31 agosto, 2018    /   ENTRETENIMIENTO
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No te quejes de los atascos de la operación retorno, también son culpa tuya

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Muchos de los que regresáis a las capitales después de haraganear en la playa apuráis el domingo y salís después de comer. «Una última paella, un último cuenco de alioli, por favor», sueñas, suplicas. Es un acto desesperado, una mala idea.

Serán muchas horas de regreso: habrá atascos tremebundos, irás con las ventanas cerradas, por el aire acondicionado. Ahí te darás cuenta: la acidez, los remakes del ajo y el pimentón no son buenos compañeros para afrontar una operación regreso.

Este artículo no va sobre reflujo estomacal sino sobre el vial. Se parecen mucho: ambos avanzan a tropezones, dan calor, cabrean y dan la sensación de vivir en un bucle de dejà vus.

Y la acidez por lo menos tiene causa clara, uno se la guisa y se la come (y recome), pero los atascos kilométricos, muchas veces, no. Se llaman atascos fantasma.

El proceso

Ves la aglomeración, las luces de freno en todos los carriles, reduces de la quinta a la primera y al punto muerto. Intentas todo para amasar paciencia. Hablas o pones música, pero las canciones, que en carretera suelen ser inspiradoras por la sensación de avance y de vitalidad, se convierten en una banda sonora de la nada.

Tal vez piensas en Julio Cortázar y en su cuento La autopista del sur. Cuenta la historia de un atasco inexplicable que dura días: se crea una comunidad, los conductores se organizan, implantan jerarquías, surgen romances, emergencias médicas, facciones.

Entonces miras alrededor, compruebas qué vecinos te han tocado para esa nueva vida. No te gustan. «Seguro que allí, del Toyota plateado en adelante, la gente mola más», especulas, te frustras.

Pero en la vida nunca pasa lo que pasa en los cuentos de Cortázar, al menos en su envoltorio, y vas avanzando poco a poco, vislumbras el final del embotellamiento. Los últimos minutos se pasan más rápido mientras te preguntas qué accidente habrá provocado semejante hacinamiento.

Llegas al final (metes tercera, cuarta), revisas los arcenes y nada. Preferirías, por justicia cosmológica, que hubiera una buena piña. Es una idea estúpida y egoísta pero imparable: tu desesperación merece una causa impactante. No lo piensas, pero lo sientes: deberían premiarse esas pérdidas de tiempo, al menos, con la posibilidad de ejercer la conmiseración. Decir: «Qué pena de coche, si es que van como locos», y acelerar sintiéndote un conductor ejemplar.

La teoría del caos vial

Lo peor de todo es que nadie en concreto tiene la culpa de tu desesperación; la tienen todos, incluso tú. Los atascos fantasma son la escenificación gráfica más accesible de la teoría del caos.

Se presume que hay un conductor desencadenante. Alguien, de pronto, a mucha distancia, frena. ¿Motivos? Las intersecciones, carriles de salida, las rotondas: los coches no superan estos obstáculos de manera coordinada, hay segundos de espera innecesarios que se acumulan y se multiplican coche a coche, con frenadas cada vez más largas, hasta encasquillar el tráfico.

Hasta ahí, todo parece lógico. Pero hay más motivos: un conductor ha visto una liebre hecha compota en el arcén y curiosea; da un beso a su pareja; enciende un cigarro; o ha detectado a un turismo majadero que, por ejemplo, no respeta la distancia de seguridad. Entonces oprime el pedal de freno e inicia una cadena de luces rojas.

El fisgoneo es un detonante ridículamente frencuente. Una retención en tu carril tiende a provocar atascos al otro lado de la mediana, en el sentido contrario. Los conductores que pasamos por allí ralentizamos el ritmo para enterarnos de qué pasa o, simplemente, para disfrutar detenidamente de lo que otros sufren y nosotros no. Y así, alegres y festivos, los marujos montamos nuestro propio caos.

Sin humanos no hay atascos

La forma más rápida de resolver este problema es eliminar el factor humano. Un estudio de la Universidad de Michigan reportado por Wired, y dirigido por el profesor de Ingeniería Mecánica Gabor Orosz, descubrió que un solo coche automático y conectado puede mejorar el flujo en toda la vía.

Orosz ha indagado minuciosamente en los atascos fantasma para alumbrar una solución. Según su explicación, si un solo conductor frena de manera considerable, los siguientes lo harán con más insistencia para compensar el tiempo que tardaron en ver las luces rojas. La persona que está 10 coches más atrás puede verse obligada a detenerse completamente.

Su equipo de Michigan desarrolló un experimento introduciendo un vehículo equipado con conexión 5G y tecnología de radio corta capaz de monitorizar «a los automóviles o la infraestructura que hay delante para saber si alguien está desacelerando», informa Wired.

En la prueba, los humanos que circulaban tras el primer coche en desacelerar frenaron fuerte, pero el vehículo con sensores ya había detectado el frenazo originario y, desde ese momento, había reducido la marcha paulatinamente. Los conductores que lo seguían lo imitaron, modificaron su velocidad suavemente y, finalmente, no se produjo ningún taponamiento.

No se requieren grandes medios ni flotas enteras de coches inteligentes, un solo turismo equipado con uno de estos sistemas basta para contrarrestar la tontuna humana en un buen tramo de autovía.

Habría otra solución más analógica y barata (de hecho, gratuita): que los conductores respetaran siempre la distancia de seguridad para que los imprevistos no obligaran a frenar locamente. Pero ya sabemos que eso no va a suceder.

Muchos de los que regresáis a las capitales después de haraganear en la playa apuráis el domingo y salís después de comer. «Una última paella, un último cuenco de alioli, por favor», sueñas, suplicas. Es un acto desesperado, una mala idea.

Serán muchas horas de regreso: habrá atascos tremebundos, irás con las ventanas cerradas, por el aire acondicionado. Ahí te darás cuenta: la acidez, los remakes del ajo y el pimentón no son buenos compañeros para afrontar una operación regreso.

Este artículo no va sobre reflujo estomacal sino sobre el vial. Se parecen mucho: ambos avanzan a tropezones, dan calor, cabrean y dan la sensación de vivir en un bucle de dejà vus.

Y la acidez por lo menos tiene causa clara, uno se la guisa y se la come (y recome), pero los atascos kilométricos, muchas veces, no. Se llaman atascos fantasma.

El proceso

Ves la aglomeración, las luces de freno en todos los carriles, reduces de la quinta a la primera y al punto muerto. Intentas todo para amasar paciencia. Hablas o pones música, pero las canciones, que en carretera suelen ser inspiradoras por la sensación de avance y de vitalidad, se convierten en una banda sonora de la nada.

Tal vez piensas en Julio Cortázar y en su cuento La autopista del sur. Cuenta la historia de un atasco inexplicable que dura días: se crea una comunidad, los conductores se organizan, implantan jerarquías, surgen romances, emergencias médicas, facciones.

Entonces miras alrededor, compruebas qué vecinos te han tocado para esa nueva vida. No te gustan. «Seguro que allí, del Toyota plateado en adelante, la gente mola más», especulas, te frustras.

Pero en la vida nunca pasa lo que pasa en los cuentos de Cortázar, al menos en su envoltorio, y vas avanzando poco a poco, vislumbras el final del embotellamiento. Los últimos minutos se pasan más rápido mientras te preguntas qué accidente habrá provocado semejante hacinamiento.

Llegas al final (metes tercera, cuarta), revisas los arcenes y nada. Preferirías, por justicia cosmológica, que hubiera una buena piña. Es una idea estúpida y egoísta pero imparable: tu desesperación merece una causa impactante. No lo piensas, pero lo sientes: deberían premiarse esas pérdidas de tiempo, al menos, con la posibilidad de ejercer la conmiseración. Decir: «Qué pena de coche, si es que van como locos», y acelerar sintiéndote un conductor ejemplar.

La teoría del caos vial

Lo peor de todo es que nadie en concreto tiene la culpa de tu desesperación; la tienen todos, incluso tú. Los atascos fantasma son la escenificación gráfica más accesible de la teoría del caos.

Se presume que hay un conductor desencadenante. Alguien, de pronto, a mucha distancia, frena. ¿Motivos? Las intersecciones, carriles de salida, las rotondas: los coches no superan estos obstáculos de manera coordinada, hay segundos de espera innecesarios que se acumulan y se multiplican coche a coche, con frenadas cada vez más largas, hasta encasquillar el tráfico.

Hasta ahí, todo parece lógico. Pero hay más motivos: un conductor ha visto una liebre hecha compota en el arcén y curiosea; da un beso a su pareja; enciende un cigarro; o ha detectado a un turismo majadero que, por ejemplo, no respeta la distancia de seguridad. Entonces oprime el pedal de freno e inicia una cadena de luces rojas.

El fisgoneo es un detonante ridículamente frencuente. Una retención en tu carril tiende a provocar atascos al otro lado de la mediana, en el sentido contrario. Los conductores que pasamos por allí ralentizamos el ritmo para enterarnos de qué pasa o, simplemente, para disfrutar detenidamente de lo que otros sufren y nosotros no. Y así, alegres y festivos, los marujos montamos nuestro propio caos.

Sin humanos no hay atascos

La forma más rápida de resolver este problema es eliminar el factor humano. Un estudio de la Universidad de Michigan reportado por Wired, y dirigido por el profesor de Ingeniería Mecánica Gabor Orosz, descubrió que un solo coche automático y conectado puede mejorar el flujo en toda la vía.

Orosz ha indagado minuciosamente en los atascos fantasma para alumbrar una solución. Según su explicación, si un solo conductor frena de manera considerable, los siguientes lo harán con más insistencia para compensar el tiempo que tardaron en ver las luces rojas. La persona que está 10 coches más atrás puede verse obligada a detenerse completamente.

Su equipo de Michigan desarrolló un experimento introduciendo un vehículo equipado con conexión 5G y tecnología de radio corta capaz de monitorizar «a los automóviles o la infraestructura que hay delante para saber si alguien está desacelerando», informa Wired.

En la prueba, los humanos que circulaban tras el primer coche en desacelerar frenaron fuerte, pero el vehículo con sensores ya había detectado el frenazo originario y, desde ese momento, había reducido la marcha paulatinamente. Los conductores que lo seguían lo imitaron, modificaron su velocidad suavemente y, finalmente, no se produjo ningún taponamiento.

No se requieren grandes medios ni flotas enteras de coches inteligentes, un solo turismo equipado con uno de estos sistemas basta para contrarrestar la tontuna humana en un buen tramo de autovía.

Habría otra solución más analógica y barata (de hecho, gratuita): que los conductores respetaran siempre la distancia de seguridad para que los imprevistos no obligaran a frenar locamente. Pero ya sabemos que eso no va a suceder.

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