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28 de marzo 2019    /   CIENCIA
por
ilustracion  Buba Viedma

Odiar nos hace humanos (de hecho, solo odiamos los humanos)

28 de marzo 2019    /   CIENCIA     por        ilustracion  Buba Viedma
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Malas noticias. La que seguramente sea la más infame de las pasiones, el odio («el patito feo de las emociones humanas», lo denomina el escritor y profesor de la Universidad Pontificia de Comillas, Fermín Zabalegui) sigue presente en nuestro mundo. Eso pese a los esfuerzos invertidos durante siglos (aunque no de forma tan generalizada como sería deseable) para tratar de contenerla. Pero «la represión no ha funcionado […]. El odio siempre encuentra una salida, ya sea votando a Trump, probando misiles balísticos en el mar o creando una cuenta de Twitter», dice el propio Zabalegui.

Como hater a tiempo parcial, este profesor universitario detecta odio en todos lados. «Todos odiamos: Gandhi odiaba, mi abuela odiaba, Roger Federer odia…». La diferencia, cuenta Zabalegui en El libro del odio, es que hay quien sabe vivir con sus aversiones y «otros que expresan su odio como una hidra».

La violencia es el corolario más palpable del odio y la causante de su (justificada) mala prensa. El médico y sociólogo Albert J. Novell consideraba los asesinatos, atentados y demás actos violentos como «la parte visible del iceberg del odio». «Solo hay que seguir la actualidad para corroborar que su repercusión mediática está muy presente en nuestros días», añadía. Y precisamente por esa sobreexposición no se atisba que esto deje de ser así ya que «niños y jóvenes adultos crecen socializándose en situaciones en las que el odio y la violencia son la norma».

El galeno, quien consideraba el odio una «enfermedad mental grave», echaba en falta investigaciones científicas sobre su prevención, diagnóstico y tratamiento. Sobre todo teniendo en cuenta que de esta afectación se deriva un doble problema: para el que odia y para los odiados. «Si ha de ser un problema, en todo caso que lo sea solo para el primero», apostillaba tras proponer como estrategia sanitaria para la prevención del odio y sus consecuencias la sanción de la mentira: «La excesiva permisividad con la que se tolera y se consiente esta contribuyen a retroalimentar conductas basadas en el odio», concluía.

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Novell se atrevió a dar una definición de este sentimiento. Algo que a lo largo de la historia también intentaron hacer filósofos y pensadores con más o menos concreción. Unos y otros coincidían al tratarla como una emoción presente entre los individuos de la especie humana (en mayor o menor medida), pero ¿es exclusiva de esta? Parece que sí: «Mientras que la ira es una emoción básica, necesaria para sobrevivir, el odio es una emoción construida culturalmente», explica el catedrático de Lógica y Filosofía de la Ciencia de la Universidad Carlos III de Madrid Fernando Broncano a Agencia SINC.

Odiar emoción humana 1

El odio es 100% humano. Lo que sí compartimos con otros animales es la base desde la que evolucionó esta emoción. Según Henry Evrard, neuroanatomista en el Instituto Max Planck de Cibernética Biológica (Alemania), «el odio es un sentimiento que emergió evolutivamente de conjuntos más básicos de sensaciones corporales y emocionales que son comunes en humanos y otros primates, como el hambre y el miedo».

Evrard asegura que, aunque creamos advertir dicha pulsión en los comportamientos violentos de los miembros de otras especies, estos no pueden calificarse como fruto del odio simple y llanamente porque esos animales no son conscientes de dicha aversión. Lo que hace tan humano al odio es nuestra capacidad para percibirlo de forma consciente.

El odio como excusa

La universalidad del odio lo adentra en nuestra cotidianeidad. Abominamos a pequeña escala aunque, en ocasiones, necesitamos altavoces para popularizar nuestra inquina. Las redes sociales han devenido en el pozo negro de la bilis verbal.

Cuando se produce a gran escala, el odio puede desembocar en tragedias ciclópeas. Los psicólogos Karin y Robert J. Sternberg se interesaron por la naturaleza del odio que subyace en genocidios como los de Bosnia o Ruanda en su libro titulado precisamente así, La naturaleza del odio. Una de las conclusiones a las que llegaron es que aunque el odio es uno de los factores presentes en este tipo de matanzas, no se trata de algo «natural»: «Está cínicamente fomentado bien por los individuos que se encuentran en el poder para mantenerse en él, bien por individuos que no se encuentran en él para tratar de obtenerlo».

Tal es así que los Sternbeg consideran que este sentimiento, a menudo, no es una «causa», sino más bien el «resultado» cuando se emplea como «racionalización de la violencia». «Una actitud de odio dirigida convenientemente hacia las víctimas hace que sea más fácil asesinarlas, en lugar de percibirlas como antiguos amigos y vecinos, o simplemente como seres humanos», explican en el libro.

Campañas propagandísticas, como la articulada por Goebbels en la Alemania nazi, ampararían esta teoría. También la que sostiene el científico Rush W. Dozier Jr. cuando señalaba a la ausencia total de empatía hacia las víctimas la causante de todas esas tragedias.

«El objetivo del mundo civilizado debe ser pasar de antigua orientación nosotros-ellos de nuestro sistema nervioso primitivo a una orientación nosotros-nosotros, orquestada por nuestro sistema nervioso avanzado». En definitiva, ponerse en el lugar del otro como cura universal antiodio.

Malas noticias. La que seguramente sea la más infame de las pasiones, el odio («el patito feo de las emociones humanas», lo denomina el escritor y profesor de la Universidad Pontificia de Comillas, Fermín Zabalegui) sigue presente en nuestro mundo. Eso pese a los esfuerzos invertidos durante siglos (aunque no de forma tan generalizada como sería deseable) para tratar de contenerla. Pero «la represión no ha funcionado […]. El odio siempre encuentra una salida, ya sea votando a Trump, probando misiles balísticos en el mar o creando una cuenta de Twitter», dice el propio Zabalegui.

Como hater a tiempo parcial, este profesor universitario detecta odio en todos lados. «Todos odiamos: Gandhi odiaba, mi abuela odiaba, Roger Federer odia…». La diferencia, cuenta Zabalegui en El libro del odio, es que hay quien sabe vivir con sus aversiones y «otros que expresan su odio como una hidra».

La violencia es el corolario más palpable del odio y la causante de su (justificada) mala prensa. El médico y sociólogo Albert J. Novell consideraba los asesinatos, atentados y demás actos violentos como «la parte visible del iceberg del odio». «Solo hay que seguir la actualidad para corroborar que su repercusión mediática está muy presente en nuestros días», añadía. Y precisamente por esa sobreexposición no se atisba que esto deje de ser así ya que «niños y jóvenes adultos crecen socializándose en situaciones en las que el odio y la violencia son la norma».

El galeno, quien consideraba el odio una «enfermedad mental grave», echaba en falta investigaciones científicas sobre su prevención, diagnóstico y tratamiento. Sobre todo teniendo en cuenta que de esta afectación se deriva un doble problema: para el que odia y para los odiados. «Si ha de ser un problema, en todo caso que lo sea solo para el primero», apostillaba tras proponer como estrategia sanitaria para la prevención del odio y sus consecuencias la sanción de la mentira: «La excesiva permisividad con la que se tolera y se consiente esta contribuyen a retroalimentar conductas basadas en el odio», concluía.

Novell se atrevió a dar una definición de este sentimiento. Algo que a lo largo de la historia también intentaron hacer filósofos y pensadores con más o menos concreción. Unos y otros coincidían al tratarla como una emoción presente entre los individuos de la especie humana (en mayor o menor medida), pero ¿es exclusiva de esta? Parece que sí: «Mientras que la ira es una emoción básica, necesaria para sobrevivir, el odio es una emoción construida culturalmente», explica el catedrático de Lógica y Filosofía de la Ciencia de la Universidad Carlos III de Madrid Fernando Broncano a Agencia SINC.

Odiar emoción humana 1

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El odio es 100% humano. Lo que sí compartimos con otros animales es la base desde la que evolucionó esta emoción. Según Henry Evrard, neuroanatomista en el Instituto Max Planck de Cibernética Biológica (Alemania), «el odio es un sentimiento que emergió evolutivamente de conjuntos más básicos de sensaciones corporales y emocionales que son comunes en humanos y otros primates, como el hambre y el miedo».

Evrard asegura que, aunque creamos advertir dicha pulsión en los comportamientos violentos de los miembros de otras especies, estos no pueden calificarse como fruto del odio simple y llanamente porque esos animales no son conscientes de dicha aversión. Lo que hace tan humano al odio es nuestra capacidad para percibirlo de forma consciente.

El odio como excusa

La universalidad del odio lo adentra en nuestra cotidianeidad. Abominamos a pequeña escala aunque, en ocasiones, necesitamos altavoces para popularizar nuestra inquina. Las redes sociales han devenido en el pozo negro de la bilis verbal.

Cuando se produce a gran escala, el odio puede desembocar en tragedias ciclópeas. Los psicólogos Karin y Robert J. Sternberg se interesaron por la naturaleza del odio que subyace en genocidios como los de Bosnia o Ruanda en su libro titulado precisamente así, La naturaleza del odio. Una de las conclusiones a las que llegaron es que aunque el odio es uno de los factores presentes en este tipo de matanzas, no se trata de algo «natural»: «Está cínicamente fomentado bien por los individuos que se encuentran en el poder para mantenerse en él, bien por individuos que no se encuentran en él para tratar de obtenerlo».

Tal es así que los Sternbeg consideran que este sentimiento, a menudo, no es una «causa», sino más bien el «resultado» cuando se emplea como «racionalización de la violencia». «Una actitud de odio dirigida convenientemente hacia las víctimas hace que sea más fácil asesinarlas, en lugar de percibirlas como antiguos amigos y vecinos, o simplemente como seres humanos», explican en el libro.

Campañas propagandísticas, como la articulada por Goebbels en la Alemania nazi, ampararían esta teoría. También la que sostiene el científico Rush W. Dozier Jr. cuando señalaba a la ausencia total de empatía hacia las víctimas la causante de todas esas tragedias.

«El objetivo del mundo civilizado debe ser pasar de antigua orientación nosotros-ellos de nuestro sistema nervioso primitivo a una orientación nosotros-nosotros, orquestada por nuestro sistema nervioso avanzado». En definitiva, ponerse en el lugar del otro como cura universal antiodio.

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