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13 de noviembre 2018    /   IDEAS
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El optimismo es bueno para tu salud; el exceso de optimismo, no lo es

13 de noviembre 2018    /   IDEAS     por          
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Las diferentes sustancias transmisoras que modulan nuestro estado emocional y las neuronas que modulan nuestro sistema nervioso vegetativo, los neurotransmisores, son capaces de controlar el ritmo de nuestro corazón, la presión arterial, la movilidad del aparato digestivo y un sinfín de funciones vitales, entre las que se encuentra, también, la regulación del sistema inmunológico.

En otras palabras, hay una serie de trastornos físicos que pueden explicarse en parte por la influencia de estos neurotransmisores. Son las llamadas dolencias psicosomáticas.

Hay cuestiones relativas a nuestra psique, pues, que influyen en el debilitamiento de nuestro sistema inmunitario y, por consiguiente, favorecen que enfermemos.

Enfermedades como la hipertensión o la oclusión de las arterias coronarias, por ejemplo, pueden estar favorecidas por los efectos psicológicos, como demostró una revisión reciente realizado por Reford Williams, profesor de Medicina de la Universidad de Duke.

También nuestra recuperación de una dolencia es más eficaz si tenemos un buen estado de ánimo. Un estudio llevado a cabo por Michael Scheier en varios hospitales universitarios de Estados Unidos a lo largo de 1999 demostraba que los pacientes más optimistas y felices regresaban menos veces al hospital en el año siguiente. Scheier siguió el proceso de posoperatorio de 309 pacientes que habían sido sometidos a una intervención cardiaca.

En el caso específico de las mujeres, incluso evidencia que el optimismo sirve para mitigar el riesgo de mortalidad por cáncer, accidente cardiovascular y otras afecciones. Es lo que al menos sugiere un estudio publicado en la revista American Journal of Epidemiology.

El estudio hizo un seguimiento médico y psicológico de más de 70.000 mujeres entre los años 2004 y 2012, con encuestas periódicas sobre el estado de ánimo de las participantes. Las voluntarias más optimistas mostraron casi un 30% menos de probabilidades de morir por alguna de las causas analizadas.

¿Cómo te sientes?

En uno de los chistes más brutos que se vierten en la película Depredador 2, el actor Bill Paxton cuenta: «El otro día el médico me pidió una muestra de semen, orina y heces y le dije que se quedara con mis calzoncillos». Y, en efecto, los análisis de los fluidos, así como otras pruebas diagnósticas, son una buena forma de conocer el estado de nuestra salud.

Sin embargo, tres docenas de investigaciones sobre la percepción subjetiva de la propia salud sugieren que la respuesta a la simple pregunta de «¿cómo describiría su salud en general: excelente, muy buena, buena, pasable o mala?», predice la longevidad mejor que un examen médico completo, especialmente en personas mayores de 60 años.

No en vano, los pesimistas tienen el doble de probabilidad de suicidarse que los optimistas, según diversos de Lynn Abramson, de la Universidad de Wisconsin, que fueron publicados entre 1998 y 2000.

Pero no solo se trata de escamotear el sucidio, sino en que prolongar la vida incluso estando enfermo, como explica Luis Rojas Marcos en su libro La fuerza del optimismo:

El temperamento optimista alarga la vida de dolientes crónicos, incluidos quienes padecen esclerosis múltiple, sida, personas que han sufrido ataques de corazón, enfermos de inmunodeficiencia renal, hipertensión y herpes […]. El temperamento optimista o pesimista es el factor que mejor predice la calidad de vida cotidiana de pacientes de asma y artritis.

Otro estudio publicado por la Canadian Medical Association Journal asoció, por primera vez, una percepción positiva de uno mismo y el entorno con un menor declive físico cotidiano. El estudio, además, tuvo un tamaño muestral nada desdeñable: se realizó un seguimiento durante ocho años de más de 3.200 personas de edades comprendidas entre 60 y 90 años.

No hay que verlo todo de color rosa

Con todo, hay algunos límites que deberíamos establecer. Verlo todo de color rosa, supurar un optimismo inquebrantable, impermeable a la realidad, puede ser tanto o más gravoso que el pesimismo.

Es lo que se conoce como paradoja de Stockdale. Esta paradoja describe que demasiado optimismo puede favorecer que nos decepcionemos con frecuencia si las cosas no suceden como esperamos, entrando en una especie de montaña rusa emocional, de subidas y bajadas demasiado abruptas.

El nombre de la paradoja de Stockdale, de hecho, procede de una historia que ejemplifica esta situación, la del almirante James Stockdale, el prisionero estadounidense de mayor rango de la guerra del Vietnam.

Durante su cautiverio en el Hanoi Hilton, donde fue torturado repetidamente durante ocho años, Stockdale advirtió que los prisioneros que antes se fallecían en tales condiciones inhumanas eran los que no dejaban de repetir que iban a salir de allí, que en Navidad ya estarían en casa, etc. Es decir, los prisioneros que eran demasiado optimistas y veían frustrado su optimismo cada poco tiempo.

Amén de que si somos demasiado optimistas, entonces tampoco haremos nada por progresar o cambiar nuestro estado, anquilosándonos en situaciones negativas para nuestra vida o nuestra salud.

Porque optimismo indiscriminado no siempre es la solución, e incluso puede ser un grave problema, como también aborda Barbara Ehrenreich en Bright-Sided, How Positive Thinking is undermining America. Y, como ha sugerido el profesor de psicología de la Universidad de Concordia Carsten Wrosch en un estudio, renunciar a objetivos demasiado ambiciosos resulta beneficioso, y perseguirlos a toda costa, contraproducente.

La senda sabia, pues, parece que transita por el borde entre el pesimismo y el optimismo, aunque ligeramente inclinado hacia el optimismo. O como lo resume Juan José Sebreli en El asedio a la modernidad a propósito de cómo percibimos el progreso:

El optimismo absoluto es la negación del progreso porque considera que vivimos en el mejor de los mundos, que no es necesario cambiar nada, todo lo que pasa está bien. La idea de progreso es una combinación de pesimismo (las cosas están mal) y de optimismo (las cosas pueden mejorar); pesimista con respecto al presente, a la realidad presentada; optimista en lo referido al porvenir, a las posibilidades.

Las diferentes sustancias transmisoras que modulan nuestro estado emocional y las neuronas que modulan nuestro sistema nervioso vegetativo, los neurotransmisores, son capaces de controlar el ritmo de nuestro corazón, la presión arterial, la movilidad del aparato digestivo y un sinfín de funciones vitales, entre las que se encuentra, también, la regulación del sistema inmunológico.

En otras palabras, hay una serie de trastornos físicos que pueden explicarse en parte por la influencia de estos neurotransmisores. Son las llamadas dolencias psicosomáticas.

Hay cuestiones relativas a nuestra psique, pues, que influyen en el debilitamiento de nuestro sistema inmunitario y, por consiguiente, favorecen que enfermemos.

Enfermedades como la hipertensión o la oclusión de las arterias coronarias, por ejemplo, pueden estar favorecidas por los efectos psicológicos, como demostró una revisión reciente realizado por Reford Williams, profesor de Medicina de la Universidad de Duke.

También nuestra recuperación de una dolencia es más eficaz si tenemos un buen estado de ánimo. Un estudio llevado a cabo por Michael Scheier en varios hospitales universitarios de Estados Unidos a lo largo de 1999 demostraba que los pacientes más optimistas y felices regresaban menos veces al hospital en el año siguiente. Scheier siguió el proceso de posoperatorio de 309 pacientes que habían sido sometidos a una intervención cardiaca.

En el caso específico de las mujeres, incluso evidencia que el optimismo sirve para mitigar el riesgo de mortalidad por cáncer, accidente cardiovascular y otras afecciones. Es lo que al menos sugiere un estudio publicado en la revista American Journal of Epidemiology.

El estudio hizo un seguimiento médico y psicológico de más de 70.000 mujeres entre los años 2004 y 2012, con encuestas periódicas sobre el estado de ánimo de las participantes. Las voluntarias más optimistas mostraron casi un 30% menos de probabilidades de morir por alguna de las causas analizadas.

¿Cómo te sientes?

En uno de los chistes más brutos que se vierten en la película Depredador 2, el actor Bill Paxton cuenta: «El otro día el médico me pidió una muestra de semen, orina y heces y le dije que se quedara con mis calzoncillos». Y, en efecto, los análisis de los fluidos, así como otras pruebas diagnósticas, son una buena forma de conocer el estado de nuestra salud.

Sin embargo, tres docenas de investigaciones sobre la percepción subjetiva de la propia salud sugieren que la respuesta a la simple pregunta de «¿cómo describiría su salud en general: excelente, muy buena, buena, pasable o mala?», predice la longevidad mejor que un examen médico completo, especialmente en personas mayores de 60 años.

No en vano, los pesimistas tienen el doble de probabilidad de suicidarse que los optimistas, según diversos de Lynn Abramson, de la Universidad de Wisconsin, que fueron publicados entre 1998 y 2000.

Pero no solo se trata de escamotear el sucidio, sino en que prolongar la vida incluso estando enfermo, como explica Luis Rojas Marcos en su libro La fuerza del optimismo:

El temperamento optimista alarga la vida de dolientes crónicos, incluidos quienes padecen esclerosis múltiple, sida, personas que han sufrido ataques de corazón, enfermos de inmunodeficiencia renal, hipertensión y herpes […]. El temperamento optimista o pesimista es el factor que mejor predice la calidad de vida cotidiana de pacientes de asma y artritis.

Otro estudio publicado por la Canadian Medical Association Journal asoció, por primera vez, una percepción positiva de uno mismo y el entorno con un menor declive físico cotidiano. El estudio, además, tuvo un tamaño muestral nada desdeñable: se realizó un seguimiento durante ocho años de más de 3.200 personas de edades comprendidas entre 60 y 90 años.

No hay que verlo todo de color rosa

Con todo, hay algunos límites que deberíamos establecer. Verlo todo de color rosa, supurar un optimismo inquebrantable, impermeable a la realidad, puede ser tanto o más gravoso que el pesimismo.

Es lo que se conoce como paradoja de Stockdale. Esta paradoja describe que demasiado optimismo puede favorecer que nos decepcionemos con frecuencia si las cosas no suceden como esperamos, entrando en una especie de montaña rusa emocional, de subidas y bajadas demasiado abruptas.

El nombre de la paradoja de Stockdale, de hecho, procede de una historia que ejemplifica esta situación, la del almirante James Stockdale, el prisionero estadounidense de mayor rango de la guerra del Vietnam.

Durante su cautiverio en el Hanoi Hilton, donde fue torturado repetidamente durante ocho años, Stockdale advirtió que los prisioneros que antes se fallecían en tales condiciones inhumanas eran los que no dejaban de repetir que iban a salir de allí, que en Navidad ya estarían en casa, etc. Es decir, los prisioneros que eran demasiado optimistas y veían frustrado su optimismo cada poco tiempo.

Amén de que si somos demasiado optimistas, entonces tampoco haremos nada por progresar o cambiar nuestro estado, anquilosándonos en situaciones negativas para nuestra vida o nuestra salud.

Porque optimismo indiscriminado no siempre es la solución, e incluso puede ser un grave problema, como también aborda Barbara Ehrenreich en Bright-Sided, How Positive Thinking is undermining America. Y, como ha sugerido el profesor de psicología de la Universidad de Concordia Carsten Wrosch en un estudio, renunciar a objetivos demasiado ambiciosos resulta beneficioso, y perseguirlos a toda costa, contraproducente.

La senda sabia, pues, parece que transita por el borde entre el pesimismo y el optimismo, aunque ligeramente inclinado hacia el optimismo. O como lo resume Juan José Sebreli en El asedio a la modernidad a propósito de cómo percibimos el progreso:

El optimismo absoluto es la negación del progreso porque considera que vivimos en el mejor de los mundos, que no es necesario cambiar nada, todo lo que pasa está bien. La idea de progreso es una combinación de pesimismo (las cosas están mal) y de optimismo (las cosas pueden mejorar); pesimista con respecto al presente, a la realidad presentada; optimista en lo referido al porvenir, a las posibilidades.

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