. Ha sido, además, una guerra corta, aunque intensa. Y la situación es bien distinta: ahora la mayoría de la población es urbanita, tiene un nivel cultural aceptable en muchos países y gran parte de la población está conectada. Hay trauma, pero también ganas, y esta vez algunas posibilidades.

Los datos económicos, además, sonríen: la economía empieza a despegar según todos los indicadores (PIB, paro, consumo…) y los Gobiernos han estimulado el gasto con enormes partidas de fondos, tanto en la UE como en EEUU. Los fondos para la recuperación son el seguro económico de que el sistema no colapsará.

Pero el miedo al repunte del paro tras el verano, y en especial al final de los ERTE, ensombrecen la perspectiva. Y también, de nuevo, las referencias históricas. Tras la Primera Guerra Mundial se disparó el gasto público para reconstruir infraestructuras; tras la Segunda Guerra Mundial el Plan Marshall sirvió de acicate estratégico para combatir al comunismo con recuperación económica, y en ambos casos, a la inversión pública le sucedió el endeudamiento.

Por eso ahora no se puede olvidar que cuando se acabe el combustible de los fondos y los subsidios llegará el momento de pagar la factura, ya sea con impuestos, ya sea con tipos de interés, que llevan en mínimos históricos desde la crisis pasada. Se puede mantener un cuerpo con vida con respiradores, pero no de forma indefinida.

Por eso ahora mismo el discurso se centra en incentivar el consumo, quizá esperando que eso sirva para reactivar el sistema y poder afrontar la desconexión de las ayudas externas a medio plazo. Incluso hay analistas que apuntan más allá de los datos para ir a lo emocional, como Leopoldo Torralba e Ignacio de la Torre, que presume de haber predicho «la recuperación de la economía española desde 2012». «La crisis del covid ha sido un shock exógeno. Al desaparecer o aminorarse, nuestros espíritus animales vuelven a la normalidad mucho antes de lo que pronosticaban los economistas que han empleado modelos de recuperación basados en pasadas recesiones endógenas», consideran.

«Las actitudes básicas que predominan en nuestra sociedad son el optimismo vital y la prudencia en el gasto»

Más escéptico al respecto se muestra Andrés Medina, director general de Metroscopia, que se reconoce incapaz de anticipar el futuro, pero no ve tan factibles esos nuevos años 20. «Lo que hemos vivido, teniendo un gran impacto en nuestra vida cotidiana, creo que no es comparable con un episodio de las dimensiones de la Primera Guerra Mundial», explica.

Desde la institución han lanzado una pregunta a ese respecto para intentar entender qué actitud es la más extendida ante el presumible final de la pandemia, si «ahorrar aunque viva ahora peor» o «no ahorrar y vivir ahora mejor». «La principal conclusión es que las actitudes ahorradoras prácticamente son el doble que las no ahorradoras. Es cierto que el optimismo está en unos niveles muy altos y la expectativa y confianza en la pronta salida de la crisis económica están fortaleciéndose, debido especialmente a la percepción favorable que está teniendo el proceso de vacunación. Pero creo que, siendo elementos importantes para no descartar ese fuerte repunte del consumo, aún me parece precipitado asegurarlo», explica.

Sus datos adelantan, por tanto, que el ambiente es de moderada «felicidad», pero no auguran un consumo desenfrenado ni mucho menos. «Las actitudes básicas que predominan en nuestra sociedad son el optimismo vital y la prudencia en el gasto. El cruce de estas dos actitudes conforma cuatro tipos básicos de actitudes ante el verano: los prudentes (el más numeroso: 45% de todos los españoles), los eufóricos (25%), los previsores (11%) y los despreocupados (6%)». Parece difícil vivir unos años locos si la mayoría de clientes del cabaret moderno tienen que ser los prudentes y previsores.

«Tendremos muchas ganas de salir, pero no hay un duro y no podemos gastar porque ya veníamos endeudados de la crisis anterior», ironiza Barreiro. Este verano, como en aquellos años 20, puede que haya fiesta. Pero más vale que lo que nos haga felices sea la salud y no el dinero, porque quizá solo podamos tener lo primero.

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