26 de octubre 2017    /   CREATIVIDAD
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Un recorrido por la orina en el arte

26 de octubre 2017    /   CREATIVIDAD     por          
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El historiadoar y crítico de arte francés Jean-Claude Lebensztejn acaba de publicar un extenso y documentado tratado sobre el pis. En su libro Pissing Figures repasa la representación de la orina y la acción de miccionar en el arte. Al menos en las obras creadas en 1280 y hasta 2014 porque, aunque pis se ha hecho toda la vida y parece que se seguirá haciendo, en algún momento hay que poner el límite.


La escatología en el arte no es un fenómeno nuevo. Mucho antes de que Piero Manzoni enlatase sus heces y las vendiera según la cotización del oro. Mucho antes de que Andy Warhol invitase a sus amigos a orinar sobre lienzos en blanco para ver cómo se oxidaba la tela, el pis y la caca ya estaban presentes en cuadros y esculturas de una forma más o menos explícita.

En tradición latina ya era algo habitual. Ejemplo de ello es la escultura de Hércules orinando o la leyenda de Dánae, ninfa que fue fecundada por un Zeus transformado en lluvia dorada. Aunque en este último caso el vínculo tal vez sea demasiado psicoanalítico y simbólico, es un vínculo al fin y al cabo.

La primera de las piezas reseñadas en el libro de Jean-Claude Lebensztejn es una crucifixión del siglo XIII que forma parte de los frescos de la Basílica de San Francisco de Asís. En un rincón, apartado de la acción, un angelote se alivia contra un pilar.

Según Jean-Claude Lebensztejn, los putti son los primeros personajes representados mientras orinan. A estos niños angélicos, ejemplo de bondad y ternura, se les permite que meen desde el cielo a sus semejantes, a los humanos e incluso a las mujeres. Unas escenas que, lejos de resultar perversas, eran interpretadas como divertidas ocurrencias de esos infantes alados.

De hecho, según explica Lebensztejn, la orina de los ángeles no era entendida como un fluido impuro. Tanto es así que, en ocasiones, se relaciona con el agua bautismal u otros hechos benéficos. Lo mismo sucede más adelante cuando, además de los ángeles, son los humanos o incluso los animales los que orinan.




En los siglos XVI y XVII proliferan las pinturas de personas que, independientemente de su sexo, hacen pis en un rincón, desde una ventana, en cuclillas o de pie. En todo caso, y a pesar del realismo de esas representaciones, en opinión de Lebensztejn, esas obras aún mantienen la inocencia de los angelotes.

Será en Gauguin donde Jean-Claude Lebensztejn establezca la frontera entre la normalidad y la transgresión. Cuando el artista francés pintó a una de las nativas de Tahití orinando fue cuando los espectadores occidentales fueron conscientes de lo transgresor del acto.

Esa imagen, normal en una comunidad idílica y paradisiaca, era impensable en la sociedad europea de la época. Era cuestión de tiempo que los artistas de las vanguardias se dieran cuenta de que el pis era escandaloso. A partir de entonces, los artistas ya no concebirán la orina como una mera cuestión fisiológica o un chiste, sino como un arma.

Eso explica qué Pollock orinase sobre los lienzos de aquellos coleccionistas que no le caían bien o que Andrés Serrano decidiera sumergir un Cristo crucificado en un bote con su propia orina (la de Serrano). Pocas cosas podrían ser más irreverentes y ofensivas que eso. Tanto es así, que la obra de Serrano fue atacada en 2011 por un hombre armado con un martillo.

Lejos de perder su capacidad de escandalizar, el pis continúa siendo algo que incomoda. Ejemplo de ello es una de las piezas que Jean-Claude Lebensztejn ha elegido para acabar su ensayo. Se trata de unas pegatinas en las que Calvin, el niño de Calvin & Hobbes, orina contra algo. El catálogo es variado: contra un equipo de fútbol, contra un colectivo profesional, contra Trump, contra el ISIS, contra una marca comercial…

Todas esas pegatinas son piratas. Bill Watherson nunca autorizó que sus personajes se utilizasen en productos de merchandising. Sin embargo, las demandas derivadas de ellas no proceden del propio autor, sino de aquellos equipos de fútbol, políticos, colectivos profesionales o marcas comerciales, que se han sentido ofendidos porque un personaje de ficción orine sobre sus símbolos.

El historiadoar y crítico de arte francés Jean-Claude Lebensztejn acaba de publicar un extenso y documentado tratado sobre el pis. En su libro Pissing Figures repasa la representación de la orina y la acción de miccionar en el arte. Al menos en las obras creadas en 1280 y hasta 2014 porque, aunque pis se ha hecho toda la vida y parece que se seguirá haciendo, en algún momento hay que poner el límite.


La escatología en el arte no es un fenómeno nuevo. Mucho antes de que Piero Manzoni enlatase sus heces y las vendiera según la cotización del oro. Mucho antes de que Andy Warhol invitase a sus amigos a orinar sobre lienzos en blanco para ver cómo se oxidaba la tela, el pis y la caca ya estaban presentes en cuadros y esculturas de una forma más o menos explícita.

En tradición latina ya era algo habitual. Ejemplo de ello es la escultura de Hércules orinando o la leyenda de Dánae, ninfa que fue fecundada por un Zeus transformado en lluvia dorada. Aunque en este último caso el vínculo tal vez sea demasiado psicoanalítico y simbólico, es un vínculo al fin y al cabo.

La primera de las piezas reseñadas en el libro de Jean-Claude Lebensztejn es una crucifixión del siglo XIII que forma parte de los frescos de la Basílica de San Francisco de Asís. En un rincón, apartado de la acción, un angelote se alivia contra un pilar.

Según Jean-Claude Lebensztejn, los putti son los primeros personajes representados mientras orinan. A estos niños angélicos, ejemplo de bondad y ternura, se les permite que meen desde el cielo a sus semejantes, a los humanos e incluso a las mujeres. Unas escenas que, lejos de resultar perversas, eran interpretadas como divertidas ocurrencias de esos infantes alados.

De hecho, según explica Lebensztejn, la orina de los ángeles no era entendida como un fluido impuro. Tanto es así que, en ocasiones, se relaciona con el agua bautismal u otros hechos benéficos. Lo mismo sucede más adelante cuando, además de los ángeles, son los humanos o incluso los animales los que orinan.




En los siglos XVI y XVII proliferan las pinturas de personas que, independientemente de su sexo, hacen pis en un rincón, desde una ventana, en cuclillas o de pie. En todo caso, y a pesar del realismo de esas representaciones, en opinión de Lebensztejn, esas obras aún mantienen la inocencia de los angelotes.

Será en Gauguin donde Jean-Claude Lebensztejn establezca la frontera entre la normalidad y la transgresión. Cuando el artista francés pintó a una de las nativas de Tahití orinando fue cuando los espectadores occidentales fueron conscientes de lo transgresor del acto.

Esa imagen, normal en una comunidad idílica y paradisiaca, era impensable en la sociedad europea de la época. Era cuestión de tiempo que los artistas de las vanguardias se dieran cuenta de que el pis era escandaloso. A partir de entonces, los artistas ya no concebirán la orina como una mera cuestión fisiológica o un chiste, sino como un arma.

Eso explica qué Pollock orinase sobre los lienzos de aquellos coleccionistas que no le caían bien o que Andrés Serrano decidiera sumergir un Cristo crucificado en un bote con su propia orina (la de Serrano). Pocas cosas podrían ser más irreverentes y ofensivas que eso. Tanto es así, que la obra de Serrano fue atacada en 2011 por un hombre armado con un martillo.

Lejos de perder su capacidad de escandalizar, el pis continúa siendo algo que incomoda. Ejemplo de ello es una de las piezas que Jean-Claude Lebensztejn ha elegido para acabar su ensayo. Se trata de unas pegatinas en las que Calvin, el niño de Calvin & Hobbes, orina contra algo. El catálogo es variado: contra un equipo de fútbol, contra un colectivo profesional, contra Trump, contra el ISIS, contra una marca comercial…

Todas esas pegatinas son piratas. Bill Watherson nunca autorizó que sus personajes se utilizasen en productos de merchandising. Sin embargo, las demandas derivadas de ellas no proceden del propio autor, sino de aquellos equipos de fútbol, políticos, colectivos profesionales o marcas comerciales, que se han sentido ofendidos porque un personaje de ficción orine sobre sus símbolos.

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