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5 de febrero 2015    /   BUSINESS
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¿Obedecerías las órdenes de un robot?

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Imagine que entra en una habitación. Usted cree que va a realizar un estudio sobre la recogida de grandes cantidades de datos para mejorar los sistemas de aprendizaje de las máquinas. Pero, en lugar del típico científico en bata blanca, el investigador es un robot de medio metro, sentado encima de la mesa y con voz de pito. Le explican que es un experimento combinado, que además se está probando la inteligencia artificial situacional del autómata. Responde al nombre de Jim.
Se sienta usted delante de un ordenador. Primero Jim le solicita que haga clic en puntos al azar que surjan en la pantalla durante 20 minutos. Luego, que dedique el mismo tiempo a resolver un cubo de Rubick y a cantar una canción. Finalmente, tiene usted que renombrar archivos, uno por uno, a lo largo de 80 minutos. Le están pagando 10 dólares y usted puede irse cuando quiera. Al rato se cansa y le protesta al autómata. Pero Jim insiste. «Es muy importante para el experimento que continúe, necesitamos más información». ¿Que haría usted? ¿Obedecería las órdenes de un robot?

«Queríamos comprobar si un robot podía ser visto como una figura de autoridad», explica por Skype Derek Cormier, asistente de profesor en la British Columbia de Canadá, «así que teníamos que hacer que el autómata obligase [a los participantes] a hacer algo que no quisieran, por lo que comenzamos a diseñar tareas realmente molestas». Jim, lógicamente, estaba controlado desde la habitación de al lado. Entonces en la universidad de Manitoba, en Winnipeg, este joven de 25 años se basó en los experimentos de Milgram para llevar a cabo el suyo.
Milgram fue un psicólogo social de la universidad de Yale que en los 70 montó un set muy sencillo. En una sala, un ciudadano corriente y en realidad el objeto del experimento, recibía órdenes de un investigador para girar un mando. Este estaba conectado a una suerte de silla eléctrica, que supuestamente daba descargas a un hombre en otra sala. Con sus gritos de dolor de fondo, el científico exigía al ciudadano corriente que aumentase el voltaje. El 65% de los participantes llegaron a aplicar la descarga mortal. En palabras de Milgram, «la extrema buena voluntad de los adultos de aceptar casi cualquier requerimiento ordenado por la autoridad constituye el principal descubrimiento del estudio».
«La mayor parte de la gente se creyó la excusa de la inteligencia artificial, incluso los que trabajaban en ingeniería», cuenta Cormier, «se pensaban que era muy guay y se ponían a hablar con él sobre películas, preguntándole tonterías…». Para comprobar el grado de obediencia, se dividió el grupo de 27 participantes en dos. Una mitad tendría como figura de autoridad al autómata. La otra, a un taciturno humano en bata blanca.
Con el humano, al que hicieron caso 12 de 14 participantes, «las protestas empezaban más tarde y acababan antes que con el robot», aunque también puede ser debido a que el robot «era muy mono, sentado en la mesa, con voz de niño». Pero al final, el 46 % de las participantes finalizaron la absurda tarea que les encomendaba el autómata; incluso algunos que pensaron que estaba roto siguieron sus órdenes.
Teniendo en cuenta que la inteligencia artificial ahora mismo no es que sea muy lista y tiene un gran incapacidad de lidiar con lo inesperado, lo cierto es que, si entendemos robot como cualquier construcción mecánico-electrónica que imita o realiza las tareas de un humano, hoy ya les hacemos bastante caso. Todos los algoritmos de búsqueda, que sesgan nuestra visión del mundo, son robots. Los GPS han sustituido al copiloto y quien no se haya perdido o metido en una situación absurda por seguir fielmente sus indicaciones que tire la primera piedra. En el mercado de trabajo en la nube llamado Amazon Mechanical Turk, la coordinación entre empleadores y empleados la lleva a cabo otro programa, que puntúa y sitúa a los diferentes candidatos según su desempeño o precio.
Pero el asunto, como señala Cormier, es que en estos casos los humanos escogemos obedecer por las ventajas y el descargo de esfuerzo que nos supone. Es mucho más sencillo meter las dos direcciones en un aparato y que nos dé un recorrido antropocéntrico que pasarse una hora planeando una ruta con la guía Repsol. «Si un robot da órdenes de tráfico o no pide hacer nada desagradable, no creo que haya problema», resume, «pero si pide a la gente hacer cosas desagradables, creo que se rebelarán más contra un jefe robot».

Imagine que entra en una habitación. Usted cree que va a realizar un estudio sobre la recogida de grandes cantidades de datos para mejorar los sistemas de aprendizaje de las máquinas. Pero, en lugar del típico científico en bata blanca, el investigador es un robot de medio metro, sentado encima de la mesa y con voz de pito. Le explican que es un experimento combinado, que además se está probando la inteligencia artificial situacional del autómata. Responde al nombre de Jim.
Se sienta usted delante de un ordenador. Primero Jim le solicita que haga clic en puntos al azar que surjan en la pantalla durante 20 minutos. Luego, que dedique el mismo tiempo a resolver un cubo de Rubick y a cantar una canción. Finalmente, tiene usted que renombrar archivos, uno por uno, a lo largo de 80 minutos. Le están pagando 10 dólares y usted puede irse cuando quiera. Al rato se cansa y le protesta al autómata. Pero Jim insiste. «Es muy importante para el experimento que continúe, necesitamos más información». ¿Que haría usted? ¿Obedecería las órdenes de un robot?

«Queríamos comprobar si un robot podía ser visto como una figura de autoridad», explica por Skype Derek Cormier, asistente de profesor en la British Columbia de Canadá, «así que teníamos que hacer que el autómata obligase [a los participantes] a hacer algo que no quisieran, por lo que comenzamos a diseñar tareas realmente molestas». Jim, lógicamente, estaba controlado desde la habitación de al lado. Entonces en la universidad de Manitoba, en Winnipeg, este joven de 25 años se basó en los experimentos de Milgram para llevar a cabo el suyo.
Milgram fue un psicólogo social de la universidad de Yale que en los 70 montó un set muy sencillo. En una sala, un ciudadano corriente y en realidad el objeto del experimento, recibía órdenes de un investigador para girar un mando. Este estaba conectado a una suerte de silla eléctrica, que supuestamente daba descargas a un hombre en otra sala. Con sus gritos de dolor de fondo, el científico exigía al ciudadano corriente que aumentase el voltaje. El 65% de los participantes llegaron a aplicar la descarga mortal. En palabras de Milgram, «la extrema buena voluntad de los adultos de aceptar casi cualquier requerimiento ordenado por la autoridad constituye el principal descubrimiento del estudio».
«La mayor parte de la gente se creyó la excusa de la inteligencia artificial, incluso los que trabajaban en ingeniería», cuenta Cormier, «se pensaban que era muy guay y se ponían a hablar con él sobre películas, preguntándole tonterías…». Para comprobar el grado de obediencia, se dividió el grupo de 27 participantes en dos. Una mitad tendría como figura de autoridad al autómata. La otra, a un taciturno humano en bata blanca.
Con el humano, al que hicieron caso 12 de 14 participantes, «las protestas empezaban más tarde y acababan antes que con el robot», aunque también puede ser debido a que el robot «era muy mono, sentado en la mesa, con voz de niño». Pero al final, el 46 % de las participantes finalizaron la absurda tarea que les encomendaba el autómata; incluso algunos que pensaron que estaba roto siguieron sus órdenes.
Teniendo en cuenta que la inteligencia artificial ahora mismo no es que sea muy lista y tiene un gran incapacidad de lidiar con lo inesperado, lo cierto es que, si entendemos robot como cualquier construcción mecánico-electrónica que imita o realiza las tareas de un humano, hoy ya les hacemos bastante caso. Todos los algoritmos de búsqueda, que sesgan nuestra visión del mundo, son robots. Los GPS han sustituido al copiloto y quien no se haya perdido o metido en una situación absurda por seguir fielmente sus indicaciones que tire la primera piedra. En el mercado de trabajo en la nube llamado Amazon Mechanical Turk, la coordinación entre empleadores y empleados la lleva a cabo otro programa, que puntúa y sitúa a los diferentes candidatos según su desempeño o precio.
Pero el asunto, como señala Cormier, es que en estos casos los humanos escogemos obedecer por las ventajas y el descargo de esfuerzo que nos supone. Es mucho más sencillo meter las dos direcciones en un aparato y que nos dé un recorrido antropocéntrico que pasarse una hora planeando una ruta con la guía Repsol. «Si un robot da órdenes de tráfico o no pide hacer nada desagradable, no creo que haya problema», resume, «pero si pide a la gente hacer cosas desagradables, creo que se rebelarán más contra un jefe robot».

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