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25 de agosto 2013    /   BUSINESS
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Historia de las oficinas: verdaderas novedades y falsas moderneces

25 de agosto 2013    /   BUSINESS     por          
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Treinta años en una oficina. Eso da a Lucy Kellaway una cierta perspectiva para hablar hoy de las transformaciones que se han producido en estos espacios durante las últimas décadas. Es el mismo tiempo que la periodista ha dedicado a escribir, entre otras cosas, sobre “las oficinas modernas”. El pasado más lejano lo extrae de la investigación y, con toda esa documentación, unida y organizada, ha formado una especie de guía sobre lo nuevo, lo eterno y lo desaparecido en estos lugares.

Este juego de semejanzas y diferencias entre pasado y presente, publicado en un artículo de Financial Times y contado en varios capítulos en Radio 4, se centra en Inglaterra. Allí ocurre todo lo que cuenta pero muchas escenas y figuras que relata son perfectamente extrapolables a las oficinas de muchos otros países occidentales.

El aparador donde la periodista muestra esta compilación está formado por cuatro cajones. En el primero guarda “seis aparentes novedades que, en realidad, no lo son”.

Office_1719
Una oficina de 1719. Wikimedia.org

1. Trabajar en Starbucks
La figura del trabajador en un café con wifi no es tan nueva como parece. Kellaway relata que el primer establecimiento para sentarse a tomar café en Londres abrió en 1652 y ya entonces se llenó de hombres que aseguraban barcos y hacían negocios con azúcar y cabello humano. En 50 años pasaron a ser 3.000 establecimientos. La diferencia, según la autora, radica en que entonces los individuos acudían para conocer a otras personas y hacer contactos. En la actualidad, sin embargo, lo más común es la soledad del trabajador con su ordenador.

2. Trabajar desde casa
El trabajo en remoto parece una moda reciente y creciente que se justifica por el ahorro económico y en desplazamientos. El hogar, sin embargo, siempre fue un lugar de trabajo. “No había oficinas”, escribe la periodista. Era muy habitual que el negocio familiar o el taller compartiera edificio con el lugar de residencia.

3. Pagar por prácticas de trabajo
Los aprendices, en muchas empresas, no solo no cobran. Pagan por trabajar. La fórmula no se inventó hace dos días. Viene, al menos, de hace dos siglos. La periodista cuenta que el adolescente Charles Lamb tuvo que pagar 500 libras esterlinas y conseguir dos patrocinadores que aportaran la misma cantidad para conseguir un trabajo muy solicitado en el departamento de contabilidad de East India Company. Esta cantidad permitió a Lamb dos años en prácticas en la compañía sin ningún tipo de salario.

4. Desayunar en la mesa de trabajo
La escritora habla de un compañero suyo que desayuna un bol de cereales y fruta en su puesto de trabajo. La escena no es tan común en otros países como España, por ejemplo. El desayuno es una cuestión más seria y, por tanto, ocurre en casa, el bar o la cocina de la empresa. Pero en Inglaterra lleva tiempo siendo así. Hace 170 años John Stuart Mill desayunaba en su mesa un huevo cocido y un té. La diferencia entre el pensador y el compañero de la periodista es que al primero se lo traía su sirviente.

5. Twitter
“Este microblogging no inventó la brevedad”, sentencia Kellaway. Nació el 24 de mayo de 1844 cuando Samuel Morse escribió el primer telegrama.

6. El email destruye la paz mental
Hace 100 años el teléfono creó el mismo estrés que supone en la actualidad la bandeja de entrada del correo electrónico. La periodista alude a un artículo publicado en la revista Telephony, en 1913, que hablaba sobre cómo algunas personas se estaban volviendo histéricas por tener que estar todo el día disponibles al teléfono. La letanía publicitaria de estar conectado con la oficina allá donde estés no es nueva. Un anuncio de 1914 dirigido a hombres de negocio exaltaba la posibilidad de saber qué pasaba en su despacho mientras estaba de vacaciones con solo una llamada de teléfono.

En el segundo cajón la periodista metió “seis novedades que realmente lo son”.

Office_1903
Una oficina británica en 1903. Wikimedia.org

1. Directivos
Hasta el siglo XX apenas había directivos, según Kellaway. La revolución industrial británica se produjo sin apenas estas figuras. En su lugar, había dueños de negocios, jefes de bandas y supervisores. La falta de este tipo de dirección implicaba la ausencia de reuniones, documentos de status, retrotimings… Hoy, en cambio, hay 5 millones de managers en el Reino Unido, diez veces más que en 1911.

2. Gozar de tu trabajo de oficina
La periodista indica en su artículo que “la noción de que la gente disfrutara de su trabajo era inaudita”. J.S. Mill tenía un empleo cómodo en East India Company y, aun así, no le tenía mucha estima. Lo veía como “un descanso de las otras ocupaciones mentales que he desarrollado de forma simultánea”. Parece que en la época victoriana los oficinistas no estaban muy contentos con su trabajo, según Kellaway. En un escrito de 1907, uno de ellos se refería a sus compañeros como “burócratas miserables, hombres de chaqueta negra con los dedos manchados de tinta, en sus sillas lustrosas”. Estos individuos trabajaban en lugares húmedos (donde era fácil pillar una tuberculosis) y se sentaban en taburetes altos e incómodos que provocaban dolores lumbares.

3. Mujeres
Las mujeres comenzaron a trabajar en oficinas a finales del siglo XIX. Hacía falta mano de obra y las mujeres resultaban baratas. Además, no tenían ningún interés en ser promocionadas porque en cuanto se casaban abandonaban su oficio. Hasta la primera guerra mundial, las oficinistas utilizaban puertas, escaleras y salas distintas a las de los hombres para evitar comportamientos inmorales con sus compañeros. En Barclays, por ejemplo, podían subir al tejado a la hora de la comida y tenían permitido tejer en las horas laborales en las que no estaban ocupadas.

4. Preparación y talento
“Ser una persona adecuada a tu trabajo es una invención relativamente nueva. Al menos en el sector público”, escribe la investigadora. “A mitad del XIX, la Administración Pública estaba llena de idiotas que habían conseguido el trabajo por un enchufe de algún pariente”. Un documento parlamentario de 1855 se refería a ellos como “los hijos más débiles de esas familias que han tenido la suerte de conseguir una cita, sí, y otros que también, mental o físicamente incapacitados, entran en la Administración”. “Pero entonces llegaron las reformas de la década de 1870 y la idea revolucionaria de que una persona, para conseguir trabajo, no solo no debía ser tonto. Además, tenía que saber algo de matemáticas y latín”, cuenta Kellaway.

5. Eufemismos
En el pasado no inventaban palabras para suavizar conceptos como, por ejemplo, hace HSBC. En vez de hablar de despidos, utiliza un nuevo término: demising. O los múltiples eufemismos que se emplean en español como “reducir plantilla”, “causar baja”, “prescindir de servicios”… El fundador de la compañía de jabones Lever Bros, William Lever, escribió cómo en la década de 1920 se deshizo de “hombres ineficientes, hombres con salarios muy altos y hombres viejos. Confío en que esta medida haya provocado un cierto temor entre los que permanecen en la empresa y les haya hecho pensar que si no son eficientes, ellos serán los siguientes”.

6. Ropa informal
La periodista dice que, en 1984, los chicos de Apple Macintosh no solo sorprendieron al mercado por sus productos. También por su forma de vestir uniformada en jerseys con capucha gris. Hasta entonces, en las oficinas solo se veía ropa seria y formal. Por supuesto, había un motivo científicamente probado, ironiza Kellaway. El bestseller Dress For Success, escrito en la década de los 70, aseguraba que las secretarias de los hombres que vestían camisas de manga corta llegaban tarde, en un 12% más, que las de los jefes que usaban manga larga.

En los dos últimos cajones hay “seis cosas que son eternas” (por ejemplo, premiar la belleza y las relaciones sexuales entre empleados) y “seis cosas que nunca volverán”. El ruido de las máquinas de escribir y varias conversaciones telefónicas a la vez han dado paso al silencio de las computadoras y los mensajes escritos. El tabaco tampoco volverá a la oficina, según la escritora, y la señora del té desaparecerá para siempre. En 1666 –cuenta Kellaway– la mujer del guardián de East India Company empezó a hacer té a los directores y, de este modo, nació la figura de the tea lady. Durante los 300 años siguientes fue una pieza fundamental en muchas compañías pero, hace unas décadas, llegaron las cafeteras y las hervidoras de agua. La máquina sustituyó a la dama. El té nunca será tan exquisito pero la cuenta de resultados resulta más rica. Ñam.

Foto de portada: Oficina británica en 1937. Wikimedia.org

 

 

Treinta años en una oficina. Eso da a Lucy Kellaway una cierta perspectiva para hablar hoy de las transformaciones que se han producido en estos espacios durante las últimas décadas. Es el mismo tiempo que la periodista ha dedicado a escribir, entre otras cosas, sobre “las oficinas modernas”. El pasado más lejano lo extrae de la investigación y, con toda esa documentación, unida y organizada, ha formado una especie de guía sobre lo nuevo, lo eterno y lo desaparecido en estos lugares.

Este juego de semejanzas y diferencias entre pasado y presente, publicado en un artículo de Financial Times y contado en varios capítulos en Radio 4, se centra en Inglaterra. Allí ocurre todo lo que cuenta pero muchas escenas y figuras que relata son perfectamente extrapolables a las oficinas de muchos otros países occidentales.

El aparador donde la periodista muestra esta compilación está formado por cuatro cajones. En el primero guarda “seis aparentes novedades que, en realidad, no lo son”.

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Una oficina de 1719. Wikimedia.org

1. Trabajar en Starbucks
La figura del trabajador en un café con wifi no es tan nueva como parece. Kellaway relata que el primer establecimiento para sentarse a tomar café en Londres abrió en 1652 y ya entonces se llenó de hombres que aseguraban barcos y hacían negocios con azúcar y cabello humano. En 50 años pasaron a ser 3.000 establecimientos. La diferencia, según la autora, radica en que entonces los individuos acudían para conocer a otras personas y hacer contactos. En la actualidad, sin embargo, lo más común es la soledad del trabajador con su ordenador.

2. Trabajar desde casa
El trabajo en remoto parece una moda reciente y creciente que se justifica por el ahorro económico y en desplazamientos. El hogar, sin embargo, siempre fue un lugar de trabajo. “No había oficinas”, escribe la periodista. Era muy habitual que el negocio familiar o el taller compartiera edificio con el lugar de residencia.

3. Pagar por prácticas de trabajo
Los aprendices, en muchas empresas, no solo no cobran. Pagan por trabajar. La fórmula no se inventó hace dos días. Viene, al menos, de hace dos siglos. La periodista cuenta que el adolescente Charles Lamb tuvo que pagar 500 libras esterlinas y conseguir dos patrocinadores que aportaran la misma cantidad para conseguir un trabajo muy solicitado en el departamento de contabilidad de East India Company. Esta cantidad permitió a Lamb dos años en prácticas en la compañía sin ningún tipo de salario.

4. Desayunar en la mesa de trabajo
La escritora habla de un compañero suyo que desayuna un bol de cereales y fruta en su puesto de trabajo. La escena no es tan común en otros países como España, por ejemplo. El desayuno es una cuestión más seria y, por tanto, ocurre en casa, el bar o la cocina de la empresa. Pero en Inglaterra lleva tiempo siendo así. Hace 170 años John Stuart Mill desayunaba en su mesa un huevo cocido y un té. La diferencia entre el pensador y el compañero de la periodista es que al primero se lo traía su sirviente.

5. Twitter
“Este microblogging no inventó la brevedad”, sentencia Kellaway. Nació el 24 de mayo de 1844 cuando Samuel Morse escribió el primer telegrama.

6. El email destruye la paz mental
Hace 100 años el teléfono creó el mismo estrés que supone en la actualidad la bandeja de entrada del correo electrónico. La periodista alude a un artículo publicado en la revista Telephony, en 1913, que hablaba sobre cómo algunas personas se estaban volviendo histéricas por tener que estar todo el día disponibles al teléfono. La letanía publicitaria de estar conectado con la oficina allá donde estés no es nueva. Un anuncio de 1914 dirigido a hombres de negocio exaltaba la posibilidad de saber qué pasaba en su despacho mientras estaba de vacaciones con solo una llamada de teléfono.

En el segundo cajón la periodista metió “seis novedades que realmente lo son”.

Office_1903
Una oficina británica en 1903. Wikimedia.org

1. Directivos
Hasta el siglo XX apenas había directivos, según Kellaway. La revolución industrial británica se produjo sin apenas estas figuras. En su lugar, había dueños de negocios, jefes de bandas y supervisores. La falta de este tipo de dirección implicaba la ausencia de reuniones, documentos de status, retrotimings… Hoy, en cambio, hay 5 millones de managers en el Reino Unido, diez veces más que en 1911.

2. Gozar de tu trabajo de oficina
La periodista indica en su artículo que “la noción de que la gente disfrutara de su trabajo era inaudita”. J.S. Mill tenía un empleo cómodo en East India Company y, aun así, no le tenía mucha estima. Lo veía como “un descanso de las otras ocupaciones mentales que he desarrollado de forma simultánea”. Parece que en la época victoriana los oficinistas no estaban muy contentos con su trabajo, según Kellaway. En un escrito de 1907, uno de ellos se refería a sus compañeros como “burócratas miserables, hombres de chaqueta negra con los dedos manchados de tinta, en sus sillas lustrosas”. Estos individuos trabajaban en lugares húmedos (donde era fácil pillar una tuberculosis) y se sentaban en taburetes altos e incómodos que provocaban dolores lumbares.

3. Mujeres
Las mujeres comenzaron a trabajar en oficinas a finales del siglo XIX. Hacía falta mano de obra y las mujeres resultaban baratas. Además, no tenían ningún interés en ser promocionadas porque en cuanto se casaban abandonaban su oficio. Hasta la primera guerra mundial, las oficinistas utilizaban puertas, escaleras y salas distintas a las de los hombres para evitar comportamientos inmorales con sus compañeros. En Barclays, por ejemplo, podían subir al tejado a la hora de la comida y tenían permitido tejer en las horas laborales en las que no estaban ocupadas.

4. Preparación y talento
“Ser una persona adecuada a tu trabajo es una invención relativamente nueva. Al menos en el sector público”, escribe la investigadora. “A mitad del XIX, la Administración Pública estaba llena de idiotas que habían conseguido el trabajo por un enchufe de algún pariente”. Un documento parlamentario de 1855 se refería a ellos como “los hijos más débiles de esas familias que han tenido la suerte de conseguir una cita, sí, y otros que también, mental o físicamente incapacitados, entran en la Administración”. “Pero entonces llegaron las reformas de la década de 1870 y la idea revolucionaria de que una persona, para conseguir trabajo, no solo no debía ser tonto. Además, tenía que saber algo de matemáticas y latín”, cuenta Kellaway.

5. Eufemismos
En el pasado no inventaban palabras para suavizar conceptos como, por ejemplo, hace HSBC. En vez de hablar de despidos, utiliza un nuevo término: demising. O los múltiples eufemismos que se emplean en español como “reducir plantilla”, “causar baja”, “prescindir de servicios”… El fundador de la compañía de jabones Lever Bros, William Lever, escribió cómo en la década de 1920 se deshizo de “hombres ineficientes, hombres con salarios muy altos y hombres viejos. Confío en que esta medida haya provocado un cierto temor entre los que permanecen en la empresa y les haya hecho pensar que si no son eficientes, ellos serán los siguientes”.

6. Ropa informal
La periodista dice que, en 1984, los chicos de Apple Macintosh no solo sorprendieron al mercado por sus productos. También por su forma de vestir uniformada en jerseys con capucha gris. Hasta entonces, en las oficinas solo se veía ropa seria y formal. Por supuesto, había un motivo científicamente probado, ironiza Kellaway. El bestseller Dress For Success, escrito en la década de los 70, aseguraba que las secretarias de los hombres que vestían camisas de manga corta llegaban tarde, en un 12% más, que las de los jefes que usaban manga larga.

En los dos últimos cajones hay “seis cosas que son eternas” (por ejemplo, premiar la belleza y las relaciones sexuales entre empleados) y “seis cosas que nunca volverán”. El ruido de las máquinas de escribir y varias conversaciones telefónicas a la vez han dado paso al silencio de las computadoras y los mensajes escritos. El tabaco tampoco volverá a la oficina, según la escritora, y la señora del té desaparecerá para siempre. En 1666 –cuenta Kellaway– la mujer del guardián de East India Company empezó a hacer té a los directores y, de este modo, nació la figura de the tea lady. Durante los 300 años siguientes fue una pieza fundamental en muchas compañías pero, hace unas décadas, llegaron las cafeteras y las hervidoras de agua. La máquina sustituyó a la dama. El té nunca será tan exquisito pero la cuenta de resultados resulta más rica. Ñam.

Foto de portada: Oficina británica en 1937. Wikimedia.org

 

 

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