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6 de agosto 2019    /   ENTRETENIMIENTO
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Alexa es «el ojo de Dios» del siglo XXI

6 de agosto 2019    /   ENTRETENIMIENTO     por          
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¡Nos espían! ¡Nos espían! Estamos atacados con lo cotillas que son Alexa, OK Google, los metadatos y toda esa mandanga. ¡Como si llevar un espía en la chepa fuera algo reciente, ultramoderno, chic!

Lo primero que recuerdo de mi clase de párvulos es «el ojo de Dios que te mira y te juzga». Todas las mañanas, la profesora dibujaba, en la esquina superior derecha de la pizarra, un triángulo con un ojo dentro. El ojo se pasaba toda la clase mirándonos, espiándonos, y como estaba allí arriba, igual que las cámaras de seguridad de hoy, no había forma de que no te viera.

Los niños podíamos aprovechar que la profesora se girara hacia la pizarra para robar una goma o soltar un guantazo a alguien. Pero el ojo de Dios nunca se volvía, nunca cejaba. No parpadeaba siquiera. El tío lo veía todo.

De primeras podría parecer que la profesora se había buscado un buen método para que los niños no se fueran de madre. Había puesto en clase a un segurata invisible, barato y eficaz. Pero lo aterrador era que el ojo de Dios no solo estaba en la esquina de esa pizarra. Andaba por todos lados: allá donde fueras, el ojo de Dios te observaba y te juzgaba.

Tardé muchos años y muchos terrores en darme cuenta de que aquello era un sistema de control social exquisito. Quién iba a cuestionarlo: es Dios, todo bondadoso, el que no aparta su mirada, ni un segundo, de tus muelas. Quién iba a atreverse a hacer algo impropio aunque nadie te viera, si Dios, en forma de ojo triangular, miraba y apuntaba todo en su bloc de notas.

Meter miedo en nombre de un Juicio final ha funcionado miles de años. Pero el laicismo avanzaba y lo que es peor: ¡la técnica! Era inevitable que el ojo de Dios acabara convirtiéndose en ondas, cables y dispositivos de todo pelaje. No es de extrañar que ese afán de espiar a diestro y siniestro fuera pasando de la amenaza espiritual a un cazador de bits que los almacena en granjas masivas de servidores.

Podría parecer que esto del espionaje más indecente ha llegado así de sopetón: ¡Ay, mi madre!

Pues no. Hace mucho que se veía venir. Todo lo que ocurría en la sombra iba teniendo su reflejo en el personaje de Mata Hari, en la obra maestra 1984, en la genialidad de El Show de Truman

También lo avisaban los periódicos. En 2014 nos caímos de culo al enterarnos de que la Agencia Nacional de Seguridad de EEUU, la NSA, metía sus narices hasta en los SMS del que se le antojaba. Todos sabíamos que en las guerras mundiales y en la Guerra Fría había espías. Lo que no sabíamos es que fuera algo tan de andar por casa; ni que en España no hubiese la misma ambición de husmear que en los mismísimos Estados Unidos de América.

A principios del XX, los dos países iban a la par. Mientras el Congreso del país norteamericano decidía crear la unidad dedicada a interceptar información que más tarde se convertiría en la NSA, en España, unos frailes zaragozanos probaban su propio sistema de espionaje.

Lo contó el diario El Sol el lunes 25 de enero de 1918. Entonces los desconcertó tanto como nos pasma ahora y por eso titularon la noticia: Un suceso extraño. Resulta que el Gobierno Civil de Zaragoza tenía una línea telefónica que conectaba directamente con el Gobierno de Madrid. Todas las mañanas los técnicos hacían pruebas para comprobar que el hilo telefónico funcionaba bien, pero un día dejó de sonar el timbre.

El capataz Macario Marrón fue a inspeccionar la línea al edificio del Gobierno Civil. Tomó el hilo y lo fue examinando tramo a tramo hasta que llegó al tejado del colegio de unos frailes corazonistas. Ahí vio que alguien había atado al hilo telefónico un hilo de cobre que iba a parar a un despacho de la escuela.

El capataz entró en el centro y halló en el desván una instalación de hilos y un condensador. Inmediatamente avisó al juzgado de guardia y en un periquete se presentaron ahí el jefe de Policía, Sr. Aparicio, dos oficiales de Telégrafos y el capataz para registrar el edificio.

El director del colegio no le dio importancia. Na, eran solo unos experimentos científicos, una investigación de las corrientes eléctricas. Pero, claro, ¡quién podía creerse semejante ingenuidad! Y cuenta El Sol que se produjo «una animada discusión entre el personal técnico y el director del colegio acerca de los fines de la instalación descubierta».

Un siglo después a quién ha de extrañar que Amazon, Apple, Samsung o Google graben tus conversaciones por ridículas que sean. Que nos espíen o no nos espíen no es una opción; lo único que podemos decidir es si queremos salir guapos o que nos vean en zapatillas.

¡Nos espían! ¡Nos espían! Estamos atacados con lo cotillas que son Alexa, OK Google, los metadatos y toda esa mandanga. ¡Como si llevar un espía en la chepa fuera algo reciente, ultramoderno, chic!

Lo primero que recuerdo de mi clase de párvulos es «el ojo de Dios que te mira y te juzga». Todas las mañanas, la profesora dibujaba, en la esquina superior derecha de la pizarra, un triángulo con un ojo dentro. El ojo se pasaba toda la clase mirándonos, espiándonos, y como estaba allí arriba, igual que las cámaras de seguridad de hoy, no había forma de que no te viera.

Los niños podíamos aprovechar que la profesora se girara hacia la pizarra para robar una goma o soltar un guantazo a alguien. Pero el ojo de Dios nunca se volvía, nunca cejaba. No parpadeaba siquiera. El tío lo veía todo.

De primeras podría parecer que la profesora se había buscado un buen método para que los niños no se fueran de madre. Había puesto en clase a un segurata invisible, barato y eficaz. Pero lo aterrador era que el ojo de Dios no solo estaba en la esquina de esa pizarra. Andaba por todos lados: allá donde fueras, el ojo de Dios te observaba y te juzgaba.

Tardé muchos años y muchos terrores en darme cuenta de que aquello era un sistema de control social exquisito. Quién iba a cuestionarlo: es Dios, todo bondadoso, el que no aparta su mirada, ni un segundo, de tus muelas. Quién iba a atreverse a hacer algo impropio aunque nadie te viera, si Dios, en forma de ojo triangular, miraba y apuntaba todo en su bloc de notas.

Meter miedo en nombre de un Juicio final ha funcionado miles de años. Pero el laicismo avanzaba y lo que es peor: ¡la técnica! Era inevitable que el ojo de Dios acabara convirtiéndose en ondas, cables y dispositivos de todo pelaje. No es de extrañar que ese afán de espiar a diestro y siniestro fuera pasando de la amenaza espiritual a un cazador de bits que los almacena en granjas masivas de servidores.

Podría parecer que esto del espionaje más indecente ha llegado así de sopetón: ¡Ay, mi madre!

Pues no. Hace mucho que se veía venir. Todo lo que ocurría en la sombra iba teniendo su reflejo en el personaje de Mata Hari, en la obra maestra 1984, en la genialidad de El Show de Truman

También lo avisaban los periódicos. En 2014 nos caímos de culo al enterarnos de que la Agencia Nacional de Seguridad de EEUU, la NSA, metía sus narices hasta en los SMS del que se le antojaba. Todos sabíamos que en las guerras mundiales y en la Guerra Fría había espías. Lo que no sabíamos es que fuera algo tan de andar por casa; ni que en España no hubiese la misma ambición de husmear que en los mismísimos Estados Unidos de América.

A principios del XX, los dos países iban a la par. Mientras el Congreso del país norteamericano decidía crear la unidad dedicada a interceptar información que más tarde se convertiría en la NSA, en España, unos frailes zaragozanos probaban su propio sistema de espionaje.

Lo contó el diario El Sol el lunes 25 de enero de 1918. Entonces los desconcertó tanto como nos pasma ahora y por eso titularon la noticia: Un suceso extraño. Resulta que el Gobierno Civil de Zaragoza tenía una línea telefónica que conectaba directamente con el Gobierno de Madrid. Todas las mañanas los técnicos hacían pruebas para comprobar que el hilo telefónico funcionaba bien, pero un día dejó de sonar el timbre.

El capataz Macario Marrón fue a inspeccionar la línea al edificio del Gobierno Civil. Tomó el hilo y lo fue examinando tramo a tramo hasta que llegó al tejado del colegio de unos frailes corazonistas. Ahí vio que alguien había atado al hilo telefónico un hilo de cobre que iba a parar a un despacho de la escuela.

El capataz entró en el centro y halló en el desván una instalación de hilos y un condensador. Inmediatamente avisó al juzgado de guardia y en un periquete se presentaron ahí el jefe de Policía, Sr. Aparicio, dos oficiales de Telégrafos y el capataz para registrar el edificio.

El director del colegio no le dio importancia. Na, eran solo unos experimentos científicos, una investigación de las corrientes eléctricas. Pero, claro, ¡quién podía creerse semejante ingenuidad! Y cuenta El Sol que se produjo «una animada discusión entre el personal técnico y el director del colegio acerca de los fines de la instalación descubierta».

Un siglo después a quién ha de extrañar que Amazon, Apple, Samsung o Google graben tus conversaciones por ridículas que sean. Que nos espíen o no nos espíen no es una opción; lo único que podemos decidir es si queremos salir guapos o que nos vean en zapatillas.

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Opiniones 1
  • ¡UALA! Jajaja. El inefable Macario Marrón y los frailes corazonistas ❤️. Tirando de pares de cobre telefónicos!!! . Es uno de mis artículos favoritos de investigación del pasado de Mar, muy divettidoo, historia viva del esperpento, de las telecomunicaciones, del periodismo, de las cloacas del estado y del fisgoneo espía, tan de actualidad con Villarejo y los infinitos ToI con Big Data (Cosas de Internet con datos más gordos) que nos monitorean urbi et orbe. La privacidad era un lujo de nuestros antepasados, que tenían menos enfermedades mentales y paranoias sociales.

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