5 de noviembre 2018    /   IDEAS
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Tus opiniones políticas suelen ser tan profundas como tus opiniones sobre fútbol

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Os voy a confesar un pequeño secreto. Cada vez que alguien me suelta su rollo político suelo pensar en otra cosa, en el mejor de los casos, o directamente replico estilo troll, poniéndome justo a la contra, en el peor. Lo primero lo hago para no perder el tiempo y no entrar en disputas vanas. Lo segundo, por deporte; si se tercia, incluso vale defender a Vox.

Todo eso no lo hago porque desprecie la opinión de los demás. Bueno, sí que lo hago por eso. Pero yo estoy dentro del grupo. Es decir, que tampoco intento escucharme demasiado a mí mismo: en cuanto veo que escoro en exceso hacia uno y otro lado del espectro ideológico, trato de reconducirme buscando información que rebata lo que estoy pensando. (Sí, amigos, tanto la izquierda como la derecha tienen sus virtudes y sus debilidades… y mal nos irá el día en que uno de los dos bandos desaparezca).

No es que me considere apolítico. Ni siquiera me considero un completo ignorante, solo un poco. Lo que sucede es que no confío en el origen de mis opiniones: no sé si estas brotan del razonamiento, de las emociones o del puro hooliganismo. Y mucho menos confío en las opiniones ajenas.

Para formarse opiniones están los libros. Sé que no es tan entretenido zamparse un ensayo de 300 páginas si lo comparamos con la típica charla de bar en la que se mezcla un grito cada cinco o seis palabras. Pero lo que resulta innegable es que lo primero es una forma un poco más (solo un poco, tampoco nos pasemos) seria de esclarecer una idea política. Lo segundo es solo un pasatiempo. Como hablar de fútbol.

De hecho, según la literatura científica que tenemos a nuestro abasto, hablar de política es exactamente igual que hablar de fútbol. O peor: porque Messi no puede, en principio, influir para bien o para mal en la administración pública.

Fanatismo deportivo

Gracias a varios estudios sabemos que el partidismo político es como el fanatismo deportivo: los niveles de testosterona suben o bajan en la noche electoral como lo hacen en un partido de final de Liga. Por eso, también, vemos más infracciones en el equipo contrario que en el propio.

A esto último se le llama sesgo endogrupal, y es particularmente poderoso en los partidos políticos: por eso sus seguidores se nos antojan muchas veces zombis carentes de ideas propias; y los mítines, el triunfo de la autoexpresión sobre la verdad mientras hordas fervorosas entonan cánticos. O algo así.

Esto sucede porque nuestro cerebro, si bien tiene regiones específicamente diseñadas para el razonamiento, también está compuesto por otras tantas primitivas que hemos heredado de nuestros antepasados con más pelo. Por ello, nuestro cerebro está infectado por lo que los psicólogos denominan razonamiento motivado, es decir, que dirigimos inconscientemente nuestro argumento hacia una conclusión favorita en lugar de seguirlo hasta donde nos lleve.

Y no importa si hablamos con personas simplonas o estudiantes de las mejores universidades del mundo: parece que la única forma de vacunarse contra estos sesgos consiste en tenerlos muy presentes, aprendérselos de memoria, e invocarlos como un salmo cada vez que afirmamos cualquier cosa.

Por eso no deberían sorprendernos los resultados de un estudio ya clásico llevado a cabo en 1954 por parte de los psicólogos Al Hastorf y Hadley Cantril, en el que se encuestó a estudiantes de las universidades de Dartmouth y Princeton a propósito de un reciente partido de fútbol americano en el que ambos equipos universitarios habían incurrido en numerosas faltas. Los estudiantes de una universidad veían más infracciones en el equipo de la universidad contraria, fuera cierto o no.

Los míos tienen razón

En otro estudio clásico, realizado por los psicólogos Charles Lord, Lee Ross y Mark Lepper, se presentaban análisis falsos sobre la pena capital a partidarios y detractores de la misma. Uno de los análisis venía a decir que en los estados donde se aplicaba la pena de muerte se había conseguido reducir el número de homicidios; otro decía justo lo contrario.

Ambos bandos se mostraron quisquillosos con los detalles que sugerían los análisis que iban en contra de su idea original. Pero lo peor no fue eso, sino lo que pasó luego, tal y como explica el psicólogo cognitivo Steven Pinker en su libro En defensa de la Ilustración:

Gracias a este enjuiciamiento selectivo, los participantes estaban más polarizados que al principio después de haber sido expuestos todos ellos a las mismas evidencias: los detractores eran más detractores y los partidarios, más partidarios.

Esta clase de sesgos, además, son más evidentes si el estudio se realiza con temas políticos que con temas no políticos. Por ejemplo, si tomamos a un grupo de personas para que analice las bondades de una nueva crema cutánea en función de los datos estadísticos presentados, tanto las personas de derechas como de izquierdas muestran unas respuestas propias de la inteligencia media (no, los de derechas o los de izquierdas no son más tontos, aunque nos lo parezca).

Pero si a ese mismo grupo se le realiza otra prueba para evaluar el control de armas y su posible vínculo con los índices de criminalidad, entonces las respuestas se ajustan al sesgo político de cada participante.

Y mucho más preocupante es comprobar que las personas que se habían mostrado más competentes previamente que la media, no eran ahora más competentes que la media: eran igual de estúpidas. Si en el problema que debía analizarse subyacía el más mínimo tufo político, todos se volvían matemáticamente torpes aunque las dos cuestiones requirieran nociones de estadística similares, como quedó en evidencia en este estudio de Kahan y Peters.

Cuestión de biología

A todo esto se suma que probablemente la inclinación de votar hacia uno u otro espectro de la ideología política responde más bien a nuestra personalidad (según puntúes alto en apertura a la experiencia o a la responsabilidad) que al razonamiento o a la lectura atenta del programa político.

En psicología, el Modelo de los cinco grandes define a las personas por cinco rasgos: factor O (Openness o apertura a nuevas experiencias), factor C (Conscientiousness o responsabilidad), factor E (Extraversion o extraversión), factor A (Agreeableness o amabilidad) y factor N (Neuroticism o inestabilidad emocional).

Si uno tiende a puntuar alto en factor C, entonces prefiere la certidumbre a la incertidumbre, que las cosas estén más ordenadas, no hacer experimentos a ver qué pasa… y opta por votar a partidos de derechas. Si se puntúa alto en factor O, entonces se preferirán las líneas difusas a las rígidas, se sentirá placer al experimentar, no producirá tanta inquietud la incertidumbre… y se optará por votar a partidos de izquierdas.

Así que la próxima vez que alguien os suelte el rollo, que si es bueno o malo subir el sueldo mínimo interprofesional, que si presos políticos o políticos presos, que si hay que poner más lacitos o quitarlos, que si mira que chapa reivindicativa más molona llevo en la pechera, repetid en vuestras cabezas la conveniente observación que hizo una vez Benjamin Franklin: «Ser criaturas racionales resulta harto conveniente, pues nos permite encontrar o inventar una razón para todo aquello que se nos antoje».

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Todo eso no lo hago porque desprecie la opinión de los demás. Bueno, sí que lo hago por eso. Pero yo estoy dentro del grupo. Es decir, que tampoco intento escucharme demasiado a mí mismo: en cuanto veo que escoro en exceso hacia uno y otro lado del espectro ideológico, trato de reconducirme buscando información que rebata lo que estoy pensando. (Sí, amigos, tanto la izquierda como la derecha tienen sus virtudes y sus debilidades… y mal nos irá el día en que uno de los dos bandos desaparezca).

No es que me considere apolítico. Ni siquiera me considero un completo ignorante, solo un poco. Lo que sucede es que no confío en el origen de mis opiniones: no sé si estas brotan del razonamiento, de las emociones o del puro hooliganismo. Y mucho menos confío en las opiniones ajenas.

Para formarse opiniones están los libros. Sé que no es tan entretenido zamparse un ensayo de 300 páginas si lo comparamos con la típica charla de bar en la que se mezcla un grito cada cinco o seis palabras. Pero lo que resulta innegable es que lo primero es una forma un poco más (solo un poco, tampoco nos pasemos) seria de esclarecer una idea política. Lo segundo es solo un pasatiempo. Como hablar de fútbol.

De hecho, según la literatura científica que tenemos a nuestro abasto, hablar de política es exactamente igual que hablar de fútbol. O peor: porque Messi no puede, en principio, influir para bien o para mal en la administración pública.

Fanatismo deportivo

Gracias a varios estudios sabemos que el partidismo político es como el fanatismo deportivo: los niveles de testosterona suben o bajan en la noche electoral como lo hacen en un partido de final de Liga. Por eso, también, vemos más infracciones en el equipo contrario que en el propio.

A esto último se le llama sesgo endogrupal, y es particularmente poderoso en los partidos políticos: por eso sus seguidores se nos antojan muchas veces zombis carentes de ideas propias; y los mítines, el triunfo de la autoexpresión sobre la verdad mientras hordas fervorosas entonan cánticos. O algo así.

Esto sucede porque nuestro cerebro, si bien tiene regiones específicamente diseñadas para el razonamiento, también está compuesto por otras tantas primitivas que hemos heredado de nuestros antepasados con más pelo. Por ello, nuestro cerebro está infectado por lo que los psicólogos denominan razonamiento motivado, es decir, que dirigimos inconscientemente nuestro argumento hacia una conclusión favorita en lugar de seguirlo hasta donde nos lleve.

Y no importa si hablamos con personas simplonas o estudiantes de las mejores universidades del mundo: parece que la única forma de vacunarse contra estos sesgos consiste en tenerlos muy presentes, aprendérselos de memoria, e invocarlos como un salmo cada vez que afirmamos cualquier cosa.

Por eso no deberían sorprendernos los resultados de un estudio ya clásico llevado a cabo en 1954 por parte de los psicólogos Al Hastorf y Hadley Cantril, en el que se encuestó a estudiantes de las universidades de Dartmouth y Princeton a propósito de un reciente partido de fútbol americano en el que ambos equipos universitarios habían incurrido en numerosas faltas. Los estudiantes de una universidad veían más infracciones en el equipo de la universidad contraria, fuera cierto o no.

Los míos tienen razón

En otro estudio clásico, realizado por los psicólogos Charles Lord, Lee Ross y Mark Lepper, se presentaban análisis falsos sobre la pena capital a partidarios y detractores de la misma. Uno de los análisis venía a decir que en los estados donde se aplicaba la pena de muerte se había conseguido reducir el número de homicidios; otro decía justo lo contrario.

Ambos bandos se mostraron quisquillosos con los detalles que sugerían los análisis que iban en contra de su idea original. Pero lo peor no fue eso, sino lo que pasó luego, tal y como explica el psicólogo cognitivo Steven Pinker en su libro En defensa de la Ilustración:

Gracias a este enjuiciamiento selectivo, los participantes estaban más polarizados que al principio después de haber sido expuestos todos ellos a las mismas evidencias: los detractores eran más detractores y los partidarios, más partidarios.

Esta clase de sesgos, además, son más evidentes si el estudio se realiza con temas políticos que con temas no políticos. Por ejemplo, si tomamos a un grupo de personas para que analice las bondades de una nueva crema cutánea en función de los datos estadísticos presentados, tanto las personas de derechas como de izquierdas muestran unas respuestas propias de la inteligencia media (no, los de derechas o los de izquierdas no son más tontos, aunque nos lo parezca).

Pero si a ese mismo grupo se le realiza otra prueba para evaluar el control de armas y su posible vínculo con los índices de criminalidad, entonces las respuestas se ajustan al sesgo político de cada participante.

Y mucho más preocupante es comprobar que las personas que se habían mostrado más competentes previamente que la media, no eran ahora más competentes que la media: eran igual de estúpidas. Si en el problema que debía analizarse subyacía el más mínimo tufo político, todos se volvían matemáticamente torpes aunque las dos cuestiones requirieran nociones de estadística similares, como quedó en evidencia en este estudio de Kahan y Peters.

Cuestión de biología

A todo esto se suma que probablemente la inclinación de votar hacia uno u otro espectro de la ideología política responde más bien a nuestra personalidad (según puntúes alto en apertura a la experiencia o a la responsabilidad) que al razonamiento o a la lectura atenta del programa político.

En psicología, el Modelo de los cinco grandes define a las personas por cinco rasgos: factor O (Openness o apertura a nuevas experiencias), factor C (Conscientiousness o responsabilidad), factor E (Extraversion o extraversión), factor A (Agreeableness o amabilidad) y factor N (Neuroticism o inestabilidad emocional).

Si uno tiende a puntuar alto en factor C, entonces prefiere la certidumbre a la incertidumbre, que las cosas estén más ordenadas, no hacer experimentos a ver qué pasa… y opta por votar a partidos de derechas. Si se puntúa alto en factor O, entonces se preferirán las líneas difusas a las rígidas, se sentirá placer al experimentar, no producirá tanta inquietud la incertidumbre… y se optará por votar a partidos de izquierdas.

Así que la próxima vez que alguien os suelte el rollo, que si es bueno o malo subir el sueldo mínimo interprofesional, que si presos políticos o políticos presos, que si hay que poner más lacitos o quitarlos, que si mira que chapa reivindicativa más molona llevo en la pechera, repetid en vuestras cabezas la conveniente observación que hizo una vez Benjamin Franklin: «Ser criaturas racionales resulta harto conveniente, pues nos permite encontrar o inventar una razón para todo aquello que se nos antoje».

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Opiniones 3
  • Artículo interesante, aunque leo algunos pecadillos en algún razonamiento anclado en posturas muy prejuiciosas. Faltan grises al principio, pues el texto se refiere sobre todo a ciertas personas rigidificadas incapaces de escuchar al interlocutor antes de solar su siguiente arenga y luego la típica dicotomía izquierda-derecha. No lo veo como dos bandos con esa división, en todo caso los que velan por los intereses de la mayoría y los que tratan de perpetuar los privilegios de la minoría privilegiada. La parte que habla de cuestiones de biología o incluso genéticas también da para hablar… Porque el «factor C» de responsabilidad que -teóricamente- debería ser proclive a la derecha es una falacia. No hay nada más inestable, desordenado y desregulado que la ideología neoliberal actual. El orden, la regulación y el control de los agentes económicos que causaron la crisis financiera esta en la izquierda (keynesiana). Lo que el autor llama «izquierda» es factor «O», nuevas experiencias, pues la izquierda es dinámica y abierta, per también «C», pues es responsable frente al caos neoliberal. Lo que actualmente se llama derecha entraría en el factor «Z» de zoquete.

  • Bueno pues yo digo que el pueblo se le estan agotando las formas de expresarse por culpa de estos mal yamados politicos yo digo que son ladrones del pueblo

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