5 de julio 2013    /   ENTRETENIMIENTO
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Ordinaria bravura: 10 hitos del Imperio Austrohúngaro

5 de julio 2013    /   ENTRETENIMIENTO     por          
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«Berlanga te deja improvisar. Siempre que sepas las palabras claves berlanguianas, astrolabio, austrohúngaro y rotoprint, puedes meter tu chorrada. Austrohúngaro la pone en todas. Hitchcock sale, Berlanga mete austrohúngaro”. Luis Ciges
En 1996, Manolo Martínez y Genís Segarra (más conocidos como Astrud) crearon la agrupación Austro y los Productos Populares Autrohúngaros, en claro homenaje a la palabra-fetiche de Luis García Berlanga, padre de Carlos García Berlanga. Un nombre ideal para un colectivo dedicado mayormente a la creación de música pop. Propia y extraña.
Más de tres lustros después, a trancas y barrancas, el proyecto se ha consolidado, dando lugar a uno de los sellos discográficos más selectos y divertidos de España y parte del extranjero: Austrohúngaro. Ahora, a secas. Y cuando alguien pronuncia la palabra mágica, nos viene a la cabeza el malogrado imperio europeo y la filmografía berlanguiana, pero también los ecos de unas canciones bravas, indulgentes, profundas, superficiales, sintéticas, irónicas, modernas y sempiternas. ¿Te acuerdas? ¡Arre, austrohúngaro!
 
“Lujo y miseria” (1998) 
Colectivo Austro: “Nos encanta ‘Indicios’, de Carlos Berlanga. Quizá es el único disco/artista en el que todos estamos de acuerdo”. 
Gracias a un sarampión pop de Jesús Llorente (capo del sello Acuarela, especializado en indie tristón) descubrimos a 9 nuevos grupos de laboratorio, orquestados en su mayoría por Genís, que perpetraban 21 desvergonzados experimentos synthpop de baja fidelidad. Música hecha sin drogas que solo enlazaba, de aquella manera, con los marcianos de Spicnic y con la saga Dinarama/Fangoria/Berlanga.
Por lo demás, todo en Lujo y miseria resultaba insultantemente caprichoso para los no iniciados: la foto de un tío en pelotas en el libreto del CD, Hidrogenesse y su versión de Morrissey en catalán, el Chocho loco de Araceli y Technopolla, la habitación destrozada de Virginia Rappe, Stardu y sus voces de pito, Álvaro Pombo con bases trip hop de todo a cien, una caricatura homófila del Nadadora de Family, el exquisito crimen de Les Biscuit Salés…
Apenas habían grabado un puñado de canciones, pero Genís y sus autrohúngaros eran ya una pequeña jet set que usaba el pop para transmutar el hormigón del extrarradio barcelonés en alta bisutería. Risas enlatadas.
 
“Mi fracaso personal” (1999)
Manolo: “He querido hacer canciones redondas de pop, con letras cínicas y solo se han enterado quinientas personas”.
Al principio, Astrud eran tan ambiciosos que no les hubiera importado convertirse en el relevo de Mecano. Tuvieron su oportunidad cuando los fichó Chewaka (extinto subsello de Virgin donde grababa Manu Chao): les compraron ropa, les hicieron fotos guays y los metieron en un estudio decente con un productor de éxito. Mas su explosivo pastiche de italodisco, eurodance, canción de autor y tecnopop de vanguardia no vendió lo que tenía que vender, tal vez por los estrafalarios arreglos de Genís (“Manolo empieza y acaba las canciones, y en el proceso yo me meto, a veces me meto poco, a veces mucho, a veces hasta abortar la canción”) o por las redichas letras de Manolo (“esta hidráulica mental no la comprendo”). Tampoco ayudó mucho deconstruir la estructura de algunos temas o ser tacaño con los estribillos. (“Hay demasiada proyección micropoyética”). Pero, al final, fueron todas esas taras las que convirtieron al disco en un clásico moderno.
 
Tacones en la palestra (1999-2013)
Genís: “Si no tocas, no existes”. 
Astrud en vivo no eran precisamente convencionales. Un cantante con aspecto de repelente niño Vicente… y un teclista anoréxico subido a unos zapatos de tacón de aguja (“los llevo por convencimiento personal, para verme entre cinco y siete centímetros más alto”). Para colmo, Genís  apenas se movía, bostezaba, fumaba, ponía cara de asco y… bueno (insisto) llevaba tacones: “Yo estoy sobre el escenario y hay muchos momentos que no toco. ¿Qué hago entonces? Pues me pongo tacones. Así, para mi, ya cobra sentido lo de estar en el escenario”. El público se quedaba perplejo con su actitud, que él asociaba de forma un tanto peregrina con uno de sus grupos favoritos: “Un amigo me contó que Kraftwerk eran estáticos sobre el escenario, no se movían, los travestis antiguos apenas se movían para no delatarse como hombres, parecen maniquíes, tienen los gestos muy calculados para acentuar esas cosas. Así como conexión de ideas absurdas, para parecerme un poco a Kraftwerk, me pongo tacones”.
Casi 15 años después, la tortilla ha dado la vuelta: nos escandalizaría ver a Genís actuando con zapatos planos.
 
“Ese pedazo de onda” (1999)
Araceli: “A Madonna con botas y a caballo, se le perdona todo”.
Les Biscuits Salés eran Araceli, Helena, Marta y Elisa. Como Astrud, se conocieron en un concierto. Y antes de hacer nada, ya editaban un boletín para sus fans. Como gustaron sus cosas para Lujo y miseria, Genís las convenció de grabar tres canciones más. Y las sacaron en un EP del subsello Piérdete. En la portada salían las cuatro gansas de noche, junto a un coche y un bafle, como de fiesta en el parking de un discotecón. Aquello prometía. Y cumplió con creces.
El trallazo electrohiphop de Ese pedazo de onda se mofaba de la escena tontipop (“¿Te haces pajas con una chica que se disfraza de Heidi?”) y hacía gala de un feminismo ultraviolento y deslenguado con frases que todavía escuecen: “tú tienes a todos los chicos detrás. Puedes quedártelos. Esos empollones sin estudios, esos enanos, esos cutres, con sus camisetas cutres, con sus pantalones cutres. Con esa pinta (¡maricones!). Con gafas o sin gafas (¡miopes!) no me veis, cutres”. En la versión castellana de Into the groove agarraron a Madonna, la cruzaron con el Esteso de Bellotero pop y disfrutaron del multiorgasmo. Y entre ambas, Me parece muy bien, tecno desganado que desgrana tragicomedias del primer mundo: “Ese bolso es del Zara, yo me lo iba a comprar”. Elisa, Marta, Helena y Araceli: el arte de la falsa banalidad.
 
“Estafa” (2001) 
Colectivo Austrohúngaro: “Queremos hacer crítica sin hacer panfletos”.
Austro empezó con el más noble de los objetivos humanos: montar fiestas. Así, a partir de 1997 y durante varios años consecutivos estuvieron celebrando el Sonajero, “una alternativa al masificado, supersubvencionado y aburrido Sónar”. Los eventos consistían en conciertos y sesiones de DJ de los grupos de la casa y mucha pedrería.
Pero su evento más subversivo no llegaría hasta el año 2000: la Fiesta Estafa, en la sala Astin (Barcelona), donde se ponía música y se gritaban proclamas. Además, grabaron un CD-Rom con portada del artista Jon Mikel Euba, un video de la Esferobite y un todo un himno (“Todos a una, esto es una estafa. Es-ta-fa-tal. La cosa es-ta-fa-tal. La tele es-ta-fa-tal. La gente es-ta-fa-tal. España es-ta-fa-tal. La música es-ta-fa-tal…”). La guinda era el precio del artefacto: 5.000 pesetas de las de antes. (“Dos por una, esto es una es-ta-fa”). Una intrascendente pero molesta protesta para la era del “España va bien”.
 
“Gimnàstica passiva” (2002)
Ballesteros: “Además de tener dos grupos, dos gatos y un sello, Genís también cocina, hace punto y está aprendiendo alemán y electrónica”.
Astrud siempre tenían discográfica, pero los demás grupos no encajaban en ningún lado. Así que montaron un sello. Austrohúngaro. El primer CD álbum fue Gimnàstica Passiva de Hidrogenesse, el dúo formado por Genís y su novio Carlos Ballesteros.
El gran hit es aquel que diu “no me digas que no hay nada más triste que lo tuyo, hay miles de cosas en el mundo que son mucho peor”. Pero hay más: una fotonovela sónica sobre Kurt Cobain y familia, unos versos de Góngora transmutados en rompepistas y hasta una canción dedicada a la autovía A68 que une Bilbao y Barcelona. Ufano, el dúo se jactaba de haber compuesto el disco en una semana, bajo la influencia del glam setentero, la Düsseldorf, Passolini y Fassbinder.
Tal vez Gimnàstica passiva no sea tan sorprendente como Bestiola (glam drone rock electrónico con prisa y sin pausas), ni tan perfecto como Un dígito binario dudoso. Recital para Alan Turing, su (premiado) último trabajo. Pero, muy en el fondo, mola más.
 
“Status” (2004)
Chica: “Mi madre dice que lo que hacemos se parece mucho a Alaska y mi padre dice que parece música de tugurios de Londres”.
Electro-pop sudoroso y macarra compuesto e interpretado con computadoras. Todo muy artificial, pero ahí está la voz humana (demasiado humana) de Chica, pimpante mariliendre que retuerce el lenguaje coloquial más choni y lo convierte en plata. En la sonada No comprendes que te amo suelta perlas como la que sigue: “No sabes cómo me ralla tu cachondeo, que ya te veo en la cara que pasas mío, que tus muchachos me tienen hasta la pinza, me estás jodiendo la vida que ya te digo”. Pero, pese a los brochazos costumbristas, Chico y Chica (Chycha para los amigos) iban moldeando un estilo suyo, una forma de cantar y contar insólitamente descacharrante. Ahí están la historieta a dos bandas de La millonaria, el acercamiento al colorín de Chantaja o la delirante radionovela Puntualísima.
Supervagos como ellos solos, Chycha jamás lograrían superar tamaño derroche de inventiva chachi y chochi.
 
“Monólogo interior” (2010)
Teresa Iturrioz: “Creímos necesario que contribuyera Genís porque estábamos sonando demasiado “lemansianos” y nos parecía rancio”. 
Empachados de los excesos de su primer disco (Pío, pío, 2006) Single, dúo formado por los ex-Le Mans Ibon y Teresa, decidieron hacer algo más austero, con guitarras y pianos, que les permitiera mentar a Kurt Weill y a Nina Simone en las entrevistas.
Pero cuando lo terminaron y lo reescucharon les pareció demasiado ortodoxo. Temerosos de provocar odiosos flashbacks al Donosti Sound, Single entregaron las novísimas canciones a Genís y que sea lo que Dios quiera. Él no desperdició la oportunidad: y pese a estar publicado por Elefant y ser puro Single, Monólogo interior resulta profundamente austrohúngaro. A base de teclados circenses y arreglos cabareteros, Genís convierte el vainicoso clasicismo del dúo en una inquietante feria de las vanidades, llena de norias, coches de choque, montañas rusas y caballitos pony. Más que un disco, un carrusel.
 
“Ruinas” (2011)
Austrohúngaro: “Somos un sello en la peor época para ser un sello y sacamos discos cuando nadie los compra».
Un buen día, PIAS tiró la toalla y dejó de distribuir el catálogo Austrohúngaro. Con todas las cajas de discos que les devolvieron, Genís y Carlos construyeron una pirámide o, mejor dicho, una “mastaba” que formó parte de la exposición Genius Loci en la Fundación Joan Miró. La muestra pretendía reflexionar sobre el hecho de ser músico en Barcelona en el siglo XXI. Y, hasta que los austrohúngaros encontraron nueva distribuidora, el acartonado edificio funerario relleno de CD constituyó un revelador reflejo del estado de los sellos independientes en particular y la industria discográfica en general. Requiescat in pace.
 
“Rock’n’roll” (2012)
Espanto: “No hay perdedores en nuestras canciones, supervivientes quizás sí”.
Espanto, Teresa y Luis, son pareja y residentes en Logroño. Ya había editado dos CD (Ísimos y Érrimos) en el extinto sellito underground Birra y Perdiz. Pop pluscuamperfecto con letras que ahondan en un costumbrismo disparatado, un humor serio y un personalísimo lenguaje que encandiló a los austros desde el minuto 1. Para colmo de afinidades, en directo se movían aún menos que Kraftwerk. Así que en Hidrogenesse no pararon hasta apadrinarlos, editarlos, reeditarlos, versionearlos, remezclarlos y, finalmente, producir su nuevo y flamante álbum: Rock’n’roll. Las letras (“no soporto las corazas que se imponen las personas”) ahondan en lo de siempre, pero mejor: como dice Genís, “Espanto no escriben letras para rellenar estrofas”. Y las músicas, rock’n’roll tal y como lo entienden Lawrence, Meteoro, Suicide, The Jesus & Mary Chain, Spacemen 3 o los propios Hidrogenesse, que se lo pasan pipa adornando las canciones ajenas de arreglos Moroder y maquinitas extraterrestres. Como de costumbre y hasta el fin del mundo.
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Y más sobre Hidrogenesse:
– Si quieres saber en qué andan ahora metidos, aquí lo puedes ver

«Berlanga te deja improvisar. Siempre que sepas las palabras claves berlanguianas, astrolabio, austrohúngaro y rotoprint, puedes meter tu chorrada. Austrohúngaro la pone en todas. Hitchcock sale, Berlanga mete austrohúngaro”. Luis Ciges
En 1996, Manolo Martínez y Genís Segarra (más conocidos como Astrud) crearon la agrupación Austro y los Productos Populares Autrohúngaros, en claro homenaje a la palabra-fetiche de Luis García Berlanga, padre de Carlos García Berlanga. Un nombre ideal para un colectivo dedicado mayormente a la creación de música pop. Propia y extraña.
Más de tres lustros después, a trancas y barrancas, el proyecto se ha consolidado, dando lugar a uno de los sellos discográficos más selectos y divertidos de España y parte del extranjero: Austrohúngaro. Ahora, a secas. Y cuando alguien pronuncia la palabra mágica, nos viene a la cabeza el malogrado imperio europeo y la filmografía berlanguiana, pero también los ecos de unas canciones bravas, indulgentes, profundas, superficiales, sintéticas, irónicas, modernas y sempiternas. ¿Te acuerdas? ¡Arre, austrohúngaro!
 
“Lujo y miseria” (1998) 
Colectivo Austro: “Nos encanta ‘Indicios’, de Carlos Berlanga. Quizá es el único disco/artista en el que todos estamos de acuerdo”. 
Gracias a un sarampión pop de Jesús Llorente (capo del sello Acuarela, especializado en indie tristón) descubrimos a 9 nuevos grupos de laboratorio, orquestados en su mayoría por Genís, que perpetraban 21 desvergonzados experimentos synthpop de baja fidelidad. Música hecha sin drogas que solo enlazaba, de aquella manera, con los marcianos de Spicnic y con la saga Dinarama/Fangoria/Berlanga.
Por lo demás, todo en Lujo y miseria resultaba insultantemente caprichoso para los no iniciados: la foto de un tío en pelotas en el libreto del CD, Hidrogenesse y su versión de Morrissey en catalán, el Chocho loco de Araceli y Technopolla, la habitación destrozada de Virginia Rappe, Stardu y sus voces de pito, Álvaro Pombo con bases trip hop de todo a cien, una caricatura homófila del Nadadora de Family, el exquisito crimen de Les Biscuit Salés…
Apenas habían grabado un puñado de canciones, pero Genís y sus autrohúngaros eran ya una pequeña jet set que usaba el pop para transmutar el hormigón del extrarradio barcelonés en alta bisutería. Risas enlatadas.
 
“Mi fracaso personal” (1999)
Manolo: “He querido hacer canciones redondas de pop, con letras cínicas y solo se han enterado quinientas personas”.
Al principio, Astrud eran tan ambiciosos que no les hubiera importado convertirse en el relevo de Mecano. Tuvieron su oportunidad cuando los fichó Chewaka (extinto subsello de Virgin donde grababa Manu Chao): les compraron ropa, les hicieron fotos guays y los metieron en un estudio decente con un productor de éxito. Mas su explosivo pastiche de italodisco, eurodance, canción de autor y tecnopop de vanguardia no vendió lo que tenía que vender, tal vez por los estrafalarios arreglos de Genís (“Manolo empieza y acaba las canciones, y en el proceso yo me meto, a veces me meto poco, a veces mucho, a veces hasta abortar la canción”) o por las redichas letras de Manolo (“esta hidráulica mental no la comprendo”). Tampoco ayudó mucho deconstruir la estructura de algunos temas o ser tacaño con los estribillos. (“Hay demasiada proyección micropoyética”). Pero, al final, fueron todas esas taras las que convirtieron al disco en un clásico moderno.
 
Tacones en la palestra (1999-2013)
Genís: “Si no tocas, no existes”. 
Astrud en vivo no eran precisamente convencionales. Un cantante con aspecto de repelente niño Vicente… y un teclista anoréxico subido a unos zapatos de tacón de aguja (“los llevo por convencimiento personal, para verme entre cinco y siete centímetros más alto”). Para colmo, Genís  apenas se movía, bostezaba, fumaba, ponía cara de asco y… bueno (insisto) llevaba tacones: “Yo estoy sobre el escenario y hay muchos momentos que no toco. ¿Qué hago entonces? Pues me pongo tacones. Así, para mi, ya cobra sentido lo de estar en el escenario”. El público se quedaba perplejo con su actitud, que él asociaba de forma un tanto peregrina con uno de sus grupos favoritos: “Un amigo me contó que Kraftwerk eran estáticos sobre el escenario, no se movían, los travestis antiguos apenas se movían para no delatarse como hombres, parecen maniquíes, tienen los gestos muy calculados para acentuar esas cosas. Así como conexión de ideas absurdas, para parecerme un poco a Kraftwerk, me pongo tacones”.
Casi 15 años después, la tortilla ha dado la vuelta: nos escandalizaría ver a Genís actuando con zapatos planos.
 
“Ese pedazo de onda” (1999)
Araceli: “A Madonna con botas y a caballo, se le perdona todo”.
Les Biscuits Salés eran Araceli, Helena, Marta y Elisa. Como Astrud, se conocieron en un concierto. Y antes de hacer nada, ya editaban un boletín para sus fans. Como gustaron sus cosas para Lujo y miseria, Genís las convenció de grabar tres canciones más. Y las sacaron en un EP del subsello Piérdete. En la portada salían las cuatro gansas de noche, junto a un coche y un bafle, como de fiesta en el parking de un discotecón. Aquello prometía. Y cumplió con creces.
El trallazo electrohiphop de Ese pedazo de onda se mofaba de la escena tontipop (“¿Te haces pajas con una chica que se disfraza de Heidi?”) y hacía gala de un feminismo ultraviolento y deslenguado con frases que todavía escuecen: “tú tienes a todos los chicos detrás. Puedes quedártelos. Esos empollones sin estudios, esos enanos, esos cutres, con sus camisetas cutres, con sus pantalones cutres. Con esa pinta (¡maricones!). Con gafas o sin gafas (¡miopes!) no me veis, cutres”. En la versión castellana de Into the groove agarraron a Madonna, la cruzaron con el Esteso de Bellotero pop y disfrutaron del multiorgasmo. Y entre ambas, Me parece muy bien, tecno desganado que desgrana tragicomedias del primer mundo: “Ese bolso es del Zara, yo me lo iba a comprar”. Elisa, Marta, Helena y Araceli: el arte de la falsa banalidad.
 
“Estafa” (2001) 
Colectivo Austrohúngaro: “Queremos hacer crítica sin hacer panfletos”.
Austro empezó con el más noble de los objetivos humanos: montar fiestas. Así, a partir de 1997 y durante varios años consecutivos estuvieron celebrando el Sonajero, “una alternativa al masificado, supersubvencionado y aburrido Sónar”. Los eventos consistían en conciertos y sesiones de DJ de los grupos de la casa y mucha pedrería.
Pero su evento más subversivo no llegaría hasta el año 2000: la Fiesta Estafa, en la sala Astin (Barcelona), donde se ponía música y se gritaban proclamas. Además, grabaron un CD-Rom con portada del artista Jon Mikel Euba, un video de la Esferobite y un todo un himno (“Todos a una, esto es una estafa. Es-ta-fa-tal. La cosa es-ta-fa-tal. La tele es-ta-fa-tal. La gente es-ta-fa-tal. España es-ta-fa-tal. La música es-ta-fa-tal…”). La guinda era el precio del artefacto: 5.000 pesetas de las de antes. (“Dos por una, esto es una es-ta-fa”). Una intrascendente pero molesta protesta para la era del “España va bien”.
 
“Gimnàstica passiva” (2002)
Ballesteros: “Además de tener dos grupos, dos gatos y un sello, Genís también cocina, hace punto y está aprendiendo alemán y electrónica”.
Astrud siempre tenían discográfica, pero los demás grupos no encajaban en ningún lado. Así que montaron un sello. Austrohúngaro. El primer CD álbum fue Gimnàstica Passiva de Hidrogenesse, el dúo formado por Genís y su novio Carlos Ballesteros.
El gran hit es aquel que diu “no me digas que no hay nada más triste que lo tuyo, hay miles de cosas en el mundo que son mucho peor”. Pero hay más: una fotonovela sónica sobre Kurt Cobain y familia, unos versos de Góngora transmutados en rompepistas y hasta una canción dedicada a la autovía A68 que une Bilbao y Barcelona. Ufano, el dúo se jactaba de haber compuesto el disco en una semana, bajo la influencia del glam setentero, la Düsseldorf, Passolini y Fassbinder.
Tal vez Gimnàstica passiva no sea tan sorprendente como Bestiola (glam drone rock electrónico con prisa y sin pausas), ni tan perfecto como Un dígito binario dudoso. Recital para Alan Turing, su (premiado) último trabajo. Pero, muy en el fondo, mola más.
 
“Status” (2004)
Chica: “Mi madre dice que lo que hacemos se parece mucho a Alaska y mi padre dice que parece música de tugurios de Londres”.
Electro-pop sudoroso y macarra compuesto e interpretado con computadoras. Todo muy artificial, pero ahí está la voz humana (demasiado humana) de Chica, pimpante mariliendre que retuerce el lenguaje coloquial más choni y lo convierte en plata. En la sonada No comprendes que te amo suelta perlas como la que sigue: “No sabes cómo me ralla tu cachondeo, que ya te veo en la cara que pasas mío, que tus muchachos me tienen hasta la pinza, me estás jodiendo la vida que ya te digo”. Pero, pese a los brochazos costumbristas, Chico y Chica (Chycha para los amigos) iban moldeando un estilo suyo, una forma de cantar y contar insólitamente descacharrante. Ahí están la historieta a dos bandas de La millonaria, el acercamiento al colorín de Chantaja o la delirante radionovela Puntualísima.
Supervagos como ellos solos, Chycha jamás lograrían superar tamaño derroche de inventiva chachi y chochi.
 
“Monólogo interior” (2010)
Teresa Iturrioz: “Creímos necesario que contribuyera Genís porque estábamos sonando demasiado “lemansianos” y nos parecía rancio”. 
Empachados de los excesos de su primer disco (Pío, pío, 2006) Single, dúo formado por los ex-Le Mans Ibon y Teresa, decidieron hacer algo más austero, con guitarras y pianos, que les permitiera mentar a Kurt Weill y a Nina Simone en las entrevistas.
Pero cuando lo terminaron y lo reescucharon les pareció demasiado ortodoxo. Temerosos de provocar odiosos flashbacks al Donosti Sound, Single entregaron las novísimas canciones a Genís y que sea lo que Dios quiera. Él no desperdició la oportunidad: y pese a estar publicado por Elefant y ser puro Single, Monólogo interior resulta profundamente austrohúngaro. A base de teclados circenses y arreglos cabareteros, Genís convierte el vainicoso clasicismo del dúo en una inquietante feria de las vanidades, llena de norias, coches de choque, montañas rusas y caballitos pony. Más que un disco, un carrusel.
 
“Ruinas” (2011)
Austrohúngaro: “Somos un sello en la peor época para ser un sello y sacamos discos cuando nadie los compra».
Un buen día, PIAS tiró la toalla y dejó de distribuir el catálogo Austrohúngaro. Con todas las cajas de discos que les devolvieron, Genís y Carlos construyeron una pirámide o, mejor dicho, una “mastaba” que formó parte de la exposición Genius Loci en la Fundación Joan Miró. La muestra pretendía reflexionar sobre el hecho de ser músico en Barcelona en el siglo XXI. Y, hasta que los austrohúngaros encontraron nueva distribuidora, el acartonado edificio funerario relleno de CD constituyó un revelador reflejo del estado de los sellos independientes en particular y la industria discográfica en general. Requiescat in pace.
 
“Rock’n’roll” (2012)
Espanto: “No hay perdedores en nuestras canciones, supervivientes quizás sí”.
Espanto, Teresa y Luis, son pareja y residentes en Logroño. Ya había editado dos CD (Ísimos y Érrimos) en el extinto sellito underground Birra y Perdiz. Pop pluscuamperfecto con letras que ahondan en un costumbrismo disparatado, un humor serio y un personalísimo lenguaje que encandiló a los austros desde el minuto 1. Para colmo de afinidades, en directo se movían aún menos que Kraftwerk. Así que en Hidrogenesse no pararon hasta apadrinarlos, editarlos, reeditarlos, versionearlos, remezclarlos y, finalmente, producir su nuevo y flamante álbum: Rock’n’roll. Las letras (“no soporto las corazas que se imponen las personas”) ahondan en lo de siempre, pero mejor: como dice Genís, “Espanto no escriben letras para rellenar estrofas”. Y las músicas, rock’n’roll tal y como lo entienden Lawrence, Meteoro, Suicide, The Jesus & Mary Chain, Spacemen 3 o los propios Hidrogenesse, que se lo pasan pipa adornando las canciones ajenas de arreglos Moroder y maquinitas extraterrestres. Como de costumbre y hasta el fin del mundo.
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