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20 de septiembre 2018    /   CIENCIA
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Profesionales de oler axilas y cosas pestilentes

20 de septiembre 2018    /   CIENCIA     por          
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Ningún desodorante dura 48 horas. No importa lo que diga la etiqueta, es falso. Quienes se encargan de testar estas lociones niegan ese lapso de perdurabilidad. Lo saben porque lo han sufrido. Hay catadores olfativos de sobacos. Husmean el sudor de decenas de personas, metódicamente, y pierden las ganas de comer. Después del proceso, hasta la magia blanca de El Bulli tendría un gusto a alerón pastoso.

No huelen directamente las axilas. El titular es una simplificación, más por síntesis que por amarillismo, porque la realidad es más inquietante. Los sujetos que se aplican el producto se colocan en los sobacos unas compresas absorbentes y no se lavan en lo que dura la prueba. Luego despegan los pañitos y los colocan en un bote de cristal. Los analistas aspiran decenas de frasquitos como ese y valoran el grado de intensidad del aroma para establecer la efectividad de la loción. Así lo relatan las expertas de la firma Odournet.

Es peor que inspirar directamente del cuerpo por el mismo motivo que uno recibe buenas cantidades de saliva de su pareja en cada beso sin molestias, pero no soportaría acumularla en un vaso y beberla trago a trago. El cuerpo vivo es el contexto del olor: se mueve y distribuye su emanación, le aporta carácter, biografía, y propicia piedad y empatía, que siempre suaviza la peste. Pero, en un bote, no caben relativismos: es puro residuo humano.

Odournet son unos laboratorios con presencia internacional. Su trabajo trasciende el caso morboso de los desodorantes. Se despliegan en dos áreas: la medioambiental y la de productos. Analizan malos olores, contaminantes o no, identifican los compuestos responsables e idean un modo de eliminarlos de los procesos de producción o de enmascararlos. Su vocación: expandir y aplicar la ciencia de los olores, el sentido menos explorado y, por ello, el más enigmático.

La empresa recibe una extensa gama de productos. Ambientadores o velas perfumadas que hay que desgranar y caracterizar. Pañales a los que hay que reducir el olor a plástico o adhesivo; abrillantadores, materiales de coche… Lo detalla Carmen Villatoro, responsable de análisis molecular de Odournet: «Hemos recibido variedad de productos, sobre todo con problemas de olor. Textiles, plásticos, polímeros, alimentos, muestras de té, helados con envases de mala calidad que traspasan mal olor al producto… Los volátiles del humo de un cigarro, productos de farmacia, cosméticos… El olor está en todo».

El olor está en todo para no estar; o para figurar de modo amigable o flirtear. Cuando agarras un artículo del estante del supermercado y los acercas a tu cara para leer la etiqueta, levitan hacia tu rostro los compuestos volátiles. Por las pupilas entran los conceptos; por la nariz, una traza emocional, una de las chispas que inclinará tu decisión. El olor está en todo y su persuasión depende de su coherencia.

Un ambientador exhala frescura o ensimismamiento dulce, pero siempre con un afán, por discreto que sea, de expansión. Un coche nuevo: a tapiz, engranaje, promesa gomosa y extrañeza controlable. Ambos son placenteros en su lugar. Los ambientadores dulzones, por ejemplo, dentro del vehículo imprimen en la conducción una resignación de expectativa rota.

Hay, no obstante, correspondencias que se alteran con los años. El aroma de las consolas o los portátiles: antes agradaba su olor a circuito y plástico; hoy su diseño conspira para aportar una fragancia de luz blanca.

Faltan palabras para definir los olores

Hay, por tanto, una orfebrería del olor, y la orfebrería solo cabe después del conocimiento. La sabiduría del olfato es más compleja que la de otros sentidos porque carecemos de vocabulario. Un grupo de psicolingüistas y antropólogos del Instituto Max Planck registró en 2015 conversaciones en 13 idiomas (mayoritarios y minoritarios) de distintas culturas para determinar la presencia de cada sentido en la lengua.

Quisieron establecer una jerarquía universal de la percepción. El País recogió las conclusiones: en función número de palabras y expresiones que corresponden a cada sentido, la vista predominaba en todos los casos; el oído y el tacto ocupaban el segundo y tercer lugar; el gusto y el olfato padecían una presencia infinitamente menor. En idiomas occidentales, el setenta u ochenta por ciento de las palabras se vinculan a la vista.

olores

El olor queda relegado a los últimos puestos. Hay excepciones, según la nota de El País: para los semai, un pueblo malayo de 40.000 individuos, el olfato ocupa la segunda posición. Es un caso raro. Los investigadores asumieron que el sabor y el olfato no son tan determinantes para la conducta humana. ¿Cuál es entonces el papel del olor?

¿Cómo se entrena la nariz?

Para que la labor de los expertos olfativos cobre sentido, hay que confeccionar un léxico, rellenar los huecos del idioma. «Se trata de crear un vocabulario común. Independientemente de que un olor nos pueda evocar algo concreto, tenemos que llamarlo igual, con descriptores del olor, con un adjetivo o un sustantivo, para que al final podamos hablar el mismo idioma», señala Laura Rodríguez, consultora del departamento de medioambiente de Odournet.

En eso consiste el entrenamiento de los panelistas expertos, es decir, los que husmean en los productos. «Se entrena el olfato, pero sobre todo el vocabulario. Les damos una serie de compuestos asociados a un olor, creamos estuches o bibliotecas de olores, muy variados, buenos y malos. Ellos tienen que memorizar los nombres», explica Villatoro. Limón, plástico, canela, sulfuroso, grasos, verdes…

¿Cuál es –preguntábamos– el papel del olor, su área de influencia? Su estela se procesa en una dimensión no verbal, ¿acaso su reino es el subconsciente, la emoción? La investigación científica necesita reglas, método: consenso lingüístico. Pero ocurre algo distinto con los escritores: la literatura ha tratado de esbozar los formas de influencia de este sentido.

Un ejemplo. El alemán John Lanchester da en el clavo en una novela psicopáticamente sensorial titulada En deuda con el placer. Describe el olor del aire primaveral: «… es más una textura que una fragancia, la sensación del carácter casi intangible del ambiente (…), los olores de la primavera rozan de un modo parecido el límite de la nomenclatura y la definición: es el olor de la posibilidad, de la inminencia y la inmanencia…».

Ahí está todo: la embriaguez, la colonización del estado de ánimo, la incapacidad para decir y, al mismo tiempo, el poder de arrastre: el aroma evoca tactos, sabores, luminiscencia, sonidos. Ahí, en el texto de Lanchester, se comprende la dificultad de construir un cauce científico para ordenar las percepciones olfativas.

Cuando Estefanía Ruiz, de 32 años, entró en los laboratorios del olfato captaba aromas con la misma capacidad que ahora, pero no ocupaban el mismo espacio en su conciencia. A partir de entonces, descubrió la singularidad del órgano nasal y la cautivó. Ruiz se integró primero en las pruebas de desodorantes. Ella era de las que se colocaban una compresa en la axila y la dejaban en un frasquito. Después se incorporó como panelista experta.

Los perfumes esconden moléculas de fetidez

Supo lo que es un cromatógrafo: una máquina que toma un producto y va arrojando, poco a poco, moléculas de aroma. Su olfato se afinó, aprendió categorías, descriptores.

Los panelistas deben mantener hábitos saludables: buena higiene, no usar perfumes, fumar poco o tomar poco café. Todo esto abruma el sentido, lo devalúa. Su día a día cambió: «Vas por la calle y te vienen a la nariz, estás más activa. Campo, flores silvestres, hierba recién cortada. Antes no lo tenía en cuenta; ahora sí, lo tienes metido; huele a quemado y lo tienes que decir. A veces, mi familia me dice: “ya está bien, que lo hueles todo, lo bueno y lo malo”», relata. Su calle de Sabadell es carne a la brasa, ahumada y, muchas noches, abono agrícola.

Pasa cuatro o seis horas oliendo en los días de oler. Plásticos, celos, gomas, pañales… Estefanía descubrió en el cromatógrafo que la belleza no es pura. Algunas colonias ocultan cosas. La máquina insufla los olores uno a uno: «A veces, en los perfumes vienen olores malos, fecales, un poco a podrido». La cuestión es: ¿se trata de una tara o de una condición indispensable? ¿Esas moléculas de fetidez son necesarias para que la fragancia final nos obnubile?

Ninguna tecnología, ninguna nariz electrónica alcanza la precisión del instrumento humano, «no hay ningún sensor en el mercado con una sensibilidad y un nivel de detalle parecido», asegura Rodríguez. Según la literatura publicada y referida por las expertas, cada persona puede llegar a detectar infinitos olores. El problema es que no se encuentran palabras suficientes y precisas para definirlos.

El aroma fluye hacia nuestras fosas nasales, navega en nuestro cerebro, nos ampara, completa a los otros sentidos, deja señuelos en la nostalgia… pero, luego, se escurre en la punta de la lengua. El olfato es el más ilusionista de los sentidos.

 

Ningún desodorante dura 48 horas. No importa lo que diga la etiqueta, es falso. Quienes se encargan de testar estas lociones niegan ese lapso de perdurabilidad. Lo saben porque lo han sufrido. Hay catadores olfativos de sobacos. Husmean el sudor de decenas de personas, metódicamente, y pierden las ganas de comer. Después del proceso, hasta la magia blanca de El Bulli tendría un gusto a alerón pastoso.

No huelen directamente las axilas. El titular es una simplificación, más por síntesis que por amarillismo, porque la realidad es más inquietante. Los sujetos que se aplican el producto se colocan en los sobacos unas compresas absorbentes y no se lavan en lo que dura la prueba. Luego despegan los pañitos y los colocan en un bote de cristal. Los analistas aspiran decenas de frasquitos como ese y valoran el grado de intensidad del aroma para establecer la efectividad de la loción. Así lo relatan las expertas de la firma Odournet.

Es peor que inspirar directamente del cuerpo por el mismo motivo que uno recibe buenas cantidades de saliva de su pareja en cada beso sin molestias, pero no soportaría acumularla en un vaso y beberla trago a trago. El cuerpo vivo es el contexto del olor: se mueve y distribuye su emanación, le aporta carácter, biografía, y propicia piedad y empatía, que siempre suaviza la peste. Pero, en un bote, no caben relativismos: es puro residuo humano.

Odournet son unos laboratorios con presencia internacional. Su trabajo trasciende el caso morboso de los desodorantes. Se despliegan en dos áreas: la medioambiental y la de productos. Analizan malos olores, contaminantes o no, identifican los compuestos responsables e idean un modo de eliminarlos de los procesos de producción o de enmascararlos. Su vocación: expandir y aplicar la ciencia de los olores, el sentido menos explorado y, por ello, el más enigmático.

La empresa recibe una extensa gama de productos. Ambientadores o velas perfumadas que hay que desgranar y caracterizar. Pañales a los que hay que reducir el olor a plástico o adhesivo; abrillantadores, materiales de coche… Lo detalla Carmen Villatoro, responsable de análisis molecular de Odournet: «Hemos recibido variedad de productos, sobre todo con problemas de olor. Textiles, plásticos, polímeros, alimentos, muestras de té, helados con envases de mala calidad que traspasan mal olor al producto… Los volátiles del humo de un cigarro, productos de farmacia, cosméticos… El olor está en todo».

El olor está en todo para no estar; o para figurar de modo amigable o flirtear. Cuando agarras un artículo del estante del supermercado y los acercas a tu cara para leer la etiqueta, levitan hacia tu rostro los compuestos volátiles. Por las pupilas entran los conceptos; por la nariz, una traza emocional, una de las chispas que inclinará tu decisión. El olor está en todo y su persuasión depende de su coherencia.

Un ambientador exhala frescura o ensimismamiento dulce, pero siempre con un afán, por discreto que sea, de expansión. Un coche nuevo: a tapiz, engranaje, promesa gomosa y extrañeza controlable. Ambos son placenteros en su lugar. Los ambientadores dulzones, por ejemplo, dentro del vehículo imprimen en la conducción una resignación de expectativa rota.

Hay, no obstante, correspondencias que se alteran con los años. El aroma de las consolas o los portátiles: antes agradaba su olor a circuito y plástico; hoy su diseño conspira para aportar una fragancia de luz blanca.

Faltan palabras para definir los olores

Hay, por tanto, una orfebrería del olor, y la orfebrería solo cabe después del conocimiento. La sabiduría del olfato es más compleja que la de otros sentidos porque carecemos de vocabulario. Un grupo de psicolingüistas y antropólogos del Instituto Max Planck registró en 2015 conversaciones en 13 idiomas (mayoritarios y minoritarios) de distintas culturas para determinar la presencia de cada sentido en la lengua.

Quisieron establecer una jerarquía universal de la percepción. El País recogió las conclusiones: en función número de palabras y expresiones que corresponden a cada sentido, la vista predominaba en todos los casos; el oído y el tacto ocupaban el segundo y tercer lugar; el gusto y el olfato padecían una presencia infinitamente menor. En idiomas occidentales, el setenta u ochenta por ciento de las palabras se vinculan a la vista.

olores

El olor queda relegado a los últimos puestos. Hay excepciones, según la nota de El País: para los semai, un pueblo malayo de 40.000 individuos, el olfato ocupa la segunda posición. Es un caso raro. Los investigadores asumieron que el sabor y el olfato no son tan determinantes para la conducta humana. ¿Cuál es entonces el papel del olor?

¿Cómo se entrena la nariz?

Para que la labor de los expertos olfativos cobre sentido, hay que confeccionar un léxico, rellenar los huecos del idioma. «Se trata de crear un vocabulario común. Independientemente de que un olor nos pueda evocar algo concreto, tenemos que llamarlo igual, con descriptores del olor, con un adjetivo o un sustantivo, para que al final podamos hablar el mismo idioma», señala Laura Rodríguez, consultora del departamento de medioambiente de Odournet.

En eso consiste el entrenamiento de los panelistas expertos, es decir, los que husmean en los productos. «Se entrena el olfato, pero sobre todo el vocabulario. Les damos una serie de compuestos asociados a un olor, creamos estuches o bibliotecas de olores, muy variados, buenos y malos. Ellos tienen que memorizar los nombres», explica Villatoro. Limón, plástico, canela, sulfuroso, grasos, verdes…

¿Cuál es –preguntábamos– el papel del olor, su área de influencia? Su estela se procesa en una dimensión no verbal, ¿acaso su reino es el subconsciente, la emoción? La investigación científica necesita reglas, método: consenso lingüístico. Pero ocurre algo distinto con los escritores: la literatura ha tratado de esbozar los formas de influencia de este sentido.

Un ejemplo. El alemán John Lanchester da en el clavo en una novela psicopáticamente sensorial titulada En deuda con el placer. Describe el olor del aire primaveral: «… es más una textura que una fragancia, la sensación del carácter casi intangible del ambiente (…), los olores de la primavera rozan de un modo parecido el límite de la nomenclatura y la definición: es el olor de la posibilidad, de la inminencia y la inmanencia…».

Ahí está todo: la embriaguez, la colonización del estado de ánimo, la incapacidad para decir y, al mismo tiempo, el poder de arrastre: el aroma evoca tactos, sabores, luminiscencia, sonidos. Ahí, en el texto de Lanchester, se comprende la dificultad de construir un cauce científico para ordenar las percepciones olfativas.

Cuando Estefanía Ruiz, de 32 años, entró en los laboratorios del olfato captaba aromas con la misma capacidad que ahora, pero no ocupaban el mismo espacio en su conciencia. A partir de entonces, descubrió la singularidad del órgano nasal y la cautivó. Ruiz se integró primero en las pruebas de desodorantes. Ella era de las que se colocaban una compresa en la axila y la dejaban en un frasquito. Después se incorporó como panelista experta.

Los perfumes esconden moléculas de fetidez

Supo lo que es un cromatógrafo: una máquina que toma un producto y va arrojando, poco a poco, moléculas de aroma. Su olfato se afinó, aprendió categorías, descriptores.

Los panelistas deben mantener hábitos saludables: buena higiene, no usar perfumes, fumar poco o tomar poco café. Todo esto abruma el sentido, lo devalúa. Su día a día cambió: «Vas por la calle y te vienen a la nariz, estás más activa. Campo, flores silvestres, hierba recién cortada. Antes no lo tenía en cuenta; ahora sí, lo tienes metido; huele a quemado y lo tienes que decir. A veces, mi familia me dice: “ya está bien, que lo hueles todo, lo bueno y lo malo”», relata. Su calle de Sabadell es carne a la brasa, ahumada y, muchas noches, abono agrícola.

Pasa cuatro o seis horas oliendo en los días de oler. Plásticos, celos, gomas, pañales… Estefanía descubrió en el cromatógrafo que la belleza no es pura. Algunas colonias ocultan cosas. La máquina insufla los olores uno a uno: «A veces, en los perfumes vienen olores malos, fecales, un poco a podrido». La cuestión es: ¿se trata de una tara o de una condición indispensable? ¿Esas moléculas de fetidez son necesarias para que la fragancia final nos obnubile?

Ninguna tecnología, ninguna nariz electrónica alcanza la precisión del instrumento humano, «no hay ningún sensor en el mercado con una sensibilidad y un nivel de detalle parecido», asegura Rodríguez. Según la literatura publicada y referida por las expertas, cada persona puede llegar a detectar infinitos olores. El problema es que no se encuentran palabras suficientes y precisas para definirlos.

El aroma fluye hacia nuestras fosas nasales, navega en nuestro cerebro, nos ampara, completa a los otros sentidos, deja señuelos en la nostalgia… pero, luego, se escurre en la punta de la lengua. El olfato es el más ilusionista de los sentidos.

 

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