Publicado: 30 de octubre 2023 09:37  /   IDEAS
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Ontología de un ‘souvenir’: la mercantilización de los recuerdos que guardas de tus viajes

Publicado: 30 de octubre 2023 09:37  /   IDEAS     por          
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Souvenir

Un imán en la nevera con cuatro casas blancas donde pone «Santorini», un llavero con forma de cabina telefónica roja, un cortaúñas con una pegatina del Coliseo de Roma o una camiseta con letras de plástico que se caen, donde se puede leer «Recuerdo de Peñíscola». Es terriblemente fácil, quizá demasiado, encontrar un souvenir. Todos tenemos al menos uno; en nuestra nevera, colgando de nuestras llaves o expuesto en la vitrina donde se ponen las cosas que nadie sabe nunca dónde se ponen. Pero ¿qué es realmente un souvenir?

Existen bastantes interpretaciones relacionadas con estas baratijas que rondan por nuestra vida sin más pena que gloria. Según el diccionario de la Real Academia Española, no es más que un objeto que sirve como recuerdo de la visita a un lugar. Es decir, es un objeto que sirve como otra cosa con la que, realmente, no tiene nada que ver, ¿por qué iba un cortaúñas a servirme como recuerdo del Coliseo? Para la academia francesa la cosa se complica. Souvenir es también la forma francesa de decir recuerdo, memoria o memorias, de ahí que llamemos así a estas piezas.

El ser un recuerdo es una cualidad, una propiedad y una conjunción. Ese ser une un objeto con el sustantivo de recuerdo, de souvenir. Cogemos una cosa y le añadimos esa cualidad por el contexto en el que ha sido adquirida o generada. Sin embargo, esto puede pasar con cualquier objeto; el reloj de tu padre fallecido o la pulsera que intercambiaste con tu mejor amigo de la infancia guardan un significado que difiere de su función intrínseca, esto es lo que llamamos valor sentimental.

Souvenir

El problema llega cuando los souvenirs dejan de ser objetos normales y corrientes con un valor añadido por contexto y pasan a ser el fruto del turismo global y el consumo de masas de productos rápidos; productos de la época donde las experiencias se comercializan y, como tales, también pueden ser acumuladas.

Al igual que el dinero es el símbolo abstracto utilizado para representar la acumulación de riquezas, el souvenir es ese token abstraído de todo significado utilizado para representar la acumulación de experiencias. Compramos souvenirs porque son el efectivo que respalda que nuestra experiencia fue real.

Estos objetos están creados, prefabricados e ideados directamente con la intención de no ser nada, de ser simplemente ese objeto catalizador de la memoria sin ninguna otra función, únicamente comercializado como la divisa de las vivencias pasadas, pero totalmente abstraída de estas.

Cualquier persona podría meterse en internet y comprar un imán de cada país que existe en el mundo y hacer que se los enviaran a casa para ponérselos en su nevera, sin embargo, consideraríamos a esa persona un loco o un mentiroso. Sería parecido a alguien que intentara pagar con la tarjeta de un banco en el que no tiene dinero y pensara que únicamente con tener la tarjeta ya le vale.

Este modo de producción fabrica ya objetos que representan cualidades (las del recuerdo) para que los individuos no tengan que crearlas ni generarlas. Si observamos un souvenir, vemos que, en realidad, es un objeto comodín, diseñado para suplir la necesidad de traer algo a casa en la era de la globalización donde, traigas lo que traigas, nada es realmente especial, exótico o singular.

Souvenir

Sin embargo, a la vez, también es un elemento abandonado a la subjetividad del comprador. Para el turista que lo compra es un símbolo cuyo significado dibuja los recuerdos de su experiencia, el paseo por la Galería Umberto I o las fotos frente al Vesubio. Pero para el familiar al que le ha tocado el imán de la pizza de Nápoles, este no es más que un mero icono de una pizza, pues a él ese souvenir no le hace rememorar ninguna vivencia pasada. Para él, el significante de pizza de pepperoni hace referencia única y exclusivamente al significado pizza de pepperoni.

¿Qué es entonces un souvenir? Un souvenir no es nada, es la conversión en ente de una cualidad. Una construcción ficticia y prediseñada para ser el símbolo de algo totalmente diferente. Nadie tiene una experiencia igual que la de otro cuando viaja a una ciudad, sin embargo, el recuerdo que se llevan es el mismo. Un mismo objeto sirve para simbolizar experiencias totalmente distintas únicamente por su abstracción y su inconexión con estas.

El consumo de experiencias y su mercantilización generan productos diseñados para suplir conceptos, para acumular momentos, para representar valores. La relación que guardamos con nuestra memoria, con nuestras vivencias se torna oscura y artificial, mediada por tours, horarios, guías y souvenirs que asemejan y homogenizan nuestra vida y nuestros recuerdos al del resto de personas.

Souvenir

Viajamos a los sitios que no te puedes perder para vivir la misma experiencia que en el resto de sitios que no te has perdido. Hacemos las fotos que todo el mundo tiene que tener y al final nos volvemos depositando ese recuerdo en un trozo de plástico cuya única utilidad es estar pegado a la nevera para poder gritarle a las visitas «¡Eh, que yo estuve aquí!» En realidad, no hemos hecho más que consumir una experiencia artificial, más similar a un parque temático que a una ciudad, contribuyendo únicamente a la masificación y la gentrificación de los sitios destinados a conservarse.

No podemos aspirar a una experiencia real siendo turistas, es algo imposible e innecesario y, además, esta búsqueda también ha sido ya mercantilizada y ultraprocesada. Pero podemos intentar vivir las vivencias sin necesidad de acumularlas, bucear en nuestra memoria para sacar recuerdos a flote. Basta de imanes y llaveros feos y kitsch, dejemos de fabricar souvenirs, dejemos de monetizar experiencias; llevamos demasiado tiempo mercantilizando la memoria. El mejor souvenir siempre será una cicatriz. 

Un imán en la nevera con cuatro casas blancas donde pone «Santorini», un llavero con forma de cabina telefónica roja, un cortaúñas con una pegatina del Coliseo de Roma o una camiseta con letras de plástico que se caen, donde se puede leer «Recuerdo de Peñíscola». Es terriblemente fácil, quizá demasiado, encontrar un souvenir. Todos tenemos al menos uno; en nuestra nevera, colgando de nuestras llaves o expuesto en la vitrina donde se ponen las cosas que nadie sabe nunca dónde se ponen. Pero ¿qué es realmente un souvenir?

Existen bastantes interpretaciones relacionadas con estas baratijas que rondan por nuestra vida sin más pena que gloria. Según el diccionario de la Real Academia Española, no es más que un objeto que sirve como recuerdo de la visita a un lugar. Es decir, es un objeto que sirve como otra cosa con la que, realmente, no tiene nada que ver, ¿por qué iba un cortaúñas a servirme como recuerdo del Coliseo? Para la academia francesa la cosa se complica. Souvenir es también la forma francesa de decir recuerdo, memoria o memorias, de ahí que llamemos así a estas piezas.

El ser un recuerdo es una cualidad, una propiedad y una conjunción. Ese ser une un objeto con el sustantivo de recuerdo, de souvenir. Cogemos una cosa y le añadimos esa cualidad por el contexto en el que ha sido adquirida o generada. Sin embargo, esto puede pasar con cualquier objeto; el reloj de tu padre fallecido o la pulsera que intercambiaste con tu mejor amigo de la infancia guardan un significado que difiere de su función intrínseca, esto es lo que llamamos valor sentimental.

Souvenir

El problema llega cuando los souvenirs dejan de ser objetos normales y corrientes con un valor añadido por contexto y pasan a ser el fruto del turismo global y el consumo de masas de productos rápidos; productos de la época donde las experiencias se comercializan y, como tales, también pueden ser acumuladas.

Al igual que el dinero es el símbolo abstracto utilizado para representar la acumulación de riquezas, el souvenir es ese token abstraído de todo significado utilizado para representar la acumulación de experiencias. Compramos souvenirs porque son el efectivo que respalda que nuestra experiencia fue real.

Estos objetos están creados, prefabricados e ideados directamente con la intención de no ser nada, de ser simplemente ese objeto catalizador de la memoria sin ninguna otra función, únicamente comercializado como la divisa de las vivencias pasadas, pero totalmente abstraída de estas.

Cualquier persona podría meterse en internet y comprar un imán de cada país que existe en el mundo y hacer que se los enviaran a casa para ponérselos en su nevera, sin embargo, consideraríamos a esa persona un loco o un mentiroso. Sería parecido a alguien que intentara pagar con la tarjeta de un banco en el que no tiene dinero y pensara que únicamente con tener la tarjeta ya le vale.

Este modo de producción fabrica ya objetos que representan cualidades (las del recuerdo) para que los individuos no tengan que crearlas ni generarlas. Si observamos un souvenir, vemos que, en realidad, es un objeto comodín, diseñado para suplir la necesidad de traer algo a casa en la era de la globalización donde, traigas lo que traigas, nada es realmente especial, exótico o singular.

Souvenir

Sin embargo, a la vez, también es un elemento abandonado a la subjetividad del comprador. Para el turista que lo compra es un símbolo cuyo significado dibuja los recuerdos de su experiencia, el paseo por la Galería Umberto I o las fotos frente al Vesubio. Pero para el familiar al que le ha tocado el imán de la pizza de Nápoles, este no es más que un mero icono de una pizza, pues a él ese souvenir no le hace rememorar ninguna vivencia pasada. Para él, el significante de pizza de pepperoni hace referencia única y exclusivamente al significado pizza de pepperoni.

¿Qué es entonces un souvenir? Un souvenir no es nada, es la conversión en ente de una cualidad. Una construcción ficticia y prediseñada para ser el símbolo de algo totalmente diferente. Nadie tiene una experiencia igual que la de otro cuando viaja a una ciudad, sin embargo, el recuerdo que se llevan es el mismo. Un mismo objeto sirve para simbolizar experiencias totalmente distintas únicamente por su abstracción y su inconexión con estas.

El consumo de experiencias y su mercantilización generan productos diseñados para suplir conceptos, para acumular momentos, para representar valores. La relación que guardamos con nuestra memoria, con nuestras vivencias se torna oscura y artificial, mediada por tours, horarios, guías y souvenirs que asemejan y homogenizan nuestra vida y nuestros recuerdos al del resto de personas.

Souvenir

Viajamos a los sitios que no te puedes perder para vivir la misma experiencia que en el resto de sitios que no te has perdido. Hacemos las fotos que todo el mundo tiene que tener y al final nos volvemos depositando ese recuerdo en un trozo de plástico cuya única utilidad es estar pegado a la nevera para poder gritarle a las visitas «¡Eh, que yo estuve aquí!» En realidad, no hemos hecho más que consumir una experiencia artificial, más similar a un parque temático que a una ciudad, contribuyendo únicamente a la masificación y la gentrificación de los sitios destinados a conservarse.

No podemos aspirar a una experiencia real siendo turistas, es algo imposible e innecesario y, además, esta búsqueda también ha sido ya mercantilizada y ultraprocesada. Pero podemos intentar vivir las vivencias sin necesidad de acumularlas, bucear en nuestra memoria para sacar recuerdos a flote. Basta de imanes y llaveros feos y kitsch, dejemos de fabricar souvenirs, dejemos de monetizar experiencias; llevamos demasiado tiempo mercantilizando la memoria. El mejor souvenir siempre será una cicatriz. 

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